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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 10

Las calles de Roma bullían de gente aquella templada mañana de octubre. Hacía ya dos meses que Escipión había llegado a la capital de la República y, pese a sus informes, los senadores seguían sin ponerse de acuerdo sobre el destino de Cartago. En una reunión secreta en la que participaron los senadores más relevantes y media docena de influyentes patricios, Escipión entre ellos, se había acordado que el Mediterráneo debería convertirse en un mar romano. Ya no bastaba con controlar el comercio y someter a tributos a los pueblos y naciones ribereños; era necesario colocarlos directamente bajo la autoridad política romana. Aquella trascendental decisión implicaba que todo el mundo conocido hasta entonces sería conquistado en una gigantesca operación en la que el ejército sería el colosal instrumento, y el terror la principal razón para evitar que los pueblos atacados se resistieran. Roma era una nación en guerra y la guerra era la razón misma de la existencia de esa nación. Marco y Aracos andaban entre la multitud camino del teatro que lindaba con el templo de Apolo, en el campo de Marte, una zona llana a orillas del Tíber que antaño fuera campo de ejercicios militares pero que el crecimiento de la ciudad había engullido dentro de sus murallas. Aquel día la compañía de Cneo Pompilo, un famoso actor de Pompeya, ponía en escena una tragedia del dramaturgo griego Sófocles. El teatro era el más antiguo de Roma y ese mismo año su arrendatario había intentado que le permitieran construir unas gradas, pues era muy incómodo seguir las representaciones de pie, pero el cónsul Cornelio Násica lo había prohibido; había alegado para ello que el coraje y el valor de los romanos eran debidos a su fortaleza y a su resistencia al dolor, al hambre, a la sed y las comodidades, y que así debía seguir siendo su carácter. El pueblo tenía que asistir en pie a los juegos y a los teatros para que no olvidara que los grandes logros sólo era posible conseguirlos con sufrimiento y esfuerzo. Násica ni siquiera era partidario de construir nuevos edificios para el ocio. Acababa de lograr del Senado la aprobación de la demolición de parte ya construida de un nuevo teatro alegando que se había diseñado con gradas, que era innecesario y que tanto espacio para el ocio sería perjudicial para la moral de los ciudadanos. De pie entre otros espectadores, Aracos confesó a Marco que no entendía qué tenía que ver la moral romana con contemplar los espectáculos de esa manera tan incómoda. —Násica es un estoico —le explicó. Aracos se encogió de hombros. —No comprendo. —Un estoico —repitió Marco—. El estoicismo es una nueva corriente filosófica nacida en Grecia y que se ha puesto de moda entre algunos romanos. Los estoicos defienden la idea de que el ser humano tiende inevitablemente hacia el placer, y que para evitarlo no queda otra opción que el cultivo de la ascesis, el único modo de resistir las tentaciones y alcanzar la verdadera libertad del espíritu. Sostienen que el valor, la justicia y el dominio de uno mismo son las principales virtudes del hombre. Pretenden llegar a la verdad absoluta a través de la sabiduría, del conocimiento del bien y de la práctica de un método que los libere de la esclavitud de los placeres terrenales. Tienen muchos seguidores en Roma, aunque casi todos ellos poseen magníficas casas y comen muy bien todos los días, incluso se visten con las mejores telas traídas de Egipto y con seda de Sérica. Aracos escuchaba a Marco embobado. Jamás hasta entonces había oído hablar de los estoicos o de un país llamado Sérica. Sí que había visto algunas prendas confeccionadas con ese tejido maravilloso llamado seda, el único que los romanos no sabían de qué animal o vegetal se obtenía el material con el que estaba hecho y que tenían que limitarse a comprar en Alejandría o en algunos mercados de Asia y de Siria. Ahora había aprendido que procedía de ese remoto lugar en Oriente que los romanos llamaban Sérica, el país de la seda, que estaba situado hacia donde nacía el sol, tan lejos que ningún romano había llegado nunca hasta allí.

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