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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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hombres. Escucha: los romanos creemos que el hombre es un ser superior a la mujer. Por eso, la relación entre dos hombres es la más perfecta que existe. El amor entre dos hombres es el sentimiento más noble y más elevado; es la conjunción entre dos iguales, la armonía sublime. —Yo no soy romano. Y si lo fuera... Creyendo en eso que dices, ¿por qué os casáis con mujeres? —preguntó Aracos. —Es algo imprescindible. —¿Por qué ha de ser imprescindible contraer matrimonio con un ser inferior? —Para tener hijos, claro. La mujer es insustituible en la procreación de un hijo, de alguien que continúe el linaje familiar y haga perdurar el nombre de la casa. —Y para el goce sexual. El campamento de Ocilis estaba lleno de hetairas, y aquí en Híspalis he visto al menos tres burdeles atiborrados de prostitutas que apenas daban abasto para aliviar la entrepierna de los legionarios de la sexta..., legionarios que son romanos. —Son romanos, pero plebeyos. En Roma hay una gran diferencia entre pertenecer al estamento de los plebeyos o al de los patricios. —Pero todos sois ciudadanos romanos. —Sí, pero hemos sido los patricios quienes hemos hecho grande a Roma. Los plebeyos tienen otros sentimientos, otras pasiones, y no entienden muchas cosas de nuestro modo de vida. Marco se acercó de nuevo hacia Aracos y le cogió las manos. —Yo te aprecio, Marco, y deseo seguir siendo tu amigo, pero... —No te preocupes —lo tranquilizó Marco—, un patricio romano jamás obliga a compartir su lecho a otro hombre si éste no consiente antes en ello. —Y qué me dices de las violaciones de mujeres que vimos en Cauca. —¡Ah!, eso es la guerra, Aracos, la guerra, y en la guerra hasta un patricio romano puede olvidarse por algún tiempo de lo que es —Marco se quitó un collar de oro del cuello y lo colgó del de Aracos—. Quédate con este collar, será el símbolo de nuestra amistad. Aracos se sorprendió. —Lo siento, pero no tengo nada de similar valor para corresponder a este regalo. Tal vez... El belaisco echó mano a la fíbula que servía de broche de su túnica, la desprendió de su hombro izquierdo y se la entregó a Marco. —Toma. Me la entregó mi padre cuando cumplí dieciséis años y vestí la túnica varonil. Es de bronce, pero tiene incrustados hilos de plata. Marco contempló el broche; se trataba de la figura de un jinete ataviado como un guerrero celtibérico. Las patas del caballo reposaban sobre un pasador de cuyos extremos surgían dos grandes volutas con incrustaciones de hilo de plata. —Es muy hermoso. —Fabricado en el taller del mejor orfebre de Beligio —añadió orgulloso el belaisco. La sexta legión recibió la orden de partir de inmediato hacia Gades, en cuyo puerto embarcaría rumbo a Roma. En Gades, algunos legionarios visitaron los grandes santuarios de Hércules, Baal— Hammón y Astarté, donde, pese a estar prohibidos por Roma bajo pena de muerte, seguían celebrándose algunos sacrificios humanos. El Senado romano había acusado a Cartago de violar el tratado que ambas repúblicas firmaran cincuenta y dos años atrás. Las condiciones de ese acuerdo eran muy perjudiciales para Cartago, pero no le había quedado otro remedio que aceptarlas tras la derrota de Aníbal en la batalla de Zama, donde se dirimió el resultado de la segunda guerra púnica. Cartago estaba siendo asfixiada comercialmente por Roma, que le negaba y boicoteaba una y otra vez el acceso a sus mercados tradicionales en el Mediterráneo occidental, en tanto Masinisa, fiel aliado de Roma, impedía el suministro de alimentos y amenazaba con ocupar las ricas y feraces tierras al sur de Cartago, donde se encontraban los campos de cereales que abastecían los graneros cartagineses.

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