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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 9 [Año 150 a. C.] La sexta legión se retiró al valle del Betis. Marco y Aracos, que se habían asentado con Escipión en la ciudad de Híspalis, no habían presenciado la matanza de lusitanos que tan arteramente había perpetrado Galba, pero oyeron los comentarios que circulaban entre los legionarios de la sexta: se rumoreaba que había sido terrible, mucho peor que lo ocurrido en Cauca. Lúculo y Galba fueron acusados de perfidia por los propios romanos; Lúculo por haber iniciado la guerra contra los vacceos sin permiso del Senado y por haber pasado a cuchillo a los habitantes de Cauca empleando la traición y el engaño tras haber firmado un pacto con ellos en nombre del propio Senado, y Galba por haber incumplido su palabra y haber masacrado a los lusitanos una vez que se habían entregado y estaban desarmados. —Me ha dicho un centurión de la guarnición de Híspalis que el cónsul Lúculo no va a ser llamado a declarar ante el Senado, aunque Sergio Galba parece que sí. Me extraña que los senadores permitan que queden impunes unas acciones tan ignominiosas como las suyas —le dijo Marco a Escipión mientras comían aceitunas dulces de Lusitania, alcachofas aderezadas con aceite y comino, pescado asado con salsa garum y unos higos confitados en una taberna de Híspalis, a orillas del Betis, donde había invernado la sexta legión. —Ambos tienen amigos muy poderosos entre los senadores —asentó Escipión. —Pero actuaron de forma muy negligente; Lúculo desencadenó una guerra por su cuenta y no causó sino molestias y perjuicios; de no haber sido por ti, los vacceos hubieran acabado con nosotros a orillas del Duero. Y luego está lo de Cauca; esa matanza absurda. ¿Cómo podemos ganarnos la confianza de los hispanos si actuamos de semejante manera? Y en cuanto a Galba... ordenó el asesinato de miles de lusitanos indefensos que habían entregado sus armas confiando en la palabra de un general de Roma. —A veces la guerra requiere de acciones poco nobles, Marco. —Pero somos romanos, patricios romanos; nuestras venas están llenas de la sangre más noble; somos herederos de los emigrados de la legendaria Ilión, de la Troya a la que sólo la fuerza de Aquiles y la pericia de Ulises pudieron destruir —alegó Marco. Escipión miró con ironía al joven centurión antes de llevarse a la boca un buen pedazo de pescado bien aderezado en salsa garum de Carteia. * * * Fue en Híspalis, mientras la sexta legión se recuperaba de la campaña del año anterior, donde se enteraron de que Cartago, harta de las provocaciones que por instigación de Roma le causaba su vecino el rey Masinisa de Numidia, había decidido declarar la guerra a este soberano aliado de Roma. Ante semejante situación, que abocaba a Cartago al colapso y al hambre, un grupo de generales apoyados por las clases populares había declarado la guerra al rey de los númidas. La reacción de Roma había sido sopesada por los cartagineses antes de la declaración de guerra, pero no habían evaluado que iba a ser tan contundente y rápida. En realidad, Roma llevaba años aguardando a que Cartago no pudiera soportar su situación, rompiera las humillantes cláusulas del tratado que le fuera impuesto e iniciara una guerra en la que Roma esperaba alcanzar la victoria definitiva sobre su gran rival. Un mensajero llegó desde Gades buscando precipitadamente a Escipión, a quien encontró en la palestra adiestrando en el manejo de la espada corta a un grupo de jóvenes turdetanos que habían decidido alistarse como auxiliares en el ejército romano. El Senado ordenaba a Escipión que, en su condición de legado, se trasladara de inmediato a Roma para preparar la inminente guerra contra Cartago. —Al fin, es lo que tanto tiempo él andaba buscando —le dijo Marco Tulio a Aracos.

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