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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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—No nos queda otra salida que negociar con Intercatia. Creo que también andarán escasos de provisiones y estarán ansiosos por que se levante el asedio —dijo Escipión. —Podemos intentar otro ataque —propuso Lúculo. —No estamos en condiciones de hacerlo. Ya saben cómo rechazarnos. Ahora que nos han visto actuar reforzarán sus defensas y agudizarán la guardia. Será muy difícil sorprenderlos de nuevo — alegó Escipión. Aquella misma noche los de Intercatia repararon el boquete que habían abierto en la muralla los zapadores romanos. Por la mañana, Escipión reiteró al cónsul que lo más oportuno sería negociar un buen acuerdo para ambas partes. Lúculo, a la vista del muro reparado por los vacceos, aceptó. El propio Escipión fue el encargado de entablar las negociaciones con el senado de Intercatia. Tras dos días de encuentros entre los negociadores, en los que Aracos actuó como intérprete, se llegó a un pacto mediante el cual los romanos levantarían el cerco de la ciudad a cambio de la entrega de diez mil mantos de lana y cincuenta rehenes. Un auxiliar indígena había advertido a Escipión de que la principal riqueza de Intercatia era la fabricación de piezas de lana, muy famosas en toda Iberia por su calidad y su resistencia. El ejército romano estaba muy necesitado de ropa de abrigo para soportar el invierno, por lo que Escipión estimó que los diez mil mantos eran un buen botín. Los habitantes de Intercatia, confiados en la fama y el valor de Escipión, aceptaron su palabra y sellaron el acuerdo. Lúculo pretendió repetir la estratagema que había empleado para destruir Cauca, pero Escipión miró al cónsul con fiereza y se limitó a decir que los vacceos tenían su palabra de romano de que, si pagaban lo acordado, el ejército se marcharía en paz. El cónsul cedió de nuevo ante la determinación del legado, que había alcanzado tanta popularidad entre los legionarios que Lúculo no tenía la menor duda de que en caso de discrepancia entre ambos todo el ejército se pondría del lado de Escipión. El cónsul comenzaba a desesperarse, y se ofuscó de tal manera en su ansia de conseguir más botín que decidió atacar la ciudad de Palantia, de la que había oído decir que era la más rica de los vacceos. Desde Intercatia se dirigió hacia el oeste a toda prisa, tan rápido que los carros con los pocos suministros que le quedaban no pudieron seguir su ritmo y se retrasaron. Poco antes de llegar a Palantia, un heraldo le dio la noticia de que los carros con los suministros habían quedado cortados tras un ataque sorpresa de los vacceos, y que se había perdido la mayor parte de las provisiones y las catapultas. El otoño estaba ya bastante avanzado y Lúculo se vio entonces perdido en el centro de la Meseta, al norte del río Duero, con un ejército cansado y carente de provisiones. Los de Palantia, animados por lo que iban sabiendo del ejército consular, organizaron una salida contra los romanos. Escipión, a la vista del despliegue del ejército vacceo, ordenó a la legión y a los auxiliares hispanos que hicieran una formación cerrada en cuadro, y ante la incapacidad de Lúculo para resolver la situación, ordenó la retirada hacia el sur con la idea de alcanzar las tierras de los turdetanos, fieles aliados de Roma, en el cálido valle del río Betis, donde podrían pasar el invierno y recuperarse de aquella desastrosa campaña. Acosados por la caballería ligera vaccea de Palantia, que de vez en cuando atacaba a la sólida formación romana lanzando una andanada de venablos y flechas para retirarse de inmediato evitando el combate cuerpo a cuerpo, los legionarios alcanzaron el curso del río Duero, que atravesaron entre graves penalidades, sin cesar de ser atacados desde la distancia por los escurridizos jinetes vacceos. Gracias a la pericia y a los ánimos que infundía Escipión, que no dejaba de ir de un lado a otro de la formación interesándose por el estado de todos y cada uno de sus soldados, pudieron atravesar la cordillera del centro de la Meseta y entrar primero en Carpetania, donde encontraron cobijo y víveres, y ya a fines de otoño en Turdetania, la región más romanizada de toda Iberia, donde las costumbres y el modo de vida romanos se habían asentado de tal modo que ciudades como Ástigi, Híspalis o Cástulo parecían urbes del Lacio trasladadas al sur de Hispania.

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