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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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abatir varias piezas cada día, pero sin aceite y sal no tardaremos en caer enfermos. Dice nuestro físico que si los soldados se alimentan sólo con pan y carne enfermarán muy pronto. —¿Has informado de esto al cónsul? —Hace unos instantes, legado, pero no ha resuelto nada sobre ello a pesar de mi insistencia. He pensado entonces que tal vez tú... El centurión dejó la frase inacabada a propósito. —Bien, retírate. Y gracias por tu informe. Escipión se dirigió a ver a Lúculo. —El oficial encargado de las provisiones me ha dicho que tenemos una gran escasez, y que... —Ya, ya lo he oído yo también. Mañana mismo intentaremos el asalto a Intercatia. Prepara un plan de ataque. —No disponemos de máquinas de asedio para enfrentarnos a semejantes murallas, y tampoco de elefantes. —Pues olvídate de las máquinas y de esas bestias, legado, y busca otros recursos. Durante toda la tarde Escipión estuvo estudiando con sus generales y centuriones las defensas de Intercatia. Tras evaluar varias alternativas, Publio Cornelio se decantó por atacar un sector del muro que parecía más débil, concentrando sobre él a una gran cantidad de tropas. Un grupo de zapadores protegido por una improvisada máquina de asalto cubierta con escudos y cueros mojados horadaría la muralla, a fin de abrir el hueco suficiente como para que los legionarios se precipitaran por él al interior de la ciudad. Para distraer a los defensores, un par de cohortes atacarían un poco antes una de las puertas ubicadas en el extremo opuesto de la muralla. Al amanecer del día siguiente así se hizo. Mientras dos cohortes atacaban la puerta con lanzamientos de piedras mediante catapultas y disparos de arco y de honda, los zapadores, protegidos bajo el armazón, horadaron un hueco en la zona opuesta de la muralla, por el que penetraron a la carrera los legionarios de la primera cohorte de la sexta legión, con Escipión y su pariente Marco Tulio al frente. Atravesado el muro, los romanos se sorprendieron al contemplar que los vacceos habían tapiado las calles interiores, de modo que entre la muralla exterior y las casas de la ciudad se alzaba otro muro desde el cual los defensores atacaron a los legionarios. Al lado de la muralla había una gran cisterna cubierta por un entramado de cañas en la cual cayeron muchos romanos. Desde lo alto de los muros, los legionarios de la primera cohorte fueron presa fácil para los hábiles y certeros arqueros vacceos, que los fueron eliminando uno a uno. Viendo la situación perdida, Escipión ordenó a sus hombres que se retiraran por la brecha de la muralla. Un virote de hueso se clavó en el antebrazo izquierdo de Marco justo cuando salía por el boquete del muro, un instante antes de que lo hicieran Aracos y el propio Escipión. Ya en el campamento, Escipión informó a Lúculo del ataque frustrado. —Nos encontramos dentro de una ratonera. Han sellado con altos muros de piedra todas las calles en las inmediaciones de la muralla, de modo que al otro lado sólo hay una calle que rodea la ciudad a modo de camino de ronda, interrumpida a su vez por otros muros, creando así unos compartimentos estancos donde es imposible maniobrar. Una vez que logramos entrar, nos topamos con un espacio cerrado en el que éramos presa fácil, pues nos saetearon desde lo alto sin darnos oportunidad de defendernos. A un lado de la plazuela había una profunda cisterna llena de agua que estaba oculta bajo una enramada de cañas; allí cayeron algunos de los nuestros. Mi pariente el centurión Marco Cornelio Tulio, su ayudante belaisco y yo mismo fuimos los últimos en salir tras los heridos. Creo que allí dentro no quedó ninguno... vivo. —No contábamos con eso —se justificó Lúculo. —¿Cuántas bajas hemos tenido? —preguntó Escipión dirigiéndose a Marco. —Casi media centuria, veintinueve hombres muertos y dieciocho heridos, de ellos seis al menos están muy graves. —¿Y tu brazo, decurión? —Escipión señaló el antebrazo izquierdo de Marco, cubierto por una venda con manchas de sangre. —No es grave. Una flecha me alcanzó cuando nos retirábamos; la herida es limpia. Afortunadamente, el guardabrazo de cuero me protegió lo suficiente como para que la punta no quebrara el hueso.

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