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José Luis Corral Lafuente

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tienes ninguna posibilidad ante ese bárbaro. Sí, eres valeroso y muy hábil en la lucha a espada, pero casi te dobla en tamaño. No podrías parar sus golpes. Es demasiado fuerte para ti, para cualquiera de nosotros. —Cartago y Aníbal también parecían demasiado fuertes para Roma hasta que mi padre adoptivo se enfrentó a ellos y los venció. Yo creo en la fuerza de la determinación y de la voluntad; ésa es la energía que ha hecho a Roma tan grande —dejó sentado Escipión. —¿Qué ocurre ahora? —preguntó Aracos cuando oyó que las trompas sonaban ante una nueva salida del gigante vacceo. —Eso significa que alguien ha aceptado el reto, al fin —respondió Marco—. ¿Quién habrá sido el loco? El interrogante de Marco quedó despejado cuando vio que su pariente Publio Cornelio Escipión Emiliano se adelantaba unos pasos y salía a campo abierto desde las trincheras. —¡Por todos los dioses del Olimpo, es Publio! —exclamó Marco. —Creo que pronto tendrás un pariente menos —comentó Aracos. El gigante vacceo se sorprendió al ver al pequeño romano que se acercaba hacia él con tan sólo una espada en la mano, un escudo, el casco, una coraza de láminas de cuero y de metal y unas grebas que se prolongaban hasta la punta del pie con una lengüeta de cuero. El vacceo vestía un casco de bronce que le cubría toda la cabeza, dejando a la vista sólo los ojos, la boca y la barbilla; protegía su pecho con una coraza de grueso cuero en cuyo frente y dorso había cosidos sendos petos de hierro. En su mano derecha agitaba una maza de hierro con una cabeza con púas y en la izquierda un enorme escudo redondo. Escipión se acercó hacia el vacceo con paso firme y decidido, a la vez que estudiaba los movimientos de su oponente y observaba los puntos más débiles de su armadura. Sobre las murallas de Intercatia, donde se agolpaban cada día centenares de curiosos para observar la ceremonia de desafío de su campeón, fueron acudiendo otros muchos espectadores en cuanto se corrió la voz de que un romano había aceptado el duelo. Confiados en el triunfo de su guerrero, se acomodaron en el parapeto. —Lo hará pedazos —se oyó comentar a uno de los legionarios que también se habían agolpado sobre las trincheras para presenciar el desigual duelo. —No creas, es un Cornelio; los de ese linaje nunca se rinden —replicó otro. Escipión se puso en guardia, flexionando las piernas y afrontando al gigante vacceo por un flanco, mientras éste agitaba su maza volteándola sobre su cabeza entre terribles rugidos que eran coreados por aullidos de ánimo desde las murallas. El gigante avanzó hacia Escipión con dos grandes zancadas y descargó un terrible golpe de su maza que no alcanzó al legado por apenas dos dedos. El romano sabía que sólo tenía una oportunidad, y que para vencerlo debía aprovechar algún descuido del vacceo, quien estaba tan ,seguro de su superioridad que no tardaría en cometer un error. Consiguió esquivar un segundo golpe gracias a un felino movimiento, y al girar sobre sí mismo para escapar observó que los costados de la coraza del gigante estaban desprotegidos, pues allí había tan sólo unas cintas de cuero que anudaban los petos de hierro del pecho y de la espalda. Con una sangre fría extraordinaria, Escipión aguardó firme y estático, pero con los brazos bajados como si se hubiera rendido de antemano, una nueva acometida. Esta vez aguantó hasta que el golpe de maza pasó rozándole la piel del brazo, esperando un leve desequilibrio de su oponente, que se produjo durante un breve instante, el suficiente como para girar a toda velocidad hacia su lado derecho, que había quedado desprotegido tras errar el mazazo, y con un rapidísimo golpe de muñeca asestar una certera estocada entre las costillas del vacceo. La espada corta de Escipión quedó clavada hasta la empuñadura, pero el gigante no cayó fulminado, sino que se mantuvo en pie con cara de sorpresa. Escipión retrocedió dos pasos al verse privado de su espada y sin comprender por qué su enemigo no había caído fulminado tras semejante estocada. El vacceo miró a su costado derecho, de donde sobresalía la empuñadura de la espada, se fijó después en Escipión y dibujó una terrorífica sonrisa. Levantó la maza hacia lo alto, pero antes de que pudiera descargar un nuevo golpe se tambaleó; después sus rodillas se doblaron como si una fuerza invisible se las hubiera

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