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José Luis Corral Lafuente

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que se encontró. En la arenga que dirigió a las tropas, el cónsul justificó su ataque a los vacceos aduciendo que le habían pedido ayuda contra ellos los carpetanos, tradicionales aliados de Roma, por el maltrato que los vacceos les habían causado. Lúculo formó al ejército colocando al frente a los auxiliares iberos e inmediatamente detrás a la sexta legión, situando en la retaguardia a la caballería y a los auxiliares itálicos. Los vacceos, alertados de la llegada de los romanos, habían logrado reunir a cuatro mil hombres, muy pocos para resistir el ataque de los doce mil legionarios y auxiliares de la sexta legión. Los vacceos habían decidido enfrentarse con los romanos en el llano, frente a Cauca. Confiaban en mantenerlos a raya gracias a su pericia en el manejo del arco. A una orden de Lúcido, las primeras líneas de auxiliares iberos cargaron a la carrera contra los vacceos, que se habían colocado al otro lado de una rambla. Los hábiles arqueros vacceos lograron mantener su posición diezmando con sus certeros disparos las cargas de los auxiliares, pero sus municiones comenzaron a agotarse. Escipión observó que la cadencia de disparos de los arqueros vacceos disminuía deprisa, y le dijo al cónsul que lanzara a la legión a la carga. Los legionarios, protegidos por sus amplios escudos, atravesaron la rambla, sobre la que había centenares de cadáveres de iberos, y cayeron sobre los vacceos. Fue entonces cuando se puso de manifiesto la tremenda superioridad de los romanos en el combate cuerpo a cuerpo. Los vacceos apenas poseían armas de combate adecuadas para luchar a pie y tampoco sabían utilizarlas con eficacia. La batalla se convirtió en una verdadera carnicería en la que en apenas unos instantes sucumbieron más de dos mil vacceos, ensartados como conejos en las lanzas y espadas de los legionarios romanos. —Esto es una matanza, ordena que se detenga —le pidió Aracos a Marco. —¡Basta, basta! —gritó Marco alzando su espada ensangrentada al comprobar que los vacceos no sabían combatir empuñando la espada. Los legionarios de la primera cohorte bajaron sus espadas. Escipión, que dirigía los movimientos de la legión desde el centro, observó el cese de la lucha en el ala izquierda, donde combatía la primera cohorte, y miró a su pariente, quien le devolvió la mirada meneando la cabeza de izquierda a derecha. —¡Alto, alto! —ordenó Escipión. Poco a poco la orden del legado se transmitió a todas las cohortes y en unos instantes cesó la lucha. —¿Qué ocurre?, ¿quién ha ordenado detener la batalla? —demandó Lúculo, que al presenciar desde la retaguardia el fin del combate había acudido a todo galope hasta el frente. —He sido yo, cónsul —asentó Escipión—. Hemos vencido, no hay necesidad de derramar más sangre. —Esos bárbaros son enemigos de Roma, es preciso acabar con ellos —afirmó Lúculo. —Somos soldados, no matarifes —aseveró con rotundidad Escipión. Lúculo estuvo a punto de ordenar que continuara la matanza, pero, a la vista de la determinación del legado, no estaba seguro de que los legionarios le obedecieran y no se sintió con garantías para poner a prueba su autoridad. —De acuerdo, que cese el combate —asintió a regañadientes. A la vista de la masacre, los ancianos de Cauca salieron de la ciudad para entrevistarse con Lúculo. Se acercaron en procesión, coronados con ramas de laurel, y demandaron la paz. Lúculo les prometió la paz a cambio de cien rehenes, de cien talentos de plata, de cien caballos y de la entrega de dos mil soldados como auxiliares para su ejército. Los ancianos de Cauca aceptaron las condiciones de Lúculo si éste les aseguraba que respetaría la ciudad y la vida de sus moradores. El cónsul romano les dio su palabra y los de Cauca entregaron el tributo. Esa noche Lúculo convocó a los generales y oficiales en su tienda. —Estos confiados vacceos... Mañana atacaremos Cauca. Estarán desprevenidos y serán presa fácil. Al amanecer nos acercaremos hasta las puertas; que todos los hombres tengan sus espadas desenvainadas y estén preparados para atacar. Cuando suenen las trompas, cargaremos contra los vacceos. Habéis podido comprobar que no saben utilizar la espada. En las calles de la ciudad no podrán hacer uso de sus arcos. Mis órdenes son acabar con todos los varones que tengan la edad

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