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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 8

A mediados de otoño los embajadores celtíberos y la primera cohorte de la sexta legión regresaron a Hispania. Marco informó de inmediato al cónsul Claudio Marcelo sobre las intenciones del Senado de enviar a comienzos del siguiente año al nuevo cónsul con un poderoso ejército para liquidar la guerra celtibérica. El cónsul se reunió a solas con el caudillo belo, que ya barboteaba algo de latín, había encabezado la embajada a Roma y había planteado las propuestas de belos y titos ante el Senado. —,De qué estarán hablando? —preguntó Aracos a Marco. —De la inmediatez de la guerra, claro. ¿De qué otra cosa iban a hablar? Claudio Marcelo, que deseaba por todos los medios ser el vencedor y el pacificador de Hispania, no quiso esperar más, y a la salida de la entrevista con el caudillo de los belos declaró la guerra a los arévacos en una solemne y pública intervención en Ocilis, delante de los embajadores numantinos, a los que les devolvió los rehenes entregados para garantizar la tregua mientras viajaban a Roma. La respuesta de los arévacos fue contundente. En una cabalgada rapidísima, tres mil numantinos atravesaron la sierra del Moncayo y ocuparon por sorpresa la ciudad bela de Nertóbriga. Enterado de esa acción, Claudio Marcelo se presentó ante las murallas de Numancia con dos legiones y casi todas sus tropas auxiliares hispanas, más de treinta y cinco mil hombres, y acampó tan sólo a una distancia de cinco estadios; además de una veintena de torres de asalto y otras tantas catapultas, quince elefantes con protecciones de cuero y metal en el lomo y la cabeza amenazaban todos los días a los numantinos barritando furiosos a menos de un centenar de pasos de las murallas. El despliegue de poder romano amedrentó a Litenno, el nuevo jefe numantino que había sustituido a los más belicosos Ambón y Leucón, a quienes se les responsabilizaba del fracaso de las negociaciones en Roma a causa de su intransigencia y de su falta de capacidad para la diplomacia. Encerrados tras sus muros, los numantinos propusieron a Claudio celebrar una entrevista. El cónsul aceptó y Litenno se presentó en el campamento romano con aire sumiso. Aracos actuó de traductor entre el cónsul romano y el caudillo arévaco. —Arévacos, titos y belos se ponen en tus manos, cónsul —tradujo Aracos las palabras de Litenno. —Y yo lo acepto, pero dile que deben entregarnos rehenes y dinero; sólo así pondré fin a la guerra y firmaré la paz. Los celtíberos acataron todas las condiciones del cónsul y se firmó un tratado de paz por el que arévacos, ritos y belos se sometían a Roma y se comprometían a entregar seiscientos talentos de plata, además de no ayudar a ningún enemigo del pueblo romano. Seiscientos talentos equivalían a más de tres millones y medio de denarios, una enorme cantidad que los celtíberos poseían gracias a las grandes cantidades de plata atesoradas durante los decenios en los que sus hombres habían servido como mercenarios en los ejércitos romanos y cartagineses.

[Año 151 a.C.] Licinio Lúculo, el nuevo cónsul, se presentó en Ocilis a finales de febrero del nuevo año consular. Acababa de llegar desde Roma a toda prisa, ansioso por acabar la guerra que todavía creía encendida con los celtíberos, pues traía órdenes concretas del Senado de concluirla a cualquier precio. La leva de tropas de ese año ya se había realizado por el nuevo sistema de sorteo, sin excluir a nadie por favoritismo, como venía siendo norma habitual hasta entonces. Cuando a fines del año anterior se planteó en el Senado la nueva campaña contra los celtíberos, ningún noble romano quería ser tribuno o legado en ese ejército. Algún anciano senador acusó a la juventud romana de cobarde y dijo que, si su edad y sus achaques se lo permitieran, sería el primero

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