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José Luis Corral Lafuente

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Capítulo 7 Una extraña comitiva se puso en marcha hacia Roma. La componían veinte miembros de cada una de las tres tribus celtíberas enemistadas con Roma, arévacos, belos y titos, y la primera cohorte de la sexta legión, que mandaba el centurión Marco Cornelio Tulio. Caminaron durante cinco jornadas jalón abajo hasta el Ebro; en Salduie subieron a unas barcas con las que descendieron por el gran río hasta su delta, desde donde caminaron de nuevo hasta Tarraco, la mayor ciudad de los romanos en la Península. —Mira, Aracos, ésa es Tarraco, la Roma de Hispania. Y así serán todas las ciudades cuando Roma sea la dueña de toda esta tierra, una imagen repetida de la Roma eterna. Los legionarios de la primera cohorte fueron acomodados en unos pabellones de la guarnición de Tarraco, en tanto los celtíberos acamparon en sus tiendas junto a una de las puertas de la ciudad. Fueron muchos los curiosos que se acercaron a contemplar de cerca a los que llamaban bárbaros. Los tarraconenses eran iberos en su mayoría, pero se consideraban romanos y estaban orgullosos de ello. Muchos eran legionarios licenciados que habían recibido tierras y solares para construir sus casas como pago a muchos años de servicio en las guerras en Hispania. En cuanto lo permitieron los vientos, dos birremes zarparon de Tarraco hacia la capital de la República. Ninguno de los celtíberos había visto antes el mar, y por ello fue muy difícil convencerlos para que subieran a bordo de las naves. Marco tuvo que emplear todas sus dotes persuasivas para explicar al jefe numantino Ambón, que encabezaba la embajada celtíbera, para que a su vez transmitiera a sus compañeros que más allá de aquella extensión de agua que no parecía tener límite estaba Roma. Al fin, los celtíberos aceptaron subir a bordo, muchos de ellos a regañadientes, y no sin antes celebrar un sacrificio a Dercenna y Nutha, las deidades de las aguas en el panteón celta, que eran adoradas como divinidades de las fuentes, y al dios Alto, deidad de las aguas que moraba en las lagunas y los ríos. —¿Estás seguro de que más allá de este mar está Roma? —preguntó Aracos. —Así es, créeme —aseguró tajante Marco. El joven belaisco subió a la primera de las birremes y ojeó con cierto temor la nave. —¿Allá dices que está Roma? —preguntó señalando con el brazo hacia el este. —Sí, en esa dirección, pero navegaremos primero hacia el norte, siguiendo la costa; es una ruta más larga, pero más segura. Parece que los cartagineses están inquietos; el gobernador de Tarraco me ha dicho que es probable que estalle una nueva guerra entre Roma y Cartago. Sería la tercera. Unos mercaderes de garum que han llegado de Málaga han visto naves de guerra púnicas entre la isla de Ibiza y la costa de la Península, debemos tener cuidado por ello. La travesía del Mediterráneo occidental la hicieron en apenas dos semanas, navegando siempre con la costa a la vista. Los tres primeros días la mayoría de los celtíberos los pasó inclinados sobre la borda, vomitando cuantos alimentos ingerían. Alguno de ellos dijo que prefería morir devorado por los monstruos cuyas sombras se veían de vez en cuando bajo las aguas que continuar en aquel estado. Pero al cuarto día de navegación ya casi nadie se quejaba y todos recuperaron el apetito. No se cruzaron con ningún navío hostil, sólo con algunas barcas de pescadores y con dos naves grandes y panzudas de las que se utilizaban para transportar vino y aceite de Italia a Iberia. Las dos birremes llegaron al puerto de Ostia, a media jornada de Roma, al atardecer. —Desembarcaremos antes de que anochezca y pernoctaremos aquí. Mañana saldremos temprano hacia Roma. Este puerto es el de Ostia; todavía no alcanza la grandiosidad del de Alejandría o Cartago, pero no tardará mucho en ser el mayor del mundo —comentó Marco mientras las birremes realizaban la maniobra de atraque. * * * —Roma —anunció Marco señalando la ciudad que se extendía al frente. Habían salido de Ostia con los primeros rayos del sol y, tras media jornada de marcha por una

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