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José Luis Corral Lafuente

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con el mapa de la Península. —Cónsul Claudio —anunció el centurión—, aquí está el decurión Marco Cornelio Tulio. Marco avanzó unos pasos y saludó marcialmente al cónsul golpeándose con el puño en el pecho. —Se presenta Marco Cornelio Tulio, decurión de la quinta legión. —Vaya, el joven Marco. Tenía ganas de conocerte. ¿Sabes?, tu padre y yo fuimos muy amigos en nuestra juventud. Luego, las diferencias políticas nos alejaron un poco. Lamenté su muerte, pero, por lo que sé, su hijo ha heredado muchas de sus virtudes, entre ellas el valor. »Me han dicho que luchaste con gran valentía en el segundo ataque a Uxama. —El cónsul se inclinó sobre el mapa y buscó la ubicación de la ciudad—. Sí, aquí está, al noroeste de Ocilis. Tú solo contra todos esos bárbaros. —Mi ayudante, el contrebiense Aracos, estaba conmigo. —¿Quién dices? —demandó el cónsul. —Aracos. Es un belaisco de Contrebia al que adopté como ayudante para que tradujera mis órdenes a los auxiliares indígenas. Es éste —dijo Marco señalando a Aracos, que se mantenía un par de pasos tras él. —Bien, bien —comentó el cónsul sin siquiera mirar a Aracos—, pero te he hecho llamar para darte una buena noticia. He decidido ascenderte a centurión. Marco se sorprendió y balbució algunas palabras. —Yo..., te lo agradezco..., yo no... —Sí, ya sé que la nobleza de tu linaje te hace merecedor de ser tribuno, o general al menos, pero eso llegará con el tiempo. Mas ahora Roma necesita oficiales valientes que no duden en dirigir, espada en mano, a sus hombres en la batalla. Esa querida ciudad nuestra está llena de cobardes. ¿Sabes?, este invierno hemos tenido muchos problemas para reclutar tropas. Los jóvenes romanos viven en la molicie que les proporciona el ejército. Pero olvidan que su riqueza y su lujo proceden de los impuestos que las legiones cobran a los pueblos sometidos a nuestro poder, y creen que eso durará para siempre. Sólo se preocupan de su aspecto personal, del cuidado de su cuerpo y de sus propios gustos, pero en cuanto oyen las palabras «guerra», «ejército», «alistarse» o «Hispania», corren despavoridos a ocultarse bajo las túnicas de sus madres. Roma está perdiendo el espíritu que la ha hecho grande y temida en todo el Mediterráneo, y eso no lo podemos consentir. »Tu acción en los muros de Uxama tiene que ser recompensada para que sirva de ejemplo a los jóvenes. Actos como ése son los que han hecho de la República lo que es, lo que debe seguir siendo. —Te agradezco el ascenso, cónsul, pero te pediría que me mantuvieses al frente de mi escuadrón de auxiliares belaiscos —solicitó Marco. —No, eso no podrá ser. Te he dicho que necesitamos ejemplos para los romanos. Te incorporarás como centurión en la primera centuria de la sexta legión. Esos legionarios acaban de llegar y tienen que aprender que Roma se ha hecho grande gracias a soldados como tú. —Al menos, pido mantener a Aracos, hijo de Abulos, como ayudante. —Esa atribución te pertenece, haz lo que estimes oportuno. El cónsul chasqueó los dedos, y un criado acudió presto con una bandejita de plata sobre la que había una plaquita de metal grabada con el nombramiento de centurión para Marco y los entorchados de su nuevo grado. —Y ahora, centurión Marco Cornelio Tulio, incorpórate a tu nuevo puesto, y sirve a Roma con la lealtad y el valor con que hasta ahora lo has hecho. * * * Claudio Marcelo ejercía el consulado por tercera vez. En una de las dos ocasiones anteriores había servido en Iberia, y ya conocía el carácter y la belicosidad de los indígenas, pero también sabía que entre ellos las disputas eran habituales y que si era capaz de manejar bien las disputas que los enfrentaban le sería fácil ahondar en sus discordias, y así sería mucho menos difícil su sometimiento definitivo. Envió varios mensajeros a ciudades cercanas ofreciéndoles las mismas condiciones de amistad y

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