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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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de sangre y de raza. —Tal vez lo entiendas cuando lleves más tiempo en Iberia. Los que poblamos esta tierra no tenemos la conciencia de pertenecer a un único país, a eso que vosotros llamáis la nación y la República. En Iberia prestamos más atención e interés a la familia, al clan y a la tribu que a cualquier otra cosa. No tenemos ninguna «roma» que engrandecer, ni ninguna «república» que reivindicar. Aquí, en Iberia, los jóvenes sólo aspiramos a vivir día a día, a luchar por nosotros mismos y a morir con una espada en la mano. Por lo demás, a las gentes de Iberia no nos une ningún sentimiento común, por eso, tarde o temprano, acabaremos sometidos a Roma. —Pese a tu juventud, parece que conoces muy bien a la gente de esta península. —¡Ah, bueno!, no es demasiado difícil. Todos somos iguales, pese a que vivimos divididos en multitud de pueblos, todos desconfiamos del vecino y a veces preferimos combatirlo que aliarnos con él. Fíjate, decurión, yo soy un belaisco, un belo, y he llegado hasta aquí persiguiendo a los segedenses, belos igual que yo, y he combatido contra los numantinos, celtíberos como yo, al lado de los romanos como tú. No me extraña que no entiendas nada de lo que pasa con nosotros, nadie que no sea de Iberia lo entendería. —Si las cosas son como tú dices, ¿por qué los numantinos resisten de esta manera? —le preguntó Marco. —Sólo defienden su vida, nada más —asentó Aracos. —¿Tanto vale para ellos? —Es lo único que tienen.

[Año 152 a. C.] Parecía imposible que pudieran resistir encerrados en aquel campamento durante todo el invierno, pero lo hicieron. A pesar de la escasez de alimentos, de las manadas de lobos que merodeaban en busca de algún bocado o de algún hombre herido en la nieve, a pesar del frío y de las enfermedades, la primavera del nuevo año consular trajo la esperanza al ejército de Nobilior. Ese nuevo año había sido elegido cónsul el noble Claudio Marcelo, que de inmediato organizó un ejército de expertos veteranos para socorrer a las tropas de Nobilior, de las que de vez en cuando se recibían algunas noticias que llevaban hasta Salduie y Tarraco espías hispanos al servicio de Roma. Mediada la primavera, Claudio Marcelo, al frente de ocho mil infantes y quinientos jinetes, atravesó la Celtiberia desde el valle del Ebro por el del jalón, y se presentó ante los muros de Ocilis, frente a los que acampó. Allí ofreció a sus habitantes el perdón por haberse pasado al bando de los arévacos a cambio de algunos rehenes y del pago de treinta talentos de plata. Los de Ocilis, amedrentados por la amenaza del nuevo cónsul de que arrasaría la ciudad en caso de que no aceptaran sus demandas, acataron las condiciones y abrieron las puertas a Claudio Marcelo. Nadie daba crédito a lo que sus ojos estaban viendo. Durante aquel largo y terrible invierno, los oficiales más animosos habían intentado inculcar moral a sus tropas acantonadas en el campamento entre Ocilis y Numancia anunciándoles que un ejército poderosísimo estaba en marcha para rescatarlos. Pasaban los días y fueron muy pocos los que creyeron que ese anuncio tantas veces reiterado fuera a hacerse realidad alguna vez, pero así fue. Cuatro cohortes bien uniformadas, perfectamente pertrechadas y avanzando en formación compacta aparecieron en el horizonte enarbolando los estandartes de la sexta legión y los emblemas del Senado y el pueblo romanos, a la vez que tras ellos una banda de trompas y tambores marcaba el ritmo de paso. Un centurión acompañado por cuatro jinetes alcanzó la puerta del campamento, donde Nobilior esperaba portando su bastón consular y con el manto púrpura sobre sus hombros. —Soy Lucio Atilio, centurión del segundo escuadrón de caballería de la sexta legión; el cónsul Claudio Marcelo agradece vuestro valor y el encono que habéis demostrado en mantener enarbolada en este rincón perdido del mundo la enseña de la República. La sexta legión ha recuperado Ocilis y ha sometido a los rebeldes, vuestro encierro ha terminado.

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