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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Tres mil hombres habían muerto en el segundo ataque a Uxama. Desde que comenzara la campaña contra Segeda la primavera anterior, Nobilior había perdido a más de la tercera parte de sus tropas y otro tercio al menos estaba herido, enfermo, cansado o con la moral por los suelos. Mediado el otoño, con los romanos y sus aliados encerrados en el campamento entre Ocilis y Numancia, comenzaron a caer unas lluvias torrenciales que dejaron los caminos impracticables; sólo unos pocos hispanos pudieron regresar a sus casas a pasar el invierno, con lo que el problema de alimentar al ejército se agudizó. Tras dos semanas de lluvias intensas cayeron las primeras heladas y las primeras nieves. Bloqueados en el campamento, los soldados del ejército consular pasaban las largas jornadas invernales jugando a dados, calentándose con la escasa leña que podían recoger en los alrededores, pues nadie se atrevía a alejarse más allá de mil pasos de la muralla por miedo a caer en una emboscada de los arévacos, a los que suponían permanentemente apostados y al acecho, y comiendo sopa de hierbas y de huesos con la que llenaban sus hambrientos estómagos. Afortunadamente no les faltaba el agua, que recogían fundiendo la abundante nieve que se amontonaba sobre los tejados de paja y los muros de piedra. Una vez a la semana Nobilior ordenaba sacrificar dos o tres acémilas para complementar la dieta de sopa y de pan con la que se alimentaban los soldados. Los mejores pedazos de carne eran para los oficiales y los legionarios romanos, en tanto los auxiliares iberos debían conformarse con las entrañas, las vísceras y la grasa, que fundían en grandes calderos de bronce y mezclaban con harina, agua y semillas para elaborar unas grasientas tortas. Mediado el invierno, el frío se hizo insoportable. La leña de los alrededores había sido ya agotada y las hogueras se mantenían vivas gracias a las bostas secas de los animales, que se quemaban junto con todo aquello que no sirviera para otra cosa que conservar encendido el fuego. Durante el día, los hombres, arrebujados dentro de sus mantas y capotes de piel y de lana, se apostaban al sol, al abrigo de los gélidos vientos del norte en las solanas de los muros. Pero las noches eran terribles; al amanecer solían despertar ateridos, con los pies y las manos casi congelados. Cada día una docena de soldados moría de frío, con las piernas gangrenadas y la sangre envenenada por la falta de riego, y otros tantos tenían que ser trasladados a un pabellón donde los médicos y cirujanos apenas daban abasto para curar las terribles llagas que el frío abría en la piel de los más afectados. La disentería se cebó entre los romanos y sus aliados, que, mal alimentados y poco acostumbrados a semejantes condiciones, sufrían los rigores del clima y de la escasez mucho más que los celtíberos. —Si esto sigue así, moriremos todos —comentó Marco a Aracos en el transcurso de una guardia—. Debiste marcharte a Contrebia con tus compañeros cuando pudiste hacerlo; seguro que en tu ciudad no faltará el pan y el aceite. —Tal vez, pero cuando mi padre me ordenó que me uniera a vosotros juré ante mis dioses que mantendría mi fidelidad a los romanos. Y además, ¿qué otra cosa puedo hacer? Mi padre no posee las tierras suficientes como para dotar a todos sus hijos, y en ese caso los jóvenes celtíberos no tenemos otra opción que dedicarnos a la guerra. Antes de que llegarais a Iberia vosotros los romanos, hacíamos la guerra entre nosotros mismos: los celtíberos de las vertientes occidentales de la Idubeda atacaban a los vacceos, a los vetones y a los carpetanos, y nosotros, a los que llamáis citeriores, lo hacíamos contra los edetanos y sedetanos, siempre en busca de botín con el que complementar lo que esta tierra dura, áspera y fragosa no es capaz de proporcionarnos. »Afortunadamente —continuó Aracos , aparecieron primero los cartagineses y nos contrataron como soldados para sus ejércitos, y luego lo hicisteis los romanos. Nos pagáis un sueldo por hacer lo que antes hacíamos por un escaso botín, y gracias a ello ahora nos consideran honorables soldados en lugar de abominables bandidos. Y todo eso lo debemos a vosotros los romanos; sólo por ello os profesamos agradecimiento. —No te entiendo, Aracos, no entiendo a los hispanos. Tan pronto habláis de la necesidad de ser libres y de luchar contra Roma por vuestra independencia, como os sometéis de buen grado y os mostráis satisfechos por combatir a nuestro lado contra otros hispanos que son vuestros hermanos

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