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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 5

Los numantinos celebraron una gran fiesta en el primer plenilunio de otoño. Habían logrado derrotar a un formidable ejército romano muy superior en número en cuantas ocasiones se habían enfrentado. Lo habían humillado, habían acabado con un tercio de sus efectivos iniciales y habían logrado aislarlo en un campamento en medio de Celtiberia, sin posibilidad de recibir suministros durante todo el invierno, con todas las vías de escape cortadas y en una situación desesperada por la escasez de alimentos ante la inminencia del invierno. Los caudillos Ambón y Leucón eran aclamados por los numantinos como auténticos héroes y algunos bardos ya habían compuesto canciones en las que se loaban sus hazañas y sus victorias con un encendido tono épico. Unos druidas, vestidos con pieles y tocadas sus cabezas con unas cornamentas de ciervo, recorrieron las calles de Numancia gritando loores en honor de Cernunnos, el dios de la fecundidad y la inmortalidad. Portaban unos cuencos de cerámica decorada con pinturas en las que aparecía la figura de este dios con la cornamenta de los cérvidos y llenos de un líquido sagrado, mezcla de agua, miel y vino con el que, mediante la ayuda de unas ramas de romero, asperjaban los umbrales de las casas para que sus moradores tuvieran una vida larga y muchos hijos, los nuevos guerreros con los que seguir luchando contra el enemigo romano. Los numantinos, como todos los arévacos y los demás celtíberos, carecían de templos donde adorar a sus dioses, pero se reunían en santuarios al aire libre, junto a las fuentes, en los linderos y claros de los bosques o en cuevas sagradas. Alrededor de hogueras donde se asaba carne de venados, jabalíes y conejos, los numantinos bailaban frenéticas danzas guerreras y de fecundidad mientras consumían caelia, su pastosa cerveza de trigo, y aullaban cánticos de guerra y de victoria. —Míralos —le dijo Leucón a su esposa señalando a unos jóvenes guerreros numantinos que bailaban ebrios de cerveza abrazados a unas muchachas—, están eufóricos, han derrotado a Roma y se sienten invencibles, casi como si fueran dioses. —Y así ha sido, esposo. —Sí..., por ahora así ha sido, pero volverán; los romanos siempre vuelven. Los viste cuando atacaron nuestra ciudad. Eran miles, y a pesar de que los derrotamos han vuelto a atacar Uxama por dos veces. Dicen quienes conocen la ciudad de Roma que dentro de sus murallas hay cien romanos por cada numantino, y todavía hay muchos más romanos en otras ciudades casi tan grandes como la propia Roma. Aunque los derrotemos cien, mil veces, seguirá habiendo miles de romanos, y continuarán viniendo contra nosotros, una y otra vez, hasta que no podamos resistir más. —Tal vez se cansen, y se vayan para siempre. —No —dijo Leucón rotundo—. Lo he visto en sus curtidos rostros, en las caras metálicas de esos legionarios. Aunque sus rostros se contraen con rictus de pánico, sus ojos están llenos de ambición, de deseos de triunfo. —Son hombres, sólo hombres, y tienen miedo —puntualizó la esposa. —Sí, claro que tienen miedo, lo llevaban grabado en sus rostros cuando agonizaban atravesados por nuestras armas, pero su ambición es capaz de superar a su propio terror ante la muerte y el dolor. Leucón apoyó los codos sobre un muro de piedra y perdió su mirada entre los jóvenes que se divertían ajenos a lo que les deparaba el destino. Su esposa lo abrazó por los hombros y al contacto con la piel de su marido sintió que su espíritu se encontraba lejos, muy lejos de allí. * * *

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