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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Un centurión pudo reducir al legionario enloquecido y, tras inmovilizarlo con cuerdas y acallarlo, se lo llevaron de allí. —¡Hemos perdido Ocilis! —clamó Marco. —¿Que significa eso? —demandó Aracos. —¿No lo entiendes? En Ocilis guardábamos la mayoría de nuestros suministros, armas, municiones, dinero, plata, oro... Ocilis era nuestro seguro en caso de retirada, y ahora estamos atrapados aquí, en medio de Celtiberia. Ocilis es la llave de los caminos del curso alto del río jalón, sin esa llave no podemos retirarnos. Nuestra situación es muy grave. * * * El cónsul Nobilior maldecía a Hispania, a los celtíberos y a su fortuna. Los de Ocilis, ante las noticias que les llegaban de los desastres romanos frente a Numancia, habían decidido reducir a la guarnición que se había quedado en la pequeña ciudad y pasarse al lado de los numantinos. Los habitantes de Ocilis eran titos, una tribu celtíbera que había sido sometida por los belos y que había firmado un pacto con los romanos por miedo a ser atacados por los arévacos. Pero las derrotas del ejército romano y las catástrofes ante Numancia y Uxama los habían inducido a romper el acuerdo con Roma y ofrecerse como aliados de los arévacos. La situación del ejército consular era desesperada. El corto verano de la meseta hispana había llegado a su fin y las noches comenzaban a ser frías. Unas pocas semanas más, y las primeras nieves cubrirían los caminos de Celtiberia haciéndolos impracticables. Nobilior, reunido con su consejo de generales y oficiales, estudió varias posibilidades. Una era retirarse por el valle del Jalón hacia el Ebro o al campamento levantado junto a Segeda, pero Ocilis estaba ahora en manos del enemigo, y esa ruta, sin las espaldas a cubierto, podía ser una ratonera, sobre todo al atravesar los desfiladeros del Jalón aguas abajo de Ocilis, donde un puñado de celtíberos apostados en las alturas podía acabar con cierta facilidad con todo un ejército. Otra consistía en descender por el Duero hasta la tierra de los vacceos y, o bien invernar allí, o bien atravesar las montañas del centro de la Meseta. para pasar el invierno en la Carpetania. Una tercera, apuntada por un jefe tribal de los lusones de Turiaso, una tribu celtíbera aliada de Roma, era atravesar la cordillera de Celtiberia por el paso del norte de la gran montaña sagrada llamada Moncayo para invernar en Turiaso y sus alrededores; esta alternativa presentaba serias dificultades: desde el campamento romano hasta Turiaso había tres o tal vez cuatro duras jornadas de marcha, no existía ningún camino apropiado para los carros y carretas y había que caminar durante toda una jornada a través del enorme bosque de encinas de Buratón, que los celtíberos consideraban sagrado, lo que significaba que algunos de los auxiliares romanos podían negarse a hacerlo. Además, el bosque era a su vez un terreno muy propicio para las emboscadas. Un tribuno, ante la falta de decisión de Nobilior y las dificultades de una retirada segura hasta tierras aliadas, propuso quedarse en ese campamento durante todo el invierno, enviar correos que informaran de su situación y esperar a que en la primavera siguiente llegara otro ejército de reserva con el cual conquistar Numancia. —Somos muy superiores en número a los arévacos y a los helos. Podemos resistir con facilidad en este campamento. Esos bárbaros desconocen las tácticas de asedio a fortificaciones y no tienen máquinas con las que batirnos. Lo más seguro es mantenernos aquí y aguardar la llegada de la primavera. —Perdona, tribuno — intervino un general veterano de las guerras de Iberia—; creo que es la primera vez que combates en Hispana. Aquí, en el interior de esta península, los inviernos son los más duros que puedas imaginar. Durante días y días no deja de helar, estos páramos son barridos incesantemente por vientos del norte que soplan con tanta fuerza que son capaces de derribar a una carreta con dos bueyes y, además, apenas tenemos víveres. Nuestras principales reservas de trigo, aceite, vino y dinero estaban en Ocilis. Como encargado de la intendencia, no puedo asegurar que con lo que nos queda podamos alimentar a todos nuestros hombres durante más de tres meses. En la mejor de las circunstancias, un ejército de ayuda tardará al menos seis meses en socorrernos; para

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