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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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un estrecho desfiladero que apareció de repente, como tallado en medio del páramo por la mano de un gigante. Cuando quisimos darnos cuenta del engaño ya era tarde; dos de los guías hispanos acicatearon a sus corceles y salieron a todo galope hacia delante. Fue entonces cuando comprendimos que nos habían tendido una trampa. Los cuatro romanos que acompañaron al hispano en su inspección habían sido capturados y asesinados; los que cabalgaban sobre la colina eran cuatro celtíberos que se habían puesto los uniformes de nuestros compañeros. A lo lejos y con el sol casi de frente no pudimos apreciar el cambio. La huida de los dos hispanos fue la señal para que los celtíberos apostados a ambos lados del desfiladero cayeran sobre nosotros con toda su furia. Recibimos una lluvia de piedras, flechas y jabalinas que nos diezmaron, y cuando todavía no nos habíamos recuperado de ese ataque aparecieron por los dos extremos del desfiladero sendos escuadrones de caballería de los bárbaros, a la vez que desde las escarpadas paredes de roca caían sobre nosotros centenares de demonios aullando como fieras y acribillándonos con sus jabalinas. »Nada pudimos hacer. Nos superaban en veinte a uno al menos, tenían ganada la posición y luchaban con la ventaja que les proporcionaba su número y la sorpresa de la emboscada. Mataron a todos; sólo nos dejaron con vida a nosotros seis, para que, según dijeron, fuéramos testigos de lo que le ocurriría a cualquier romano que pretendiera acabar con su libertad. El que hablaba era un celtíbero al que los demás llamaban Ambón, y que parecía ser el jefe de todos ellos. Se dirigió a nosotros en latín, no muy bien hablado pero lo suficiente como para entenderlo. »Ante nuestros ojos, que mis cinco compañeros todavía conservaban, alinearon los cadáveres de nuestros soldados y de los auxiliares hispanos que no habían desertado para unirse a ellos, y uno a uno les fueron cortando las manos y la cabeza, con las que hicieron una macabra pira a la que prendieron fuego avivándolo con ramas y leña seca. »El cadáver de Biesio fue atado a la cola de uno de sus caballos y arrastrado por el desfiladero hasta que quedó hecho trizas. Después vinieron hacia nosotros; a mis cinco compañeros les arrancaron primero la nariz, la lengua y las orejas con unas tenazas de hierro, y luego les cortaron las manos con una hachuela; por fin, les sacaron los ojos, y arrojaron todo a la hoguera. »El tal Ambón se dirigió a mí; me dijo que recordara bien cuanto había visto y con su propia espada me cortó la mano derecha. Mientras un bárbaro me vendaba la herida, Ambón me habló de nuevo y me indicó que si conservaba la nariz, los ojos, las orejas y la lengua era para que jamás olvidase el olor de la carne quemada de mis compañeros legionarios, la visión de la venganza de los numantinos, los gritos de terror de los romanos torturados y para que contara a todos lo que nos iba a suceder si volvíamos a atacar su ciudad. Acabado su relato, el soldado romano se derrumbó exhausto y lloró como un niño. Nobilior ordenó que llevaran a una tienda a los seis supervivientes y que los atendiera su médico personal. Marco irrumpió como un caballo desbocado en la tienda donde Aracos y varios auxiliares contrebienses comían un caldo caliente, queso y un poco de pan. —¡Hay traidores; entre vosotros los hispanos hay traidores a Roma! —gritaba el decurión. —¿Qué pasa ahora? —le preguntó Aracos. —Traduce a esos malditos bárbaros que el escuadrón de Biesio ha sido atacado por los numantinos en una emboscada preparada por unos traidores hispanos. Sabemos que hay más, muchos más, entre vosotros. Si alguien conoce a uno de esos traidores, debe denunciarlo de inmediato a un oficial romano, o en caso contrario... —Aguarda un momento, Marco. Puede ser que alguno de los iberos sea un espía al servicio de los numantinos, pero la mayoría ha sido fiel servidora de Roma. En la batalla de la hondonada, en Uxama y en el ataque a las murallas de Numancia fueron las tropas auxiliares iberas las que llevaron la peor parte y las que sufrieron más bajas. —Limítate a traducir lo que te he dicho, y que les quede a todos bien claro. En ese momento unos gritos sonaron en el exterior de la tienda. Marco y Aracos salieron fuera y vieron a un legionario romano que corría por la calle del campamento gritando como un loco: —¡Ocilis se ha pasado a los celtíberos, nos han dejado sin reservas!, ¡estamos atrapados, vamos a morir todos, todos!

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