Page 26

José Luis Corral Lafuente

Numancia

25

—Pronosticaste que los numantinos se rendirían ante la presencia de los elefantes, pero han resultado ser sus mejores aliados —dijo Aracos mientras vendaba la herida del brazo de Marco. —Los elefantes son un arma formidable en la batalla. Los cartagineses los emplearon con gran maestría en las guerras contra Roma. Para Aníbal eran imprescindibles y buena parte de sus éxitos contra nosotros los debió a sus elefantes. En campo abierto y con unos buenos guías son imbatibles, pero aquí, en estas laderas y barrancos, no parecen el arma más eficaz. Además, son unos animales imprevisibles. Hay quien los llama «los enemigos comunes», porque en no pocas batallas, como ha sido el caso de hoy, se vuelven contra sus amos y se convierten en los peores enemigos. —En ese caso, ¿por qué los seguís utilizando? —preguntó Aracos. —No sé, tal vez porque son un símbolo, un retazo de la memoria. ¿Sabes, Aracos?, en Roma todavía se sigue recordando, y tal vez temiendo, la figura de Aníbal. Fue nuestro enemigo, pero era un gran general. Sólo cometió dos errores en su vida. —¿Cuáles? —demandó Aracos. —El primero, no conquistar y arrasar Roma cuando pudo hacerlo por sus victorias en Italia, tras destruir varias legiones en Trasimeno y en Cannas. Roma estaba entonces a su merced; si después de su victoria en Cannas se hubiera dirigido a Roma, no sé, tal vez ahora todos estaríamos bajo el poder de Cartago —¿Y el segundo? —Ser vencido en Zama. Fue la batalla decisiva de la segunda guerra púnica. Aníbal estaba en su terreno, defendía su patria, era el todo o la nada. Y perdió. —¿No supo ganar a batalla? —Dudó. Quizá por primera vez en toda su vida como soldado, dudó. Y lo hizo en el peor momento y ante el peor enemigo. En Zama tenía enfrente a Publio Cornelio Escipión, llamado el Africano por ese triunfo. Hubo un momento en el que la batalla parecía decantarse en favor de Aníbal, pero el gran general cartaginés vaciló en el momento crucial, quizá fue la única vez en toda su carrera militar que tuvo una duda, y ese instante de indecisión fue su ruina. —Bueno, el cónsul Nobilior no ha dudado, y también ha perdido. —Ha perdido Nobilior, sí, pero no ha perdido Roma. Roma volverá a intentarlo, una y otra vez, hasta que Numancia sólo sea un incómodo recuerdo. Los numantinos han despertado la ira de Roma; que se encomienden a sus dioses para que los protejan por ello. Oyendo a Marco, Aracos sintió un escalofrío en toda su piel. «¿De qué condenada materia estaban hechos esos romanos? —se preguntó—; sufren una terrible derrota y apenas tres días después ya están librando otra batalla, vuelven a ser derrotados y de nuevo sólo piensan en retornar al combate. No parece importarles cuántos muertos ni cuántos sacrificios les costará su empeño; todo lo justifican por el triunfo de Roma.»

Numancia  
Numancia  
Advertisement