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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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rematados por los legionarios. Nobilior, que había presenciado la maniobra desde una atalaya cercana, ordenó entonces al grueso del ejército, desplegado tras unas colinas, que atacara los muros de la ciudad. Al pie de los muros se entabló una terrible batalla. Los numantinos acudieron a la defensa de las murallas, desde donde arrojaban flechas y piedras sobre los romanos, que intentaban encaramarse con escaleras y cuerdas. En la zona más accesible de la colina, donde se abría la puerta principal, la carga de los romanos iba precedida por los diez elefantes, que, acicateados por sus conductores, empujaban las puertas y los muros provocando el temor de los defensores. Leucón, que estaba al frente de las tropas que protegían la puerta, ordenó a dos de sus hombres que le ayudaran a levantar una enorme roca. Entre los tres la alzaron en vilo por encima de la puerta, a la que uno de los elefantes estaba propinando unos tremendos envites, y la arrojaron sobre su cabeza. La bestia recibió el impacto justo en el parietal, al lado de una de sus gigantescas orejas, que sufrió un tremendo desgarro al tiempo que se oyó el seco crujir de los huesos del cráneo del paquidermo. El elefante, enloquecido por el dolor, comenzó a menear la cabeza de un lado a otro y a agitar la trompa con violencia, golpeando a cuantos romanos estaban a su alrededor. Los otros nueve elefantes, al oír los angustiados barritos de su compañero, también enloquecieron y, desatendiendo las órdenes de sus cuidadores, comenzaron a pisotear a cuantos encontraron en su camino. Los combatientes romanos se habían amontonado ante los muros de Numancia, por lo que la locura de los elefantes provocó entre ellos una masacre. Aterrorizados por la embestida ciega de las diez bestias, que ahora cargaban hacia todas las direcciones, los romanos abandonaron sus armas y sólo se preocuparon por escapar de la locura de sus elefantes. Leucón, al observar el desconcierto de sus enemigos, ordenó a sus hombres que salieran de la ciudad y aprovecharan la circunstancia para eliminar a cuantos enemigos pudieran. Preocupados por evitar el envite mortal de los elefantes que asolaban el campo de batalla, los romanos se desentendieron de los numantinos, que salieron en tropel por la puerta y se descolgaron por las murallas para cargar sobre los aterrados romanos. Una cruenta batalla se libró entonces al pie de la colina de Numancia. Hombres y bestias mezclados entre nubes de polvo y sangre caían ensartados en las jabalinas o atravesados por las espadas. Algunos elefantes, agotados tras sus frenéticas carreras por la ladera y el llano, cayeron al suelo jadeantes, y allí fueron rematados por los celtíberos, que alzaron sus armas al cielo proclamando su victoria cuando vieron que los romanos se retiraban maltrechos, cubiertos de sangre y sudor, hacia su campamento. Cuatro mil romanos y auxiliares habían quedado tendidos junto a las murallas numantinas por tan sólo mil celtíberos, la mayoría aplastados por la primera carga de los elefantes, * * * En el campamento romano, Aracos ayudaba a Marco Cornelio Tulio a limpiar sus heridas con un ungüento hecho con esencia destilada de rosas, mostaza y berros. Un elefante desbocado había atravesado a la carrera el escuadrón de auxiliares contrebienses que éste mandaba y en el tumulto el decurión había sido herido en la pierna y en el brazo izquierdos. —Tus heridas no son profundas; un poco de este ungüento, hierbas y aceite de oliva, y en un par de semanas estarán curadas —pronosticó Aracos. —Vaya, ¿también eres médico? —preguntó Marco. —No, pero se lo he visto hacer a mi padre en Contrebia; nos decía que lo había aprendido de un médico griego que lo curó varias veces de las heridas que recibió peleando como auxiliar de las legiones en las campañas de Macedonia. Aracos contempló los maltrechos restos de su unidad. La mayoría, de los hombres que habían participado en el frustrado asalto estaban heridos, magullados o tenían algún hueso roto. Los médicos del ejército consular no daban abasto a curar a tantos heridos. Apoyado en una pared, un joven legionario estaba sentado con las piernas abiertas y la mandíbula desencajada, sus manos se apretaban junto a su estómago, en el que por una enorme raja se veía parte de sus intestinos. Un hediondo olor a sangre, humo y excrementos lo inundaba todo.

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