Page 208

José Luis Corral Lafuente

Numancia

207

aquí? —Tengo autoridad emanada del senado de Numancia para ofrecer la paz a Roma —dijo Aracos con toda solemnidad. —¿La paz? La paz... ¿Sabes cuántos ciudadanos romanos han muerto en Hispania en los últimos veinte años? ¿No?, pues yo te lo diré: más de sesenta y cinco mil, y una cifra aún mayor de auxiliares. Ese número corresponde al menos a quince legiones. ¿Qué paz pretendes alcanzar con tantos romanos muertos sobre estas colinas? —Una paz duradera, definitiva. —¿A cambio de qué? —A cambio de lo único que entendéis los romanos: a cambio de oro y plata. Si destruyes Numancia sólo conseguirás gobernar sobre un campo de ruinas, pero si permites que esta ciudad siga viviendo... —¡Basta! No se trata de dinero, osado celtíbero, sino de prestigio y de autoridad. Numancia ha desafiado el poder de Roma y ha dañado la fama de sus generales y de sus ejércitos. Roma quiere ser la dueña del orbe para llevar a todos los lugares de la tierra nuestra cultura superior y nuestras leyes. ¿Por qué crees que estoy aquí, en este perdido e infecto rincón del mundo?, ¿por gusto? No; estoy aquí porque Roma ha requerido mi presencia para recuperar su honor, un honor y un prestigio que sólo se lavará con la conquista de esa ciudad arévaca —dijo Escipión. —La gente que está dentro de las murallas de Numancia resistirá hasta el fin; muchos romanos morirán si decides atacarnos. —¿Y qué te hace pensar que vamos a atacar? Tengo mucho tiempo y puedo esperar aquí durante años, pero ¿y vosotros?, ¿cuánto tiempo podréis resistir nuestro asedio? No habrá paz que no implique una rendición incondicional de los numantinos y una petición de clemencia expresa al pueblo y al Senado de Roma. —Probablemente estemos atrapados sin salida alguna, pero todavía no hemos perdido la dignidad —dijo Aracos. —En ese caso, quedaos con vuestra dignidad; pero sabed que os enviará a la tumba. Roma no admite una paz que no venga precedida de vuestra entrega y rendición incondicional —reiteró Escipión. —Si hablas así es que no conoces al pueblo celtíbero —repuso Aracos. —Por el contrario, tú sí conoces al pueblo romano —sentenció Escipión. El cónsul dio media vuelta y salió de la sala principal del pretorio del campamento norte, donde se había celebrado la entrevista. Marco Tulio acompañó a Aracos de regreso hacia los dos compañeros que lo aguardaban sobre la nieve. —¿Todavía conservas las téseras? —preguntó el general romano. —Estuve a punto de arrojarlas a las aguas del Tíber, pero sí, las conservo, las dos manos de bronce, siempre juntas, y también la copa de oro y el collar que me regalaste. Las he traído conmigo, pero tus soldados las han guardado con el pretexto de que podría utilizarlas contra Escipión como si se tratara de un arma. Marco Tulio pidió al centurión que dirigía la escuadra de escolta de Aracos si sabía dónde estaban las manos de bronce de la tésera. El centurión dio una orden a un legionario y éste trajo un paño en el que estaban envueltas las dos manos. Marco cogió una de ellas, la giró hasta encontrar la palma y leyó: —«Aracos, de la gens de los Urdinocos, hijo de Abulos, de Contrebia Belaisca, hizo esta tésera con Marco Tulio, de la familia Cornelia, ciudadano de Roma. Por siempre.» Una hermosa frase, y una hermosa amistad si no se hubiera consumido —dijo Marco. —En mi corazón jamás se apagó, aún sigue encendida la llama de tu amistad repuso Aracos. —Una vez te dije que si nos encontrábamos en el campo de batalla, no dudaría en matarte si peleabas contra Roma. Sigo pensando lo mismo. —Yo, en cambio, dudo que pudiera hacerte daño; para los celtíberos la amistad es un sentimiento eterno, y cuando se firma una tésera de amistad con alguien, ese pacto es para siempre, por encima de la nación, de la familia y de cualquier otro deber. Así es como me instruyó mi padre.

Numancia  
Numancia  
Advertisement