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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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—¿Pero dónde, cónsul? —En el flanco noroeste, el lugar más débil de nuestro cerco. Marco Tulio ordenó que tres cohortes de la legión sexta gémina acudieran deprisa para reforzar la guarnición del sector murado de la circunvalación entre el campamento de Escipión y un pequeño campamento situado en la zona más llana de los alrededores de Numancia, justo enfrente de «la bajada al llano». El propio Escipión le ordenó al encargado de señales de la torre que estuviera bien atento a la puerta norte de Numancia y que en cuanto viera salir por ella a nuevos efectivos, le avisara con un toque de trompa. Y así ocurrió. En cuanto los doscientos jinetes numantinos consiguieron entablar tul combate frente al río y atrajeron la atención de los romanos, mil numantinos salieron a toda prisa de la ciudad y corrieron por «la bajada al llano» para cargar contra el muro del sector noroeste. Iban provistos de escalas y largos tablones para salvar el foso y se mostraban dispuestos a romper el asedio como fuera. Avisados de la inmediatez de la carga, los ballesteros de las torres y los encargados de las catapultas lanzaron una andanada de piedras y flechas que tumbó a un par de docenas de celtíberos, provocando un momento de indecisión entre los demás. —¡Adelante, adelante! —gritó Aracos al ver dudar a sus hombres, que jamás se habían enfrentado a una fortaleza semejante. El hacha del contrebiense alzada al aire animó a los atacantes que ya habían alcanzado el foso y mantenían un intercambio de disparos de arco y de honda con los defensores del muro. —¡Deprisa, deprisa, las escalas, los tablones! —gritó Aracos. Varios hombres se acercaron al foso protegidos con sus escudos de madera y bronce y lanzaron al otro lado los tablones para poder sortearlo y alcanzar el muro. En ese preciso momento el camino de ronda del muro romano se llenó de legionarios armados con arcos y lanzas que habían acudido prestos desde el campamento cercano. Provistos de garfios, lograron derribar los tablones y las escalas que habían lanzado los numantinos, mientras desde lo alto de las torres más cercanas las catapultas vomitaban piedras, las ballestas disparaban decenas de saetas y los honderos acribillaban a los numantinos que intentaban salvar el foso para acercarse a la base del muro. Aracos alentaba a sus hombres enarbolando el hacha de guerra, pero comprendió que la sorpresa que pretendía no había funcionado y su estratagema había fracasado. —¡Retógenes, ordena a tus hombres que se retiren! —gritó Aracos. —No. Todavía podemos lograrlo —dijo el valeroso numantino. —¡Mira! Acuden miles de legionarios. —Aracos indicó con el brazo hacia lo alto del muro, a su derecha, a un centenar de pasos hacia el este. Entre las primeras sombras del atardecer, Retógenes observó a varias cohortes de legionarios que corrían por el camino de ronda hacia el lugar donde estaban atacando los numantinos. —No. Aún podemos, aún podemos —insistió Retógenes Caraunio, pese a la evidencia. —Maldita sea, nos van a matar a todos. ¡Vámonos, retirada, retirada! —ordenó Aracos. Retógenes apretó los dientes y dio media vuelta. —No nos siguen; eso es señal de que podemos abrir brecha. ¡Volvamos, volvamos al muro! — pidió Retógenes. —No lo entiendes, cabezota. Escipión no pretende librar un combate en campo abierto; espera liquidarnos por hambre. No nos seguirán; saben que nuestra debilidad radica en nuestra desesperación. No tenemos ni medios ni hombres para superar esa barrera mientras esté bien defendida y dispuesta para rechazarnos; sólo podríamos cruzarla si obtenemos la ventaja de la sorpresa, y por ahora la hemos perdido. Retógenes bajó su espada y retrocedió de mala gana. De regreso a Numancia, Aracos hizo un recuento de bajas: sesenta hombres habían muerto o habían quedado tumbados en el campo y dos centenares estaban heridos de diversa consideración. —¿Qué ha pasado? ¿Alguien ha conseguido romper el cerco? —preguntó Olíndico. —No. Han logrado rechazar todos nuestros ataques. Hay al menos un soldado por cada paso del muro, otro en la reserva y varios regimientos alerta en cada uno de los siete campamentos para

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