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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 19 Es muy importante romper el asedio por algún flanco. Debemos intentarlo una y otra vez, hasta que consigamos abrir una brecha en esa circunvalación —insistió Aracos. —Si lo logramos, el espíritu que sostiene a los romanos se vendrá abajo. Han trabajado muy duro y su moral se resquebrajará si atravesamos el cerco. Escipión ha basado toda su estrategia en la solidez de ese muro y en su impenetrabilidad; demostrémosle que también podemos con él como hemos hecho antes con los demás cónsules y generales romanos —reiteró Retógenes. —Si lanzamos un ataque masivo y por sorpresa sobre un sector del muro, podríamos romperlo y escapar en busca de ayuda —dijo Aracos. —¿Estás seguro de poder conseguirlo? —preguntó Olíndico. —No hay nada seguro. El foso es bastante profundo y ancho y el muro parece sólido, pero si actuamos deprisa tal vez lo logremos. Escuchad: lanzaremos un ataque con..., digamos doscientos hombres, sobre el sector norte, donde se unen el Duero y su afluente septentrional. Aguardaremos a que acudan allí las tropas de retén, y de inmediato mil hombres cargarán sobre el flanco noroeste, a la derecha del campamento de Escipión, enfrente de «la bajada al llano». Concentraremos nuestras fuerzas en esa zona. Habrá que ir provistos de escalas y tablones largos para superar el foso y el muro. Bastará con que una docena de hombres salten al otro lado y corran hasta ocultarse en las colinas boscosas del este. »He calculado que en ese sector hay un romano por cada diez pasos; eso significa que dispondremos de bastante tiempo hasta que puedan concentrar en ese punto los efectivos necesarios para rechazar nuestro ataque. »Lo haremos dentro de tres días, al atardecer. En ese momento habrá luna nueva, y si alguno de nosotros logra escapar le será más fácil ocultarse en la noche sin luna —concluyó Aracos. —Los que lo consigan se dirigirán a Lutia, Uxama y Termancia. Allí demandarán auxilio; deberán contar cuál es nuestra situación y prevenirles de que si cae Numancia, las ciudades celtíberas que todavía no han aceptado el yugo romano serán sometidas a esclavitud. Necesitamos ayuda, toda la ayuda que sea posible explicó Olíndico. Aracos miró a Retógenes. El arrojo y valentía del formidable guerrero numantino le recordaba a Aregodas. * * * Por fin llegó el día señalado para intentar romper el asedio. Durante toda la jornada los guerreros numantinos afilaron sus armas y desentumecieron sus músculos. Aracos pasó revista uno a uno a todos los que iban a participar en la estratagema, cuyo número era algo más de la mitad de todos los guerreros disponibles. Al atardecer, cuando el sol comenzaba a declinar, doscientos jinetes cargaron sobre el lugar indicado por Aracos en el flanco del Duero. En cuanto los vieron salir de la ciudad, los atentos vigías de las torres hicieron ondear sus banderolas rojas y tocaron las trompas de guerra. Todos los defensores del sector paralelo al río Duero se encaramaron sobre el muro y empuñaron arcos y ballestas. Escipión, avisado del ataque numantino, salió de su aposento en el campamento norte y subió corriendo hasta lo más alto de una de las torres. Desde allí observó la carga de los doscientos jinetes sobre el muro a la altura del Duero. —¿Mandamos refuerzos, cónsul? —le preguntó uno de sus generales. —Humm... No. Son pocos. Creo que se trata de una maniobra de distracción. Seguramente esperan que acudamos allí en masa y dejemos desprotegido alguno de los flancos del muro. Marco, ordena a tus hombres de reserva que estén listos para repeler un ataque masivo de numantinos — dijo Escipión a su pariente.

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