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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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* * * En apenas treinta días el cerco romano quedó completado. Un muro de piedras y tierra pisada de ocho pies de espesor y diez de altura, más un parapeto de otros tres pies, serpenteaba por veredas y colinas en una extensión de cincuenta estadios, casi quince mil pasos; estaba defendido por un foso tan ancho como la altura de tres hombres y tan profundo como la de dos y rodeaba Numancia a una distancia media de quinientos pasos de sus murallas, a unas decenas de pasos por detrás de la empalizada de estacas y ramas levantada en los primeros tres días de asedio. Escipión cabalgaba junto con Fabio Máximo y Marco Tulio alrededor del cerco inspeccionando las defensas. Una vez completado el recinto murado y decidida la ubicación de los nuevos cinco campamentos para complementar los dos ya construidos en las primeras semanas, ordenó que a lo largo del muro se construyeran torres de madera de cuatro pisos de altura con una distancia entre ellas de cien pies, de manera que fue necesario edificar trescientas torres de madera. En cada una de ellas se instaló una catapulta y una ballesta, además de un alto mástil de señales para anunciar mediante banderolas rojas de día y con antorchas de noche un inminente peligro, de modo que desde la mayor parte del recinto se pudiera contemplar la llamada de ayuda de cada uno de los sectores en caso de ataque de los numantinos. Quedaba por cerrar el cauce de los ríos, sobre todo el del Duero, el más caudaloso. Escipión planeó construir puentes, pero sus ingenieros le hicieron ver que sería muy difícil, pues las aguas del gran río estaban muy crecidas a causa de las lluvias de otoño. Escipión insistió en que había que evitar que la ciudad sitiada recibiera suministros por el cauce de los ríos, y pidió una solución a sus ingenieros. Fue un físico griego quien propuso un sistema muy eficaz que el cónsul aceptó. En ambas orillas del río Duero, en los dos lugares donde la línea del cerco lo cruzaba, se construyeron dos altas torres de madera, a las cuales se ataron unas enormes cuerdas que atravesaban el río. A su vez, de estas cuerdas se colgaron otras de las que pendían unos enormes tablones y troncos ensartados con clavos, cuchillas y estrígilos que peinaban la corriente hasta el fondo del río, para evitar así que alguien pudiera burlar el cerco sobre una barca o buceando. A principios del invierno quedó completamente acabada la circunvalación: un extraordinario recinto orlado con siete campamentos, quince mil pasos de muros y fosos y trescientas torres defendido por sesenta mil hombres con la orden tajante de no permitir que nada ni nadie entrara o saliera de la colina donde se alzaba, orgullosa todavía, Numancia. Aracos insistió ante Olíndico para que se realizaran algunas salidas contra el muro, para probar mediante ataques rápidos si era posible abrir una brecha por la que poder salir al exterior y buscar ayuda o víveres. Retógenes Caraunio, a quien todos consideraban como el mejor guerrero de los numantinos, apoyó a Aracos y se ofreció para encabezar los ataques.

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