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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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construyendo un muro de piedra y un foso. Pretende aislarnos del resto del mundo y esperar a que o nos rindamos, o muramos de hambre o realicemos un ataque suicida. —¿Y qué piensas hacer? —Hablar con el cónsul. Quiero proponerle a Olíndico que me envíe al frente de una embajada para dialogar con Escipión. —¿Crees que servirá de algo? —Me temo que no. El cónsul es consciente de su superioridad. Sabe que nuestra situación será desesperada en cuanto pase el invierno y comencemos a tener escasez de alimentos. Abulos comía en silencio, al lado de su madre, como ajeno a lo que sus padres estaban debatiendo. Pero el niño, que acababa de cumplir diez años, preguntó inquieto: —Vamos a morir, ¿verdad, padre? —¿Por qué dices eso? —Me lo ha dicho un niño de la casa de al lado cuando jugábamos esta tarde en la calle. Dice que los romanos son muchos y que han venido hasta aquí para matarnos a todos y para quedarse con nuestras casas, pero yo le he respondido que tú nos vas a defender, que no vas a permitir que nos maten. —Claro que no, hijo, claro que no. Abulos sonrió a su padre. Cuando el niño se quedó dormido, Briganda le preguntó a su esposo angustiada: —Vamos a morir todos, ¿no es así? —Bueno, hemos sido atacados en otras muchas ocasiones. Éste no es el primer asedio que soporta Numancia. Hemos sobrevivido a los anteriores. —Pero ese cónsul es diferente a los demás generales, o al menos eso te oí comentar con Aregodas. —Escipión es un hombre tenaz, pero podemos derrotarlo. —Vamos, esposo, no me engañes; puedes hacerlo con Abulos, pero yo he visto a los romanos, y son muchos. Sabes que no tenemos ninguna oportunidad. —Aregodas jamás se rindió. —Aregodas era un buen hombre, pero murió como un estúpido. —No digas eso, no hables así de Aregodas. —Aracos cogió a Briganda por los hombros y la zarandeó. —Perdona, esposo, no quise ofenderte, ni tampoco a la memoria de tu amigo. Lo querías mucho, ¿no es así? —Lo amaba como a un hermano. Siempre estuvo a mi lado en las batallas, atento a mi espalda... Fue el mejor compañero que guerrero alguno haya podido tener; si los dioses son justos, ahora estará gozando de banquetes deliciosos. »Él os trajo de nuevo a mí. Aracos acarició el rostro de su esposa y salió de la casa. Se dirigió hacia la muralla, donde algunos hombres hacían el primer turno de guardia de noche. —¿Alguna novedad? —preguntó. Los soldados lo saludaron al reconocerlo. —Ninguna, Aracos, ninguna. El contrebiense subió al muro y desde el parapeto contempló el horizonte, salpicado por decenas de hogueras que los romanos encendían todas las noches para iluminar la base del muro. —¡Vaya!, un círculo de fuego. Escipión se ha tomado muy en serio su trabajo. —¿Cuánto tiempo aguantarán ahí? —le preguntó uno de los guardias. —Creo que esta vez han decidido quedarse —repuso Aracos. —En cuanto llegue el invierno de verdad, harán como los demás, saldrán corriendo hacia el este. —Ojalá aciertes en eso, compañero. Buena guardia. Aracos regresó a casa; Briganda miraba las brasas del hogar mientras canturreaba una vieja canción de cuna.

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