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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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la guardó en una bolsa junto a la suya. Le dije que el día que nos encontráramos en el campo de batalla, no dudaría en matarlo. —Pues creo que esa ocasión se va a presentar muy pronto. Marco contempló Numancia desde el campamento que se estaba construyendo justo al sur de la ciudad de los arévacos, sobre un cerro al otro lado del río que fluía hacia el Duero desde las colinas del este. Escipión apoyó su brazo en el hombro de su primo y dijo: —Voy a levantar un cerco alrededor de esa ciudad a través del cual no pueda pasar ni una rata. Mis ingenieros han estado estudiando el terreno, y mira —Escipión se acercó a una mesa, cogió un rollo de piel y lo desplegó ante Marco—: Construiremos siete campamentos bien fortificados en esos siete cerros, rodeando por completo la ciudad, y los uniremos con un foso y un muro; en los cauces de los ríos ubicaremos puentes y torres de madera y peinaremos las aguas con rastrillos de hierro. Nadie podrá entrar ni salir de ese recinto sin nuestro permiso. Marco observó el plano de las obras dibujadas por los ingenieros del ejército siguiendo las instrucciones de Escipión. —Nunca se ha hecho nada parecido; será una obra de titanes. Ahora entiendo por qué sometiste a los legionarios y a los auxiliares a aquellos ejercicios de zapadores. —Mañana mismo empezaremos a cavar el foso, a levantar el muro y a trazar los demás campamentos. Marco cotejó las fortificaciones trazadas en el plano con el paisaje que se extendía ante sus ojos y se sorprendió ante la monumentalidad de la obra que pretendía ejecutar Escipión. —Nos llevará meses —dijo el general. —No importa; tenemos tiempo, mucho tiempo —sentenció el cónsul.

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