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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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invencible, que peleaba con la ayuda de los dioses. Aregodas precisa una consideración semejante —repuso Aracos. —Tienes razón, pero no podemos salir para honrar al cadáver de Aregodas como se merece mientras los romanos nos asedien. —En ese caso, hagámoslo aquí, en la ciudad que Aregodas defendió con su vida. Olíndico ordenó a unos hombres que apilasen algunos fajos de leña junto a la puerta de « la bajada al llano»; con ellos formaron una pira sobre la que se colocó el cadáver de Aregodas vestido con una túnica blanca sujeta al hombro con una fíbula de bronce repujada con plata. El propio Aracos colocó en la mano derecha de su amigo la espada larga con la que había realizado la última carga con su caballo, la misma que empuñaba cuando fue abatido por las flechas del ejército romano. El rostro frío y cerúleo de Aregodas mostraba una serenidad profunda. Aracos se inclinó sobre el pecho de su lugarteniente, y al darle un último abrazo sintió el tétrico frío de la muerte. Cogió la antorcha que le acercó un guerrero y la fue aplicando alrededor de la pira, hasta que la leña ardió por todos los lados, emanando una densa columna de humo blanquecino. Mientras se consumía el cuerpo de Aregodas, dos druidas recitaron una larga letanía de lamentos en la lengua de los antepasados. Tuvieron que esperar un cuarto de día hasta que se apagaron todas las brasas. Los druidas comenzaron entonces a recoger los fragmentos de los huesos de Aregodas con unas paletas y los fueron depositando en una urna; lo hicieron con extremo cuidado, pues los huesos de los muertos eran un tabú para los numantinos. Durante el rito de la incineración dos hombres habían cavado una fosa en el cementerio situado en la ladera sur de Numancia, frente al curso del Duero, apenas a cien pasos de la muralla. Los huesos y las cenizas de Aregodas fueron depositados en la fosa y junto a ellos la fíbula y el medallón de bronce, la espada larga, que Aracos dobló para que nadie pudiera usarla, y unas cuentas de un collar que Aregodas había comprado en un mercado norteafricano durante el asedio de Cartago. La fosa se delimitó con cuatro lajas de piedra y se tapó con una losa. Los druidas repartieron entre los asistentes al enterramiento unos panes que habían consagrado al dios Lug y unos pedazos de queso, y asperjaron sobre la tumba unas gotas de licor de cien hierbas, del que bebieron unos sorbos. Por fin, rezaron unas plegarias antes de que dos guerreros cubrieran la fosa con varias paladas de tierra. * * * —¿Has visto esa columna de humo blanquecino? —le preguntó Marco Tulio a Escipión. —Sí, han quemado el cadáver de uno de sus jefes; un loco que atacó él solo a toda una cohorte de legionarios. Mi estrategia está dando los primeros resultados. No esperaban que aguantáramos inmutables a sus provocaciones. Se están poniendo nerviosos, y eso nos favorece. »Por cierto, me han dicho los oteadores que el cuerpo de ese orate fue recogido por un formidable guerrero que enarbolaba un hacha de combate y que se acercó para recuperar el cuerpo del muerto sin mostrar miedo alguno. —¡Aracos! Por todos los dioses, ese guerrero del hacha tiene que ser Aracos. ¿Lo recuerdas?; te lo presenté en Cartago; era mi ayudante ibero. —Claro que lo recuerdo. Su hacha nos hizo muchos favores en otro tiempo, pero ahora nos está causando muchos problemas. Nuestros espías aseguran que es el verdadero jefe del ejército numantino y que dirige toda la estrategia de los guerreros arévacos. Conoce bien nuestros métodos de combate, que tú le enseñaste, Marco —dijo Escipión. —Yo no podía imaginar que un día mi ayudante nos traicionaría, yo... —No, no te lo reprocho, primo; yo hubiera hecho lo mismo. Entre ese celtíbero y tú parecía haber una estrecha amistad, ¿qué pasó para que se rompiera? —Él regresó a su tierra tras la toma de Cartago; quería comprar algunas fincas en su ciudad natal, en Contrebia Belaisca. Unos años después me visitó en mi casa de Roma; vino con una embajada de celtíberos. Me dijo que había dejado sus tierras en Contrebia para unirse a los numantinos. Yo había acordado con él una tésera que habíamos plasmado en dos manos de bronce. Le devolví la mía y él

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