Page 198

José Luis Corral Lafuente

Numancia

197

hispanos, que se habían mantenido en guardia durante todo el tiempo, lanzaron sobre Aregodas una andanada de flechas; tres de ellas impactaron en su cuerpo, que cayó hacia atrás como un saco de arena. —¡No, no! —gritó Aracos. El guerrero del hacha corrió hacia Aregodas, pero antes de que pudiera llegar hasta su cuerpo abatido los auxiliares hispanos dispararon una segunda andanada que le hizo frenar. Viento alzó los cuartos delanteros encabritado, y Aracos comprendió que si seguía hacia delante sólo le esperaba la muerte. Entre tanto, las tres cohortes apostadas junto al río comenzaron a avanzar hacia los jinetes numantinos al son de atronadores timbales y trompas. Aracos dudó. No quería dejar allí, en medio del campo, el cuerpo de su amigo, pero tampoco podía exponer a los hombres a su mando a un combate desigual. Calibró sus fuerzas y supuso que podrían aguantar la carga de los legionarios, e incluso causarles algunas bajas antes de retirarse hacia la seguridad de los muros de Numancia. Apretó los dientes impotente por no poder auxiliar a su amigo, cuyo cuerpo yacía inmóvil unas decenas de pasos más adelante, y ordenó a sus jinetes que no se movieran. Las tres cohortes que venían desde el río se detuvieron a unos doscientos pasos de los numantinos, que ya se disponían para luchar. Los dos bandos enemigos mantuvieron sus posiciones estables durante un buen rato. Aracos ardía en deseos de atacar para al menos recuperar el cuerpo de Aregodas, que seguía sin moverse, pero los arqueros hispanos, seguramente de las islas Baleares, imaginó el contrebiense, habían demostrado una certera puntería. Algunos numantinos comenzaron a mostrarse inquietos y agitados, pero entre los romanos nadie movía un dedo. Uno de los jinetes de la compañía de «los hijos de la luz» no pudo aguantar la tensión y, erguido sobre su caballo, agitó una lanza retando a un combate a los legionarios, pero nadie respondió a su envite. —¿Qué hacemos? le preguntaron algunos hombres a Aracos. —Aguardad aquí. Aracos colgó su hacha de combate del cinturón y avanzó despacio hacia el cuerpo de Aregodas con los brazos abiertos en cruz; consiguió llegar hasta él sin que desde el bando romano nadie lo impidiera con una nueva andanada. Saltó de Viento de un brinco y se arrodilló ante el cuerpo de su amigo, que yacía boca arriba con el pecho ensartado por dos saetas y el cuello atravesado por una tercera. Había un silencio cómplice y sólo el aire fresco y racheado de los primeros días de otoño soplaba ligero, levantando finas capas de polvo. Aracos palpó el pecho de su amigo y comprobó que no respiraba. Apretó los puños, se mordió el labio hasta sentir el cálido sabor salado de su sangre, arrancó las saetas de la carne de Aregodas y alzó el cuerpo del compañero muerto. Con toda su fuerza, lo cargó en su hombro y luego lo colocó sobre la grupa de Viento, al que acarició las crines y el cuello. —Ya ves, amigo, tal vez nuestra lucha no haya servido de nada. —musitó en voz baja. Después cogió las riendas de Viento, miró sin ira hacia los romanos y muy despacio se dirigió hacia los suyos, que le abrieron paso al pie de la ladera de «la bajada al llano», camino de Numancia. Los doscientos jinetes numantinos lo siguieron ladera arriba mientras las cohortes romanas, sin deshacer su compacta formación, se alejaban despacio. * * * —Deberíamos dejar su cuerpo tendido en el campo, para que los buitres coman su carne y eleven su espíritu al cielo —dijo Olíndico a la vista del cadáver de Aregodas. —Fue un extraordinario guerrero. Murió defendiendo esta ciudad, merece un funeral como lo que fue: un héroe. En una ocasión oí a Polibio, un historiador que siempre acompaña a Escipión en sus batallas, que recitaba un poema de un bardo griego llamado Homero. Eran unos versos muy bellos en los que un soldado lloraba la muerte de su amigo a manos de un poderoso enemigo, casi

Numancia  
Numancia  
Advertisement