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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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** * Aracos y Aregodas pasaron revista a los doscientos jinetes agrupados en el interior de la puerta frente a «la bajada al llano». Entre ellos estaban los pocos contrebienses que quedaban vivos de los que habían marchado con Aracos a Numancia varios años atrás, y los miembros de la compañía de «los hijos de la luz». —Recordad bien mis instrucciones —gritó Aracos. Nadie debe actuar por su cuenta; esperad a que yo dé la orden de atacar. Aracos había comprobado que cada hora del cómputo romano del tiempo un destacamento compuesto por una cohorte de legionarios y otros tantos auxiliares patrullaba alrededor de la ciudad comprobando si algún numantino pretendía salir de ella. Aracos había dicho a sus hombres que cargarían contra ese destacamento en cuanto estuviera al pie de «la bajada al llano». Era mediodía cuando la cohorte apareció en el lugar previsto por Aracos para el ataque por sorpresa. El contrebiense enarboló su hacha de combate, se caló el casco, se ajustó las correas y dio la orden de que se abrieran las batientes de madera de la puerta. Como impulsados por un resorte, los doscientos jinetes salieron en tropel gritando y aullando hacia la cohorte de legionarios, descendiendo «la bajada al llano» a todo galope. En cuanto los vieron venir, los legionarios reaccionaron como un solo hombre, formaron una «tortuga» con sus escudos y aguardaron parapetados con firmeza, en tanto los auxiliares corrían a desplegarse en dos alas tras los legionarios. Unos jinetes izaron banderas rojas de señales con las que alertaban a Escipión de un ataque numantino. —¡Alto, alto! —ordenó Aracos. El contrebiense frenó a los doscientos jinetes levantando su brazo y su hacha. —¿Qué ocurre Aracos, por qué nos detenemos? —le preguntó Aregodas. —Están preparados y concienciados para repeler nuestro ataque. ¿Has visto cómo han formado la «tortuga» en cuanto hemos aparecido tras la puerta? En otras ocasiones hubieran huido en desbandada o se hubieran enfrentado a nosotros totalmente desorganizados. En cambio, hoy han respondido con absoluta serenidad. Saben lo que tienen que hacer. Aguardad aquí. Aracos acicateó a Viento y se acercó a un tiro de flecha de los romanos. Con su hacha de combate alzada les conminó a combatir, insultando a Roma, a Escipión y a sus madres, pero ni uno solo de los legionarios movió un ápice una sola de sus armas. Siguiendo la provocación de Aracos, algunos jinetes numantinos se acercaron hasta medio centenar de pasos de los romanos y profirieron insultos, mofándose de su cobardía y retándoles al combate. —No responden a nuestras provocaciones —dijo Aregodas un tanto sorprendido. —No lo harán. Mira. —Aracos señaló hacia su izquierda. Cerca del curso del Duero, a unos quinientos pasos de distancia, se habían desplegado tres cohortes más. —Es una trampa —dijo Aregodas. —No. Si así fuera no hubieran aparecido tan pronto; hubieran permanecido ocultos para sorprendernos por la espalda y cortarnos la retirada a Numancia. Lo han hecho a propósito. Es un claro mensaje de Escipión. «Venid a por nosotros, nos dice, estamos preparados, siempre estaremos listos para el combate.» Sí, eso nos dice ese condenado romano. —Si es así, lo comprobaremos enseguida —dijo Aregodas. Y sin mediar otra palabra, el lugarteniente de Aracos besó el medallón de bronce que colgaba de su cuello y, con la espada en posición de carga, arrancó al galope hacia la formación de los romanos. —¡Aregodas, Aregodas, no, no! —gritó Aracos. Pero era demasiado tarde, el impetuoso contrebiense cabalgaba hacia los legionarios aullando, con sus cabellos al aire y el brazo derecho al frente empuñando con fuerza su espada larga de doble filo. Cuando apenas le faltaba una treintena de pasos para alcanzar la «tortuga», los auxiliares

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