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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 17 Aracos se sentía como una fiera enjaulada. Prisionero en la ciudad que había jurado defender, el contrebiense le propuso a Olíndico realizar una salida para atacar a los romanos. —Debemos reaccionar. Conozco a Escipión y sé cuáles son sus tácticas de asedio. Si dejamos que nos encierre en un círculo impermeable estaremos perdidos. De momento han levantado esa empalizada de estacas y ramas, pero si no la rompemos, detrás de ella aparecerá un muro de piedra y probablemente un foso. No podemos quedarnos inmóviles tras estas murallas mientras los romanos van cerrando el cerco hasta asfixiarnos. Cometemos un error permaneciendo a la defensiva —dijo Aracos. —Yo creo que nuestras defensas son seguras. Estamos a fines de verano y los romanos podrán mantener el sitio por algunos meses, pero cuando llegue el invierno y todo esto se cubra de nieves y de hielo, su vida será insoportable. He hablado con los ancianos del consejo del senado y me aseguran que, con las provisiones que guardamos en los almacenes de la ciudad y en los de cada casa, podemos resistir durante al menos nueve meses, tal vez diez; y algunos más si conseguimos que nuestros aliados nos envíen suministros —explicó Olíndico. —¿Y quién va a traernos esos suministros? El trigo vacceo ha sido requisado por los romanos, los belos y los titos no se atreverán a desafiar a Roma, y en cuanto a las demás ciudades arévacas, han sido tan castigadas que apenas tienen trigo para cubrir sus propias necesidades —Lug proveerá, Aracos. Nuestro dios protector nunca nos ha desamparado. Él nos protege; mi lanza de plata es el talismán que nos defenderá de Roma y de su ejército. —Vamos, Olíndico, afronta la realidad. Escipión dispone de sesenta mil soldados mejor preparados que nunca y dirigidos por los generales más capaces de la República. Nosotros apenas podemos enfrentar a todo ese poder a dos mil guerreros, la mayoría cansados de tantas batallas, hartos de vivir pegados a una espada. Hace veinte años que Roma asedia Numancia, veinte años. Los hemos vencido una y otra vez, y aquí están de nuevo; ahora más fuertes y más numerosos que nunca. —¿Cómo sabes que no ocurrirá lo mismo que en tantas otras ocasiones?, ¿por qué ahora va a ser distinto? —preguntó Olíndico. —Tú mismo los has visto maniobrar; son miles y parecen un solo hombre: Escipión. —Pareces admirar a ese romano; te dije que sólo era un hombre —repuso Olíndico. —Hasta hace unos meses, tal vez; pero ahora Escipión es todo un ejército, un ejército de sesenta mil Escipiones. —Entonces, propones que realicemos un ataque por sorpresa... —Sí. Creo que todavía tenemos una posibilidad. Escipión no espera que hagamos una salida contra sus tropas debido a nuestra inferioridad. Pero si conseguimos una victoria, si logramos sorprender a los romanos, bueno, tal vez les entren dudas y desconfíen de su fuerza. Si los vencemos en campo abierto en una escaramuza es probable que su moral se venga abajo y vuelvan a descomponerse. Olíndico se sentó en un poyete de piedra dejándose caer cansinamente. Su semblante era serio y sus facciones parecían esculpidas en piedra. —Tal vez tengas razón. ¿Propones algún plan? —Una salida. Disponemos de pocos hombres y cada uno de ellos es absolutamente necesario para la defensa de la muralla. Propongo realizar una cabalgada con dos centenares de jinetes y atacar a un destacamento romano, pero evitar cualquier enfrentamiento directo que nos produzca bajas. Si los sorprendemos y acabamos con unos cuantos de ellos estará bien, pero si no lo conseguimos..., en ese caso deberemos retirarnos antes de que reaccionen. No podemos perder un solo hombre. —Bien, hazlo así. Veremos cómo responden esos romanos.

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