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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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—Bueno, Olíndico es un hombre muy extraño. ¿Recuerdas cuando se presentó con sus compañeros de «los hijos de la luz»?; eran poco más de media docena pero él habló como si se tratara del general de toda una legión. * * * Aracos se reunió durante toda la tarde con los oteadores que habían seguido los pasos del ejército de Escipión durante las últimas semanas. Las cuatro legiones se acercaban a Numancia desde el sur, después de haber realizado un amplio movimiento envolvente desde el norte y el oeste. Habían seguido el curso del Duero hasta la gran curva en la que este río cambia de dirección unas millas al sur de Numancia. —Prepararemos una emboscada en la garganta donde el río gira hacia el oeste, tal vez... —Escipión estará preparado para ello —repuso Aregodas. —Ya lo sé, pero tenemos que hacer todo lo posible para no encerrarnos en estos muros. Creo que Escipión está dispuesto a levantar un cerco hasta que nos rinda por hambre. Olíndico aceptó el plan de Aracos, pero aseguró que sería mejor esperarlo parapetados tras las murallas. —Numancia es inexpugnable. Nos protegen nuestra muralla y el dios Lug; los romanos nada pueden hacer contra ellos —había asegurado el caudillo druida. —La muralla no está del todo completada; hay zonas en las que ni siquiera existe y en otras no es sino una tapia de piedras y adobes, por eso debemos atacarlos antes de que se presenten aquí — repuso Aracos. Los hombres de Aracos cayeron sobre la vanguardia del ejército romano, formada por dos cohortes de legionarios y varios escuadrones de auxiliares hispanos. Aracos saltó sobre los primeros legionarios enarbolando su hacha de combate, con la que lanzó terribles golpes con cada uno de los cuales tumbó a un legionario. Sus hombres, con las largas cabelleras al viento y los rostros cubiertos con pintura blanca y negra, le siguieron aullando como lobos hambrientos. La sorpresa del ataque no aterrorizó a los legionarios, como había ocurrido hasta entonces, cuando ante la carencia de instrucciones de sus jefes no sabían qué hacer. Pese a ser sorprendidos, supieron guardar la calma y uno de ellos consiguió hacer sonar un cuerno pidiendo ayuda; al poco tiempo apareció en la garganta el mismísimo Escipión al frente de una turma de caballería a la que apoyaban desde lo alto de la garganta varios escuadrones de jinetes númidas. Aracos, sorprendido por la rapidez de la respuesta del cónsul y al observar la enorme superioridad de los romanos, dio a sus hombres la orden de escapar de allí. —Ha aparecido como un rayo; Escipión ha aprendido de los errores que cometieron sus antecesores, no volverá a caer en una trampa —lamentó un abatido Aracos de regreso a Numancia. —¡Has observado cuantos eran! Jamás había visto tanta caballería junta, ni siquiera en el asedio de Cartago. En un instante han acudido en ayuda de los que habíamos emboscado no menos de tres mil jinetes, y todos sabían qué tenían que hacer en esa situación —dijo Aregodas. —Están bien entrenados. Olíndico apareció vestido con la túnica y el gorro druidas y enarbolando su lanza de plata. —Os dije que sería mejor esperarlos aquí en Numancia —dijo el caudillo arévaco. —Escipión ha inculcado a sus hombres una buena dosis de valor y de moral —comentó Aracos— . Son los mismos legionarios a los que tantas veces hemos vencido, pero ahora parecen otros hombres, como si se hubieran transformado. Ya no he visto en sus ojos el terror de antaño, sino la serenidad de los que se creen seguros del triunfo porque confían en el valor y en el genio de su jefe. —¡Bah!, estas murallas los detendrán; jamás han podido con ellas —aseguró Olíndico. —Las de Cartago eran más altas, más gruesas y tenían más soldados para defenderlas, y cayeron ante el empuje y el tesón de Escipión —dijo Aregodas. —Lug no es el dios protector de Cartago, lo es de Numancia; Lug evitará que los romanos ocupen nuestra ciudad. Lug nos hace invencibles —tronó Olíndico.

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