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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 15 Aracos y Briganda jugaban con Abulos en la estancia principal de su casa con unas figuritas de caballos de terracota que el padre le había regalado al niño. Unos golpes sonaron en la puerta, y en el umbral apareció Aregodas con gesto serio. —Ya vienen. No hizo falta nada más para que Aracos entendiera que Escipión y todo su poderoso ejército habían puesto rumbo a Numancia desde la tierra de los vacceos. —¿Cuánto tiempo tardarán en llegar hasta aquí? —Tres, tal vez cuatro días. Nuestros oteadores aseguran que se trata del más numeroso ejército que jamás han visto reunido. Cuatro legiones, unos cincuenta mil hombres, lo componen, además de las tropas númidas de caballería, arqueros y honderos y doce elefantes. —Cincuenta y cinco mil... tal vez sesenta mil... Creo que esta vez sí podrán con nosotros — musitó Aracos. Mientras los dos amigos comentaban este asunto, unas trompas sonaron en el exterior de la casa de Aracos. Cuando salieron a ver de qué se trataba, vieron a Olíndico que se acercaba por la calle vestido con una túnica y un gorro druida y precedido por un faraute, que portaba un estandarte rematado con la cabeza disecada de un lobo, y por dos trompeteros; tras él caminaban dos druidas cubiertos con sus mantos azafranados y tocados con sendos gorros cónicos, y varios guerreros de la compañía de «los hijos de la luz». —¡Por todos los dioses! ¿Qué pasa aquí? —exclamó Aregodas. —Me parece que nuestro amigo Olíndico va a sorprendernos otra vez —comentó Aracos. Cuando llegó ante ellos, Olíndico se detuvo, alzó la mano y los que le precedían se pararon también. A una indicación suya, los dos trompeteros hicieron sonar sus instrumentos con más vigor si cabe. —Que Lug esté con vosotros y os colme de bendiciones —dijo Olíndico. —Que haga contigo lo mismo —repuso Aracos. —Tal vez os extrañe esta comitiva, pero Lug me ha concedido un bien precioso, una señal de que el triunfo caerá de nuestro lado. Olíndico extendió el brazo derecho hacia atrás como aguardando la entrega de alguna cosa. Uno de los colegas de «los hijos de la luz» salió de la comitiva y corrió hasta Olíndico con una lanza en la mano, que entregó al caudillo numantino. Este cogió la lanza, la enarboló señalando al cielo con la punta y dijo: —Esta pasada noche ha venido Lug a mis sueños y me ha dejado este presente; se trata de una lanza de plata, hecha de luz y de metal, como el mismo dios a quien veneramos. Me ha encargado que encabece la resistencia de Numancia contra los romanos y que os conduzca a todos a la victoria. Esta lanza es la señal de que Lug está con nosotros, de que su luz nos guía y de que nos ayudará a derrotar a los romanos. —Llevas el gorro de los druidas —le dijo Aracos. —Soy un druida —repuso de inmediato Olíndico—; desde esta noche Lug me ha nombrado su intermediario entre él y los numantinos. Esta lanza es la señal, el venablo de luz con el que Lug gobierna los cielos. El senado de Numancia me ha nombrado jefe supremo de esta ciudad. »Esta noche celebraremos una fiesta; será la última antes de que Escipión se presente ante nuestros muros. ¡Qué iluso ese romano!, no sabe la que le espera. Olíndico volvió a alzar su lanza y continuó por la calle recorriendo toda la ciudad, entre los cánticos guerreros de la multitud, que lo seguía enfervorizada. —¿Has visto y oído lo mismo que yo? —preguntó Aregodas con un rictus de escepticismo. —Sí. Olíndico ha convencido a toda esa gente de que es el enviado de Lug, el salvador de Numancia —repuso Aracos. —¿Y qué opinas?

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