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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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CAPÍTULO 14 —¡Se mueve, el ejército de Escipión se mueve! Uno de los oteadores que los numantinos habían destacado para seguir los movimientos del ejército consular romano apareció en Numancia a todo galope gritando esta frase una y otra vez. En cuanto supieron de su llegada, Olíndico y Aracos lo recibieron en el edificio del senado. —¿Qué ha hecho Escipión? —Durante las primeras semanas del verano, como ya informamos, ha estado recorriendo las tierras de Sedetania, recogiendo trigo y cebada y acaparando sal, miel, aceite y carne salada y ahumada. Nos hemos enterado de que sus generales le han aconsejado que avanzara hacia Numancia siguiendo la ruta más corta, derecho hacia nosotros por el camino del jalón hasta Ocilis, y de ahí a Numancia por el camino del sur, pero el cónsul ha ordenado avanzar hacia la tierra de los vacceos por el norte, siguiendo el curso del Ebro hasta la ciudad de Grachurris, y de allí hasta Arce y Segisamo, para entrar por el norte en el territorio de los vacceos. —Parece que intentará atacarnos por el oeste —supuso Olíndico. —No, no es eso; ¡ese astuto zorro! Quiere cortarnos toda posibilidad de suministros. Sabe bien que el trigo vacceo será imprescindible para nosotros si el cerco que creo que planea se prolonga demasiado. Sin el suministro de trigo vacceo no podremos aguantar mucho tiempo, no más de medio año, seis o siete meses romanos, tal vez ocho si nos racionamos bien, pero no más. Debí de haberlo previsto antes. —Tenemos trigo suficiente, este año la cosecha ha sido abundante. Podremos resistir hasta la próxima siega dijo Olíndico. —Si Escipión cierra el cerco sobre Numancia no habrá próxima siega. Y sin cosecha, el trigo vacceo es nuestra única posibilidad de resistencia. Eso es lo que pretende el romano. Bien, habrá que acumular cuantas provisiones podamos antes de que comience el asedio —planteó Aracos. —Pero el oteador acaba de decir que no se dirige hacia aquí, que ha puesto rumbo a la tierra de los vacceos, tal vez no venga contra Numancia —aventuró Olíndico. —Tú eres el jefe de esta ciudad, pero hazme caso, ordena a todos los numantinos que recojan cuantos alimentos puedan recolectar y que los guarden bien en sus despensas. Y envía correos a todas las ciudades y aldeas vecinas para que compren cuanto trigo puedan encontrar, pues dentro de muy poco tiempo Escipión nos mantendrá encerrados en un cinturón de hierro. Olíndico miró a Aracos, se atusó el cabello y dijo: —No he visto nada de esto en mis sueños; Lug no me ha revelado... —Tal vez estuviera ocupado en otros asuntos. Hazme caso y deprisa, tenemos muy poco tiempo. Si no me equivoco, Escipión estará ante estos muros antes de que acabe el otoño; el próximo invierno será muy duro. * * * El ejército de Escipión se dirigió en bloque, en un cuerpo compacto, hacia la tierra de los vacceos. Tras dejar el curso del río Ebro tuvieron que realizar la marcha durante las noches, pues a pleno sol hacía tanto calor que los hombres se deshidrataban y caían asolados por el inclemente estío. Cruzaron algunos páramos en los que faltaba el agua, pues todos los manantiales estaban secos, y tuvieron que abrir pozos, pero la mayoría eran tan salobres que el consumo de su agua provocó la muerte de algunos hombres y animales. Aprovechando el buen tiempo del verano, atravesó el extremo norte de la Idubeda y se plantó ante la ciudad vaccea de Palantia, cuyos habitantes ya sabían que los romanos iban hacia ellos. En un gran llano cerca de Palantia que estaba rodeado por colinas, los romanos se desplegaron ocupando todo el frente, en tanto los vacceos habían ocultado varios escuadrones de caballería al otro lado de las colinas, mientras unos cuantos jinetes hacían alardes incitando al combate a los romanos, esperando a que éstos los persiguieran y así conducirlos

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