Page 185

José Luis Corral Lafuente

Numancia

184

—Hace poco tiempo que hemos entrado de guardia, y por aquí no ha salido; tal vez lo haya hecho por la puerta del sur. —O tal vez esté durmiendo la borrachera en casa de alguna bella muchacha —conjeturó entre sonrisas el otro centinela. —Su caballo no está en el establo —aclaró Aracos. —Bueno, no te preocupes, habrá salido a cabalgar; pronto regresará. Pero Aregodas no regresó aquella noche. Aracos recorrió todas las casas de sus hombres y uno a uno les fue preguntando por Aregodas. Nadie supo decirle nada. «Bueno, tal vez se haya entretenido de verdad con alguna muchacha y esté por ahí afuera, en cualquier parte», pensó Aracos, que se recostó en su lecho de paja, cerca del hogar, y durmió profundamente. Al día siguiente Aregodas seguía sin aparecer, y nadie sabía nada de él. Aracos se dirigió preocupado a casa de Olíndico y le contó lo que pasaba. El jefe numantino movilizó enseguida a la compañía de «los hijos de la luz» y comenzaron a buscarlo por toda la ciudad, indagando sobre su paradero casa por casa. por fin, un alfarero dijo haberlo visto la mañana del día anterior alejarse con su caballo hacia el oeste, en dirección al Moncayo. ¿Dónde habrá ido?; ¿no te dijo nada? —le preguntó Olíndico a Aracos. —No, ni siquiera me avisó de que pretendía marcharse; no sé qué pensar. Durante diez días no hubo una sola noticia de Aregodas. Aprovechando el poco trabajo que había tras la cosecha, el batallón de contrebienses y la compañía de «los hijos de la luz» recorrieron a caballo varias millas alrededor de Numancia; preguntaron en algunas aldeas, buscando algún vestigio del lugarteniente de Aracos sin hallar la menor huella. —Bien, parece que tu amigo se ha marchado; un desertor más —aseveró Olíndico. —Ni siquiera a ti te consiento que hables así de Aregodas —dijo Aracos. —Bien, pues si no ha desertado, dime, ¿dónde está?, ¿adónde ha ido? En ese momento uno de los contrebienses acudió para comunicar a Aracos que los centinelas habían avistado a Aregodas, que se acercaba a Numancia por el camino del oeste. Aracos corrió hacia la muralla seguido de Olíndico, subió al camino de ronda y oteó el horizonte. A lo lejos, como a dos millas de distancia, vio la figura inconfundible de Aregodas, erguida sobre su caballo, que avanzaba hacia la ciudad seguida por dos acémilas; sobre una de ellas cabalgaba una mujer que se protegía del sol con un sombrero de paja de ala ancha, y tras ella, abrazado a su cintura, se vislumbraba la figura de un niño. Aracos entornó los ojos y forzó la vista, fijando sus pupilas en la comitiva. Al poco tiempo pudo distinguir claramente el rostro de Aregodas bajo el sombrero de ala ancha que usaba en los largos viajes, y tras él a Briganda, que cabalgaba sobre una mula junto con el pequeño Abulos y se protegía del sol con una sombrilla. —¡Condenado loco! —exclamó Aracos. —¿Qué ocurre aquí?, no entiendo nada; ¿qué está pasando? —preguntó Olíndico, que se había colocado tras Aracos junto al parapeto de la muralla. —Es Aregodas que regresa, y lo hace con mi esposa y con mi hijo. Aracos se descolgó por la muralla al exterior de la ciudad y descendió ladera abajo sorteando obstáculos y trampas hasta alcanzar el camino del oeste, por el cual corrió al encuentro de su esposa y de su hijo. * * * Briganda y Aracos dieron buena cuenta de un plato de carne de jabalí guisada con cebollas y zanahorias y un sabroso pedazo de pan recién horneado untado con un cremoso queso tibio de cabra. Abulos dormía en un confortable lecho de paja tras haberse saciado con unas sopas de pan y leche, un par de huevos batidos y una tajada de jabalí asado. —¿Cómo te convenció Aregodas para que vinieses hasta aquí? —preguntó Aracos a Briganda—.

Numancia  
Numancia  
Advertisement