Page 184

José Luis Corral Lafuente

Numancia

183

Capítulo 13 Aracos y su grupo de contrebienses estaban segando las mieses en los campos del oeste. El verano avanzaba cálido y seco, y uno tras otro se sucedían días soleados que caían sobre los campos dorados inmersos en un aire abrasador. Durante las noches refrescaba un poco, y era entonces cuando, pese al cansancio acumulado, con las manos llagadas por el manejo de la hoz y la espalda molida por tantas horas agachados al sol segando las mieses, hombres y mujeres se reunían junto a las puertas de sus casas, bajo el brillo de las estrellas, y cantaban canciones, tocaban liras y tambores y bailaban al son de los panderos. Aracos solía pasear por lo alto de la muralla, saludando a los centinelas, mirando en el cielo el titilar de las estrellas e imaginando que cuando regresara a su casa de Contrebia encontraría allí a su esposa Briganda y a su hijo Abulos, y que ambos saldrían a la puerta a esperarlo, y que luego, cuando el niño se durmiera, haría el amor con su mujer hasta caer ambos rendidos de placer, envueltos en el maravilloso sopor que adormece a los amantes a la llegada del alba. El día que acabó la recolección de la cosecha, los numantinos celebraron una gran fiesta en honor de Lug. Por toda la ciudad se formaron grupos de hombres y mujeres que bailaban danzas mágicas en honor del dios de la luz. Algunos hombres se habían disfrazado con cuernos y pieles de ciervo en honor del dios Cernunnos, otros se tocaban con cuernos de toro y algunos habían construido con palos, paja, telas y pieles unos armazones en forma de caballo en los que introducían la cabeza y corrían de un lado para otro imitando el trote y el relincho de un corcel. La cerveza caelia corría de boca en boca en jarras de barro y el licor de hierbas sumía a los que lo bebían en una especie de éxtasis desenfrenado. —¿Dónde están los romanos, dónde están los romanos? —preguntaban al aire algunos guerreros burlándose de sus ancestrales enemigos. Aracos seguía la fiesta sentado en un murete de piedra; Aregodas se le acercó y le ofreció una jarra de cerveza, que su amigo rechazó. —¿Los echas de menos, verdad? —le preguntó. —No creí que una mujer y un niño a los que apenas conozco llegaran a importarme tanto. A la mañana siguiente la mayoría de los numantinos despertó con la cabeza dolorida por los efluvios de la cerveza y el licor. Algunos todavía yacían tumbados junto a las puertas de las casas, en tanto otros regresaban de los sotos de las riberas abrazados a las muchachas con las que habían pasado la noche. Aracos se despertó con las primeras luces de la aurora; fue al establo de la parte posterior de la casa, montó a Viento y cabalgó sobre su caballo por los campos recién cosechados. De vez en cuando bandadas de perdices salían de entre los rastrojos y levantaban un pesado aleteo, y Aracos las perseguía hasta que remontaban el vuelo y se alejaban de su alcance. Mediado el día, Aracos regresó a Numancia. Dejó a Viento en el establo, amontonando en su pesebre una buena cantidad de paja, y llenó de agua el abrevadero tallado en piedra. Atrajo entonces su atención la ausencia del caballo de Aregodas, y llamó a voces a su amigo, con el que compartía la casa desde que se instalaran en Numancia varios años atrás. Preparó la comida en el hogar, un guiso de carne con cebollas, berzas y huevos, un buen pedazo de queso fundido al fuego y pan. Mediada la tarde empezó a preocuparse, pues Aregodas no regresaba. Salió de casa y se dirigió hacia la puerta norte; dos centinelas hacían guardia sin prestar atención al exterior de la ciudad ni a las atalayas donde se apostaban los vigías y oteadores, pues hacía ya casi un año que no se veía un solo romano en varias millas a la redonda. Los dos centinelas jugaban con unas fichas de barro fabricadas con fragmentos redondeados de vasijas rotas. —Habéis visto a Aregodas? —les preguntó Aracos—; todavía no ha regresado a casa desde anoche. Los dos centinelas levantaron la vista y uno de ellos contestó:

Numancia  
Numancia  
Advertisement