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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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consentía que nadie se escamoteara de su turno de vigilancia, ni siquiera los que parecían más cansados tras una jornada de dura caminata. Cargados con su equipo de combate, los legionarios recorrían una y otra vez los caminos de los alrededores del campamento, desde poco después del amanecer hasta el ocaso. De regreso a las tiendas, estaban tan cansados y con las piernas y los pies tan doloridos que apenas tenían fuerza para tomar un caldo de carne y un poco de pan antes de caer rendidos sobre los sacos de paja; nadie tenía tiempo para pensar en las confortables sábanas de lino que habían perdido. Dos días a la semana se bañaban en las aguas del Ebro; allí el cónsul obligaba a que se frotaran los unos a los otros, haciéndoles ver con ello que eran como mulos, que al carecer de manos necesitan de alguien que los cepille y les frote la piel. Todos los días, a mitad de la jornada, los arengaba con discursos en los que solía repetir que los generales que eran blandos y relajados con sus subordinados constituían un enorme peligro para sus propios hombres y que, por el contrario, los generales que actuaban con mayor dureza y severidad eran los mejores para la salvaguarda de la vida de los soldados a sus órdenes. Pero sobre todo les hablaba de disciplina, a la que junto al valor consideraba como la mejor de las virtudes de la milicia. —Estos hombres están mejorando mucho y muy deprisa, cónsul —dijo Marco. —Sí, primo, ya los ves; sus piernas se han endurecido con el ejercicio, día a día marcan el paso con más fuerza y seguridad, y sus cabezas empiezan a pensar que es posible la victoria. Hace apenas dos meses la marcha que hemos hecho hoy hubiera acabado con la mitad de estos hombres tirada por el suelo y vomitando como cerdos, y ahora, tú mismo lo has podido observar, han caminado a buen ritmo durante veinte millas cargados con cincuenta libras de material y están tan frescos como si vinieran de pasear por los pórticos del foro de Roma. »Pero no es suficiente; la próxima semana endureceremos el entrenamiento. Cada día prepararemos un campamento, cavaremos zanjas que luego cubriremos con tierra y levantaremos muros de piedra que enseguida derribaremos, y así una y otra vez hasta que cada uno de nuestros hombres sea capaz en un solo día de caminar veinte millas, cavar una zanja de diez pasos de largo por cinco pies de ancho y otros cinco de alto y levantar un muro de piedra de la altura de dos hombres, y todo eso sin rechistar, sin alegar una sola excusa. —Ten cuidado, a ese ritmo vas a acabar con medio ejército —le advirtió Marco. —Los que no sean capaces de resistirlo, mejor que mueran, porque los que no puedan superar estas pruebas tampoco podrán resistir el largo asedio que nos espera. Sólo podemos derrotar a los numantinos si somos más fuertes que ellos, más tenaces que ellos y más resistentes que ellos. Sólo así. Durante dos meses, los soldados de Escipión construyeron campamentos, cavaron zanjas y levantaron muros que enseguida hacían desaparecer. El cónsul supervisaba todos los entrenamientos desde el amanecer hasta el ocaso, yendo con su caballo de un lado a otro, controlando los ejercicios, corrigiendo la formación de marcha, que debía ser en cada momento perfecta en cuanto a la geometría de las figuras cuadradas que dibujaban las cohortes y los manípulos, y alentaba a sus hombres a mantener erguido el orgullo de Roma. Mediado el verano, Escipión hizo saber a sus generales que el ejército ya estaba preparado. —Sus cuerpos están templados como el acero celtibérico y sus espíritus han adquirido la firmeza de ánimo y el sentido de la disciplina necesarios para poder emprender esta difícil empresa —asentó Escipión. —No creí que pudieras conseguirlo, primo —intervino Marco Tulio—. En algún momento llegué a pensar que perderíamos a la mitad de los hombres, y que la otra mitad o desertaría o se amotinaría. El Senado tenía razón cuando te permitió ejercer el consulado por segunda vez; sólo tú has podido lograr que esta pandilla de indisciplinados y haraganes se convierta en unos pocos meses en el magnífico ejército que es hoy. —No todo el mérito es mío; olvidas un hecho que es trascendental —dijo Escipión. —¿Cuál es? —Que todos esos legionarios, querido Marco, son romanos. —Bueno, dos tercios de nuestros hombres son auxiliares ibéricos, africanos e italianos.

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