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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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—¿Tienes un plan de combate? —Lo tengo —asentó Caro—; no nos quedaremos aquí, escondidos como conejos en su madriguera; saldremos a por ellos, a su encuentro, retomaremos la iniciativa, y antes de que se den cuenta estarán llorando ante sus dioses la muerte de sus compañeros. Saldremos de noche y nos esconderemos en un lugar estrecho y angosto que necesariamente deben atravesar en su camino desde Ocilis a Numancia. Allí, emboscados, aguardaremos el paso del ejército romano y caeremos sobre él como los lobos sobre sus presas. —Creo que tienes razón.. Propongo que Caro de Segeda sea quien dirija el ejército aliado de arévacos y belos —proclamó Ambón a los reunidos en la asamblea—. Levantad la mano los que estéis de acuerdo con mi propuesta. Casi la totalidad de los belos y arévacos allí convocados alzó su brazo derecho al cielo y aclamó a Caro por su nombre. —Acepto vuestra designación —se apresuró a decir Caro. —Has sido elegido como nuestro caudillo, condúcenos a la victoria —proclamó Ambón. Aquella noche de verano, Numancia celebró una gran fiesta en la que se comió carne asada y pan de bellotas y se bebió cerveza espesa de trigo y vino áspero suavizado con miel. Durante toda la velada, numantinos y segedenses bailaron por las calles en honor a una divinidad sin nombre que era denominada como «el padre de todo»; en las esquinas ardían hogueras, y familias enteras danzaban a las puertas de sus casas, con las caras pintadas con líneas rojas y negras, vestidos con amplios mantos rayados y tocados con sombreros hechos con pieles de lobo y cuernos de ciervo. Muchos sabían que al cabo de muy pocos días iban a morir en la batalla, y aquélla era una oportunidad de diversión que tal vez nunca jamás volviera a presentarse. A la mañana siguiente, poco antes de amanecer, en un improvisado altar junto a una de las puertas, dos druidas numantinos ofrecieron al terrible dios Neto, la cruel divinidad de la guerra y de las alturas, un sacrificio. Los celtíberos todavía estaban aturdidos por la cerveza y el vino consumidos durante toda la noche anterior cuando una joven muchacha fue conducida ante el altar, ubicado al lado de una gran roca en la que se había tallado una amplia hendidura, como preparada para albergar a un cuerpo humano. La muchacha, vestida con una túnica de lino y coronada con una tiara de flores, fue depositada en el hueco de la roca. Parecía aletargada, como si le hubiesen dado a beber alguna sustancia relajante. Los dos druidas la acomodaron suavemente sobre la roca. Ambos iban tocados con sendos gorros altos y puntiagudos de los que colgaban plumas de buitre, y sus caras estaban ocultas por máscaras de piel que asemejaban la cabeza de un lobo. La muchacha, ajena a cuanto sucedía a su alrededor, perfilaba en sus rojos labios una leve sonrisa, apenas intuida en sus ojos erráticos y vidriosos. Uno de los druidas inició una frenética danza alrededor de la roca donde yacía la joven, y el otro lo siguió de inmediato; brincaban y giraban como multicolores peonzas, recitando una letanía cadenciosa en una vieja lengua que nadie entendía. De vez en cuando miraban hacia oriente, donde una tenue claridad se hacía cada vez más brillante y anunciaba que no tardaría en salir el sol. Los saltos y los giros de los druidas fueron haciéndose cada vez más pausados hasta que los dos se detuvieron, alzaron sus manos hacia donde estaba a punto de asomar el sol y se encomendaron a todos los dioses célticos: Caldo Vledico, Leiosse, Pendura, Aioragato... los nombres de los dioses de los celtíberos sonaban como un agónico lamento. El primer rayo de sol desbordó la cima de una colina y bañó los muros y las casas de Numancia. Los dos druidas callaron su retahíla de invocaciones y se colocaron uno a cada lado de la muchacha. Uno de los sacerdotes extrajo de su cinturón un cuchillo de hoja tan ancha como gruesa y esperó un instante a que la luz solar alcanzara la piedra de sacrificios. El otro cogió un cuenco de cerámica pintada y lo alzó ofreciéndolo al cielo. Cuando los rayos del sol bañaron el cuerpo de la joven, el druida lanzó un rapidísimo y certero tajo con su cuchillo y cercenó limpiamente la yugular de la muchacha. La joven arqueó su cuerpo y, tras dos estertores, quedó inmóvil mientras de su cuello manaba un abundante chorro de sangre. El segundo druida colocó entonces el cuenco de barro debajo de una muesca tallada en la roca al final de un canalillo, por el que corría la sangre derramada, y con una efectista parsimonia mojó sus dedos en el líquido rojo y viscoso y se los llevó a la boca.

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