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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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—Huir a toda prisa en cuanto veamos aparecer en el horizonte al primer celtíbero —ironizó Marco. —Estos hombres están derrotados de antemano; ya habéis visto sus ojos —apostilló Fabio. —Sí, tenéis razón los dos; están absolutamente desmotivados, carentes de toda esperanza. No confían en el triunfo de Roma porque han estado dirigidos por generales mediocres y poco cualificados. —He preguntado a algunos centuriones sobre cómo ven ellos la moral de las tropas, y todos coinciden en que la sola mención del nombre de Numancia les aterroriza. Creen que van a morir, que ya han tenido demasiada suerte en mantener la vida durante este tiempo —dijo Marco. —Pues bien, legado, di a tus hombres que el tiempo de las derrotas ya ha pasado, pero que se preparen para un duro trabajo. En este campamento y en este ejército no existe ni disciplina ni preparación; hasta una pandilla de muchachos con espadas de palo y escudos de madera pondría en un brete a estos soldados. Necesitan entrenamiento, mucho entrenamiento. —¿Y qué piensas hacer? —preguntó Marco. —Aquí no ha habido otras cosas que desidia y molicie. Antes de atacar a los numantinos debemos cambiar a nuestros hombres. Van a trabajar tanto que algunos preferirán no haber nacido. A la mañana siguiente Escipión recorrió todas las tiendas del campamento, y su indignación por lo que contempló fue insoportable. En varios centenares de tiendas, en un extremo del campamento, se habían instalado no menos de dos mil prostitutas, varias bailarinas gaditanas que actuaban todos los días para los soldados, tres centenares de efebos y varios centenares de mercaderes, adivinos y arúspices. Y es que, ante la incertidumbre que tenían los legionarios por su porvenir, los adivinadores del futuro conseguían unas buenas ganancias gracias a las consultas que les hacían. Las prostitutas y los efebos no daban abasto a satisfacer la demanda que de sus servicios requerían los soldados, pues las tropas habían permanecido en ese campamento ociosas durante varios meses, sin otra cosa que hacer que pasar el tiempo dilapidando su salario en los prostíbulos, en las consultas a los adivinos y en los juegos de azar. —¡Por todos los dioses del Olimpo!, jamás pude imaginar un desastre como éste. —Habrá que echar a todos estos parásitos de aquí —supuso Marco. —Lo haremos de inmediato. Ordenad a los centuriones de todas las cohortes que mañana al anochecer no deberá quedar en este campamento ni una prostituta, ni un mercader, ni un adivino. Que cualquiera de éstos que sea apresado merodeando por el campamento después de la puesta de sol de mañana será ejecutado de inmediato y su cadáver arrastrado hasta que quede hecho trizas, y lo que aún reste, arrojado a un estercolero para que lo devoren las alimañas y los carroñeros. —Querido hermano, quizá sea poco tiempo el que propones para el desalojo —dijo Fabio Máximo. —Debería expulsar a toda esa chusma a patadas ahora mismo. Mi padre adoptivo ya lo habría hecho. Prostitutas, efebos, mercaderes y adivinos abandonaron el campamento de la Carpetania a toda prisa, recogiendo sus pertenencias y evacuando el recinto militar antes de que se pusiera el sol. Al amanecer del tercer día desde que llegara de Tarraco, Escipión pasó nueva revista a las tiendas. Un centenar de hombres de la «compañía de los amigos» fueron requisando todo tipo de objetos y utensilios que el cónsul estimaba que eran inútiles para la guerra. Tras dos días completos de inspección, en el centro del campamento se amontonaban centenares de espejos de metal, paletas de afeites, lancetas y tenacillas de aseo, rascadores de marfil para las pulgas, dados, astrágalos y fichas para juegos de apuestas, tarros con ungüentos aromáticos, vasos con perfumes y esencias, cuchillitos y tijeras cosméticas y nada menos que veinte mil pinzas para la depilación. —¿Habéis visto eso? —preguntó el cónsul a Fabio y a Marco—. Ni entre cien lupanares como el de Suburra hubieran podido reunir semejante cantidad de materiales cosméticos. —¡Veinte mil pinzas de depilación! Por los rayos de Júpiter que toda esta gente debía de pasar el tiempo depilándose las piernas y el pecho —se asombró Fabio. —Y fijaos en esa cantidad de frascos de perfumes y afeites; con lo que cuesta semejante dispendio podría reclutarse una nueva legión dijo Marco.

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