Page 172

José Luis Corral Lafuente

Numancia

171

que afanarse en evitar ser ensartados por ellas a la vez que acudir a socorrer los incendios que surgían por doquier tras el impacto de las flechas incendiarias, cuyas puntas habían sido embadurnadas en resina. El desconcierto en el campamento fue total, pues nadie sabía a qué enemigo estaban enfrentándose e incluso hubo romanos que, en el tumulto que siguió al ataque, combatieron entre ellos mismos. Algunos creyeron ver enemigos en donde sólo había sombras y otros huyeron corriendo hacia la nada convencidos de que estaban siendo presa del furor de los espíritus del averno. A la mañana siguiente los romanos pudieron contemplar, a la luz del día, el resultado del ataque numantino: tiendas quemadas, víveres destruidos o saqueados, y centenares de soldados muertos por los venablos, las flechas o las espadas celtíberas, cuyos cadáveres yacían por el suelo con los rostros todavía contraídos por horribles gestos de dolor, de angustia y de pánico. En Numancia, Aracos y los suyos festejaban el éxito de su victoria; sólo habían tenido una docena de bajas y veinte heridos con cortes de espada, lanzadas y contusiones diversas. —Tu hacha de combate sigue siendo invencible. En verdad que no me extraña que los numantinos la consideren como su talismán; anoche brillaba a la luz de los fuegos del campamento romano como un amuleto sagrado, como un fetiche sacralizado por los druidas —le dijo Aregodas a Aracos. —Todo salió bien; creo que la incursión de anoche provocará muchas dudas en los romanos; su nuevo cónsul lo pensará ahora mejor antes de atacarnos. Y así ocurrió. Calpurnio Pisón se tragó su orgullo y renunció a atacar Numancia. A la vista de las bajas sufridas y ante el miedo que cundió entre los legionarios, que pasaron varias noches en vela temerosos de un nuevo ataque nocturno, ordenó levantar el campamento y abandonar el asedio de la capital de los arévacos. Los romanos se alejaron hacia el oeste bordeando la ciudad por el sur, caminando con las cabezas bajas y los brazos abatidos, temerosos de que de aquellos muros de piedra pudieran surgir de repente un grupo de demonios de pelo largo aullando como lobos en cacería y que cayeran sobre ellos como rayos. Desesperado, humillado y con el orgullo arrumbado, el cónsul dirigió a sus dos legiones hacia la tierra de los vacceos, combatiéndolos con la excusa de que habían sido ellos quienes habían vendido a los arévacos las provisiones con las que habían podido hacer frente a los diversos asedios de las legiones romanas; sitió la ciudad de Palantia, sin poder conquistarla, y tras conocer el rumor de que los numantinos se estaban preparando para atacarle, saqueó algunas pequeñas aldeas vacceas, tomó algo de botín, sobre todo ganado y cereales, y atravesó la sierra central en busca de las tierras amigas de la Carpetania. * * * La alegría de los numantinos fue extraordinaria cuando certificaron la huida de Calpurnio Pisón y que éste había asentado sus campamentos de invierno en el sur de Iberia, y lo había hecho de manera estable, con la intención de pasar allí el resto del año, esperando inactivo a que finalizara su mandato consular. —Míralos como ríen —dijo Aregodas a Aracos mientras los dos amigos contemplaban cuánto se divertían los numantinos festejando la huida de las legiones—. Esta vez creo que va en serio. Han tenido un escarmiento difícil de olvidar y ni siquiera han podido derrotar a los vacceos. Me parece que no volverán por aquí jamás. —Te equivocas. Es ahora cuando vendrán con más fuerza que nunca. El Senado enviará contra nosotros a sus generales y soldados más eficaces. Siempre actúa de la misma manera; primero deja que se estrellen cónsules, tribunos y generales inútiles para que fracasen pero a la vez debiliten al enemigo, y cuando su inoperancia raya en el ridículo envía a los mejores generales con las mejores tropas para que arreglen la situación. Si no me equivoco, la próxima primavera tendremos ahí enfrente a Escipión.

Numancia  
Numancia  
Advertisement