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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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corriendo hacia Numancia. »Y recordad esto bien: los romanos pueden sustituir a cada uno de los suyos que caiga en combate por otro romano, pero todos y cada uno de nosotros somos insustituibles. Procurad regresar sanos y salvos. Que los dioses os protejan. Aracos y Aregodas cenaron temprano en compañía de sus hombres. De los setenta hombres que, alentados por el ejemplo de Viriato, habían salido nueve años atrás de Contrebia Belaisca para combatir al lado de los numantinos contra Roma, permanecían en Numancia menos de treinta; los demás o habían muerto o se habían marchado de regreso a Contrebia. Aracos los conocía a todos por sus nombres; algunos se habían casado con muchachas numantinas y tenían dos o tres hijos, y otros seguían solteros, aguardando ansiosos que llegaran las fiestas de las noches de luna llena para bailar hasta la madrugada ebrios de cerveza, de licor y de sexo. —Melmo, Letondo, Lubos, Tirto... —¿Decías algo? —le preguntó Aregodas al oír el murmullo que surgía de los labios de Aracos como una letanía ensartada de lamentos. —Estaba recordando los nombres de los que faltan. »Useiso, Tauro, Taurotis... —continuó Aracos—. ¿Recuerdas a Taurotis? Sí, aquel joven pelirrojo con la cara llena de pecas, del clan de los bercantes. Tenía... ¿dieciocho años; diecinueve, tal vez? Murió el día que atacamos a los romanos cuando estaban construyendo el canal para unir los dos ríos. Lo recuerdo bien; le dije que no se apartara de mi lado, que yo le cubriría el flanco izquierdo. Se empeñaba en combatir con el hacha de doble filo aunque no tenía demasiada habilidad para su manejo. Yo mismo vi como una lanza romana le atravesaba el cuello. Estaba en mi trayectoria; si el joven Taurotis no hubiera estado allí, el cuello atravesado hubiera sido el mío. —La guerra es así, Aracos, cruel y fría, como los labios de la amante que han dejado de ser abrasados por la pasión. —Vaya, pareces uno de esos bardos que se pasan el día componiendo poemas y canciones. —El verso no es mío; lo oí en Roma, hace muchos años. Era parte de una canción que un viejo ciego tarareaba mientras tocaba una lira a orillas del Tíber. —Bien, acabemos la cena y dispongámonos para la batalla. La luna nueva y la noche cerrada impedían que se viera más allá de unos pasos, apenas el perfil de las figuras delante de los propios ojos. Aracos, Aregodas, Olíndico y dos centenares de sus hombres salieron por la puerta de «la bajada al llano» y se deslizaron como las propias sombras hacia el campamento romano. Tal y como les había explicado Aracos, los guerreros celtíberos se desplegaron junto a las tiendas y aguardaron en silencio el toque de trompa con el que se daría la señal de ataque. Estaban tan cerca de las tiendas de los legionarios que podían oír sus ronquidos y la conversación de los guardias, que velaban el campamento por parejas junto a los hachones en los que ardían algunos troncos. La espera se hizo tensa, pero de pronto sonó la trompa y los celtíberos saltaron a la carrera sobre las tiendas arrojando sus venablos y sus flechas, primero contra los guardianes y después contra las propias tiendas. Surgiendo de las sombras, como espíritus diabólicos de la noche, los numantinos cogieron totalmente desprevenidos a los romanos, que se habían siquiera imaginado la intrepidez de su enemigo. Aracos enarbolaba el hacha de combate, con la que derribó a dos romanos antes de llegar ante una de las tiendas, sobre la que arrojó uno de los hachones. En unos momentos todo el campamento romano se llenó de gritos de terror, de aullidos de dolor y de lamentos, en tanto los legionarios salían despavoridos de sus tiendas, apenas cubiertos por las túnicas de noche, sin saber qué hacer, a quién atacar o cómo defenderse; muchos soldados cayeron ensartados por los venablos de los celtíberos antes incluso de que pudieran entender siquiera lo que estaba pasando. La primera de las flechas incendiarias cruzó el cielo negro y profundo y tras ella comenzaron a caer otras muchas. Aracos había dispuesto a un grupo de arqueros apostados a doscientos pasos del campamento, quienes deberían lanzar las flechas una vez transcurrido un pequeño lapso de tiempo tras el segundo sonido de la trompa, que era la señal convenida para la retirada. Los numantinos, con la caída de las primeras flechas, iniciaron un rápido repliegue, en tanto los romanos tuvieron

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