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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 3

Los segedenses habían llegado a Numancia cansados. Habían caminado cincuenta millas en poco menos de tres días y el esfuerzo los había dejado agotados. Los numantinos los habían recibido con enramadas y cánticos, celebrando su llegada. Los espías numantinos habían anunciado que los romanos, en contra de lo esperado, no habían dado inedia vuelta y regresado a Salduie, como habían supuesto los segedenses que harían, sino que habían levantado otro campamento provisional y luego habían continuado avanzando jalón arriba hasta construir un campamento estable en Ocilis, y otro más a mitad de camino entre éste y Numancia. Durante varios meses aguardaron el ataque romano, confiados en rechazarlo desde lo alto de la colina donde estaba asentada Numancia, pero la acometida de Nobilior no se producía. Cansados ya de esperar y avanzado el verano, los celtíberos supieron por sus espías que al fin el ejército de Nobilior estaba formándose en Ocilis y que en un par de días a lo sumo partiría hacia Numancia. Ante las novedades que anunciaban el inmediato ataque romano, belos y arévacos se reunieron en asamblea, en una sesión conjunta de los senados numantino y segedense, para elaborar una nueva estrategia y preparar un plan de defensa contra el ejército consular de Nobilior. —Los romanos están firmemente asentados en Ocilis —dijo Ambón, uno de los más reputados numantinos—. Han preparado durante meses el ataque a Numancia; sus espías les habrán informado de nuestra situación. Dicen nuestros informadores que en un par de días vendrán contra nosotros. No tenemos dudas de que la intención de Nobilior es atacarnos aquí y destruirnos a belos y a arévacos a la vez. Para él sería un triunfo extraordinario. —No podemos permanecer inmóviles aquí en Numancia, esperando a que nos ataquen. Debemos tomar la iniciativa. Los soldados romanos se manejan bien, muy bien, en campo abierto, pero no saben luchar en una guerra de emboscadas. Sus oficiales los han preparado para maniobrar en grandes batallas, donde la estrategia de los movimientos de las tropas es decisiva. Todavía mantienen vivo el recuerdo de las derrotas que les propinó Aníbal. El caudillo cartaginés los venció en todas las batallas en campo abierto, salvo en la última y decisiva de Zama, y desde entonces la obsesión de los generales romanos ha sido no volver a ser derrotados de esa manera. Sus legionarios maniobran como un solo hombre, y por su formación compacta y cerrada, su mayor número y su armamento superior son invencibles para nuestros guerreros, sobre todo en la lucha cuerpo a cuerpo. Pero nosotros somos más ágiles y ligeros. Si no podemos derrotarlos en una batalla frente a frente, hagámoslo utilizando nuestro dominio del terreno. En amplios espacios nos batirían con facilidad, pero si los sorprendemos en una emboscada en un terreno angosto y escarpado, la victoria caerá de nuestro lado. Por lo que sé, sólo han planteado dos posibilidades, o enfrentarse a nosotros en una gran batalla campal o asediar Numancia y tratar de rendirnos por hambre. Debemos sorprenderlos con un ataque que no esperen. Quien así hablaba ante el senado de Numancia era Caro, un afamado caudillo de Segeda que había demostrado en reiteradas ocasiones su valor y que ya sabía cuáles eran las debilidades de los romanos, pues había negociado con ellos antes de que se declarara la guerra. —Pareces conocer bien a los romanos y sus tácticas de combate, tal vez deberías ser tú quien nos guiara en la batalla —dijo Ambón. —Si me proponéis como jefe del ejército, os prometo la victoria. —Pareces muy seguro de obtenerla, pero no olvides que el ejército de Nobilior está compuesto por treinta mil hombres. —De los cuales sólo diez mil son romanos. El resto está constituido por tropas auxiliares itálicas e iberas. Entre los iberos hay muchos que son «celtíberos», como nos llaman los romanos a todos nosotros; en el ejército consular hay jóvenes guerreros de Contrebia, de Beligio, de Turiaso y de Nertóbriga, sobre cuya fidelidad los romanos no están del todo seguros. Imaginad que en plena batalla decidieran pasarse a nuestro lado, del que nunca debieron salir... —supuso Caro.

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