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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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gran sala del senado de Segeda, en una colina que constituía el centro de la ciudad. —Estos bárbaros han huido hacia Numancia; tenían firmado un pacto de hospitalidad con los arévacos y han recurrido a él. Mi plan es perseguirlos hasta donde los encontremos. Sobre una mesa de piedra desplegó un gran plano dibujado en una piel de toro que representaba el contorno de Iberia, sus principales ríos y montañas y el nombre de los pueblos y tribus más poderosos. —Estamos aquí —continuó Nobilior señalando la posición de la capital de los belos—, y aquí está Numancia y los segedenses. Bien, haremos lo siguiente: subiremos aguas arriba por el cauce del río jalón hasta Ocilis. Me han informado de que ese lugar ocupa una posición estratégica para el control de los caminos que atraviesan estas montañas. Allí estableceremos los almacenes de suministro. Después seguiremos hacia el norte, derechos hacia Numancia. Hay que dar un buen escarmiento a los segedenses y a sus aliados numantinos; nadie, nadie puede burlarse de Roma. Los tribunos asintieron con la cabeza y ninguno de ellos osó poner objeciones al plan establecido por Nobilior. Poco después, todo el ejército fue avisado de que tenían que construir un campamento junto a Segeda, pues permanecerían allí unos días para preparar el ataque a Numancia. * * * Aracos cenaba un guiso de carne y nabos con alcachofas fritas en compañía de Aregodas y de un grupo de contrebienses. Un joven decurión se acercó hasta ellos y les preguntó en latín: —¿Quién de vosotros habla bien mi idioma? Seis celtíberos levantaron el brazo. El decurión se fijó en Aracos, que destacaba por su esbelto talle, fibroso y delgado, y su negra cabellera ondulada. —¿Cuál es tu nombre? —preguntó señalando a Aracos. —Aracos, hijo de Abulos, del clan de los Urdinocos y de la gens de los belaiscos. He aprendido el latín de los comerciantes que vienen a mi ciudad, Contrebia; a veces los he acompañado desde Salduie, como escolta. Mi padre fue auxiliar del ejército romano y también me ha enseñado tu lengua —dijo Aracos. —Yo soy Marco Tulio, ciudadano romano, del linaje de los Cornelios. —Eres muy joven para ser decurión —le comentó Aracos sin dejar de comer de su cazo. Tengo veintidós años, ¿y tú? —Según dice mi padre, hace dos lunas que cumplí diecinueve. —Me han encomendado el mando de vuestra unidad de contrebienses y necesito a alguien que traduzca mis órdenes del latín al celtíbero. ¿Quieres ser tú? Tendrás mejor ración de comida y no cargarás con todo el equipo en las marchas. Bien, ¿qué decides? —De acuerdo, seré tu intérprete. —En ese caso, te nombro mi ayudante; coge tu equipo y ven conmigo.¿Puedo acabar antes mi cena? —Por supuesto, pero después ven a mi tienda. La encontrarás enseguida, sólo pregunta por Marco Cornelio Tulio. El decurión romano se alejó entre las sombras de los fuegos del campamento que los romanos habían levantado frente a las murallas inconclusas de Segeda. —Vaya, vaya, el águila romana ya ha cazado a su paloma —ironizó entre risas un veterano celtíbero al que Aracos había visto algunas veces en Contrebia. —¿Qué insinúas? —preguntó Aracos molesto. —Que tú, muchacho, eres la paloma, y ese romano te devoraba con los ojos. Hace ya varios años que sirvo en el ejército y he presenciado montones de escenas como ésta. A los patricios romanos les gustan los jóvenes esbeltos y apuestos, como tú. Ese decurión no te quiere para que traduzcas sus órdenes, sino para que calientes su lecho. El veterano rió a carcajadas burlándose de Aracos, que se encaró con él con su orgullo herido. —Parece que tienes experiencia en estos asuntos; seguro que tú sí has sido la «novia» de algunos romanos —dijo Aracos.

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