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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Ebro y ascendieron la ladera de un páramo yesoso cubierto de aliagas, espliegos, carrascas y coscojales para caminar a su través durante una jornada entera. En pleno invierno ese camino estaba permanentemente azotado por un viento frío y muy fuerte del noroeste que los indígenas conocían con el nombre de cierzo. En algunos días era tan intenso y soplaba con tal furia que era capaz de derribar a una carreta con toda su carga, y de arrastrar por el suelo a un hombre ligero de peso. Aquel día de invierno, mientras el ejército consular atravesaba el altiplano, el cierzo soplaba con una fuerza inusitada. Caminando agrupados para no ser arrastrados, los soldados avanzaban penosamente en medio de un vendaval huracanado que lanzaba sobre sus rostros el polvo blanquecino y pequeñas piedrecillas que azotaban la piel como si se tratara de la cinta de un látigo invisible. En ocasiones, cuando el aire se arremolinaba alrededor, se hacía difícil incluso respirar, pues si se abría la boca, el viento y la arena eran capaces de ahogar a un hombre, en tanto que si se inhalaba sólo por la nariz, el polvo obstruía enseguida las fosas nasales y causaba tremendas dificultades para inspirar. Embutidos en sus capotes de viaje, los soldados parecían fantasmas arrastrándose cansinos y temblorosos entre el polvo y la arena. Si alguien desfallecía o se detenía era de inmediato reincorporado a la formación, con golpes de bastón los auxiliares y de sarmientos los legionarios, pues regía una vieja ley que prohibía azotar con bastones o varas a un ciudadano romano. En la segunda jornada de marcha alcanzaron el valle del río jalón en Nertóbriga, ciudad aliada de Roma, avanzaron por una vieja senda que los romanos habían convertido en un camino ancho por el que podía circular una carreta, y al tercer día se presentaron ante las murallas de Segeda. —No hay nadie, la ciudad está vacía —anunció un centurión al cónsul Nobilior. Una patrulla se había adelantado al resto del ejército para comprobar desde una altura cercana la situación en Segeda. Sorprendidos porque no veían ningún movimiento, se acercaron con cautela hasta las puertas de la ciudad y, con mucho cuidado, pues temían que se tratara de una emboscada, entraron. Allí no había quedado nadie, pero, por lo apresurado que parecía el abandono, daba la impresión de que los segedenses se habían marchado pocos días antes. En los hogares de muchas casas todavía quedaban las cenizas del último fuego y algunas despensas no habían sido completamente vaciadas. Una vez que las patrullas aseguraron que no había peligro, Nobilior entró en la abandonada Segeda; en las paredes exteriores del edificio del senado todavía estaban clavadas las leyes de la ciudad escritas en los caracteres de la lengua céltica sobre placas de bronce. El cónsul contempló la orgullosa ciudad de los belos, ahora desierta, y tras inspeccionar la nueva muralla que se estaba levantando comprendió por qué sus moradores se habían marchado de manera precipitada. Los nuevos muros cuya construcción había sido el principal detonante de la guerra estaban a medio edificar y apenas habían alcanzado la mitad de su altura definitiva. La fortificación de Segeda, que una vez acabada hubiera resultado formidable, era muy deficiente todavía y estaba claro que en esa situación no hubiera resistido el ataque del ejército romano. Nobilior se quitó su cimera de combate y llamó a su ayudante de campo. Que venga alguien que conozca el terreno. De inmediato se presentó un centurión que había recorrido aquellas tierras dos años antes. —Dime —le preguntó Nobilior—, ¿cuál es la ciudad más cercana? —Bílbilis, cónsul. Está unas pocas millas al este, apenas a media jornada de marcha de aquí. —Coge un centenar de hombres y adelántate hasta allí. Recaba cuanta información puedas obtener y averigua dónde se ha escondido toda la gente que vivía en este lugar. Nosotros acamparemos aquí mismo, junto a Segeda. Esa misma noche regresó el centurión. Informó al cónsul de que los habitantes de Bílbilis, una ciudad en la confluencia del río jalón con un gran afluente, le habían ofrecido la paz y habían jurado por sus dioses que todos los segedenses habían huido tres días atrás con la mayoría de sus enseres hacia el noroeste, y que, según se decía, habían sido acogidos por la tribu de los arévacos en su ciudad de Numancia. Sin pérdida de tiempo, el cónsul convocó a los tribunos y a los generales a una reunión en una

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