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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 10 [Año 142 a. C.]

Pese a no conquistar Numancia y fracasar en sus campañas en Hispania, Quinto Cecilio Metelo fue recompensado por el Senado con el sobrenombre de Celtibérico, que añadió al de Macedónico que ya portaba por su victoria anterior en Oriente. El Senado lo mantuvo además al frente del ejército de Hispania con la categoría de procónsul. Su alegría fue grande cuando se enteró de que su hermano Lucio había sido elegido cónsul para el nuevo año. Aquel invierno fue especialmente suave para lo habitual en Celtiberia, pero la quema de las cosechas del verano anterior había dejado a Numancia con una escasa provisión de trigo. Los numantinos habían debatido en su senado esta cuestión y habían acordado realizar en primavera una incursión por las tierras de los vacceos y de los turdetanos en busca de trigo, cebada y centeno, bien fuera para comprarlos o para conseguirlos por la fuerza. Aracos, cuyas hazañas e ingenio le habían hecho acreedor de un puesto relevante en el senado numantino, se ofreció para ir hasta Contrebia Belaisca y hablar con su padre, que siempre sabía dónde encontrar grano al mejor precio. Afortunadamente, el benigno invierno había producido una caza muy abundante y las sierras de los alrededores de Numancia estaban rebosantes de onagros, ciervos, jabalíes, corzos, rebecos y conejos, que ese año eran tan abundantes que constituían una verdadera plaga. Como quiera que esperaban un nuevo ataque, tal vez a fines de primavera, cuando las cosechas de cereales están granadas pero todavía no se han recogido, los numantinos decidieron realizar una gran batida. Si conseguían cobrar muchas piezas y guardar su carne en salazón, ahumada, seca o en conserva, sería mucho más fácil resistir a un nuevo asedio, aunque los romanos volvieran a quemar los campos de cultivo a fines de esa primavera. Los druidas realizaron un sacrificio ritual a las puertas de Numancia para ver si la caza iba a ser propicia. En verdad que aquel rito no iba a cambiar mucho las cosas, pues ya estaban preparados trescientos hombres y treinta jinetes para salir de cacería. Los druidas leyeron en las entrañas de un cordero que el momento era oportuno y que los dioses, sobre todo Cernunnos, ayudarían a los cazadores. La partida caminó durante una jornada entera hacia el este, en busca de las laderas occidentales del Moncayo, en cuya sagrada cumbre moraban Neitos, el dios de la guerra, y algunos otros dioses. Muchas millas alrededor de la gran montaña se extendían bosques de robles, encinas y quejigos, poblados por abundantes manadas de animales. La dificultad de la caza estribaba en la espesura del bosque, cuajado de altos matorrales y de densa vegetación. Junto a los caballos salvajes, los onagros, los jabalíes, los ciervos, los corzos y los rebecos, abundaban también los lobos y los zorros, que eran capturados por el valor de sus pieles, e incluso algunos osos, que se refugiaban en cuevas situadas en lo más alto de las escarpadas laderas de la montaña, en lugares casi inaccesibles para el hombre. Aracos montaba un caballo que le había regalado el senado de Numancia, como agradecimiento por la defensa de la puerta norte en el ataque del verano anterior y por haber ideado el sistema de trampas que acabó con dos de los elefantes y provocó la retirada del resto. Se trataba de un magnífico ejemplar de color pardo, de los que se decía que cambiaban de tono en la orilla del mar. Era hijo de un alazán de Celtiberia y de una yegua lusitana de las que Viriato había regalado a los numantinos cuando los visitó para pedirles que se unieran a él contra los romanos. Una vieja leyenda decía que a esas yeguas lusitanas las preñaba el céfiro, el suave y húmedo viento que en Lusitania sopla de poniente, desde el mar exterior hacia la costa, y que por eso sus potros eran los más rápidos de todo el mundo. —Ese corcel es magnífico. El senado de Numancia te ha hecho un extraordinario regalo. Mira con qué elegancia trota, magnífico, magnífico.

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