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José Luis Corral Lafuente

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reclamaba, pero yo... —Tú has luchado tan bravamente como el que más. Tus soldados te idolatran y eres el general más apreciado entre los auxiliares hispanos. Podrías basar tu campaña electoral en la guerra de Hispania; conoces bien esa tierra y a sus gentes, sabes cómo vencerlos, cómo evitar que se sigan uniendo en torno a Viriato. Podrías reclutar a muchos celtíberos y ganarlos para nuestra causa, como hiciste con aquel guerrero del hacha. ¿Cómo se llamaba? —Aracos, era Aracos —asentó Marco. —Sí, Aracos, aquel fibroso celtíbero que manejaba el hacha de combate como un demonio. Un cónsul como tú al frente del ejército de Hispania y unos cuantos «Aracos» en nuestras filas, y el asunto de Hispania quedaría resuelto en unos meses. —No es tan fácil; como tú mismo has dicho, conozco bien a los celtíberos, y ahora no sería tan fácil reclutarlos para una guerra contra Viriato y los numantinos. »Y en cuanto a Aracos... —¿Sí...? —No estoy seguro, pero cuando nos despedimos aquí en Roma su mirada no era como la de antes; había cambiado. No sé, tal vez descubriera de pronto que su verdadero lugar estaba entre los suyos, y si ha sido así, nadie podría convencerlo para que vuelva a nuestro lado. »Y por lo que se refiere a mi candidatura al consulado... Acaba de nacer mi primer hijo y estoy feliz aquí en Roma; he pasado tanto tiempo fuera...; ya he cumplido los diez años que exige el cursus honorum, ahora mi sitio está aquí. —Precisamente por eso, Marco; tú llevas el cognomen de los Cornelio y eso te obliga a mucho más que a cualquier otro ciudadano de Roma; por ejemplo, a que antepongas el interés de la República por encima de tus deseos y que estés obligado a dejarlo todo y a acudir en cuando te necesite, y ahora te necesita. * * * Convencido por Escipión, Marco Cornelio Tulio se presentó como candidato a las elecciones a los comicios consulares. Para ser electo cónsul, el cargo público más relevante del Estado, era necesario cumplir con la legitimación religiosa, haber cumplido cuarenta y dos años y ser elegido con los votos del pueblo reunido en asambleas o comicios, en los cuales se tenía muy en cuenta la voluntad de los dioses, expresada a través de los auspicios obtenidos tras un sacrificio e interpretada por los sacerdotes. Escipión, su hermano Quinto Fabio Máximo, el grupo de senadores afecto a los Cornelio y varios miembros de la familia trabajaron visitando a los electores y haciendo campaña en favor de Marco, que pronunció varios brillantes discursos en los que expuso sus ideas sobre cómo acabar la guerra de Hispania y cómo reformar la propiedad agrícola. El día de las elecciones consulares, Marco, que había podido presentarse gracias a la obtención de una dispensa especial al no tener la edad legal, aguardaba en su casa el resultado acompañado por su madre, por Escipión y por algunos otros familiares. Polibio, el historiador y consejero de Escipión, se presentó en casa de Marco; en un pedazo de papiro llevaba apuntado el resultado de los comicios. —Han sido elegidos cónsules Lucio Cecilio Metelo, el hermano del actual cónsul que ha sido derrotado en Hispania, y Quinto Flavio Máximo Serviliano. Lo siento, Marco, pero has quedado tercero, a sólo doscientos sufragios de Serviliano. Pero no hemos fracasado del todo; Publio —dijo Polibio dirigiéndose a Escipión—, tú has triunfado en las elecciones a censor, el otro será Lucio Mumio. —Han sido los cínicos; esos malditos depravados... Desean la ruina de la República. Han votado en bloque a los otros candidatos y les han otorgado el consulado a dos inútiles. Debimos comprar todos sus votos, o mejor matarlos a todos; son una plaga que acabará causando la ruina de todos nosotros clamaba el hermano de Escipión. —Hoy es un mal día para la República —sentenció Escipión a la vista de los nombres de los

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