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José Luis Corral Lafuente

Numancia

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Capítulo 9 Escipión y Marco Tulio habían concertado una entrevista en casa del ex cónsul para analizar la situación; el soldado más famoso de Roma hervía en ascuas ante la incompetencia que volvían a demostrar los gobernantes de la República. La guerra en Hispania amenazaba con provocar entre los jóvenes romanos una verdadera cadena de deserciones, como ya ocurriera en otras ocasiones, pues nadie quería ir a combatir a esa provincia que el Senado pretendía someter a toda costa. Los desastres ante Numancia y las victorias de Viriato causaron una sensación de desasosiego como hacía tiempo que no se conocía. No se trataba de la misma inquietud que había embargado a los romanos cuando Aníbal los tuvo en su puño y no acabó por cerrarlo, pero parecía claro que los generales de las legiones en Hispania eran incapaces de hacerse con el control del abrupto y frío territorio de la Celtiberia y con las extensas dehesas y las sierras fragosas de Lusitania. Y por si los asuntos de Hispania no fueran lo suficientemente delicados, varias cohortes habían sido aplastadas en el sur de la Galia por una incursión de los salasos, un pueblo al que Roma había despreciado hasta entonces por su poca relevancia. —¡Imbéciles! —clamó Escipión—. Han sido derrotados por su estulticia y no se les ocurre otra cosa que acudir a los Libros Sibilinos para averiguar la causa de su derrota, como si no fuera otra que su necedad e incompetencia. —En caso de una derrota siempre se han consultado esos Libros, primo —le recordó Marco. —¡Son unos idiotas! Observa la respuesta de los guardianes de los Libros Sibilinos: deberemos hacer un sacrificio en territorio de los galos cada vez que tengamos intención de hacerles la guerra, y además, por supuesto, pagar una buena cantidad de sestercios al templo de Sibila. »Pero Roma sólo vence cuando pone al frente de sus legiones a los generales más capaces. Tipos como los que ahora las mandan sólo acarrean el desastre y la derrota. Su único interés para acceder al consulado o a una prefectura es enriquecerse a costa del botín obtenido en la guerra. Utilizan la guerra para conseguir honores y gloria que los coloque en una buena posición para hacer una buena carrera política y medrar en las instituciones de la República. No les importan ni Roma ni los romanos que puedan morir, únicamente les guía el beneficio que puedan lograr para llenar sus avariciosos bolsillos y colmar su ambición de poder. Su riqueza está manchada con la sangre de los soldados; son fortunas malditas. —Hablas como esos nuevos oradores que en la tribuna rostral dedican sus discursos a clamar por una ley más justa y equitativa que procure un mejor reparto de la propiedad de la tierra. —A veces pienso que no estaría mal que algunos de esos ricos y egoístas patricios perdieran todo su dinero y se convirtieran en esclavos. Sería divertido ver sus orondas barrigas sudando al sol entre gavillas de mieses. —No lo soportarían, están demasiado acostumbrados al lujo y a la molicie. Son todo lo contrario a lo que admiro; representan aquello que más odio: la haraganería, el egoísmo y el cretinismo —se sinceró Marco. —Escucha Marco —dijo Escipión sujetándolo por los hombros ; te he llamado para que me ayudes a salvar a la República. Necesitamos hombres capaces y honrados. Mi hermano no ha podido hacer todo aquello que habíamos planeado, pues su paso por el consulado ha estado muy condicionado por los intereses de algunos senadores y por los caballeros del orden ecuestre, esa nueva clase de ricos que creen que el dinero puede comprarlo todo. Y además ha tenido que dedicar todo su esfuerzo para evitar que ese pastor lusitano nos echara de Hispania a patadas. »Creo que deberías presentarte a los próximos comicios para el cargo de cónsul. Marco se sorprendió por la propuesta, pero enseguida reaccionó. —No tengo la edad legal. —Eso no importa. Yo tampoco la tenía cuando fui elegido cónsul hace cinco años; el Senado me concedió una dispensa, contigo podría hacer lo mismo. —No es el mismo caso, Escipión; tú eres el soldado más prestigioso de Roma, el pueblo te

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