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José Luis Corral Lafuente

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suerte. Cargó la bolsa a sus espaldas y cogió un par de jabalinas de madera con la punta de hierro y un escudo redondo y ligero. Su padre le ofreció un casco cónico de bronce con el que había peleado en su juventud y que le había salvado la vida en más de una ocasión. Los cien jóvenes seleccionados por el senado de Contrebia habían sido convocados a primeras horas de la mañana en un amplio espacio ante la puerta principal de la ciudad. El día era luminoso y soleado, pero corría un viento invernal que congelaba el rostro y las manos. Los magistrados pasaron lista y, tras comprobar que no faltaba nadie, ordenaron al jefe del batallón que iniciara el camino en dirección a Salduie. Unas jóvenes despedían a los guerreros portando ramos de olivo, en tanto Letondo se había cubierto los hombros y la cabeza con un manto y una capucha de lana y observaba la marcha de los guerreros desde lo alto de la muralla. Caminaron durante todo el día para cubrir las quince millas que separaban Contrebia de Salduie, donde llegaron poco antes del atardecer. Acamparon a las afueras de la ciudad, en un improvisado campamento que los romanos habían levantado para acoger a las tropas que se iban reuniendo en este lugar. Durante una semana fueron llegando mercenarios de las tribus del norte del Ebro, suessetanos, jacetanos e ilergetes, edetanos y layetanos de la costa y turdetanos, ólcades y oretanos del sur de Iberia. Varios decuriones romanos, siempre bajo la atenta mirada de dos tribunos, organizaban a los auxiliares, los formaban y contaban una y otra vez y los instruían a base de largas caminatas a lo largo de las riberas del Ebro, durante las cuales les enseñaban a desfilar perfectamente alineados unos tras otros en formación de marcha. Las noticias que llegaban a Salduie no eran nada halagüeñas. No sólo los segedenses estaban en pie de guerra, también se habían rebelado los lusitanos, quienes, espoleados por sus dos victorias y alarmados ante el avance de los romanos, habían decidido pasar a la acción sin esperar a que los alcanzara la marca conquistadora de Roma. —Para los hombres de Segeda, entregar sus armas es como si les cortaran las manos —comentó Aregodas, un compañero de Aracos, mientras los jóvenes contrebienses reclutados cenaban alrededor de un reconfortante fuego. —Lo es para cualquier helo —añadió orgulloso Aracos. —Los segedenses se han equivocado al desafiar a Roma. Nunca imaginaron que el Senado iba a responder de manera tan rápida y contundente. Dicen que en menos de treinta días estará aquí uno de los dos nuevos cónsules para ponerse al frente de las dos legiones —dijo otro joven. —No me gustaría combatir contra los segedenses; son belos, como nosotros —intervino Aregodas. —Nosotros somos belaiscos; los segedenses siempre nos han mirado por encima del hombro; están demasiado ufanos de su gran ciudad y de su poder; ni siquiera han dudado en someter a los titos y en obligarlos a aliarse con ellos contra Roma. Lo que les pase, lo tendrán bien merecido — reiteró el joven. —Luchan por su libertad —repuso Aracos. —¿Libertad? La que ellos mismos niegan a los demás; durante muchos años no han hecho otra cosa que beber vino italiano en esas lujosas copas de cerámica negra traídas de la Campania e imitar la moda y la cultura romana. Ya iba siendo hora de que alguien los pusiera en su sitio —insistió el joven, en tanto despachaba una ración de conejo guisado. Aracos iba a replicar que los segedenses eran sus hermanos de sangre, que la libertad de Segeda era la libertad de todos los celtíberos, aún más, de todos los pueblos de Iberia, pero comprendió que sería inútil seguir debatiendo con aquel joven. Acabó de comer el guiso de conejo que quedaba en su cazo de metal, apuró la jarra de cerveza y se retiró a su tienda, donde siguió conversando con Aregodas, el único que le había apoyado en aquella discusión. La noche era fría y un gélido viento que soplaba del noroeste la hacía todavía más desapacible. Se acurrucó en su manto, procuró ignorar las picaduras de los piojos, se acomodó sobre un saco de paja, cerró los ojos e intentó dormir imaginando una vida más confortable.

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