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ISSN 1794-9874

-julio de 2007


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archivo

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político

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Narco-Estado

visual

Editorial

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Ciegos de Ver

La cuota colombiana en el Holocausto nazi

La comunidad judía colombiana

PorLina María Leal

e

Directores

Óscar Moreno Carmen María Sánchez

Editora General Verónica Murcia

Ilustración y Diagramación Néstor Javier Vanegas Carmen María Sánchez

enero-julio 2007 No. 6

Diseño de Carátula Antonio Alarcón

Por fedeErratas

Por Edwin Camacho

Por Varios autores

cultural medios

El melodrama es nuestro

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Honoris ‘farsa’

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75 días en los Montes

artefacto cuentoenano viajeros

Será difícil olvidar lo que sucedió el 5 de julio de 2007. Algo más de cinco millones de colombianos salieron a las calles a protestar contra el secuestro y la violencia. ¿Servirá esta marcha para algo concreto o se quedará en un necesario, pero pasajero ejercicio de catarsis nacional? Algunos pidieron el despeje y el acuerdo humanitario; por su lado, el Gobierno se esforzó por presentar las manifestaciones como respaldo a su política de seguridad democrática y de no despeje. Sin embargo, no sería justo encasillar esta gran marcha en una u otra posición política; debe vérsele como lo que fue: un multitudinario rechazo simbólico contra el secuestro y la violencia. Aunque las opiniones estuvieron divididas, lo que sí se pudo sentir fue el rotundo rechazo hacia las FARC; no sólo por el asesinato de los 11 diputados que completaron cinco años en cautiverio, sino por el sinnúmero de secuestros y muertes que han causado. No obstante, no se puede seguir pensando que las FARC son los únicos culpables de las desgracias nacionales. Ciertas afirmaciones como “el país no progresa porque tenemos un cáncer llamado FARC”, “en el exterior sólo nos conocen por el narcotráfico y la violencia debido a las FARC”, o “no podemos invertir mucho en educación y salud porque todo el presupuesto se va para el Ministerio de Defensa”, no son del todo ciertas. La responsabilidad es de todos: el Gobierno, la sociedad civil, los medios de comunicación, el mercado… Después de todo es muy sabia la frase que dice: cada nación tiene el presidente, la guerrilla y la selección de fútbol que merece.

Holywood

Por Iván Villarroel

Por Óscar Moreno y Verónica Murcia

de María

Por Verónica Murcia

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El origen de la novela

19

La paradoja del libro

Por Juan Camilo Maldonado

Por Carmen María Sánchez

Redacción

Gabriel Villarroel

Asesor Editorial Richard Tamayo

Fotografía

José Luis Sánchez Mariana Jaimes Diana Carolina Flórez

Apoya

Vicerrectoría del Medio Universitario Departamento de Comunicación Social

Pontificia Universidad Javeriana Vicerrectoría del Medio Universitario Edificio Central Cra 7a No 40-62 Correo-electrónico: fedeerratas@javeriana.edu.co comiteeditorial@gmail.com ISSN 1794 - 9874


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Ante la cercanía de la muerte, los descendientes de David buscaron ocultarse de la esvástica nazi. Colombia fue uno de los refugios. Lina Leal encontró a algunos judíos que llegaron a Bogotá en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

el Holocausto judío (1939-45) se han escrito centenares de textos que narran la manera en que niños, ancianos, hombres y mujeres padecieron, a manos de los nazis, la marca de la estrella de David en su torso. Lo que no salta a simple vista es que el flagelo de los judíos también se vivió en otros lugares del mundo mediante lo que se denomina ‘diáspora’. “Eso fue después de que rompieron las vitrinas de los negocios judíos. –relata Sigfried Czerninski, uno de los refugiados en nuestro país– Yo tenía un amigo que era hijo de un jefe del Partido Socialdemócrata y juntos vimos cómo rompían las vitrinas de los almacenes semitas en Danzig (Polonia), entre esos el de ropa de mi abuelo. Mi amigo, indignado, le reclamó a los policías por no hacer nada. Ellos dijeron: `Tenemos orden de no intervenir´. Tiempo después a mi amigo lo quemaron vivo. Y ante tantas amenazas, con mi familia vimos la necesidad de emigrar”. Era huir, resistir o morir en el intento. La política inicial del Führer fue fomentar la emigración de judíos alemanes hasta 1941, momento en que Heinrich Himmler decidió prohibir todo permiso de salida. Y como se les confinaban sus bienes, no tenían el dinero suficiente para huir y establecerse en otro país. ¿Qué lugar querría recibir inmigrantes arruinados? ¡Pocos! y con el paso del tiempo, menos. Una peste que alcanzó a América Al ver su inminente desplazamiento, los judíos aprovecharon cuanta oportunidad encontraron: muchos estudiaron inglés, español o portugués. Los que

consiguieron algún permiso o visa, empacaron un par de trajes y camisas en sus maletas, dejando el dinero y las propiedades por disposición del Gobierno. En tren o en automóvil se dirigieron hacia los puertos más importantes de Europa Central: Hamburgo, Bremen, Amberes, Amsterdam, Rotterdam, Marsella o Génova. Allí un barco los llevaría hacia su ‘nueva patria’. En América, Estados Unidos fue el destino más concurrido: entre 165 mil y 212 mil inmigrantes. Le sucedieron en orden: Argentina, 45.000; Brasil y Chile, 25 y 15 mil, respectivamente; Uruguay, Cuba, Bolivia, Ecuador y México, 2 a 7 mil. Sin embargo, poco a poco, estos gobiernos establecieron medidas para restringir la llegada de inmigrantes de Europa. Por eso, no todas las solicitudes de ingreso fueron aprobadas y muchos judíos no pudieron salir de Europa a tiempo. El caso más conocido es el del barco Saint Louis que en 1939 llegó a La Habana (Cuba) con 936 pasajeros judíos, pero el Gobierno cubano no le permitió desembarcar argumentando que la legislación había revocado. Entonces, el barco tuvo que merodear en el Océano Atlántico, mientras las organizaciones judías intentaban convencer a los funcionarios cubanos o norteamericanos de recibir a los refugiados. Ninguno de los dos aceptó y el Saint Louis tuvo que regresar a Europa y los judíos a su destino fatal. Colombia, poco recurrente pero alentador Colombia nunca ha sido un país de inmigrantes. Pero en las décadas del veinte y del treinta varios judíos

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e Por Lina María Leal Estudiante X semestre Comunicación Social, PUJ

La cuota colombiana en el Holocausto nazi


fueron llegando a estas tierras, primero en busca de oportunidades y luego de la salvación. Algunos por el puerto de Buenaventura, otros por Puerto Colombia, en Barranquilla. Pese a que Colombia se vanagloriaba de ser un pueblo democrático y libre, las políticas inmigratorias no respaldaron el refugio de judíos, dejando ver que esa peste antisemita también había alcanzó las costas y montañas nacionales. En septiembre de 1938, el gobierno emitió el decreto 1752 por el cual prohibió la entrada a personas que hubieran perdido su nacionalidad de origen o que sufrieran alguna limitación en el ejercicio de sus derechos civiles y políticos. Un año después, el ministro de Relaciones Exteriores, Luis López de Mesa, emitió la siguiente orden aclaratoria: “Considera el Gobierno que la cifra de cinco mil judíos actualmente establecidos en Colombia, constituyen [sic] ya un porcentaje imposible de superar, a pesar de los sentimientos humanitarios que naturalmente inclinan la acogida benévola de las minorías raciales hoy perseguidas. Esto hace necesario que los cónsules bajo su jurisdicción OPONGAN TODAS LAS TRABAS HUMANAMENTE POSIBLES A LA VISACIÓN DE NUEVOS PASAPORTES A ELEMENTOS JUDÍOS”. Según el Ministro, personas de todas las clases llegaban a pedir refugio a las puertas de los consulados en Colombia. Una vez en el país, (citado por Galvis, 1986, p. 217) “carecían de los centavos necesarios para el pago de timbres nacionales y de transporte al lugar de su destino, aumentando en esa forma el número de desocupados y del que se dedica a negocios ilícitos o de ilícita operación. Con el ingenio que caracteriza a ciertas razas, idearon los medios para burlar la ley”. Y es que si bien en Colombia las ideas racistas de Hitler no tenían mucha acogida, por la multietnicidad del pueblo, había quienes apoyaban la segregación de los judíos por motivos religiosos o económicos. Los primeros pensaban que la introducción de otra creencia podría atentar contra el catolicismo imperante en el país del Sagrado Corazón. Como el caso de los conservadores, los mismos que en 1942 promovieron un plebiscito contra el judaísmo y la masonería, emitían en 1938 en el periódico El Siglo, mensajes como el siguiente: “Tres grandes enemigos tiene hoy el cristianismo: los judíos, la masonería y el comunismo. Como católicos no podemos aprobar los métodos bárbaros de Hitler contra la

raza judía, pero hay que convenir en que, si es verdad que en el rigor ha habido excesos en el fondo no deja de tener razón el Führer, quien reprime a los enemigos de la nacionalidad y de la religión. (…) el judío no conoce la gratitud, odia de muerte a la misma nación que le da albergue (…) su lema es la explotación sistemática (…). El hogar judío será sí, un nuevo centro de conspiración contra el mundo. Ya puede comprobarse que el comercio en Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cali, Bucaramanga, Cúcuta y otras ciudades está a merced de los hijos de la sinagoga. ¿Y el gobierno qué hace? Abrir las puertas del país a todo el que quiera entrar”. Por otro lado, los gremios económicos instauraron sus quejas, por causa de la competencia laboral que surgió con la presencia de extranjeros que trajeron nuevas técnicas, produciendo más y en menor tiempo. Pero, en palabras de Samuel Gutman, judío nacionalizado, nunca se detenían a pensar porqué: “Desde que llegué a Bogotá, yo trabajaba día y noche. Mi vecino tenía dos hermanos mecánicos, que eran unos genios porque hacían cualquier cosa complicada de herrería, como si fuera en las fábricas de Europa o Estados Unidos. Pero ellos empezaban a tomar cerveza desde el viernes al medio día y el lunes casi nunca llegaban. El martes cuando llegaban apenas se estaban despertando. Y con ese modo de trabajar, de martes a viernes, por supuesto que no progresaban. Yo poco a poco iba mejorando. Ellos decían: ‘Mire a los judíos, vienen aquí un año o dos años a trabajar y ya hacen plata’. Pero es que ellos cambiaban el trabajo por las amargas, como le llamaban a la cerveza”. La guerra, desde el dolor de los ausentes Debido a las restricciones legales, se produjo un tráfico de visas al mejor postor. Por las cifras exorbitantes que debían conseguir, eran pocos los que podían adquirirlas. Además, los cinco mil dólares que giraban las sociedades hebreas de Europa a sus representantes en Colombia no alcanzaron para traer muchos europeos judíos al país. Como cuenta Aarón Ossiaz, descendiente de inmigrantes alemanes y rusos, “mis familiares buscaron desesperadamente un sitio. Lograron sobornar a un diplomático colombiano y adquirieron unas visas para Colombia. Ellos no tenían ni idea del país ni de dónde quedaba. Pero aún


así, pagaron mil pesos oro por cada visa. Probablemente, también dieron diamantes. Mi abuela contaba que cuando obtuvieron las visas, le preguntaron al diplomático cómo era Colombia. Él les entregó una postal de Barranquilla, con una avenida llena de Palmeras, que estaban pavimentadas. Cuando ella llegó a Colombia, se dio cuenta de que la única avenida pavimentada era la de la postal”. Gracias a las políticas colombianas de inmigración, cientos de expatriados de origen hebreo tuvieron que vivir la guerra desde el dolor de desconocer el destino de sus familias. Otros judíos europeos no pudieron venir a Colombia por las restricciones impuestas por el Gobierno. Un judío descendiente de inmigrantes, Daniel Edel, cuenta: “Mis familiares vieron la posibilidad de traer a mi bisabuelo y su segunda esposa, pero López de Mesa jamás dio el permiso. Mi bisabuelo murió en la guerra. Sin duda alguna, si el Ministro de Relaciones hubiera sido otro, las cosas hubieran sido distintas”. Samuel Gutman también fue víctima de la legislación. Su padre vino a probar suerte a Colombia en 1939. Y según afirma: “El famoso Luis López de Mesa dio la orden de que no permitieran entregar visas a ciertos judíos. Así que nosotros: mi mamá, mi hermano mayor, mis hermanas menores tres años y yo tuvimos que quedarnos en Polonia. Mi papá tuvo la mala suerte de que no pudo regresar a Europa ni traer a su familia”. Todos los Gutman fallecieron en la guerra, a excepción de Samuel. Wilkommen juden A partir de 1939, fueron pocos los que pudieron entrar. Con todo, se calcula que había alrededor de siete mil judíos radicados en el país (hoy la comunidad se reduce a menos

de la mitad), lo cual corresponde a la única gran oleada de inmigración judía. Ya desde finales del s. XIX dos comunidades judías hacían presencia en Colombia: los sefarditas y los ashkenazi; sin embargo, los nuevos inmigrantes que llegaron en medio de la Segunda Guerra, aunque accedieron sin problema al Centro Israelita, vieron la necesidad de crear una tercera comunidad: la Montefiore. Así las cosas, el judaísmo se fue anclando en Bogotá. Pese a que no tenían sinagogas, se ingeniaron la forma de desarrollar sus ritos y creencias en clubes, teatros o casas de los miembros. Asimismo, a medida que aumentaban las posibilidades económicas, la tradicional comida judía, kosher fue apareciendo en sus hogares. Sin dinero, con hijos y con hambre, buscaron refugio en casa de familiares o compañeros de exilio en casonas de la Candelaria, del barrio Santafé o la Soledad. Algunos de los viajeros permanecieron en el país durante la guerra, y en cuanto pudieron emigraron. Según cuenta el rabino Alfredo Goldsvith: “en los últimos cincuenta años habrán sido 500 judíos o más los que se han ido a Israel (a partir de 1948). Y a Estados Unidos, por lo menos mil”. Pero los que se quedaron, sin dinero y con el desconocimiento de la lengua, llegaron a buscar empleo como vendedores, comerciantes o fabricantes… cualquier cosa por empezar de nuevo. “Siempre ha sido difícil entrar a este país –dice Michael Rabinovich, descendiente judío– pero Colombia tiene algo bueno y es que si alguien llega, así sea con papeles no tan claros, nadie lo molesta estando acá. Lo que predomina es el hecho. Si uno ya llegó y contribuye económicamente, nadie va a querer que se vaya”. e


archivo Las imรกgenes han sido tomadas de los archivos fotogrรกficos de las siguientes publicaciones: Periodico El fascista, diciembre 19 de 1936. REvista Esfera. El siglo, julio 16 de 1942. El Tiempo, diciembre 7 de 1942, diciembre 2 de 1942, diciembre 3 de 1942 Revista Estampa, septiembre 23 de 1939, septiembre 16 de 1939.


político

Narco-Estado

e Por Edwin Camacho Egresado Ciencias políticas, PUJ

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l uribismo es una amalgama de movimientos y partidos de centro y derecha unidos por coherencia ideológica y oportunismo político. Está integrado por barones políticos regionales, salidos de los partidos tradicionales para remozarse bajo el slogan “contra la corrupción y la politiquería”, y por una tecnocracia neoconservadora que recibe sus apoyos conscientes de las clases medias y altas de las grandes ciudades. Todavía se recuerdan algunos episodios salidos de tono que permitieron ver las peleas internas entre los amigos del Gobierno. Por ejemplo, cuando una parlamentaria uribista, ante el desprecio de algunos compañeros de bancada, renegaba diciendo “Mi único delito es no haber nacido en el parque de la 93”; o las declaraciones de la ex canciller y del ex jefe de inteligencia del Estado cuestionando la honestidad del vicepresidente Santos. Estos son acontecimientos puntuales que no deben ser analizados a la luz de tontos prejuicios al estilo “cachacos aburridos vs costeños alegrones”, ni de groseros símiles como “si en Bogotá un conjunto residencial tiene celadores, ¿por qué las regiones no pueden tener los suyos, sólo que por miles y mejor armados?” Detrás de esta catarata de declaraciones se mueve un conflicto entre unas elites bogotanas tradicionales arraigadas en su abolengo y otras elites regionales emergentes. Las primeras siempre miraron a las segundas con el desdén propio con el que el dueño de una empresa mira a un socio minoritario. Mientras que las segundas han conquistado la suficiente

confianza para encarar a las primeras y reclamarles lo que consideran suyo, es decir, ahora la torta se volteó y ese accionista minoritario es quien tiene el dinero suficiente que puede salvar la empresa. Un conflicto entre elites donde el narcotráfico y el paramilitarismo juegan un papel central. En una entrevista de 1993 que vale la pena volver a ver, Jaime Garzón definía a los narcos como una lumpenburguesía deseosa de conquistar el poder político. Y tenía razón. Tres décadas de narcotráfico han creado poderosos intereses económicos que se mueven entre la ilegalidad del narco que vende su mercancía y la legalidad de los banqueros y demás testaferros que lavan sus fortunas. Las relaciones de estos intereses con el poder político central tienen sus hitos en el asesinato de Luis Carlos Galán, en el Proceso 8000 y en el actual escándalo de parapolítica. Mirados en perspectiva, cada momento significa una penetración mayor del poder narco en el Estado y en el poder político: de políticos regionales ‘mandaderos de los narcos’, a los aportes en campañas presidenciales y a las cumbres del Estado tomadas por personas que deben aclarar sus relaciones con grupos paramilitares. En definitiva, un proyecto político de extrema derecha de casi tres décadas de maduración que a finales de los 90 preparaba un salto cualitativo y definitivo. Para las elecciones del 2002, la alianza políticos-paramilitares había consolidado un bloque regional de derecha, con el importante músculo financiero del narcotráfico y los recursos públicos de las regiones, y con un discurso anti-subversivo que lo hacia

Las actuales riñas al interior del uribismo son más que simples peleas entre costeños y cachacos. Se trata de una guerra más compleja que delata las ganas que los mafiosos le tienen al control total del poder político en Colombia.


tolerable para una clase media cada vez más ignorante y asustada por la visión apocalíptica de una guerrilla envalentonada y cercana a las ciudades. Tras ver la figura de Álvaro Uribe Vélez, un político en ascenso rutilante hacia la presidencia, este proyecto supo embarcarse en la conquista del poder central, en la cual la Presidencia de Uribe Vélez significaba un escalafón molesto pero necesario. Las elites tradicionales –las mismas que el Presidente tachó de frívolas y envidiosas de los éxitos de la gente de provincia– aturdidas por el estruendoso fracaso del proceso de paz, estaban demasiado ocupadas con la guerrilla y necesitadas de una salvación como para cuestionarse demasiado sobre la naturaleza y el alcance de algunos apoyos del entonces candidato Uribe y, sin dudarlo, le abrieron las puertas. Peligrosa mezcla, donde una medida coyuntural puede terminar por costarles parte del poder político a largo plazo. Durante cuatro años este conflicto permaneció latente en el uribismo para garantizarle a su jefe una reelección y la aclamación de ‘irreemplazable’, como lo estimó el periódico El Tiempo en aquella famosa Editorial del 28 de agosto de 2005. Sin embargo, cuando las elites centrales encontraron cinco miembros de la ‘aristocracia vallenata’ encumbrados en cada rama del poder público –una canciller, un magistrado, un senador, un procurador y un gobernador– y la degradación que la combinación de paramilitarismo, narcotráfico y política trajo a la ‘relación especial’ que siempre presumieron mantener con los Estados Unidos, comenzó la desbandada del uribismo, al comienzo silenciosa y luego, me atrevo a pronosticar, vergonzante. Y no es sólo la dominación de las elites centrales la que es cuestionada; con ellas, y el ascenso de la lumpenburguesía paramilitar, también entra en crisis su falsa bandera democrática que defiende tiernos enunciados como “Colombia es la democracia más antigua y estable del continente”. Si la dirigencia tradicional veía en la política colombiana una antítesis de la inestabilidad y los horrores de las dictaduras que azotaron a los países del Cono Sur, presumiendo de una tradición civilista, la pregunta es ¿cómo mantener esta imagen ‘intachable’ con un país lleno de fosas comunes, donde todos los días parece aumentar el número de personas allí sepultadas y los culpables ubican sus fichas en las altas cumbres del Estado? Si los crímenes de Pinochet, Strossner y Videla fueron siempre vistos como la oposición de un país democrático, los descubrimientos recientes obligan a preguntarnos por la criminalidad inherente a la democracia colombiana. En el Cono Sur fue necesario que los militares tomaran el

poder para adelantar el exterminio; en Colombia un exterminio similar, si no mayor, sucedió en medio de una supuesta democracia e incluso con el aplauso de sectores sociales que bajo el pretexto de la lucha contra la guerrilla, dieron legitimidad a un proyecto cuyo único objetivo era (¿o es?) la construcción de un Estado mafioso. Este es el marco que encierra el proceso de la parapolítica: la ofensiva de unas elites que descubrieron demasiado tarde que el modelo, mediante el cual controlaban desde el centro a unas elites regionales, había colapsado y los

ayer subordinados querían tomar el lugar de las grandes decisiones. Asímismo, podemos ver el verdadero carácter revolucionario del uribismo como el paso de una política de notables a una política de lumpenes; si se quiere, el tránsito del gobierno de las castas políticas al gobierno de los carteles y mafias regionales. Ante este panorama, sólo queda una pregunta: ¿puede una clase media urbana entender este complejo proceso, teniendo en cuenta que su capacidad máxima de abstracción para entender los problemas del país se reduce a “si puedo ir a la finca, el país está bien y el uribismo es lo máximo”? e


visual


cultural

“El melodrama es nuestro Hollywood”: conversación con Andrés Burgos

E

n persona, Andrés Burgos es un poco más bajo y grave de lo que parece en las fotografías. Sin embargo, a pesar de su relativa juventud, habla con propiedad y con el desenfado de un paisa. A sus 33 años ha publicado dos novelas y un libro de cuentos; actualmente trabaja como guionista de la telenovela Hasta que la plata nos separe, que recientemente ganó un premio Tv y Novelas como mejor libreto. Antes que la telenovela, sus dos principales intereses son el literario y el cinematográfico. Este último lo adquirió en Cuba gracias a una beca para estudiar cine: “Allá fueron dos años encerrado comiendo cine, durmiendo cine, haciendo cine”. En esta época publicó en El Malpensante una estupenda crónica de sus vivencias como alumno de Gabriel García Márquez. Pero si bien tiene una fuerte formación literaria y cinematográfica, confiesa que la televisión también juega un papel fundamental: “Yo veo mucha televisión. Muchos intelectuales se erizan y piensan que es lo peor, pero ante todo soy un tele adicto; nada de televisión educativa, yo veo chatarra y lo que sea, y me parece importante por el referente pop; la televisión es tal vez el mayor productor de estos referentes, y para mí son muy importantes cuando escribo literatura (…) muchas veces hablar de personajes televisivos o colgarse de un elemento pop es como encontrar la palabra o la imagen que uno necesitaba. Por ejemplo, si te digo, esto es muy ‘Sábados felices’ está muy claro de qué estoy hablando”. Iván Villarroel: ¿Cuál puede ser la relación entre la novela literaria y el guión? Andrés Burgos: Tanto el guión

como la novela son historias, yo creo en ellas y en que cada una busca su empaque. Uno tiene su historia y esta misma dice cuál es su formato: puede termina siendo una historia para televisión, para contarla tomando cerveza con los amigos o en guión para cine. Hace poco estuve presentando a Guillermo Arriaga (escritor y guionista de Amores perros y Babel) en la Feria del Libro y el hombre tenía una premisa: ‘Cine para afuera, literatura para adentro’, yo no estoy completamente de acuerdo, pero podría ser un esquema más o menos manejable. I.V: A pesar de su formación cinematográfica, usted sólo realizó un cortometraje importante llamado Gajes del oficio, en 1999; sobre la realización de éste versa su novela Nunca en cines. ¿Por qué escogió el camino de escritor y no el de realizador cinematográfico? A.B: Para mí, la literatura y el cine han sido paralelos. Cuando llegué de Cuba hice cine antes de publicar mi primer libro de cuentos, pero cuando uno quiere contar historias en cine –y es una de las premisas que manejo en Nunca en cines– requiere más que el talento de saber narrar audiovisualmente: requiere hacer un lobby, relaciones públicas, … El mayor desgaste de hacer cine está en cosas externas a hacer cine: todo la producción, conseguir la plata, reírse con la gente... yo soy muy malo para reírme con gente con la que no me quiero reír; soy muy mal negociante. Hice un mediometraje (Gajes del oficio) y quedé quebrado, nunca pude ir a los festivales… al final no tenía ni para venir a Bogotá a conseguir trabajo en publicidad. Creo que toda la neurosis que acarrea este proceso lo lleva a uno a la soledad, y en ese sentido es más barato cometer literatura. Entonces me dije: ‘no más

e Por Iván Villarroel Estudiante VIII semestre Comunicación Social, PUJ

El libretista de Hasta que la plata nos separe se divide entre el cine, la literatura y la televisión. Le es difícil decirnos cuál es su preferida, pues tiene mucho de cada una.


cine nunca, me voy a dedicar a la literatura’ y me puse a trabajarle en eso. Pero ahora estoy otra vez como con ganas de hacer cine, pero sé que eso siempre depende de la plata. I.V: ¿El cine ha influido en su literatura? A.B: No tengo una conciencia sobre escritura cinematográfica. Yo no escribo como quiero, escribo como puedo. Pero sí creo que hay influencia de haber crecido viendo televisión porque uno adopta el tempo de lo audiovisual. Yo creo que la única conciencia, que no necesariamente es una influencia audiovisual, es la búsqueda de la acción, y eso venía desde antes, desde la literatura, de aburrirme con los libros en los que no pasaba nada y esperar a que algo sucediera. También puede haber otra herencia del cine: si algo se puede mostrar, es mejor mostrarlo y no decirlo. I.V.: háblenos un poco de su oficio como libretista de telenovelas. A.B: El acercamiento al melodrama, que es el género latinoamericano por excelencia, me parece muy interesante. Pienso que el ejercicio del melodrama sirve mucho para hacerte conciente del discurso que vas a manejar dependiendo de quién te está escuchando, de crear una empatía. A veces la literatura puede ser aislada, lejana; no siempre, pero puede llegar a serlo. A mí me gusta la literatura humana, que le pase a gente común y corriente, y entonces el acercarme al melodrama televisivo me da la oportunidad de tener interlocutores como una tía, una señora de 70 años, un ama de casa estrato dos. Pensar por qué las telenovelas tienen tanta influencia en ellas, me lleva a comprender un poco cómo piensan. Y el melodrama es un género tremendo, es nuestro Hollywood. I.V:¿Ha tenido una buena experiencia en el paso de ser escritor a libretista?

A.B: “Yo no puedo sino hablar bien del ejercicio de es-

cribir para televisión. Me extraña que no haya más escritores devengando de la televisión, porque económicamente es más viable, y a mí me parece un trabajo más creativo que, por ejemplo, dar clases en una universidad. Pero también es un ejercicio muy duro, contar 265 capítulos de una historia… de amor. I.V: Precisamente, ¿el hecho de que las novelas sean historias de amor no las hace fórmulas? A.B: Son las reglas del melodrama. No hay fórmulas pero sí hay esquemas que se prefieren: siempre se busca lucha de clases, y el componente primario de tu escucha es femenino pobre, ya de ahí en adelante cualquier espectador que tengas. A veces son historias que a lo mejor a vos o a mí no nos conmueven, pero es que a nosotros no es a quien tenemos que conmover, tenemos que conmover a tu tía. I.V: ¿Cómo es el proceso de escritura de la telenovela? A.B: La telenovela que yo escribo tiene un autor, que es Fernando Gaitán. Él es dueño de la historia y escribió una sinopsis larguísima de lo que pasa de principio a fin y retrata a los personajes; ya con eso, contrata a un equipo, el equipo se reúne y dice ‘Listo, vamos a organizar esta historia, repartirla en capítulos’; estructuramos los primeros 20, 40, 60, y luego capítulo a capítulo, escena por escena, a crear las historias secundarias con los personajes. Por momentos parece difícil barruntar al escritor de literatura detrás de estos comentarios de libretista profesional; sin embargo, lo que está en juego es la figura de un escritor de la nueva generación, muy diferente a otros más intelectuales como Óscar Collazos o Germán Espinoza. “Esta generación de escritores tiene algo que no descubrió pero que ha explotado más, y es el intento por hablar de cosas alternas, que a lo mejor no son tan importantes pero pueden prestarse para crear buena literatura. Yo defiendo siempre los temas con minúscula, en bastardilla.” Ahora es común acusar a los nuevos escritores de ligeros, y no cabe duda de que los novelistas contemporáneos son mucho menos ambiciosos que los de antaño. Ya nadie intenta escribir una novela total donde pase todo y se abarquen varias generaciones, al estilo Cien años de soledad; al contrario, las historias son deliberadamente pequeñas, muchas veces tratan sobre lo mundano o lo superfluo; el objetivo no necesariamente es perdurar; “El fantasma de la posteridad se ha caído bastante; cuál posteridad en un mundo en que la gente lee cada vez menos pero escribe cada vez más. Mi ambición es escribir un librito, ojalá lo lean y ya. A lo mejor todos terminan por ser libros efímeros y ninguno que pega, pero entonces qué, ¿no los escribo? ¿o Víctor Hugo o nada? Yo no creo que nadie sepa nada de mis libros en 10 años. Ojalá algún día escriba alguno que sobreviva… pero eso no está asegurado.”Es ilusorio prever sin las novelas de Andrés Burgos perdurarán o no, pero si hay algo claro es que está en el camino, en un proceso. Finalmente, sobre la literatura, el cine o las telenovelas, él mismo sentencia una certidumbre: “Si el tiempo se ha llevado tantas cosas buenas, ¿cómo no se va a llevar las malas?” e


medios

Honoris ‘farsa’ Por Óscar Moreno Martínez y Verónica Murcia Estudiantes X semestre Comunicación Social, PUJ

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n latín Honoris Causa significa por causa de honor. Se trata de un reconocimiento académico entregado a personas que, dentro de una disciplina, han tenido un dominio profesional e intelectual tan destacado que han revolucionado las posturas y lineamientos de todo un campo. No es extraño oír que la Universidad Nacional otorgó un Honoris Causa a Orlando Fals Borda por su labor en las Ciencias Sociales, o que la Universidad Javeriana entregó el mismo reconocimiento en Comunicación a Jesús Martín-Barbero, pero es definitivamente atípico enterarse de que al presidente Uribe le han concedido este alto honor en Comunicación Social y Periodismo. Este acontecimiento pasó ‘de agache’ en la agitada agenda noticiosa nacional. Nadie se preguntó por qué le dieron semejante distinción al doctor Uribe Vélez teniendo en cuenta que, hasta el momento, su pasado profesional, académico e intelectual ha estado ajeno a los campos de la comunicación y del periodismo. ¿Por qué los directivos de Los Libertadores piensan que el actual Presidente ha sido, es y será un buen comunicador? Son cinco los argumentos que, según la Universidad, apoyan la decisión: primero, porque ven en Uribe alta calidad humana y profesional; segundo, porque existe un constante respeto por las buenas maneras del idioma; tercero, porque es un acérrimo defensor de la libertad de expresión y de prensa; cuarto, porque hay un alto reconocimiento de la opinión pública por su persona y su labor; y quinto, porque ha tenido un acercamiento a la comunidad

a través de, por ejemplo, los consejos comunitarios. Los cinco argumentos son tan polémicos como débiles. Por ejemplo, para hablar sólo del tercer argumento, recordemos los ataques contra los medios, en especial contra la Revista Semana, que lideró el Presidente al hacerse pública la infiltración de grupos paramilitares en el servicio de inteligencia a su cargo, el Departamento Administrativo de Seguridad –DAS–. En vez de arremeter contra los medios por denunciar las actividades criminales del DAS, el Presidente debió garantizar una investigación que llegara a esclarecer estas graves acusaciones. Teniendo en cuenta que las acusaciones de Semana resultaron tener sustento –por algo está hoy Jorge Noguera en La Picota–, es susceptible de análisis la temperamental respuesta de Uribe, que genera dudas sobre su compromiso con el esclarecimiento de la verdad y produce un impacto negativo en el ejercicio de la libertad de expresión. Además, la situación de los periodistas durante el actual gobierno no es que haya mejorado mucho. Según la Fundación para la Libertad de Prensa (FLIP), en el 2002 se registraron 111 violaciones a la libertad de prensa, en el 2003, 94; en el 2004, 83; en el 2005, 103; y en el 2006, 140. Este último año ha sido el peor para los periodistas. Los principales violadores han sido: los grupos paramilitares, la Fuerza Pública, las FARC y los funcionarios públicos. Entonces, ¿qué mejora se ha hecho cuando de libertad de expresión y de prensa se trata? Al contrario, el panorama ha empeorado. Todo esto sin contar la propuesta, avalada por Uribe, que se

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El 11 de abril la Institución Universitaria Los Libertadores, en medio de la celebración de sus 25 años, le otorgó el Doctorado Honoris Causa en Comunicación Social y Periodismo al presidente Álvaro Uribe Vélez. Ante este hecho, sólo queda preguntarse ¿Por qué?


presentó hace dos años de negarle al Periodismo el título de profesión de alto riesgo. También es conocido que Uribe ha dejado claro que aquellos que piensan distinto a él y a sus políticas de gobierno son apátridas, guerrilleros y terroristas. Este maniqueísmo uribista no matizado niega la posibilidad de una expresión libre, así ésta se oponga a sus políticas. Por último, si es de libertad de expresión, la situación del sindicalismo en Colombia tampoco le ayuda mucho para argumentar el premio: en el 2006 fueron 58 –y no los 25 que dice Uribe– los sindicalistas asesinados, muchos más que los 40 que el Gobierno reconoció en el 2005, dándole sentido a la afirmación que dice que Colombia es el país más peligroso para los trabajadores sindicalizados. Por otro lado, que hable bien o que tenga buena imagen son características bastante pobres, reducidas e instrumentales que poco tienen que ver con los alcances sociales, culturales y políticos de la Comunicación. ¿Son sólo estas razones con las que, según una facultad de comunicación social, se miden las capacidades de un profesional de la comunicación? No se trata de entrar en la discusión de si Álvaro Uribe es o no una buena persona, o si respeta o no las reglas idiomáticas, se trata de ver que estos argumentos son tan generales dentro del campo de la comunicación y del oficio periodístico que hacen pensar que este premio tiene características de estrategia publicitaria y camaradería política. Se trató de una decisión profundamente coyuntural que mancha esta tradición académica y hace retroceder a la comunicación medio siglo, a los tiempos en los que el periodismo estaba anclada a una ideología política bipartidista. Sin irnos lejos, habría que recordar que este claustro universitario tiene historia en la entrega de estas distinciones a figuras de la política. Hace algunos años también se le concedió un Doctorado Honoris Causa en Comunicación Social y Periodismo al expresidente Alfonso López Michelsen; también otorgó un reconocimiento igual en Economía a Carlos Ardila Lule. Este premio debería ser motivado más por la excelencia profesional y académica dentro de una disciplina, que por un afán de visibilidad o una estrategia de relaciones público-políticas. O por qué no dárselo a Pastrana, que no fue un brillante periodista ni político, pero por lo menos se hubiera podido defender porque fue presentador de noticias en el pasado. ¿Por qué dárselo a Uribe, cuando está en plena ejecución de su mandato? Se podría pensar en varias razones: para realzar las amistades políticas, para darle un espaldarazo público al presidente de turno o, simplemente, para tener un seguro golpe de opinión. De fondo, en estas cuestiones se encuentra una triste y desconcertante verdad: la comunicación social y el periodismo son disciplinas que aguantan la

prostitución de su nombre. Si pensamos, difícilmente se le podría otorgar a Uribe un emblema de esta magnitud en filosofía, en matemática o en biología, pero siempre habrá forma de hacerlo en comunicación bajo sosas y simples excusas. ¿Cuáles fueron las revoluciones que Uribe hizo en los campos de la comunicación y el periodismo? ¿Cuál es la producción intelectual que respalda su aporte, si existe? ¿Acaso, no debería existir un arbitro externo que fiscalice y respalde éstas decisiones que en casos como éste, utilizan una distinción superior para atraer publicidad y otorgar respaldo a un sector de la política? e


viajeros

75 días en los Montes de María

E

l avión aterrizó en el aeropuerto Las brujas de Corozal con una hora de retraso. Tan pronto como abrieron la escotilla, el ambiente se tornó pesado. La temperatura alcanzaba los 30 grados centígrados. No volvería a sentir el helado clima capitalino durante los próximos meses. En busca de una comunicación que se alejara de lo massmediático, de una política que trascendiera el nivel formal de lo Estatal, y de los latidos de un país que hasta el momento se tornaba desconocido, llegué en enero a los Montes de María. La Fundación Red Desarrollo y Paz de los Montes de María, un Laboratorio de Paz, se convirtió en mi escuela, y los habitantes del territorio, en mis maestros. Debo reconocerlo. Cuando me propusieron hacer este viaje, y me dijeron que recorrería con un morral al hombro los quince municipios que componen la región, pensé que tendría que esquivar balas y trabajar en medio de trincheras y cambuches improvisados. Los referentes que tenía de la región no eran muy alentadores. Hace algunos días, el actual canciller Fernando Araujo se había escapado de sus captores, se empezaban a encontrar fosas comunes y los mandatarios locales estaban siendo investigados por sus nexos con los paramilitares. El ambiente, no resultaba ser el más propicio. No obstante, puse entre paréntesis estos hechos, el recelo de mi familia y mis propios miedos. Me fui. Me encontré con un lugar totalmente distinto al que los medios de comunicación, con sus voces graves cargadas de ‘veracidad’, habían predicho. En un lugar donde el tiempo transcurre lento, la vida se torna un tanto ‘desorganizada’, la existencia se guía

por la máxima costeña ‘cógela suave’ y el sol implacable hace que nadie quiera caminar más de tres cuadras, la moto se convierte en la solución ideal para el transporte privado y público. Sincelejo, por ejemplo, es considerada la capital de los moto-taxis. Mi trasegar por los Montes de María respondió a las dinámicas de la región. Estuvo adornado con banderas, tejidos y cañaflecha, ambientado con porros, bullerengues y cumbias, animado por bailes, carnavales, marimondas y caravanas, acompañado por los sonidos del mar y del río Magdalena, y bienvenido con un sinnúmero de abrazos y noches montemarianas. El recorrido, que contó con parajes como San Basilio de Palenque, me permitió entender que los costeños no son todos iguales. Vivir a orillas del río Magdalena, en la playa, cerca del mar, en los resguardos indígenas, en la sabana o en lo más profundo de los Montes da forma a la cultura, a la cotidianidad y a las prácticas, que en cada caso son específicas. A medida que pasaban los días halle rostros llenos de vida, alegría y esperanza, que me permitieron entender esa frase, un tanto clichesuda, que dice que Colombia es el país más feliz del mundo. Si sólo atendemos a las agendas mediáticas, hechas de ataques, masacres y escándalos políticos, esta frase no sólo sería un cliché, sino una gran mentira; sin embargo, hace falta sentarse en un andén y ver a los chicos sonrientes, altos, morenos, delgados, veloces y sagaces jugarse un ‘picadito’ bajo el sol inclemente; o a los niños que corren detrás de las gallinas y elevan improvisadas cometas cuando apenas han aprendido a caminar. A pesar de esta alegría que corre en el aire y se siente en un amable apretón

e Por Verónica Murcia Gómez Estudiante X semestre Comunicación Social, PUJ

Después de transitar por diferentes municipios y de conocer a su gente, es claro que la sociedad montemariana carga sobre sus espaldas un fuerte estigma que le hace más difícil el camino a seguir. Tal peso, producto de la guerra y de la ‘mala prensa’ de los medios regionales y nacionales que los tilda de violentos, desconoce la calidad humana de sus habitantes y el trabajo de paz y desarrollo que están adelantando.


de manos, existen estragos y dolores; relatos amargos y terribles, de esos que uno nunca olvida, que duelen y que se tornan inverosímiles. Al narrar su historia, colectiva y propia, es inevitable para los montemarianos hacer alusión a la violencia armada. Hasta hace algunos años, el mapa de la región estuvo delimitado por el señalamiento entre los grupos armados ilegales: los pueblos y sus habitantes eran tachados de paramilitares o guerrilleros, lo que sectorizó a los Montes de María como una zona de disputa y conflicto. Los pobladores permanecían en sus casas encerrados y escondidos, obedeciendo la ley del silencio, mientras afuera, en las calles de pueblos como San Onofre, Zambrano, Ovejas y Chalán se libraba una guerra que no era suya. A muchos la desdicha se les coló por debajo de la puerta y, entonces, pusieron vidas: hermanos y hermanas, padres y madres, hijos e hijas, esposos y esposas; lágrimas y llanto. A pesar de los avances en seguridad, la guerra no es cosa del pasado. De acuerdo a lo que fueron señalando los pobladores en nuestros distintos encuentros, entre las principales secuelas y dolores que trajo la confrontación armada se cuentan la generación de terror y desconfianza entre los habitantes; frustración y sufrimiento; desplazamientos, masacres, secuestros, amenazas y asesinatos selectivos; familias descompuestas, quebradas y disfuncionales; falta de generación de ingresos, corrupción y crisis política. Es una tierra que se encuentra expuesta a graves dificultades como la pobreza, la marginación y la exclusión; los niños llegan al mundo sin reales oportunidades y sin un futuro promisorio. Sin embargo, después de transitar por diferentes municipios y de conocer a su gente, es claro que la sociedad montemariana carga sobre sus espaldas un fuerte estigma que le hace más difícil el camino a seguir. Tal peso, producto de la guerra y de la ‘mala prensa’ de los medios regionales y nacionales que los tilda de violentos, desconoce la calidad humana de sus habitantes y el trabajo de paz y desarrollo que están adelantando. Dicho estigma es, para mí, la problemática más grave que enfrentan, pues los excluye, les cierra puertas y los señala ante el país y el mundo. En Montes de María se evidencian las polaridades y contrariedades de la colombianidad. Mientras que en el territorio del ‘burro bomba’ existen Jóvenes que no renuncian a imaginar otras sociedades posibles, que quieren superar sin resentimientos los dolores de la guerra y que trabajan para sembrar futuro a través de la cultura y la participación política, los escuadrones de violencia no están dispuestos a desarmarse. Las Águilas Negras, brazo paramilitar, está presente en la zona: reclutan jóvenes y amenazan a activistas y defensores de Derechos Humanos. Los grafittis que hablan de su accionar aparecen desde marzo en pueblos como Maríalabaja. Mi trabajo estuvo dirigido a apoyar la labor que ha venido realizando la juventud montemariana alrededor de la comunicación y la cultura, siendo éstas un factor protector de riesgos. Este

proceso estuvo acompañado por un acercamiento muy cálido a los jóvenes con los que trabaja el Programa. Debo decir que me impresionaron desde el principio. En ellos vi lo que en escasas oportunidades había visto en mi entorno universitario: emoción, empuje, ganas de trabajar y de ser protagonistas y líderes del cambio social para el país. Es curioso ver cómo en medio de las espinas es que crecen las rosas. A pesar de los hechos negativos que han hecho de la política el burladero detrás del que muchos se esconden, los jóvenes montemarianos demostraron que están dispuestos a dar un paso al frente. Sin tener aún conocimiento claro de las formas de participación, empiezan a mostrar gran destreza para ejercer su rol como sujetos que entienden la política a través

de la asociación, la organización, la interacción, la acción y la movilización. Montes de María es una región maravillosa y alegre, que me hizo sentir su calor: el calor de la gran casa montemariana. Me enamoré del clima, inclemente entre el mediodía y las cuatro primeras horas de la tarde; del paisaje, azul y verde; de los patacones con suero, el mote de queso y el róbalo al ajillo, pero sobretodo de su gente: tranquila, calma y descomplicada. Logré romper los esquemas y entender otros enfoques, otras formas de ver el mundo y de vivirlo. Aprendí que cuando de procesos de desarrollo se trata, la interdisciplinariedad está a la orden del día; pues temas como la seguridad alimentaria, la educación agropecuaria, la salud sexual y reproductiva, los sistemas de información y los planes de producción no son ajenos a los procesos de comunicación. Después de un poco más de dos meses volví a Bogotá, con mucho más de lo que fui a buscar.No bastarán estas letras para decir que Montes de María fue la experiencia más interesante y emotiva que he tenido en mi vida. Sin embargo, esta reducción de experiencias en páginas y esta sublevación ante la linealidad de una historia, da cuenta de un trozo de la inmensa felicidad que me invadió al conocer un lugar de mi país del que sólo creí haber escuchado en los libros de Gabo. Estando allá sabía que al regresar a Bogotá iba a extrañar Montes de María; y es así, lo extraño. -¿Va a volver?, me preguntaron muchas personas. Yo, con firmeza resoluta respondí: por supuesto. e


cuentoenano

El origen de la novela Autor: Juan Camilo Maldonado Ilustración: Carmen Sánchez

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Miguel de Cervantes García le pusieron así porque su padre, José Gabriel de Cervantes, aprovechando la fatalidad que su apellido le confería, quiso que su hijo fuera un gran novelista. Pero a los 40 años Miguel de Cervantes ha intentado un sinnúmero de veces completar una novela, y sólo lo ha logrado en una -no muy exitosa- ocasión. Cansado de tantos fracasos, Miguel de Cervantes llega con hambre a su vacío y gélido apartamento, de pisos de madera y tres muebles, y se sienta con rabia a redactar un cuento en el que él, Miguel de Cervantes, asesina a su padre por haberlo bautizado. Miguel escribe el episodio de manera singular: mientras su padre y su madre se encuentran al lado de la pila bautismal, donde el futuro Miguel llora por el agua fría que le es vertida sobre la cabeza, Miguel de Cervantes aparece de la oscuridad y, sin mediar palabra, acuchilla a su padre en la espalda, y le arrebata de los brazos el bebé al párroco que, atónito, no pronuncia palabra. Al finalizar el párrafo –y el crimen- Miguel de Cervantes se siente libre. El asesinar a su padre le ha conferido un poder especial, una sensación de placer, suave y refrescante. Sin pensarlo mucho, regresa al papel y escribe: “Miguel de Cervantes conoció a la mujer de sus sueños en un bar de tangos que no quedaba lejos de la plazoleta de Lourdes...”. Esa noche el autor le hace al amor no sólo a esa, sino a varias mujeres que frecuentan la plaza. Una página, la otra, una virgen secretaria de Pitalito, una diseñadora de modas, la glamorosa esposa del editor del diario El Denunciante. Al pasar los días Miguel de Cervantes se perfecciona, se escribe rico, rebelde, admirado. Condena a sus detractores a las cloacas más infames, abandona a las mujeres que lo agraviaron. Hasta que un día, embriagado y dichoso por las páginas y páginas que lo han vuelto poderoso y omnipotente, decide revelarle a su Miguel, a su criatura indomable, su secreto. Escribe: “Mientras caminaba por la Avenida Chile, Miguel de Cervantes encontró en una esquina a una vieja gitana quien, de inmediato, le contó la verdad de su destino...”. En el relato la gitana se lo cuenta todo a su Miguel: la dirección, el teléfono de su autor. “Escribe en su dormitorio, acostado en la cama boca abajo, en un cuaderno de tapa verde con magnolias pintadas en relieve”. Miguel de Cervantes se acuesta esa noche a dormir como lo ha hecho durante la última semana, sin preocuparse por las cuentas, ni el retraso en la pensión, ni las llamadas del banco. Esa noche sueña que es un soldado herido en una trinchera y que alguien escribe su muerte. Se despierta sobresaltado, y entre la somnolencia ve la silueta que se escapa corriendo por la puerta. Al prender la luz, Miguel de Cervantes confirma el plagio: su cuaderno y su esfero han desaparecido. e


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artefacto

La paradoja del libro Por Carmen María Sánchez Estudiante X semestre Comunicación Social, PUJ Ilustración: Carmen Sánchez

n los últimos meses el libro se ha vuelto tema central de la agenda cultural. Todo ello debido a que Bogotá es la Capital Mundial de Libro 20072008. No podría resumir la cantidad de eventos, celebraciones, premios y galardones que se han hecho en torno al libro. Sin embargo, creo que la palabra libro, en su versión comodín –tan de moda–, no es precisamente lo que me interesa hoy. Empecemos por lo básico. El libro es un objeto físico –por lo menos al que quisiera referirme– de muchas hojas de papel impresas, cosidas o pegadas al lomo con la ayuda de una carátula en un papel más rígido. Eso hablando de definiciones meramente conceptuales. También están algunas un poco más elaboradas, como la de la Real Academia de la Lengua: “obra científica o literaria de cierta extensión.” Siendo un poco más estrictos, podríamos remitirnos a la etimología; por tanto, tendríamos que el libro viene del latín liber que significa membrana o corteza de árbol. Acá me detengo, porque la verdad no quisiera entrar en discusiones ecológicas sobre la extracción del papel. Lo que me interesa, sinceramente, es hablar del libro que va más allá de las manos. Algunos años atrás recuerdo que leí en una página de Internet –valga la ironía– las siguientes palabras de Jorge Luis Borges: “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el

telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Mientras leía, noté la paradoja del libro: primero ser una extensión de la memoria, de los recuerdos, del pasado; pero a la vez, ser una extensión de la imaginación, de lo posible, del futuro. Sin embrago, lo más fascinante de esta paradoja es que el libro no es nada más que un objeto; se convierte en mundos posibles o vividos porque se alimenta de cada lector, como alguna vez leí –en algún libro de teoría de la comunicación– el lector entra a completar los espacios en blanco que deja el autor; como diría Samuel Smiles, “el libro es una voz viviente. Es una inteligencia que nos habla y que escuchamos”; o Gustavo Adolfo Bécquer, “el recuerdo que deja un libro es más importante que el libro mismo”. Sin embargo, el libro en sí mismo es otra paradoja; pues además de ser un objeto de lectura, que entretiene y enseña, –según se dice– también sirve como apoyo, para aquellas personas de baja estatura que necesitan alcanzar cosas en partes que no están a su alcance; o de corrector de postura para aquellos que todavía desean caminar derecho sin dejar caer el libro; se ha vuelto costumbre ver los libros de gran formato como adornos de mesa; o simplemente como una buena posibilidad –un poco costosa– de diseño de interiores, cuando de llenar una pared de trata. e


fedeErratas#6  

enero-julio2007

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