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RESULTADO ELECCIONES ESTUDIANTILES VIVA VOZ 2005 Las elecciones Viva Voz 2005 para Miembros del Consejo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje se efectuaron el pasado jueves 28 de abril, de 9.00 a.m. a 7.00 p.m., y el viernes 29 de abril, de 9.00 a 12.00 m, en la oficina de Gestión Estudiantil de la Facultad.

RESULTADOS Carrera de Comunicación Social Total: 164 votos o Tatiana Ximena Cagüeñas o Tatiana C. Núñez Adárraga o En blanco

76 votos 44 votos 44 votos

Licenciatura en Lenguas Modernas Total: 83 votos o Andrés Barón o En blanco

73 votos 10 votos

Carrera de Información - Bibliotecología o John Arbelaez

19 votos

No se inscribió por lo tanto estos votos son nulos.

ELEGIDOS Tatiana Ximena Cagüeñas, por la Carrera de Comunicación Social Andrés Barón, por la Licenciatura en Lenguas Modernas En las próximas elecciones, el objetivo es lograr una amplia participación estudiantil tanto en la campaña como en las votaciones; para ello Tatiana Cagüeñas y Andrés Barón se proponen trabajar con dedicación por el éxito del próximo proceso electoral cumpliendo sus promesas programáticas y difundiendo los logros ampliamente a la comunidad estudiantil de la Facultad.


RESULTADO ELECCIONES ESTUDIANTILES VIVA VOZ 2005 Las elecciones Viva Voz 2005 para Miembros del Consejo de la Facultad de Comunicación y Lenguaje se efectuaron el pasado jueves 28 de abril, de 9.00 a.m. a 7.00 p.m., y el viernes 29 de abril, de 9.00 a 12.00 m, en la oficina de Gestión Estudiantil de la Facultad.

RESULTADOS Carrera de Comunicación Social Total: 164 votos o Tatiana Ximena Cagüeñas o Tatiana C. Núñez Adárraga o En blanco

76 votos 44 votos 44 votos

Licenciatura en Lenguas Modernas Total: 83 votos o Andrés Barón o En blanco

73 votos 10 votos

Carrera de Información - Bibliotecología o John Arbelaez

19 votos

No se inscribió por lo tanto estos votos son nulos.

ELEGIDOS Tatiana Ximena Cagüeñas, por la Carrera de Comunicación Social Andrés Barón, por la Licenciatura en Lenguas Modernas En las próximas elecciones, el objetivo es lograr una amplia participación estudiantil tanto en la campaña como en las votaciones; para ello Tatiana Cagüeñas y Andrés Barón se proponen trabajar con dedicación por el éxito del próximo proceso electoral cumpliendo sus promesas programáticas y difundiendo los logros ampliamente a la comunidad estudiantil de la Facultad.


Durante la mayor parte del siglo XX el periodismo colombiano escribió su historia y su oficio bajo la mirada regeneracionista de Rafael Núñez, en cuya Constitución de 1886 se afirmó que “la prensa es libre, pero sólo en tiempos de paz”. No obstante, basta con recordar que desde la colonización hasta nuestros días, paz es lo que no ha tenido nuestro país. En 1887, mientras Emilie Durkheim fundaba la sociología moderna, Núñez implantaba la ley 61, “Ley de los caballos”, por la cual los censores oficialistas confiscaban periódicos, cerraban imprentas y desterraban a los redactores que contradecían el establecimiento presidencial. Con cada cambio de gobierno a los periodistas los acusaron las diferentes instancias del poder armado y político de ser liberales, conservadores o comunistas por revelar escándalos de corrupción y por mostrar los rostros y la tragedia de la guerra. Sin embargo, con el fin de defender el deber ético de su oficio, los periodistas se fueron alejando de las noticias institucionales para mostrar los elefantes blancos que caminaban sobre la nación. Uno de ellos, tal vez el más grande y aparentemente invisible para la época, era el narcotráfico. En 1982, al mismo tiempo que Luis Carlos Galán apoyaba el gobierno de Belisario Betancourt a cambio de que éste le permitiera destapar la olla “podrida” del narcotráfico, el periodismo colombiano fue mostrando que detrás de los equipos de fútbol, de las grandes empresas y hasta de las industrias mediáticas, había un narcotraficante.

4

Uno a uno, fueron “silenciados”. Guillermo Cano, director de El Espectador, explicó que “el problema en nuestro negocio es que nunca se sabe si volveremos por la noche a casa”. Un día después de estas palabras fue asesinado por órdenes de “El Padrino”, sobrenombre con el que Cano se refería a Pablo Escobar desde que en 1983 su periódico le mostró al país que el honorable Senador de la República no era más que un capo de la mafia. Desde el momento en que tuvo que pasar a la clandestinidad, Escobar le apuntó al periodismo: el asesinato de Cano, el bombazo a El Espectador y el secuestro que terminó con la muerte de Diana Turbay, fueron algunos de sus golpes más certeros contra la libertad de prensa. Desde entonces, 74 periodistas han sido asesinados y todos los crímenes han quedado impunes. A pesar de que los autores materiales pagan la condena, los autores intelectuales siguen contoneándose y enfilando sus miradas contra la libertad de expresión. La actual Constitución afirma que todo ciudadano podrá expresar sus opiniones libremente. La actividad periodística goza de una protección que garantiza su independencia y libertad profesional; sin embargo, habría que preguntarse ¿de cuál libertad de expresión estamos hablando ante este panorama de impunidad?

e

5

-foto-opinión-

-editorial-

¿De qué libertad estamos hablando?

EN ESTA EDICIÓN

-foto-opinión-

Un i d a s p o r el fútbo l

FOTO-OPINIÓN

Baños javerianos Por: Katherine Martínez Mauricio Hilb

6

CRÓNICA DE ARCHIVO

La vida “íntima” de Triguero Por: Germán Pinzón

9

ANÁLISIS DE MEDIOS Una ciudad de cine negro Por: Ivan Villarroel

10

ZOOCIEDAD

Tras ka caja fuerte de la Javeriana Por: Óscar Moreno

15

PASAJE CULTURAL Unidas por el Fútbol Por: David Vega Juan Sebastian Gómez

18

CRÓNICA DE VIAJE Una vida sobre ruedas Por: Verónica Murcia

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Durante la mayor parte del siglo XX el periodismo colombiano escribió su historia y su oficio bajo la mirada regeneracionista de Rafael Núñez, en cuya Constitución de 1886 se afirmó que “la prensa es libre, pero sólo en tiempos de paz”. No obstante, basta con recordar que desde la colonización hasta nuestros días, paz es lo que no ha tenido nuestro país. En 1887, mientras Emilie Durkheim fundaba la sociología moderna, Núñez implantaba la ley 61, “Ley de los caballos”, por la cual los censores oficialistas confiscaban periódicos, cerraban imprentas y desterraban a los redactores que contradecían el establecimiento presidencial. Con cada cambio de gobierno a los periodistas los acusaron las diferentes instancias del poder armado y político de ser liberales, conservadores o comunistas por revelar escándalos de corrupción y por mostrar los rostros y la tragedia de la guerra. Sin embargo, con el fin de defender el deber ético de su oficio, los periodistas se fueron alejando de las noticias institucionales para mostrar los elefantes blancos que caminaban sobre la nación. Uno de ellos, tal vez el más grande y aparentemente invisible para la época, era el narcotráfico. En 1982, al mismo tiempo que Luis Carlos Galán apoyaba el gobierno de Belisario Betancourt a cambio de que éste le permitiera destapar la olla “podrida” del narcotráfico, el periodismo colombiano fue mostrando que detrás de los equipos de fútbol, de las grandes empresas y hasta de las industrias mediáticas, había un narcotraficante.

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Uno a uno, fueron “silenciados”. Guillermo Cano, director de El Espectador, explicó que “el problema en nuestro negocio es que nunca se sabe si volveremos por la noche a casa”. Un día después de estas palabras fue asesinado por órdenes de “El Padrino”, sobrenombre con el que Cano se refería a Pablo Escobar desde que en 1983 su periódico le mostró al país que el honorable Senador de la República no era más que un capo de la mafia. Desde el momento en que tuvo que pasar a la clandestinidad, Escobar le apuntó al periodismo: el asesinato de Cano, el bombazo a El Espectador y el secuestro que terminó con la muerte de Diana Turbay, fueron algunos de sus golpes más certeros contra la libertad de prensa. Desde entonces, 74 periodistas han sido asesinados y todos los crímenes han quedado impunes. A pesar de que los autores materiales pagan la condena, los autores intelectuales siguen contoneándose y enfilando sus miradas contra la libertad de expresión. La actual Constitución afirma que todo ciudadano podrá expresar sus opiniones libremente. La actividad periodística goza de una protección que garantiza su independencia y libertad profesional; sin embargo, habría que preguntarse ¿de cuál libertad de expresión estamos hablando ante este panorama de impunidad?

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-foto-opinión-

-editorial-

¿De qué libertad estamos hablando?

EN ESTA EDICIÓN

-foto-opinión-

Un i d a s p o r el fútbo l

FOTO-OPINIÓN

Baños javerianos Por: Katherine Martínez Mauricio Hilb

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CRÓNICA DE ARCHIVO

La vida “íntima” de Triguero Por: Germán Pinzón

9

ANÁLISIS DE MEDIOS Una ciudad de cine negro Por: Ivan Villarroel

10

ZOOCIEDAD

Tras ka caja fuerte de la Javeriana Por: Óscar Moreno

15

PASAJE CULTURAL Unidas por el Fútbol Por: David Vega Juan Sebastian Gómez

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CRÓNICA DE VIAJE Una vida sobre ruedas Por: Verónica Murcia

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-crónica de archivo-

L a vida “ í n t i m a ” d e Triguero Por: Le Volcán en Triguero:

Y el cuerpo de Triguera, joven y poderoso. Sus finos corvejones, su vientre liso, sus elípticas ancas y las altas y acolchadas grupas…! Un amoroso temblor le remecía los ijares relucientes, mientras la cola elástica le castigaba los flancos. Su pelaje: el sol la encendía por dentro. Ese era su brillo. Antes de verla, Le Volcán dilató sus aletas nasales para sorberla en gruesos chorros de perfume caliente y agridulce. Olor a yegua amarga, potente, enardecida. Y cuando estuvieron cerca…fue el clásico amor a primera vista. Triguera miró a Le Volvan y descubrió su orgulloso y bello aspecto de caballo de ajedrez. Él, después de olisquearla afectuosamente, le hincó con ternura un mordisco en la cerviz, imponiendo la iniciativa dominadora del macho. La coqueta huía caracoleando.

6

También galopaba por allí un viento equino como el fantasma de un caballo. O giraba blandamente cabeceando, como un rítmico y disciplinado potro de “tío vivo” de “carrousel”. Y todo el paisaje estaba a la expectativa con sus árboles fijos, atentos y la luz envarada y el aire detenido. Triguero dice: angu Aquel día, pues, la aleación Le Volcán- Triguera comenzó a prohijar la aparición de un nuevo individuo de la especie equina. Fue un verdadero matrimonio por amor. Hasta tuvo sus opositores porque unos pocos consideraron que la dulce

ejército, Marco A. Fajardo comenzó a operar como preparador hípico, en el hipódromo de Chapinero, en la calle 53.

Y un día mientras Triguero soñaba (no sólo los burros son filósofos o poetas) vinieron a darle lo que algunos hípicos llamaban “la primera comunión”: vinieron a hacerle tascar, por primera vez el freno.

Así, cuando llegó a Triguero, Marco A. Fajardo se había hecho lo suficientemente digno de convertirse en su amigo.

A nadie le gusta el freno. Ni siquiera a los hombres tampoco a los caballos. Parece que uno de los momentos cruciales en la vida de un potro es aquel durante el cual se le introduce esa salada y metálica bocanada.

Por: Germán Pinzón

dulce Triguera..! Sus redondos ojos de fósforo flotaban sobre las cosas como pequeños planetas…Mojados, tiernos, sus ojos eran los mismos -pudorosos y apasionados- de una colegiala. Y su cara. La cara de Triguera! Una cara casi humana, femenina, delicada: sobre la gran testera desierta tenía descolgado a veces, en flecos, un vago mechón de las crines. Ah, su hociquillo húmedo arremangado sobre el belfo temblón pulposo…! Ensayando el marfil aún antiguo de los enormes y perfectos dientes amarillos, veteados con frescas manchas de pasto verde…!

Ahora no nos atrevemos a pensar que Triguero desease ser un caballo interplanetario, de propulsión a chorro.

Triguera, sin ser exactamente una plebeya, no reunía tampoco las suficientes condiciones de prosapia para contraer – así fuera de un día para otro- con el linajudo semental. Pero triunfó el amor sobre los reaccionarios prejuicios raciales y sociales. Triguera tuvo a su Le Volcán. Le Volcán tuvo a su Triguera. Y entre los dos tuvieron a su Triguerito. En las cuadras del criadero de “Potrero Grande” se recuerdan pocos casos de tal intensidad romántica. Tiempo después nació Triguero. Ligeramente velludo, como todos los bebés de su naturaleza; pero esbelto y nervioso, de ojos inteligentes y una precoz aristocracia. El 12 de agosto de 1951, la bella Triguera, ennoblecida por su maternidad, se inclinó para limpiar con amplios y ásperos lengüetazos aquel caballito niño excepcional que le había nacido y que en ese momento no se mostró tan extraordinario porque hizo precisamente lo que hacen todos los potros de su edad: tomarse con algunos pequeños pero dolorosos perjuicios para integridad física de su mamá, su primer desayuno. La muestra inicial de indudable talento especial de Triguero fue dada rápidamente, sin embargo. El potrillo relinchó mucho más pronto que numerosos niños de su tiempo. Su primera palabra fue “Angu”. Triguero hace la primera comunión Triguero superaba el propio nivel de su estatura con afán. Sobre sus cuatro delgadas bejucales patas acumulaba un cuerpo magnifico, de color zaino, sostenido por una gruesa red de arterias, músculos y tendones siempre evidentes bajo el cabrilleo de la piel, como un gráfico de su vigor y de su fuerza. Triguero subía hacia la adolescencia, ya debía soñar Si Triguero hubiese nacido en la época en que los niños soñaban con ser Bolívar, probablemente él hubiese soñado a su vez con ser “el caballo Palomo de Bolívar” o quizás le hubiese gustado ser un romántico y caballeresco caballo de naipes: con un dorado y blondo señor a cuestas, vestido de bombachitas rojas de ojos ausentes de muñeco y con una simbólica copa en la diestra. Enjaezado con cintillantes arreos sueltos de bridas –una gualdrapa roja sobre el lomo- Triguero andaría manotenado sobre un piso de tréboles. Pero Triguero pertenece a esta era. De modo que sus más lógicas aspiraciones debieron ser las de convertirse en un acezante caballo del oeste, a quien El Llanero Solitario ordenaría: “arre Plata”, para que su cuerpo de caucho se estirara hacia delante sobre las huellas de los benditos enmascarados o de los “Sloux” de cobre desnudo. Se dedicaría a proteger a los pobres caballos de las diligencias contra los feos y encarnizados caballos de los “apaches”. Pero eso sí, todo esto ante las cámaras de cine. Con Roy Rogers a las espaldas.

Triguero esgrimió los cascos en protesta desesperada y salvaje, se descolluntó en corcoveos y por último con ojos vítreos de muerto, derrotó la cabeza humildemente, gargareando espumarajos sanguinosos, triste como un pueblo. Estaba vencido, le habían puesto riendas, freno y espuelas. Entraba a formar parte de la apesadumbrada raza de los sojuzgados. Parecía un hombre. Que es la peor humillación para un caballo. Triguero en realización Era agosto y Triguero estaba a punto de cumplir años. Entonces fue sacado a remate nacional. El hipódromo de Techo iba a ser inaugurado en breve. Una vez dominado, Triguero sería vendido. Eso para siempre. Salió al remate en compañía de varios hermanos. No era mucho el don de gente de Triguero, así que los presuntos compradores no exageraron su entusiasmo por el potro. Los Cubillos, propietarios del criadero de “Potrero Grande”, lo cedieron a Doña Magdalena de Rico por la relativamente pobre suma de $7.200. Sus hermanos lo miraron desdeñosamente. El potro “Trece de Junio”, por ejemplo fue adquirido por el mayor Telmo Acevedo por cerca de $9.300; una abrumadora ventaja. “Mi amigo Marco A…” Solo entre las cuatro paredes de su pesebrera. El aire rayado de voces de caballos invisibles. Relinchos angustiosos, terminados en punta, filudos y aterrados. Triguero no comprendía nada. La piel tensa acusando los estremecimientos de su miedosa membratura, lista para el dolor, encogida y distendida por los escalofríos. Triguero incomunicado. Sólo de vez en cuando aparecía allí aquel hombre bajito, rechoncho, de soviéticos bigotes entrecanos y voz de afectuosas inflexiones, tibia grasa, suave y ancho como la lengua de su madre, Triguera. La voz le resbalaba sobre el lomo, le palmoteaba los flancos, le erizaba blandamente, de ternura, la crin. En ese hombre, Triguero se reconciliaba con la sádica raza de los otros hombres. Era Marco A. Fajardo, a quien todavía se le inundan los ojos cuando habla de sus tiempos de preparador, especialmente de sus tiempos de preparador de Triguero. Marco A. Fajardo siente una elemental dulzura hacia los caballos. Es simple, primitivo. Aprendió a amar los caballos desde que en el ejército, y en la caballería naturalmente, empezó a conocerlos. Parece que su capacidad afectiva se ha desviado, para emplearse allí íntegra hacia los caballos. Desde 1931 estuvo en contacto con ellos. Mientras sus dedos se encallecían con el roce permanente de arreos, galápagos, cinchas, bridas, las palmas de sus manos se suavizaban y se hacían lisas de acariciar durante años y años la pulida y felpuda piel de los potros. Porque al abandonar el

-Yo amansé a Triguero. Dice Marco A. Fajardo. Y no fue esa una operación dolorosa. Insensiblemente, Triguero se fue ajustando a la cariñosa disciplina impuesta por Fajardo. Se dejó montar por él. Y Fajardo lo perfeccionó. La última vez que hablamos con Fajardo, continuaba ponderando a su verdaderamente íntimo amigo equino. -Jamás me derribó Triguero. Ni a mí ni a nadie. Triguero no es un caballo rebelde. Es simplemente un caballo brioso, no agresivo. De agosto del 53 a mayo del 54 estuve preparándolo lentamente, acostumbrándolo a mis voces de mando. -Cómo? Le hemos preguntado. Los caballos son capaces de asimilar el sentido de algunas palabras? -No, sólo las palabras! Respondió. Ningún caballo al que se le haya enseñado cualquier detalle especial, o un movimiento, en equitación o en carreras de hipódromo, los olvidará jamás. Por eso, un caballo no podrá echarse atrás ni obligársele a perder una carrera, si eso no se le ha enseñado de antemano. Yo, a Triguero, le enseñé siempre a ganar. A llegar siempre adelante. Cuando no puede hacerlo, es porque está enfermo. Los caballos habituados a ser retenidos, contenidos, no pueden correr sino pocas veces por esa razón. Se acostumbran a perder, y pierden siempre. Un caballo oligarca Triguero se lanzó a las pistas, para su primera carrera, el 16 de mayo de 1954, disputando el “Premio República de Chile” sobre la milla clásica. Era la carrera número cinco del hipódromo de Techo, apenas en inauguración. Y ganó. Se prolongó la distancia para su próxima intervención; 1600 metros, en la carrera número 69. Ganó también; el 15 de agosto conquistó la primera de las tres coronas máximas que le han hecho famoso: La “Polla de Potrillos”. Acto seguido, venció en el Gran Premio Nacional, el 5 de septiembre y sobre 1800 metros. Y, ya convertido indiscutiblemente en el mejor caballo del país, se adueñó de la Triple Corona Hípica estableciendo un récord para los 2000 metros del Derby Colombiano, el 3 de octubre, fecha de su última presentación en 1954. Había hecho famosos también a sus dueños. Pero no sólo famosos. Ese año, ganó para ellos $ 63.300. Dos años después, ningún otro caballo ha logrado apoderarse de la corona triple que constituye el esqueleto esencial y básico de nuestra hípica, y que lo consagró a él de un modo casi legendario. Hoy, Triguero ha ganado, centavo más, centavo menos, $ 104 mil 200. Cuántas veces ha pagado la cifra ($7.200), que sus actuales propietarios desembolsaron por él en aquel lejano y feliz remate nacional de 1953? El año del piojo Triguero no es un caballo invencible. Al reaparecer en 1955, en el marco del Premio “Asociación Colombiana de Criadores de Caballos”, por ejemplo, fue abatido por Carlos Martel y Furadouro. Aquello

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-crónica de archivo-

L a vida “ í n t i m a ” d e Triguero Por: Le Volcán en Triguero:

Y el cuerpo de Triguera, joven y poderoso. Sus finos corvejones, su vientre liso, sus elípticas ancas y las altas y acolchadas grupas…! Un amoroso temblor le remecía los ijares relucientes, mientras la cola elástica le castigaba los flancos. Su pelaje: el sol la encendía por dentro. Ese era su brillo. Antes de verla, Le Volcán dilató sus aletas nasales para sorberla en gruesos chorros de perfume caliente y agridulce. Olor a yegua amarga, potente, enardecida. Y cuando estuvieron cerca…fue el clásico amor a primera vista. Triguera miró a Le Volvan y descubrió su orgulloso y bello aspecto de caballo de ajedrez. Él, después de olisquearla afectuosamente, le hincó con ternura un mordisco en la cerviz, imponiendo la iniciativa dominadora del macho. La coqueta huía caracoleando.

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También galopaba por allí un viento equino como el fantasma de un caballo. O giraba blandamente cabeceando, como un rítmico y disciplinado potro de “tío vivo” de “carrousel”. Y todo el paisaje estaba a la expectativa con sus árboles fijos, atentos y la luz envarada y el aire detenido. Triguero dice: angu Aquel día, pues, la aleación Le Volcán- Triguera comenzó a prohijar la aparición de un nuevo individuo de la especie equina. Fue un verdadero matrimonio por amor. Hasta tuvo sus opositores porque unos pocos consideraron que la dulce

ejército, Marco A. Fajardo comenzó a operar como preparador hípico, en el hipódromo de Chapinero, en la calle 53.

Y un día mientras Triguero soñaba (no sólo los burros son filósofos o poetas) vinieron a darle lo que algunos hípicos llamaban “la primera comunión”: vinieron a hacerle tascar, por primera vez el freno.

Así, cuando llegó a Triguero, Marco A. Fajardo se había hecho lo suficientemente digno de convertirse en su amigo.

A nadie le gusta el freno. Ni siquiera a los hombres tampoco a los caballos. Parece que uno de los momentos cruciales en la vida de un potro es aquel durante el cual se le introduce esa salada y metálica bocanada.

Por: Germán Pinzón

dulce Triguera..! Sus redondos ojos de fósforo flotaban sobre las cosas como pequeños planetas…Mojados, tiernos, sus ojos eran los mismos -pudorosos y apasionados- de una colegiala. Y su cara. La cara de Triguera! Una cara casi humana, femenina, delicada: sobre la gran testera desierta tenía descolgado a veces, en flecos, un vago mechón de las crines. Ah, su hociquillo húmedo arremangado sobre el belfo temblón pulposo…! Ensayando el marfil aún antiguo de los enormes y perfectos dientes amarillos, veteados con frescas manchas de pasto verde…!

Ahora no nos atrevemos a pensar que Triguero desease ser un caballo interplanetario, de propulsión a chorro.

Triguera, sin ser exactamente una plebeya, no reunía tampoco las suficientes condiciones de prosapia para contraer – así fuera de un día para otro- con el linajudo semental. Pero triunfó el amor sobre los reaccionarios prejuicios raciales y sociales. Triguera tuvo a su Le Volcán. Le Volcán tuvo a su Triguera. Y entre los dos tuvieron a su Triguerito. En las cuadras del criadero de “Potrero Grande” se recuerdan pocos casos de tal intensidad romántica. Tiempo después nació Triguero. Ligeramente velludo, como todos los bebés de su naturaleza; pero esbelto y nervioso, de ojos inteligentes y una precoz aristocracia. El 12 de agosto de 1951, la bella Triguera, ennoblecida por su maternidad, se inclinó para limpiar con amplios y ásperos lengüetazos aquel caballito niño excepcional que le había nacido y que en ese momento no se mostró tan extraordinario porque hizo precisamente lo que hacen todos los potros de su edad: tomarse con algunos pequeños pero dolorosos perjuicios para integridad física de su mamá, su primer desayuno. La muestra inicial de indudable talento especial de Triguero fue dada rápidamente, sin embargo. El potrillo relinchó mucho más pronto que numerosos niños de su tiempo. Su primera palabra fue “Angu”. Triguero hace la primera comunión Triguero superaba el propio nivel de su estatura con afán. Sobre sus cuatro delgadas bejucales patas acumulaba un cuerpo magnifico, de color zaino, sostenido por una gruesa red de arterias, músculos y tendones siempre evidentes bajo el cabrilleo de la piel, como un gráfico de su vigor y de su fuerza. Triguero subía hacia la adolescencia, ya debía soñar Si Triguero hubiese nacido en la época en que los niños soñaban con ser Bolívar, probablemente él hubiese soñado a su vez con ser “el caballo Palomo de Bolívar” o quizás le hubiese gustado ser un romántico y caballeresco caballo de naipes: con un dorado y blondo señor a cuestas, vestido de bombachitas rojas de ojos ausentes de muñeco y con una simbólica copa en la diestra. Enjaezado con cintillantes arreos sueltos de bridas –una gualdrapa roja sobre el lomo- Triguero andaría manotenado sobre un piso de tréboles. Pero Triguero pertenece a esta era. De modo que sus más lógicas aspiraciones debieron ser las de convertirse en un acezante caballo del oeste, a quien El Llanero Solitario ordenaría: “arre Plata”, para que su cuerpo de caucho se estirara hacia delante sobre las huellas de los benditos enmascarados o de los “Sloux” de cobre desnudo. Se dedicaría a proteger a los pobres caballos de las diligencias contra los feos y encarnizados caballos de los “apaches”. Pero eso sí, todo esto ante las cámaras de cine. Con Roy Rogers a las espaldas.

Triguero esgrimió los cascos en protesta desesperada y salvaje, se descolluntó en corcoveos y por último con ojos vítreos de muerto, derrotó la cabeza humildemente, gargareando espumarajos sanguinosos, triste como un pueblo. Estaba vencido, le habían puesto riendas, freno y espuelas. Entraba a formar parte de la apesadumbrada raza de los sojuzgados. Parecía un hombre. Que es la peor humillación para un caballo. Triguero en realización Era agosto y Triguero estaba a punto de cumplir años. Entonces fue sacado a remate nacional. El hipódromo de Techo iba a ser inaugurado en breve. Una vez dominado, Triguero sería vendido. Eso para siempre. Salió al remate en compañía de varios hermanos. No era mucho el don de gente de Triguero, así que los presuntos compradores no exageraron su entusiasmo por el potro. Los Cubillos, propietarios del criadero de “Potrero Grande”, lo cedieron a Doña Magdalena de Rico por la relativamente pobre suma de $7.200. Sus hermanos lo miraron desdeñosamente. El potro “Trece de Junio”, por ejemplo fue adquirido por el mayor Telmo Acevedo por cerca de $9.300; una abrumadora ventaja. “Mi amigo Marco A…” Solo entre las cuatro paredes de su pesebrera. El aire rayado de voces de caballos invisibles. Relinchos angustiosos, terminados en punta, filudos y aterrados. Triguero no comprendía nada. La piel tensa acusando los estremecimientos de su miedosa membratura, lista para el dolor, encogida y distendida por los escalofríos. Triguero incomunicado. Sólo de vez en cuando aparecía allí aquel hombre bajito, rechoncho, de soviéticos bigotes entrecanos y voz de afectuosas inflexiones, tibia grasa, suave y ancho como la lengua de su madre, Triguera. La voz le resbalaba sobre el lomo, le palmoteaba los flancos, le erizaba blandamente, de ternura, la crin. En ese hombre, Triguero se reconciliaba con la sádica raza de los otros hombres. Era Marco A. Fajardo, a quien todavía se le inundan los ojos cuando habla de sus tiempos de preparador, especialmente de sus tiempos de preparador de Triguero. Marco A. Fajardo siente una elemental dulzura hacia los caballos. Es simple, primitivo. Aprendió a amar los caballos desde que en el ejército, y en la caballería naturalmente, empezó a conocerlos. Parece que su capacidad afectiva se ha desviado, para emplearse allí íntegra hacia los caballos. Desde 1931 estuvo en contacto con ellos. Mientras sus dedos se encallecían con el roce permanente de arreos, galápagos, cinchas, bridas, las palmas de sus manos se suavizaban y se hacían lisas de acariciar durante años y años la pulida y felpuda piel de los potros. Porque al abandonar el

-Yo amansé a Triguero. Dice Marco A. Fajardo. Y no fue esa una operación dolorosa. Insensiblemente, Triguero se fue ajustando a la cariñosa disciplina impuesta por Fajardo. Se dejó montar por él. Y Fajardo lo perfeccionó. La última vez que hablamos con Fajardo, continuaba ponderando a su verdaderamente íntimo amigo equino. -Jamás me derribó Triguero. Ni a mí ni a nadie. Triguero no es un caballo rebelde. Es simplemente un caballo brioso, no agresivo. De agosto del 53 a mayo del 54 estuve preparándolo lentamente, acostumbrándolo a mis voces de mando. -Cómo? Le hemos preguntado. Los caballos son capaces de asimilar el sentido de algunas palabras? -No, sólo las palabras! Respondió. Ningún caballo al que se le haya enseñado cualquier detalle especial, o un movimiento, en equitación o en carreras de hipódromo, los olvidará jamás. Por eso, un caballo no podrá echarse atrás ni obligársele a perder una carrera, si eso no se le ha enseñado de antemano. Yo, a Triguero, le enseñé siempre a ganar. A llegar siempre adelante. Cuando no puede hacerlo, es porque está enfermo. Los caballos habituados a ser retenidos, contenidos, no pueden correr sino pocas veces por esa razón. Se acostumbran a perder, y pierden siempre. Un caballo oligarca Triguero se lanzó a las pistas, para su primera carrera, el 16 de mayo de 1954, disputando el “Premio República de Chile” sobre la milla clásica. Era la carrera número cinco del hipódromo de Techo, apenas en inauguración. Y ganó. Se prolongó la distancia para su próxima intervención; 1600 metros, en la carrera número 69. Ganó también; el 15 de agosto conquistó la primera de las tres coronas máximas que le han hecho famoso: La “Polla de Potrillos”. Acto seguido, venció en el Gran Premio Nacional, el 5 de septiembre y sobre 1800 metros. Y, ya convertido indiscutiblemente en el mejor caballo del país, se adueñó de la Triple Corona Hípica estableciendo un récord para los 2000 metros del Derby Colombiano, el 3 de octubre, fecha de su última presentación en 1954. Había hecho famosos también a sus dueños. Pero no sólo famosos. Ese año, ganó para ellos $ 63.300. Dos años después, ningún otro caballo ha logrado apoderarse de la corona triple que constituye el esqueleto esencial y básico de nuestra hípica, y que lo consagró a él de un modo casi legendario. Hoy, Triguero ha ganado, centavo más, centavo menos, $ 104 mil 200. Cuántas veces ha pagado la cifra ($7.200), que sus actuales propietarios desembolsaron por él en aquel lejano y feliz remate nacional de 1953? El año del piojo Triguero no es un caballo invencible. Al reaparecer en 1955, en el marco del Premio “Asociación Colombiana de Criadores de Caballos”, por ejemplo, fue abatido por Carlos Martel y Furadouro. Aquello

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Fue retirado de las pistas por el resto del año. Un año casi miserable, a través del cual perdió dos carreras y no ganó sino $2500. Al correrse el Premio Hipódromo de San Fernando, durante la tercera temporada hípica y ya en 1956, Triguero se rehabilitó. Volvió a ganar, sobre 2400 metros, y obtuvo el Premio “Segundo Aniversario”. Adquirió entonces las proporciones de héroe nacional. Así, como suena. La gente recuerda emocionada y palpitante sus entradas victoriosas al marcador, con ese típico tranco suyo, rítmico, desorbitado, sin esfuerzo. Marco A. Fajardo lo acogía al borde de las lágrimas, roto su equilibrio sentimental por las fragorosas ovaciones de miles de gargantas, cuyo vocear, en cierto modo, también lo aludía a él. Los colombianos empezamos a sentirnos patrióticamente orgullosos de Triguero, el excepcional ejemplar que señalaba innegablemente nuestra capacidad de producir caballos, pese a nuestra no menos innegable calidad de país “subdesarrollado”. Y, no obstante, Triguero perdió su siguiente prueba. Key West y Nonchalance arribaron antes que él al disco. “Triguero no es un crack”, empezaron a decir los expertos, como pidiendo disculpas por sus apasionados elogios de la víspera. Como si ellos mismo hubiesen perdido la carrera. Daban excusas. Hasta que, hace cerca de un mes Triguero venció nuevamente.

-Y, Doña Magdalena, no le parece que Triguero está ya en edad de matrimonio? (El pobre Triguero, como todos los animales a los cuales el hombre ha obligado a ser deportistas, permanece en una castidad forzosa y en una soltería desolada).-Pensamos que Triguero debe correr unas pocas veces más -contesta doña Magdalena- antes de dedicarlos a la reproducción. El Misántropo Triguero Y, no obstante doña Magdalena y Marco A. Fajardo, y de Pedro Pablo Bautista y de Ramón Bogotá, estos últimos los muchachos encargados de asear la pesebrera, de renovarle el forraje y de pasearlo, y no obstante los jinetes Óscar Mazuera y Salvador Godoy, y no obstante también la veneración –sí, veneración- que los millones de aficionados a la hípica experimentan hacia él, Triguero es un caballo misántropo y quién sabe si hasta amargado de misosiquia. Sus amistades, en efecto, son condicionadas. No se sabe si realmente pueda emocionarse cariñosamente con la llegada de doña Magdalena o con la de las zanahorias. O si parece alegrarse cuando observa a sus sirvientes (no lo son?) que arreglan su pesebrera, por ellos mismos o por el trabajo que ejecutan. Por otra parte, el mismo Marco A. Fajardo, ahora nostálgico y taciturno, relata que Triguero se defiende cuando se trata de castigársele físicamente de un modo injusto. No permite que la fusta opere sin una razón. Su claro criterio, en cambio, le lleva a aceptar uno que otro fustazo cuando considera que realmente se lo buscó y se lo mereció. Pero, verdaderamente los acepta o apenas los tolera de un modo olímpico que puede ser despectivo? El hecho es que nunca Triguero ha dado tema para levantar, con él como protagonista, una de esas historias sentimentales, conmovedoras y truculentas en las cuales la especie humana y equina se reconcilian. No ha salvado nunca la vida de un niño. No ha tratado de brincar talanqueras ni vallas ni de romper las puertas de sus pesebreras para lanzarse en pos de un amigo bípedo. Ni se ha enamorado tampoco de ningún pato, perro, pájaro o cualquiera otro animal.

Triguero. Vegetariano. Magdalena de Rico no es simplemente la dueña de Triguero sino también su amiga. Como Marco A. Fajardo no era tampoco su simple preparador. Hace tres años, doña Magdalena asiste diaria y puntualmente, todas las mañanas a los corrales de Hipotecho para renovarle a Triguero el testimonio de su afecto.

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-Antes, le llevaba terrones de azúcar y pedazos de panela -Cuenta Doña Magdalena-, pero pronto Triguero me hizo comprender que le agradaba mucho más la ensalada. Debo obsequiarle siempre con zanahorias que él mismo me busca entre los bolsillos. -Doña Magdalena, usted se ha atrevido a recordar que llegará el día en que Triguero se muera? ¿Qué van a hacer con su cadáver? ¿Dónde lo enterrarán? ¿No le parece justo erigir una lápida sobre el sitio donde hayan sido depositados sus despojos mortales? ¿Ah? ¿Qué dice usted a esto? Doña Magdalena tiene un leve estremecimiento. -¿Cómo se le ocurre?- Exclamó- Yo nunca pienso en la muerte de Triguero. Eso sería muy triste! Quiero imaginar que Triguero no se va a morir jamás. Doña Magdalena, pues, quiere la inmortalidad para Triguero.

Los años 50, entre violencia política y censura, enmarcaron el surgimiento de una generación de periodistas con estilos y géneros nunca antes experimentados. Entre ellos se encuentra Germán Pinzón, quien a los doce años había escrito su primera novela, a los dieciséis se desempeñaba como reportero de La República y al poco tiempo consiguió su propia columna en El Espectador. Sus narraciones políticas, deportivas y sociales siempre fueron ricas en metáforas y descripciones. Para el no existían personajes secundarios, ¡hasta los animales merecían un papel protagónico!

Marco A. Fajardo se ha ido del hipódromo. Triguero se ha quedado en él, tan tranquilo. La última vez que el caballo corrió, ya a las órdenes de un nuevo preparador, Fajardo llegó jadeante al hipódromo con el exclusivo fin de presenciar su actuación. Al no permitírsele la entrada, recurrió a escuchar con el corazón en la boca la transmisión radial de las pruebas. Y el irónico caballo ni siquiera fue capaz de perder en su honor. Lo hemos visto de cerca. Y Triguero mira al mundo desde sus inmensos ojos equinos, iluminados y esféricos como globos de Nochebuena, con un aire de absoluta indiferencia. Algo más: de inacercable ausencia.

e

Semanario Sucesos, noviembre de 1956. (Fragmento)

U na ciudad de cine negro Por: Iván Villarroel Estudiante de Comunicación Social PUJ Las calles de Bogotá son el escenario de una obra incesante;

son pasajes de un cambiante laberinto de polvo y asfalto recorrido por tacones empinados, pies descalzos y zapatos de charol. Es una ciudad donde habitan los personajes más extremos, caminan y se cruzan sin mirarse el uno al otro.

Aunque difícilmente los conozcamos por completo, todos presentimos los insondables alcances de la urbe: los parajes más sórdidos o ambientes demasiado fastuosos son albergados por igual en la Bogotá de contradicciones y cruda fantasía en que habitamos. Es una ciudad de transeúntes y pasajeros, de personas comunes con vidas llevaderas, pero también es un espacio de poder en continua disputa. Sin duda alguna, como núcleo gubernamental del país, Bogotá ampara las más oscuras intrigas políticas, rara vez expuestas a la mayoría de ciudadanos. Durante su paso por el Congreso, el cineasta Sergio Cabrera pudo experimentar ampliamente estas irregularidades, la corrupción de los organismos estatales y el dominio de los intereses privados sobre los públicos. Inspirado en este problema, acaso ya ignorado por lo conocido, decidió llevar a la gran pantalla una novela del joven escritor Santiago Gamboa, Perder es cuestión de método, inspirada en el cine negro norteamericano de los cuarenta, pero acertadamente ubicada en Bogotá. Perder es cuestión de método narra la historia de Víctor Silampa, un

y el imperio de un sistema ineficaz para erradicar la ola de crímenes que azotaba las ciudades. Bien pensado, no parece un panorama tan diferente al vivido actualmente en Colombia. Consciente de esto, Sergio Cabrera inició la filmación de Perder es cuestión de método, una película sobre la corrupción que se vale de los parámetros básicos del cine negro, explorado anteriormente en nuestro país en filmes como La gente de la universal (Felipe Aljure, 1993) o Soplo de vida (Luis Ospina, 1999). Sin embargo, Cabrera falla en mantener una narración envolvente que cree suspenso, además, traiciona una de las normas básicas del cine negro: usar contraste de sombras y darle al filme una atmósfera oscura. Si bien estos son errores significativos (por demás disimulados gracias al elogiable delineamiento de todos los personajes), no niegan la loable intención de crear un relato urbano donde Bogotá es también protagonista: retratar calles que van desde la ochenta, pasando por el Parque Nacional y llegando hasta Facatativá. Desde sórdidos burdeles hasta elegantes restaurantes, Perder es cuestión de método une las contradicciones de la capital en un punto común: una avasalladora ambición de dinero. Puede ser un notario o un enterrador, un concejal o un abogado, todos buscan cortar su tajada. Más vago o más concreto en unos sectores que en otros, este sentido de corrupción atraviesa la cultura citadina como un lazo que ata todos los niveles sociales.

Es una ciudad de transeúntes y pasajeros, de personas comunes con vidas llevaderas, pero también es un espacio de poder en continua disputa. Sin duda alguna, como núcleo gubernamental del país, Bogotá ampara las más oscuras intrigas políticas, rara vez expuestas a la mayoría de ciudadanos.

periodista que inicia la investigación de un caso de empalamiento en los cerros capitalinos y pronto se ve envuelto en la intriga que tejen personajes de cuello blanco alrededor de las escrituras de un codiciado lote. Esta trama detectivesca obligará a Silampa a adentrarse en un oscuro mundo de corrupción, que también extenderá sus hilos hasta los estratos más humildes.

Es precisamente esta moral la que impera en los filmes de cine negro de la década del cuarenta, historias donde una élite política jalaba cuantos hilos fuesen necesarios para lograr sus objetivos, mientras que los otros personajes marginales se veían inmersos en oscuras intrigas sin comprender muy bien por qué, como blancos incautos de la casualidad y de la ambición.

La película sigue varios parámetros del cine negro: un suspicaz protagonista que se mueve entre bares de mala muerte y lugares sofisticados, aunque trasciende ambos niveles; la presencia de una misteriosa mujer fatal; personajes corruptos que sólo defienden un interés personal y, finalmente, un cuerpo policial menos astuto que el protagonista.

Detrás de esta obra de víctimas y victimarios, palpita la Bogotá de calles planas y resquebrajadas, donde la ingenuidad habita con la malicia. Es una ciudad de contradicción y, por eso, es un escenario de aventuras invisibles, pequeñas odiseas dignas de ser contadas que nacen en esos lugares lejanos los cuales, normalmente, sólo presentimos.

Durante la década del cuarenta, este género floreció en Norteamérica a raíz del desencanto con el Estado que trajo el fin de la guerra

-análisis de medios-

produjo un desquiciamiento entre la afición hípica. Inmediatamente después, llegó de tercero una vez más, corroborando la idea de que podía ser derrotado, y siéndolo de hecho por Empolvada y Envión.

Explorar estos parajes puede ser uno de los méritos de la película de Sergio Cabrera.

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Fue retirado de las pistas por el resto del año. Un año casi miserable, a través del cual perdió dos carreras y no ganó sino $2500. Al correrse el Premio Hipódromo de San Fernando, durante la tercera temporada hípica y ya en 1956, Triguero se rehabilitó. Volvió a ganar, sobre 2400 metros, y obtuvo el Premio “Segundo Aniversario”. Adquirió entonces las proporciones de héroe nacional. Así, como suena. La gente recuerda emocionada y palpitante sus entradas victoriosas al marcador, con ese típico tranco suyo, rítmico, desorbitado, sin esfuerzo. Marco A. Fajardo lo acogía al borde de las lágrimas, roto su equilibrio sentimental por las fragorosas ovaciones de miles de gargantas, cuyo vocear, en cierto modo, también lo aludía a él. Los colombianos empezamos a sentirnos patrióticamente orgullosos de Triguero, el excepcional ejemplar que señalaba innegablemente nuestra capacidad de producir caballos, pese a nuestra no menos innegable calidad de país “subdesarrollado”. Y, no obstante, Triguero perdió su siguiente prueba. Key West y Nonchalance arribaron antes que él al disco. “Triguero no es un crack”, empezaron a decir los expertos, como pidiendo disculpas por sus apasionados elogios de la víspera. Como si ellos mismo hubiesen perdido la carrera. Daban excusas. Hasta que, hace cerca de un mes Triguero venció nuevamente.

-Y, Doña Magdalena, no le parece que Triguero está ya en edad de matrimonio? (El pobre Triguero, como todos los animales a los cuales el hombre ha obligado a ser deportistas, permanece en una castidad forzosa y en una soltería desolada).-Pensamos que Triguero debe correr unas pocas veces más -contesta doña Magdalena- antes de dedicarlos a la reproducción. El Misántropo Triguero Y, no obstante doña Magdalena y Marco A. Fajardo, y de Pedro Pablo Bautista y de Ramón Bogotá, estos últimos los muchachos encargados de asear la pesebrera, de renovarle el forraje y de pasearlo, y no obstante los jinetes Óscar Mazuera y Salvador Godoy, y no obstante también la veneración –sí, veneración- que los millones de aficionados a la hípica experimentan hacia él, Triguero es un caballo misántropo y quién sabe si hasta amargado de misosiquia. Sus amistades, en efecto, son condicionadas. No se sabe si realmente pueda emocionarse cariñosamente con la llegada de doña Magdalena o con la de las zanahorias. O si parece alegrarse cuando observa a sus sirvientes (no lo son?) que arreglan su pesebrera, por ellos mismos o por el trabajo que ejecutan. Por otra parte, el mismo Marco A. Fajardo, ahora nostálgico y taciturno, relata que Triguero se defiende cuando se trata de castigársele físicamente de un modo injusto. No permite que la fusta opere sin una razón. Su claro criterio, en cambio, le lleva a aceptar uno que otro fustazo cuando considera que realmente se lo buscó y se lo mereció. Pero, verdaderamente los acepta o apenas los tolera de un modo olímpico que puede ser despectivo? El hecho es que nunca Triguero ha dado tema para levantar, con él como protagonista, una de esas historias sentimentales, conmovedoras y truculentas en las cuales la especie humana y equina se reconcilian. No ha salvado nunca la vida de un niño. No ha tratado de brincar talanqueras ni vallas ni de romper las puertas de sus pesebreras para lanzarse en pos de un amigo bípedo. Ni se ha enamorado tampoco de ningún pato, perro, pájaro o cualquiera otro animal.

Triguero. Vegetariano. Magdalena de Rico no es simplemente la dueña de Triguero sino también su amiga. Como Marco A. Fajardo no era tampoco su simple preparador. Hace tres años, doña Magdalena asiste diaria y puntualmente, todas las mañanas a los corrales de Hipotecho para renovarle a Triguero el testimonio de su afecto.

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-Antes, le llevaba terrones de azúcar y pedazos de panela -Cuenta Doña Magdalena-, pero pronto Triguero me hizo comprender que le agradaba mucho más la ensalada. Debo obsequiarle siempre con zanahorias que él mismo me busca entre los bolsillos. -Doña Magdalena, usted se ha atrevido a recordar que llegará el día en que Triguero se muera? ¿Qué van a hacer con su cadáver? ¿Dónde lo enterrarán? ¿No le parece justo erigir una lápida sobre el sitio donde hayan sido depositados sus despojos mortales? ¿Ah? ¿Qué dice usted a esto? Doña Magdalena tiene un leve estremecimiento. -¿Cómo se le ocurre?- Exclamó- Yo nunca pienso en la muerte de Triguero. Eso sería muy triste! Quiero imaginar que Triguero no se va a morir jamás. Doña Magdalena, pues, quiere la inmortalidad para Triguero.

Los años 50, entre violencia política y censura, enmarcaron el surgimiento de una generación de periodistas con estilos y géneros nunca antes experimentados. Entre ellos se encuentra Germán Pinzón, quien a los doce años había escrito su primera novela, a los dieciséis se desempeñaba como reportero de La República y al poco tiempo consiguió su propia columna en El Espectador. Sus narraciones políticas, deportivas y sociales siempre fueron ricas en metáforas y descripciones. Para el no existían personajes secundarios, ¡hasta los animales merecían un papel protagónico!

Marco A. Fajardo se ha ido del hipódromo. Triguero se ha quedado en él, tan tranquilo. La última vez que el caballo corrió, ya a las órdenes de un nuevo preparador, Fajardo llegó jadeante al hipódromo con el exclusivo fin de presenciar su actuación. Al no permitírsele la entrada, recurrió a escuchar con el corazón en la boca la transmisión radial de las pruebas. Y el irónico caballo ni siquiera fue capaz de perder en su honor. Lo hemos visto de cerca. Y Triguero mira al mundo desde sus inmensos ojos equinos, iluminados y esféricos como globos de Nochebuena, con un aire de absoluta indiferencia. Algo más: de inacercable ausencia.

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Semanario Sucesos, noviembre de 1956. (Fragmento)

U na ciudad de cine negro Por: Iván Villarroel Estudiante de Comunicación Social PUJ Las calles de Bogotá son el escenario de una obra incesante;

son pasajes de un cambiante laberinto de polvo y asfalto recorrido por tacones empinados, pies descalzos y zapatos de charol. Es una ciudad donde habitan los personajes más extremos, caminan y se cruzan sin mirarse el uno al otro.

Aunque difícilmente los conozcamos por completo, todos presentimos los insondables alcances de la urbe: los parajes más sórdidos o ambientes demasiado fastuosos son albergados por igual en la Bogotá de contradicciones y cruda fantasía en que habitamos. Es una ciudad de transeúntes y pasajeros, de personas comunes con vidas llevaderas, pero también es un espacio de poder en continua disputa. Sin duda alguna, como núcleo gubernamental del país, Bogotá ampara las más oscuras intrigas políticas, rara vez expuestas a la mayoría de ciudadanos. Durante su paso por el Congreso, el cineasta Sergio Cabrera pudo experimentar ampliamente estas irregularidades, la corrupción de los organismos estatales y el dominio de los intereses privados sobre los públicos. Inspirado en este problema, acaso ya ignorado por lo conocido, decidió llevar a la gran pantalla una novela del joven escritor Santiago Gamboa, Perder es cuestión de método, inspirada en el cine negro norteamericano de los cuarenta, pero acertadamente ubicada en Bogotá. Perder es cuestión de método narra la historia de Víctor Silampa, un

y el imperio de un sistema ineficaz para erradicar la ola de crímenes que azotaba las ciudades. Bien pensado, no parece un panorama tan diferente al vivido actualmente en Colombia. Consciente de esto, Sergio Cabrera inició la filmación de Perder es cuestión de método, una película sobre la corrupción que se vale de los parámetros básicos del cine negro, explorado anteriormente en nuestro país en filmes como La gente de la universal (Felipe Aljure, 1993) o Soplo de vida (Luis Ospina, 1999). Sin embargo, Cabrera falla en mantener una narración envolvente que cree suspenso, además, traiciona una de las normas básicas del cine negro: usar contraste de sombras y darle al filme una atmósfera oscura. Si bien estos son errores significativos (por demás disimulados gracias al elogiable delineamiento de todos los personajes), no niegan la loable intención de crear un relato urbano donde Bogotá es también protagonista: retratar calles que van desde la ochenta, pasando por el Parque Nacional y llegando hasta Facatativá. Desde sórdidos burdeles hasta elegantes restaurantes, Perder es cuestión de método une las contradicciones de la capital en un punto común: una avasalladora ambición de dinero. Puede ser un notario o un enterrador, un concejal o un abogado, todos buscan cortar su tajada. Más vago o más concreto en unos sectores que en otros, este sentido de corrupción atraviesa la cultura citadina como un lazo que ata todos los niveles sociales.

Es una ciudad de transeúntes y pasajeros, de personas comunes con vidas llevaderas, pero también es un espacio de poder en continua disputa. Sin duda alguna, como núcleo gubernamental del país, Bogotá ampara las más oscuras intrigas políticas, rara vez expuestas a la mayoría de ciudadanos.

periodista que inicia la investigación de un caso de empalamiento en los cerros capitalinos y pronto se ve envuelto en la intriga que tejen personajes de cuello blanco alrededor de las escrituras de un codiciado lote. Esta trama detectivesca obligará a Silampa a adentrarse en un oscuro mundo de corrupción, que también extenderá sus hilos hasta los estratos más humildes.

Es precisamente esta moral la que impera en los filmes de cine negro de la década del cuarenta, historias donde una élite política jalaba cuantos hilos fuesen necesarios para lograr sus objetivos, mientras que los otros personajes marginales se veían inmersos en oscuras intrigas sin comprender muy bien por qué, como blancos incautos de la casualidad y de la ambición.

La película sigue varios parámetros del cine negro: un suspicaz protagonista que se mueve entre bares de mala muerte y lugares sofisticados, aunque trasciende ambos niveles; la presencia de una misteriosa mujer fatal; personajes corruptos que sólo defienden un interés personal y, finalmente, un cuerpo policial menos astuto que el protagonista.

Detrás de esta obra de víctimas y victimarios, palpita la Bogotá de calles planas y resquebrajadas, donde la ingenuidad habita con la malicia. Es una ciudad de contradicción y, por eso, es un escenario de aventuras invisibles, pequeñas odiseas dignas de ser contadas que nacen en esos lugares lejanos los cuales, normalmente, sólo presentimos.

Durante la década del cuarenta, este género floreció en Norteamérica a raíz del desencanto con el Estado que trajo el fin de la guerra

-análisis de medios-

produjo un desquiciamiento entre la afición hípica. Inmediatamente después, llegó de tercero una vez más, corroborando la idea de que podía ser derrotado, y siéndolo de hecho por Empolvada y Envión.

Explorar estos parajes puede ser uno de los méritos de la película de Sergio Cabrera.

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-zoociedad-

T ras la caja fuerte de la Javeriana Por: Óscar Moreno Estudiante de Comunicación Social PUJ

En la Javeriana, en menos de tres semanas, robaron dos bancos e intentaron vulnerar dos veces la caja fuerte de Tesorería ¿Qué está pasando con la seguridad? Antes de que pudiera reaccionar, el vigilante Mora fue sorpren-

dido por tres policías que le apuntaban con sus armas y le exigían llamar por radio a sus compañeros de turno. Eran las ocho de la noche en la Universidad Javeriana y la ciudad se encontraba vacía porque era sábado santo -26 de marzo-.

Un vigilante que rondaba la Séptima y el supervisor Jacobo Muñoz atendieron el llamado y se acercaron desprevenidamente hasta la oficina. Mientras tanto, nadie se percató de las sombras que se deslizaban ágilmente por el primer piso del Edificio Central. Los ladrones entraron por el vidrio ubicado frente al cajero de Conavi y llevaban consigo una carreta, olvidada por alguien cerca de aquel lugar, con la que trasladarían la caja fuerte de Tesorería de 400 Kg., aproximadamente. Los atracadores rompieron la puerta de vidrio con una maseta. Apenas entraron se activó la alarma, pues los sensores de movimiento detectaron su presencia. Esto alertó a la central de COLVISEC, empresa encargada de la seguridad de la Universidad.

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Tras violar las chapas de la puerta metálica que protege el dinero de la Universidad, los asaltantes tuvieron que cargar, apresuradamente, una de las dos cajas fuertes; justo la que contenía más dinero. “Venimos a terminar lo que comenzamos hace ocho días”, dijo uno de los falsos policías a los tres vigilantes amordazados en la Oficina, quienes no tardaron en conectar aquellas palabras, con lo que había ocurrido el pasado sábado. El 19 de marzo a las diez de la mañana, dos obreros arribaron al área de los ventiladores cercana a Tesorería para realizar un mantenimiento. Con un duplicado, abrieron la puerta negra que se encuentra entre la Tienda Javeriana y la entrada al Edificio Central. Una vez allí, empezaron a abrir un hueco, finamente medido, de tal manera que no impactara con ningún objeto al otro lado de la pared.

Mora respondió con evasivas y claves que le indicaron a su compañero, al otro lado de la línea, que realmente algo fuera de lo normal estaba ocurriendo. No era para menos, pues una banda de diez atracadores estaba intentando robar la caja fuerte de Tesorería que contenía 40 millones de pesos y 30 mil dólares. Las oficinas centrales reaccionaron de inmediato y llamaron por radio a una patrulla de la empresa que esa noche hacía rondas por la zona de Chapinero. Sin embargo, los falsos policías se dieron cuenta del llamado por medio de los radios que portaban los vigilantes amordazados. En ese momento, los atracadores salieron por el vidrio que ya antes habían violentado. Apurados, rodaron la caja fuerte por las escaleras hasta la carrera séptima, donde un taxi los esperaba con el motor encendido. Por más que intentaron subir el botín al vehículo, no lo lograron. Para evitar cualquier tipo de enfrentamiento, dejaron la caja tirada junto con la carreta sobre el andén; abordaron el taxi y huyeron con un radioteléfono, lo único que se pudieron robar.

Uno de los supuestos trabajadores se deslizó por entre el hueco con tan mala suerte que una secretaria, que esa mañana trabajaba en Tesorería, lo sorprendió. Aunque el obrero trató de disimular sus verdaderas intenciones mostrando a la mujer un memorando falso que lo autorizaba para realizar aquel trabajo, a ella le pareció muy sospechoso el hoyo en la pared.

El taquillazo

“Vamos a ir por un andamio y ya venimos”, dijo el hombre que había logrado ingresar al ver las intenciones delatoras de la secretaria. Pero los ladrones no volvieron en diez ni en veinte minutos, sino que tardaron ocho días para regresar a terminar el “trabajito”.

Así mismo, el seis de abril a la 1:15 de la tarde dos hombres entraron al Banco de Crédito, ubicado al lado del Hospital San Ignacio, y robaron alrededor de 20 millones de pesos.

Al siguiente sábado, la noche les brindó el refugio perfecto para sorprender a su contrincante. La central de COLVISEC, debido a la alerta recibida, hacía sonar el teléfono de la oficina de seguridad, para preguntarle al vigilante de turno si había alguna novedad. Para evitar sospechas, los falsos policías dejaron que el guardia de la Universidad contestara la llamada.

Estos dos intentos de hurto no fueron los únicos que se presentaron por esas semanas. El jueves 17 de marzo, a las 11:40 de la mañana, tres ladrones le robaron al banco Davivienda, ubicado sobre la Séptima, doce millones de pesos.

La seguridad de los dos bancos no depende de la Universidad, ni de COLVISEC. Como son entidades privadas, contratan su propia seguridad. Las principales formas de defensa que tienen son el sistema de cámaras y las alarmas que están conectadas con la policía. Davivienda no tiene ningún guardia y el Banco de Crédito sólo tiene una persona que cumple la función de organizador más que de vigilante; puesto que, para ninguna de las dos entidades, es política tener vigilantes armados dentro del banco.

El modo de operación de los asaltantes es lo que se conoce como el taquillazo: sólo se llevan lo que está en las taquillas, en las cajas. Este método se aleja bastante de los robos de las películas, donde una persona se para en el centro del banco y amenaza a gritos a todo el mundo. En esta modalidad de asalto los atracadores se preocupan porque nadie se mueva o se tire al piso; lo importante es mantener la calma y la normalidad. “Estamos atracando, sigan haciendo lo que están haciendo”, es la frase que, según María Angélica Cruz, directora del Banco Davivienda, los ladrones pronunciaron a aquellos que en ese momento no sabían que se estaba llevando acabo un robo. “Yo me enteré que estaban atracando ya cuando se encontraban en la segunda caja porque el procedimiento es demasiado silencioso”, agrega. En Davivienda, a las 11:40 la mañana, entró un joven de unos 25 años y se quedó en la fila; lo siguió otro de la misma edad que se situó al lado de las cajas y un último que se paró en la puerta para controlar que nadie saliera y que las personas ingresaran normalmente. “Este es el único Davivienda de toda la ciudad que, por ser pequeño y estar rodeado por una universidad, no tiene vigilante. Al guardia que había lo quitaron hace un año y medio para evitar que en un intento de robo, un cliente o un empleado pudiera morir, pues aquí lo más importante es la vida”, recalca Angélica Cruz. Una vez adentro, los ladrones saltan al otro lado de las cajas y amenazan con un revolver en la cabeza a los cajeros para que les entreguen el dinero que tienen ahí mismo. Mientras tanto, el que está armado en medio de la fila repite en voz baja que todo el mundo debe continuar sus actividades normales. Siete minutos después los ladrones guardan el dinero en un morral azul. Primero salen los que se encontraban en las cajas y el que estaba en la fila. Tres minutos después el asaltante, desde la puerta, grita “Esto es un atraco, no quiero que salga nadie, no jueguen con su vida, los tenemos rodeados con metralleta”, cruza la Séptima y se sube en un carro verde que se pierde. Aclarando rumores “Hace unos días un agente 001 descubrió que bandidos intentaron robar la caja fuerte de la Universidad Javeriana. Dijo el agente que el primer intento hecho el sábado víspera de semana santa se frustró, a pesar de que lograron violentar las puertas de la tesorería pero no acertaron con la clave. Comenté que los mismos ladrones, volvieron el sábado santo, con los mismos propósitos criminales y dije que volvieron a fallar. Anoté que lo único que faltaba sería que hubieran vuelto el sábado pasado. ¿Saben lo que pasó? ¡Volvieron y se la robaron! La caja contenía en su interior cerca de 40 millones de pesos y algunos papeles valores de la tesorería de la Universidad”, esto fue lo que dijo Claudia Hoyos en su 1,2,3 (y la ñapa) del noticiero CM&, que dirige Yamid Amat. En carta enviada al medio de comunicación, Gerardo Remolina S.J, rector de

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T ras la caja fuerte de la Javeriana Por: Óscar Moreno Estudiante de Comunicación Social PUJ

En la Javeriana, en menos de tres semanas, robaron dos bancos e intentaron vulnerar dos veces la caja fuerte de Tesorería ¿Qué está pasando con la seguridad? Antes de que pudiera reaccionar, el vigilante Mora fue sorpren-

dido por tres policías que le apuntaban con sus armas y le exigían llamar por radio a sus compañeros de turno. Eran las ocho de la noche en la Universidad Javeriana y la ciudad se encontraba vacía porque era sábado santo -26 de marzo-.

Un vigilante que rondaba la Séptima y el supervisor Jacobo Muñoz atendieron el llamado y se acercaron desprevenidamente hasta la oficina. Mientras tanto, nadie se percató de las sombras que se deslizaban ágilmente por el primer piso del Edificio Central. Los ladrones entraron por el vidrio ubicado frente al cajero de Conavi y llevaban consigo una carreta, olvidada por alguien cerca de aquel lugar, con la que trasladarían la caja fuerte de Tesorería de 400 Kg., aproximadamente. Los atracadores rompieron la puerta de vidrio con una maseta. Apenas entraron se activó la alarma, pues los sensores de movimiento detectaron su presencia. Esto alertó a la central de COLVISEC, empresa encargada de la seguridad de la Universidad.

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Tras violar las chapas de la puerta metálica que protege el dinero de la Universidad, los asaltantes tuvieron que cargar, apresuradamente, una de las dos cajas fuertes; justo la que contenía más dinero. “Venimos a terminar lo que comenzamos hace ocho días”, dijo uno de los falsos policías a los tres vigilantes amordazados en la Oficina, quienes no tardaron en conectar aquellas palabras, con lo que había ocurrido el pasado sábado. El 19 de marzo a las diez de la mañana, dos obreros arribaron al área de los ventiladores cercana a Tesorería para realizar un mantenimiento. Con un duplicado, abrieron la puerta negra que se encuentra entre la Tienda Javeriana y la entrada al Edificio Central. Una vez allí, empezaron a abrir un hueco, finamente medido, de tal manera que no impactara con ningún objeto al otro lado de la pared.

Mora respondió con evasivas y claves que le indicaron a su compañero, al otro lado de la línea, que realmente algo fuera de lo normal estaba ocurriendo. No era para menos, pues una banda de diez atracadores estaba intentando robar la caja fuerte de Tesorería que contenía 40 millones de pesos y 30 mil dólares. Las oficinas centrales reaccionaron de inmediato y llamaron por radio a una patrulla de la empresa que esa noche hacía rondas por la zona de Chapinero. Sin embargo, los falsos policías se dieron cuenta del llamado por medio de los radios que portaban los vigilantes amordazados. En ese momento, los atracadores salieron por el vidrio que ya antes habían violentado. Apurados, rodaron la caja fuerte por las escaleras hasta la carrera séptima, donde un taxi los esperaba con el motor encendido. Por más que intentaron subir el botín al vehículo, no lo lograron. Para evitar cualquier tipo de enfrentamiento, dejaron la caja tirada junto con la carreta sobre el andén; abordaron el taxi y huyeron con un radioteléfono, lo único que se pudieron robar.

Uno de los supuestos trabajadores se deslizó por entre el hueco con tan mala suerte que una secretaria, que esa mañana trabajaba en Tesorería, lo sorprendió. Aunque el obrero trató de disimular sus verdaderas intenciones mostrando a la mujer un memorando falso que lo autorizaba para realizar aquel trabajo, a ella le pareció muy sospechoso el hoyo en la pared.

El taquillazo

“Vamos a ir por un andamio y ya venimos”, dijo el hombre que había logrado ingresar al ver las intenciones delatoras de la secretaria. Pero los ladrones no volvieron en diez ni en veinte minutos, sino que tardaron ocho días para regresar a terminar el “trabajito”.

Así mismo, el seis de abril a la 1:15 de la tarde dos hombres entraron al Banco de Crédito, ubicado al lado del Hospital San Ignacio, y robaron alrededor de 20 millones de pesos.

Al siguiente sábado, la noche les brindó el refugio perfecto para sorprender a su contrincante. La central de COLVISEC, debido a la alerta recibida, hacía sonar el teléfono de la oficina de seguridad, para preguntarle al vigilante de turno si había alguna novedad. Para evitar sospechas, los falsos policías dejaron que el guardia de la Universidad contestara la llamada.

Estos dos intentos de hurto no fueron los únicos que se presentaron por esas semanas. El jueves 17 de marzo, a las 11:40 de la mañana, tres ladrones le robaron al banco Davivienda, ubicado sobre la Séptima, doce millones de pesos.

La seguridad de los dos bancos no depende de la Universidad, ni de COLVISEC. Como son entidades privadas, contratan su propia seguridad. Las principales formas de defensa que tienen son el sistema de cámaras y las alarmas que están conectadas con la policía. Davivienda no tiene ningún guardia y el Banco de Crédito sólo tiene una persona que cumple la función de organizador más que de vigilante; puesto que, para ninguna de las dos entidades, es política tener vigilantes armados dentro del banco.

El modo de operación de los asaltantes es lo que se conoce como el taquillazo: sólo se llevan lo que está en las taquillas, en las cajas. Este método se aleja bastante de los robos de las películas, donde una persona se para en el centro del banco y amenaza a gritos a todo el mundo. En esta modalidad de asalto los atracadores se preocupan porque nadie se mueva o se tire al piso; lo importante es mantener la calma y la normalidad. “Estamos atracando, sigan haciendo lo que están haciendo”, es la frase que, según María Angélica Cruz, directora del Banco Davivienda, los ladrones pronunciaron a aquellos que en ese momento no sabían que se estaba llevando acabo un robo. “Yo me enteré que estaban atracando ya cuando se encontraban en la segunda caja porque el procedimiento es demasiado silencioso”, agrega. En Davivienda, a las 11:40 la mañana, entró un joven de unos 25 años y se quedó en la fila; lo siguió otro de la misma edad que se situó al lado de las cajas y un último que se paró en la puerta para controlar que nadie saliera y que las personas ingresaran normalmente. “Este es el único Davivienda de toda la ciudad que, por ser pequeño y estar rodeado por una universidad, no tiene vigilante. Al guardia que había lo quitaron hace un año y medio para evitar que en un intento de robo, un cliente o un empleado pudiera morir, pues aquí lo más importante es la vida”, recalca Angélica Cruz. Una vez adentro, los ladrones saltan al otro lado de las cajas y amenazan con un revolver en la cabeza a los cajeros para que les entreguen el dinero que tienen ahí mismo. Mientras tanto, el que está armado en medio de la fila repite en voz baja que todo el mundo debe continuar sus actividades normales. Siete minutos después los ladrones guardan el dinero en un morral azul. Primero salen los que se encontraban en las cajas y el que estaba en la fila. Tres minutos después el asaltante, desde la puerta, grita “Esto es un atraco, no quiero que salga nadie, no jueguen con su vida, los tenemos rodeados con metralleta”, cruza la Séptima y se sube en un carro verde que se pierde. Aclarando rumores “Hace unos días un agente 001 descubrió que bandidos intentaron robar la caja fuerte de la Universidad Javeriana. Dijo el agente que el primer intento hecho el sábado víspera de semana santa se frustró, a pesar de que lograron violentar las puertas de la tesorería pero no acertaron con la clave. Comenté que los mismos ladrones, volvieron el sábado santo, con los mismos propósitos criminales y dije que volvieron a fallar. Anoté que lo único que faltaba sería que hubieran vuelto el sábado pasado. ¿Saben lo que pasó? ¡Volvieron y se la robaron! La caja contenía en su interior cerca de 40 millones de pesos y algunos papeles valores de la tesorería de la Universidad”, esto fue lo que dijo Claudia Hoyos en su 1,2,3 (y la ñapa) del noticiero CM&, que dirige Yamid Amat. En carta enviada al medio de comunicación, Gerardo Remolina S.J, rector de

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la Universidad Javeriana de Bogotá, se refiere al asunto: “Me permito solicitar la rectificación de la noticia según la cual, después de dos intentos de robo de la caja fuerte, que fueron verdad, los ladrones asaltaron por tercera vez y lograron finalmente robarse la caja. Esta última noticia es totalmente falsa”. La periodista de CM& respondió que fue la Policía Metropolitana, en un boletín interno, la que informó que la caja fuerte de la Javeriana efectivamente había sido asaltada. Sin embargo, en carta enviada a Arritokieta Pimentel, jefe de Prensa de la Universidad, el brigadier general de la Policía Metropolitana, Héctor García Guzmán rectificó “que la Policía Metropolitana de Bogotá, no suministró información a ningún noticiero, ni se emitió ningún boletín” con la información que CM& estaba divulgando. A pesar de que sí estuvieron muy cerca, lo cierto es que no hubo un tercer intento de robo y, al final de cuentas, los ladrones no se pudieron llevar nada gracias a la reacción oportuna de la vigilancia. En los pasillos de la Institución, también se rumora que sólo personas que trabajan dentro de la Universidad, o que hayan tenido contrato con la misma, pudieron haber estado vinculadas con el robo debido a la exactitud para ejecutar el plan; los atracadores conocían demasiados detalles del funcionamiento interno. La carreta en la que transportaron la caja fuerte, la falsificación de las firmas de autorización, los duplicados de las llaves, el preciso hueco en la pared y la elección de la caja fuerte, entre otros hechos apuntan a corroborar esta versión. Sin embargo, no se puede afirmar con certeza que todas estas versiones, que están bajo investigación en la Fiscalía, sean falsas o verdaderas. Para contrarrestar los problemas, la Oficina de Seguridad ha implementado una política de vigilantes civiles o empleados que se visten de civil para hacer rondas y mantener contacto permanente. A su vez, la Vicerrectoría del Medio Universitario está intentando implementar la campaña Porta tu Carné, para que los estudiantes cuiden su identificación y lo carguen para ingresar a cualquier edificio de la Universidad.

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“Estamos en conversaciones para abrir una electiva de seguridad estudiantil donde se puedan conformar brigadas de estudiantes que aprendan conceptos básicos y que estén en constante contacto con los funcionarios para que avisen de cualquier movimiento sospechoso dentro del campus”, afirma César Pérez, jefe de Seguridad de la Universidad.

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De igual manera hay que tener en cuenta que la dimesión de los problemas de seguridad va más allá de estos robos; desde un simple celular en el túnel, hasta un computador en cualquier facultad. No se trata de buscar culpables, sino de asumir un compromiso activo frente a la seguridad de la Institución.

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DIRECTORES Ingrid León Oscar Moreno

EDITORA GENERAL Verónica Murcia No. 2 mayo - junio 2005

DIRECTORES Ingrid León Óscar Moreno

EDITORA EXTERNA EDITORA GENERAL Angélica Parra Verónica Murcia ASESOR EDITORIAL ASESOR EDITORIAL Carlos Sánchez Carlos Sánchez PUBLICIDAD Juliana Sánchez

DIAGRAMACIÓN Y COMITÉ DE REDACCIÓN Ivan Villarroel CORRECCIÓN DE ESTILO Angélica Parra María del Pilar Palacio Carmen María Sánchez Y CORRECCIÓN DE ESTILO DIAGRAMACIÓN AGRADECIMIENTOS Néstor Javier Vanegas Facultad de Comunicación y Lenguaje Jürgen Horlbeck, Doris Réniz, Edificio José Rafael Arboleda José Miguel Pereira, FOTOGRAFÍA Trans. 4 # 42-00 6o piso. Katherine Martínez Miguel Ángel Ibarra, Tel. 3208320 ext. 4588 Mauricio Hilb Maritza Ceballos, Jorge Cardona, Correo-e: Mario Morales, César Pérez, fedeerratas@javeriana.edu.co DISEÑO E ILUSTRACIÓN Gustavo Andrade S.J., Juan David Gómez. Sergio Nieto ISSN 1794-9874

Claudia Patricia Díaz y Manuela Pizarro aman el fútbol, cada una a su manera. A pesar de las diferencias sociales, económicas y de edad, las dos quieren seguir jugando hasta el final de sus días en una cancha, ya sea en el Olaya Herrera o en Estados Unidos. A finales del 2004, en los Juegos Nacionales que se disputaron en Cundinamarca, Claudia Patricia Díaz y Manuela Pizarro representaron al fútbol bogotano. La primera, como delegada oficial y jugadora de micro, y la segunda, del equipo de fútbol. Aunque en ninguna oportunidad pertenecieron al mismo equipo, las dos se reconocen porque una fue la mejor en su momento y la otra es un prospecto para el futuro.


la Universidad Javeriana de Bogotá, se refiere al asunto: “Me permito solicitar la rectificación de la noticia según la cual, después de dos intentos de robo de la caja fuerte, que fueron verdad, los ladrones asaltaron por tercera vez y lograron finalmente robarse la caja. Esta última noticia es totalmente falsa”. La periodista de CM& respondió que fue la Policía Metropolitana, en un boletín interno, la que informó que la caja fuerte de la Javeriana efectivamente había sido asaltada. Sin embargo, en carta enviada a Arritokieta Pimentel, jefe de Prensa de la Universidad, el brigadier general de la Policía Metropolitana, Héctor García Guzmán rectificó “que la Policía Metropolitana de Bogotá, no suministró información a ningún noticiero, ni se emitió ningún boletín” con la información que CM& estaba divulgando. A pesar de que sí estuvieron muy cerca, lo cierto es que no hubo un tercer intento de robo y, al final de cuentas, los ladrones no se pudieron llevar nada gracias a la reacción oportuna de la vigilancia. En los pasillos de la Institución, también se rumora que sólo personas que trabajan dentro de la Universidad, o que hayan tenido contrato con la misma, pudieron haber estado vinculadas con el robo debido a la exactitud para ejecutar el plan; los atracadores conocían demasiados detalles del funcionamiento interno. La carreta en la que transportaron la caja fuerte, la falsificación de las firmas de autorización, los duplicados de las llaves, el preciso hueco en la pared y la elección de la caja fuerte, entre otros hechos apuntan a corroborar esta versión. Sin embargo, no se puede afirmar con certeza que todas estas versiones, que están bajo investigación en la Fiscalía, sean falsas o verdaderas. Para contrarrestar los problemas, la Oficina de Seguridad ha implementado una política de vigilantes civiles o empleados que se visten de civil para hacer rondas y mantener contacto permanente. A su vez, la Vicerrectoría del Medio Universitario está intentando implementar la campaña Porta tu Carné, para que los estudiantes cuiden su identificación y lo carguen para ingresar a cualquier edificio de la Universidad.

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“Estamos en conversaciones para abrir una electiva de seguridad estudiantil donde se puedan conformar brigadas de estudiantes que aprendan conceptos básicos y que estén en constante contacto con los funcionarios para que avisen de cualquier movimiento sospechoso dentro del campus”, afirma César Pérez, jefe de Seguridad de la Universidad.

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De igual manera hay que tener en cuenta que la dimesión de los problemas de seguridad va más allá de estos robos; desde un simple celular en el túnel, hasta un computador en cualquier facultad. No se trata de buscar culpables, sino de asumir un compromiso activo frente a la seguridad de la Institución.

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DIAGRAMACIÓN Y COMITÉ DE REDACCIÓN Ivan Villarroel CORRECCIÓN DE ESTILO Angélica Parra María del Pilar Palacio Carmen María Sánchez Y CORRECCIÓN DE ESTILO DIAGRAMACIÓN AGRADECIMIENTOS Néstor Javier Vanegas Facultad de Comunicación y Lenguaje Jürgen Horlbeck, Doris Réniz, Edificio José Rafael Arboleda José Miguel Pereira, FOTOGRAFÍA Trans. 4 # 42-00 6o piso. Katherine Martínez Miguel Ángel Ibarra, Tel. 3208320 ext. 4588 Mauricio Hilb Maritza Ceballos, Jorge Cardona, Correo-e: Mario Morales, César Pérez, fedeerratas@javeriana.edu.co DISEÑO E ILUSTRACIÓN Gustavo Andrade S.J., Juan David Gómez. Sergio Nieto ISSN 1794-9874

Claudia Patricia Díaz y Manuela Pizarro aman el fútbol, cada una a su manera. A pesar de las diferencias sociales, económicas y de edad, las dos quieren seguir jugando hasta el final de sus días en una cancha, ya sea en el Olaya Herrera o en Estados Unidos. A finales del 2004, en los Juegos Nacionales que se disputaron en Cundinamarca, Claudia Patricia Díaz y Manuela Pizarro representaron al fútbol bogotano. La primera, como delegada oficial y jugadora de micro, y la segunda, del equipo de fútbol. Aunque en ninguna oportunidad pertenecieron al mismo equipo, las dos se reconocen porque una fue la mejor en su momento y la otra es un prospecto para el futuro.


-pasaje cultural-

U nidas po r e l f ú t b o l Por: David Vega Juan Sebastián Gómez Estudiantes de Comunicación Social PUJ “La Maradona” criolla

La llaman “La Maradona” porque en un partido de colegio hizo un gol con la mano, emulando la maniobra con la cual Diego Armando Maradona venció el arco de los ingleses en un histórico partido. Con este apodo la reconocerían en las canchas nacionales y en las internacionales. Desde pequeña, Claudia Patricia Díaz jugaba fútbol con sus compañeros de salón y amigos del barrio Tenerife, ubicado en la localidad décima de Usme. Jugaba al mismo nivel que ellos y, a veces, hasta mejor. “Sólo esperaba a que se acabaran las clases para jugar con la pelota. Me encantaba y pasaba toda la tarde jugando. A decir verdad, no me preocupaba tanto por las tareas”, dice. A los 12 años jugó su primer campeonato de fútbol de salón, el que a la postre la llevaría a las canchas grandes. En 1994 debutó, a los 16 años, con la camiseta de la selección de fútbol femenino de Bogotá. El resultado fue el mejor, quedaron campeonas nacionales por encima de las favoritas de Antioquia y Valle del Cauca. Ella, que comenzó como lateral, empezó a destacarse por su dominio de balón, su estilo para gambetear y proyectarse a la ofensiva, siempre con el arco metido en su cabeza. El fútbol ocupaba toda su atención y en su hogar, conformado por sus dos hermanas mayores y su mamá, le brindaban apoyo incondicional. “Nunca me dieron la espalda. Al contrario, me ayudaban en lo poco que podían. No consideraron que dejara de ser mujer por pegarle a un balón”, dice Claudia.

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Sus condiciones deportivas cada día mejoraban y, con la selección de Bogotá, consiguió otros tres campeonatos. Para ella jugar requería muchos sacrificios, pues los desplazamientos a los entrenamientos ocupaban tiempo, esfuerzo y paciencia: “En algunas oportunidades tenía que pedir prestados 1.000 pesos para los buses de ida y vuelta. Además, no podía dejar a un lado el bachillerato, puesto que estaba a punto de graduarme”. Debut, goles y triunfos Pero en 1998 su dedicación fue recompensada con una convocatoria a la Selección Colombia de Fútbol Femenino que representaría al país en el Campeonato Sudamericano que se desarrollaría en Mar del Plata, Argentina. La mayoría de las jugadoras, incluida Claudia Patricia, viajaron en avión y salieron por primera vez del país. “Era un orgullo vestir la camiseta de la selección y escuchar el himno antes de comenzar cada partido. Fue una experiencia inolvidable e indescriptible. Nada se compara con eso. Creo que ya me podré morir tranquila”, afirma mientras recuerda con nostalgia aquel torneo. Enfrentaron a Perú, Chile y Venezuela. Pero fue contra Brasil donde “La Maradona” se consagró gracias al gol que le marcó a las Verde Amarellas. A pesar de su estatura (1,59 mts.), ella eliminó a todas sus riva-

les desde el propio arco y descontó a la portera con un sombrero. Era el gol más importante en su carrera deportiva y a pesar de ir perdiendo 12 a 0 lo gritó y festejó con toda el alma. Fue lo mejor que le pudo pasar. Para Juan Carlos Gutiérrez, técnico de la Selección Colombia de Fútbol Femenino que participó en el Sudamericano de Mar del Plata y amigo de Claudia Patricia, ella “era la mejor de su época. No solamente enfrentaba a sus rivales con mucha categoría sino que era respetuosa y amigable”. Era la líder de la cancha, temperamental dentro y amigable fuera de ella. Con su inteligencia y brillantez deslumbraba a todas las demás jugadoras. Gracias a su pegada y rapidez se ingeniaba jugadas que sólo ella podía pensar. El retiro Pero el fútbol femenino en Colombia no es remunerado y Claudia, que estaba estudiando Administración Deportiva en la Universidad Distrital gracias a una beca otorgada a los deportistas universitarios, abandonó el ámbito futbolístico de alto rendimiento para dedicarle más tiempo a lo académico y laboral. Empezó a darse cuenta que el fútbol no le iba a dar lo necesario para vivir. Ni siquiera lo mínimo para comer. Eso la perjudicó, dejó de asistir a los entrenamientos y tan solo iba unos días antes de las convocatorias, lo que produjo que en ocasiones quedara por fuera de los torneos. Además, su vida sentimental y personal le quitaba espacio y energía a las demás actividades. “Patricia pudo llegar a un punto más alto, pero su falta de disciplina y asistencia a los entrenamientos la perjudicaron mucho. Se perdió a una gran jugadora”, comenta Myriam Guerrero, quien fue compañera suya y técnica en la Selección Colombia. En el 2002 jugó por última vez para la selección de Bogotá. Ya graduada, emprendió su labor de ayudar a coordinar juegos y programas deportivos en los barrios marginales de la capital. Así mismo, creó, con la ayuda de las autoridades de la localidad de Usme, una escuela de formación deportiva para niños y niñas de bajos recursos. Con una mirada que esconde gran satisfacción dice “que le inculca a los pequeños disciplina, valores, respeto y amistad”. De extremo a extremo Manuela Pizarro también comenzó a jugar fútbol desde pequeña en el Gimnasio La Montaña, un colegio al norte de Bogotá. Al principio los compañeros se burlaban de ella; “Me molestaban porque jugaba fútbol con los niños, pero luego todo el mundo me apoyó. Hoy hasta me tienen barra”, afirma. Manuela se decidió por el fútbol después de haber practicado tenis y baloncesto. A los catorce años su padre la contactó con el club más importante de fútbol de la categoría en la ciudad. Empezó a entrenar con el Inter y allí se tomó en serio este deporte. “A mi mamá no le gustaba -afirma entre risas- que pasara del tenis al fútbol, pero después

me apoyó en todo, aunque dice que no va a verme porque le da miedo y sufre mucho”. “No le gusta gritar, su personalidad en la cancha es calmada y eso les inspira seguridad a las demás jugadoras”, afirma Myriam Guerrero, quien también entrenó a Manuela y no escatima elogios para la bogotana de 18 años. Es difícil imaginarla barriéndose por un balón o en un cuerpo a cuerpo con el rival. Tiene la talla y fenotipo preciso, excelente resistencia física y, sobre todo, es seria y comprometida con el oficio. La jugadora lo sabe, conoce bien sus habilidades y ese es su aporte principal al grupo. “A mí me gusta hacer lo mío y ya. Odio que me regañen y por eso algunas veces peleé con Pardo, la arquera de Bogotá”, dice Manuela con gracia. Luego de destacarse en el Inter, en su puesto de defensa central, a Manuela le llegó la hora y Myriam, en ese entonces directora técnica del mismo club, decidió llamarla a las filas del onceno que representaría a Bogotá en los Juegos Nacionales. Ahí cambió su vida, se metió de lleno al mundo del fútbol y empezó a asistir a entrenamientos de cuatro horas diarias. “Era súper harto porque los entrenamientos eran muy lejos, me la paso de extremo a extremo, pero me gusta mucho. Conocí a mucha gente y sentí que el nivel en la selección es mayor. Te das cuenta de que tu club es medio paquetón”, concluye. Por amor al juego

Para nadie es un secreto que las convocatorias son muy irregulares, se hacen a discreción de la Difútbol, y en Bogotá ninguna jugadora recibe sueldo. “Cuando vamos a la selección nos dan los viáticos de 30.000 pesos diarios”, comenta Manuela. De acuerdo con Juan Carlos Gutiérrez, estas condiciones afectan la regularidad física y la continuidad del trabajo técnico. “Sólo juegan por el amor a la camiseta. Si fuera por el factor económico nunca hubieran entrenado”, agrega. Sencilla y amiguera Como cualquier adolescente de su edad, Manuela sale con sus amigos y amigas lo más que puede, se ríe a cada rato y goza la vida a su manera. “Voy mucho a cine y, de vez en cuando, me tomo unas cervezas”, dice sin dejar de sonreír. Clienta rumbera de Andrés Carne de Res los fines de semana, Manuela es una joven sencilla, cariñosa y tímida, aunque en la cancha sea implacable a la hora de despejar la pelota o marcar al contrario. Dice que no tiene novio porque le aburre, “son muy intensos y me canso a la semana”.

FÚTBOL FEMENINO EN BOGOTÁ El fútbol femenino en Colombia se oficializó en 1991, cuando la Federación Colombiana de Fútbol y la Difútbol, encargada de organizar las ligas al interior de cada departamento, avalaron y reconocieron la practica de este deporte. En Bogotá, desde un comienzo, figuraron clubes como Indutorba, Inter, Vida y la Universidad Nacional, posteriormente la base de la selección capitalina.

Aunque la mayoría de las niñas que integran el equipo tienen una afición enfermiza por el fútbol, Manuela confiesa con tranquilidad que escasamente ve los partidos de la selección Colombia, le aburre ver el fútbol europeo y prefiere los seriados de la televisión por cable, o un buen plato de comida italiana. En algunas materias del colegio le va mal. Detesta la física y la química, aunque las matemáticas la atraen; pero no tanto como el dibujo, por eso quiere estudiar diseño gráfico sin abandonar las canchas. “Quiero seguir jugando fútbol, pero con mejores perspectivas, por eso me voy a un Comunitiy College en los Estados Unidos”. La defensa central del Inter y de la selección Bogotá, alista maletas para irse a hacer un pregrado con beca deportiva en la Universidad de Iowa, en Fort Dodge, una ciudad pequeña al sur de los Estados Unidos.

Bogotá se consagró campeón en los años 1994, 1996, 1997, 1999 y 2002. Gracias a esto, sus jugadoras y el cuerpo técnico fueron elegidas para representar a la selección Colombia de fútbol femenino en los diferentes torneos internacionales. Hoy en día, luego de grandes épocas de triunfos y victorias, el fútbol femenino bogotano está en un momento de transición y de renovación deportiva. Se está viviendo un proceso con jugadoras juveniles que, se espera, sean las promesas para un futuro.

En efecto, cada vez que Manuela es convocada a la selección de Bogotá, tiene que recorrerse la ciudad de punta a punta. Sale de la casa, a escasas cuadras del club El Nogal, hacia el colegio en la autopista norte con calle 200. De allí va a entrenar al Olaya, en el sur de la ciudad, por eso llega a su casa alrededor de las ocho de la noche y, aunque este recorrido lo hace su chofer, no deja de ser extenuante. Gracias a sus extraordinarias cualidades y férrea disciplina, la bogotana llegó a la Selección Colombia que viajó al Suramericano realizado en Venezuela en el 2003. Esto le implicó otros sacrificios que hizo con gusto: “No fui a la excursión de once ni a la de décimo porque las dos veces tenía que jugar los nacionales, pero no me arrepiento. La experiencia de viajar a Venezuela fue muy chévere. Muchas de las niñas nunca habían montado en avión y menos aún salido del país; es que uno aprende a valorar muchas cosas que otros no tienen”. Sin embargo, su privilegiada situación económica no le impide criticar el manejo de la Difútbol a los torneos femeninos. “La práctica oficial de fútbol femenino es un despelote”, asegura Manuela con desparpajo. “Este año, supuestamente, iba a haber selección sub-17 pero la cancelaron. También hay Bolivarianos y selección sub-2O, pero uno nunca sabe. Hacen torneo cuando quieren, cuando se les da la gana”; agrega que cuando las llamaron a selección Colombia les dijeron un mes antes. “Alcanzamos a hacer físico en Bogotá, pero nos concentraron como selección algo más de una semana antes del torneo. ¿Qué pretenden que hagamos si uno ni siquiera conoce a las otras personas?”, concluye.

Unidas por el fútbol

Hoy, a sus 27 años, Claudia Patricia quiere vincularse por completo con los niños y con el desarrollo de actividades deportivas en barrios, colegios y universidades. Tampoco deja a un lado sus estudios, puesto que actualmente cursa una especialización en Asesoría y Consultoría en Planes y Proyectos. De la misma manera, sigue practicando fútbol, ya no grande sino de salón. Los fines de semana participa en torneos universitarios y de barrio, donde demuestra que todavía mantiene su categoría y fantasía al manejar el balón y eludir a las contrincantes. Por el contrario, Manuela tiene muy claro que su futuro deportivo no está en el país y que aunque le duela dejar a su familia y amigos, es consciente que acá no podrá conseguir lo que quiere: vivir del fútbol.

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Fotografía tomada del archivo personal de Claudia Patricia Díaz.

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U nidas po r e l f ú t b o l Por: David Vega Juan Sebastián Gómez Estudiantes de Comunicación Social PUJ “La Maradona” criolla

La llaman “La Maradona” porque en un partido de colegio hizo un gol con la mano, emulando la maniobra con la cual Diego Armando Maradona venció el arco de los ingleses en un histórico partido. Con este apodo la reconocerían en las canchas nacionales y en las internacionales. Desde pequeña, Claudia Patricia Díaz jugaba fútbol con sus compañeros de salón y amigos del barrio Tenerife, ubicado en la localidad décima de Usme. Jugaba al mismo nivel que ellos y, a veces, hasta mejor. “Sólo esperaba a que se acabaran las clases para jugar con la pelota. Me encantaba y pasaba toda la tarde jugando. A decir verdad, no me preocupaba tanto por las tareas”, dice. A los 12 años jugó su primer campeonato de fútbol de salón, el que a la postre la llevaría a las canchas grandes. En 1994 debutó, a los 16 años, con la camiseta de la selección de fútbol femenino de Bogotá. El resultado fue el mejor, quedaron campeonas nacionales por encima de las favoritas de Antioquia y Valle del Cauca. Ella, que comenzó como lateral, empezó a destacarse por su dominio de balón, su estilo para gambetear y proyectarse a la ofensiva, siempre con el arco metido en su cabeza. El fútbol ocupaba toda su atención y en su hogar, conformado por sus dos hermanas mayores y su mamá, le brindaban apoyo incondicional. “Nunca me dieron la espalda. Al contrario, me ayudaban en lo poco que podían. No consideraron que dejara de ser mujer por pegarle a un balón”, dice Claudia.

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Sus condiciones deportivas cada día mejoraban y, con la selección de Bogotá, consiguió otros tres campeonatos. Para ella jugar requería muchos sacrificios, pues los desplazamientos a los entrenamientos ocupaban tiempo, esfuerzo y paciencia: “En algunas oportunidades tenía que pedir prestados 1.000 pesos para los buses de ida y vuelta. Además, no podía dejar a un lado el bachillerato, puesto que estaba a punto de graduarme”. Debut, goles y triunfos Pero en 1998 su dedicación fue recompensada con una convocatoria a la Selección Colombia de Fútbol Femenino que representaría al país en el Campeonato Sudamericano que se desarrollaría en Mar del Plata, Argentina. La mayoría de las jugadoras, incluida Claudia Patricia, viajaron en avión y salieron por primera vez del país. “Era un orgullo vestir la camiseta de la selección y escuchar el himno antes de comenzar cada partido. Fue una experiencia inolvidable e indescriptible. Nada se compara con eso. Creo que ya me podré morir tranquila”, afirma mientras recuerda con nostalgia aquel torneo. Enfrentaron a Perú, Chile y Venezuela. Pero fue contra Brasil donde “La Maradona” se consagró gracias al gol que le marcó a las Verde Amarellas. A pesar de su estatura (1,59 mts.), ella eliminó a todas sus riva-

les desde el propio arco y descontó a la portera con un sombrero. Era el gol más importante en su carrera deportiva y a pesar de ir perdiendo 12 a 0 lo gritó y festejó con toda el alma. Fue lo mejor que le pudo pasar. Para Juan Carlos Gutiérrez, técnico de la Selección Colombia de Fútbol Femenino que participó en el Sudamericano de Mar del Plata y amigo de Claudia Patricia, ella “era la mejor de su época. No solamente enfrentaba a sus rivales con mucha categoría sino que era respetuosa y amigable”. Era la líder de la cancha, temperamental dentro y amigable fuera de ella. Con su inteligencia y brillantez deslumbraba a todas las demás jugadoras. Gracias a su pegada y rapidez se ingeniaba jugadas que sólo ella podía pensar. El retiro Pero el fútbol femenino en Colombia no es remunerado y Claudia, que estaba estudiando Administración Deportiva en la Universidad Distrital gracias a una beca otorgada a los deportistas universitarios, abandonó el ámbito futbolístico de alto rendimiento para dedicarle más tiempo a lo académico y laboral. Empezó a darse cuenta que el fútbol no le iba a dar lo necesario para vivir. Ni siquiera lo mínimo para comer. Eso la perjudicó, dejó de asistir a los entrenamientos y tan solo iba unos días antes de las convocatorias, lo que produjo que en ocasiones quedara por fuera de los torneos. Además, su vida sentimental y personal le quitaba espacio y energía a las demás actividades. “Patricia pudo llegar a un punto más alto, pero su falta de disciplina y asistencia a los entrenamientos la perjudicaron mucho. Se perdió a una gran jugadora”, comenta Myriam Guerrero, quien fue compañera suya y técnica en la Selección Colombia. En el 2002 jugó por última vez para la selección de Bogotá. Ya graduada, emprendió su labor de ayudar a coordinar juegos y programas deportivos en los barrios marginales de la capital. Así mismo, creó, con la ayuda de las autoridades de la localidad de Usme, una escuela de formación deportiva para niños y niñas de bajos recursos. Con una mirada que esconde gran satisfacción dice “que le inculca a los pequeños disciplina, valores, respeto y amistad”. De extremo a extremo Manuela Pizarro también comenzó a jugar fútbol desde pequeña en el Gimnasio La Montaña, un colegio al norte de Bogotá. Al principio los compañeros se burlaban de ella; “Me molestaban porque jugaba fútbol con los niños, pero luego todo el mundo me apoyó. Hoy hasta me tienen barra”, afirma. Manuela se decidió por el fútbol después de haber practicado tenis y baloncesto. A los catorce años su padre la contactó con el club más importante de fútbol de la categoría en la ciudad. Empezó a entrenar con el Inter y allí se tomó en serio este deporte. “A mi mamá no le gustaba -afirma entre risas- que pasara del tenis al fútbol, pero después

me apoyó en todo, aunque dice que no va a verme porque le da miedo y sufre mucho”. “No le gusta gritar, su personalidad en la cancha es calmada y eso les inspira seguridad a las demás jugadoras”, afirma Myriam Guerrero, quien también entrenó a Manuela y no escatima elogios para la bogotana de 18 años. Es difícil imaginarla barriéndose por un balón o en un cuerpo a cuerpo con el rival. Tiene la talla y fenotipo preciso, excelente resistencia física y, sobre todo, es seria y comprometida con el oficio. La jugadora lo sabe, conoce bien sus habilidades y ese es su aporte principal al grupo. “A mí me gusta hacer lo mío y ya. Odio que me regañen y por eso algunas veces peleé con Pardo, la arquera de Bogotá”, dice Manuela con gracia. Luego de destacarse en el Inter, en su puesto de defensa central, a Manuela le llegó la hora y Myriam, en ese entonces directora técnica del mismo club, decidió llamarla a las filas del onceno que representaría a Bogotá en los Juegos Nacionales. Ahí cambió su vida, se metió de lleno al mundo del fútbol y empezó a asistir a entrenamientos de cuatro horas diarias. “Era súper harto porque los entrenamientos eran muy lejos, me la paso de extremo a extremo, pero me gusta mucho. Conocí a mucha gente y sentí que el nivel en la selección es mayor. Te das cuenta de que tu club es medio paquetón”, concluye. Por amor al juego

Para nadie es un secreto que las convocatorias son muy irregulares, se hacen a discreción de la Difútbol, y en Bogotá ninguna jugadora recibe sueldo. “Cuando vamos a la selección nos dan los viáticos de 30.000 pesos diarios”, comenta Manuela. De acuerdo con Juan Carlos Gutiérrez, estas condiciones afectan la regularidad física y la continuidad del trabajo técnico. “Sólo juegan por el amor a la camiseta. Si fuera por el factor económico nunca hubieran entrenado”, agrega. Sencilla y amiguera Como cualquier adolescente de su edad, Manuela sale con sus amigos y amigas lo más que puede, se ríe a cada rato y goza la vida a su manera. “Voy mucho a cine y, de vez en cuando, me tomo unas cervezas”, dice sin dejar de sonreír. Clienta rumbera de Andrés Carne de Res los fines de semana, Manuela es una joven sencilla, cariñosa y tímida, aunque en la cancha sea implacable a la hora de despejar la pelota o marcar al contrario. Dice que no tiene novio porque le aburre, “son muy intensos y me canso a la semana”.

FÚTBOL FEMENINO EN BOGOTÁ El fútbol femenino en Colombia se oficializó en 1991, cuando la Federación Colombiana de Fútbol y la Difútbol, encargada de organizar las ligas al interior de cada departamento, avalaron y reconocieron la practica de este deporte. En Bogotá, desde un comienzo, figuraron clubes como Indutorba, Inter, Vida y la Universidad Nacional, posteriormente la base de la selección capitalina.

Aunque la mayoría de las niñas que integran el equipo tienen una afición enfermiza por el fútbol, Manuela confiesa con tranquilidad que escasamente ve los partidos de la selección Colombia, le aburre ver el fútbol europeo y prefiere los seriados de la televisión por cable, o un buen plato de comida italiana. En algunas materias del colegio le va mal. Detesta la física y la química, aunque las matemáticas la atraen; pero no tanto como el dibujo, por eso quiere estudiar diseño gráfico sin abandonar las canchas. “Quiero seguir jugando fútbol, pero con mejores perspectivas, por eso me voy a un Comunitiy College en los Estados Unidos”. La defensa central del Inter y de la selección Bogotá, alista maletas para irse a hacer un pregrado con beca deportiva en la Universidad de Iowa, en Fort Dodge, una ciudad pequeña al sur de los Estados Unidos.

Bogotá se consagró campeón en los años 1994, 1996, 1997, 1999 y 2002. Gracias a esto, sus jugadoras y el cuerpo técnico fueron elegidas para representar a la selección Colombia de fútbol femenino en los diferentes torneos internacionales. Hoy en día, luego de grandes épocas de triunfos y victorias, el fútbol femenino bogotano está en un momento de transición y de renovación deportiva. Se está viviendo un proceso con jugadoras juveniles que, se espera, sean las promesas para un futuro.

En efecto, cada vez que Manuela es convocada a la selección de Bogotá, tiene que recorrerse la ciudad de punta a punta. Sale de la casa, a escasas cuadras del club El Nogal, hacia el colegio en la autopista norte con calle 200. De allí va a entrenar al Olaya, en el sur de la ciudad, por eso llega a su casa alrededor de las ocho de la noche y, aunque este recorrido lo hace su chofer, no deja de ser extenuante. Gracias a sus extraordinarias cualidades y férrea disciplina, la bogotana llegó a la Selección Colombia que viajó al Suramericano realizado en Venezuela en el 2003. Esto le implicó otros sacrificios que hizo con gusto: “No fui a la excursión de once ni a la de décimo porque las dos veces tenía que jugar los nacionales, pero no me arrepiento. La experiencia de viajar a Venezuela fue muy chévere. Muchas de las niñas nunca habían montado en avión y menos aún salido del país; es que uno aprende a valorar muchas cosas que otros no tienen”. Sin embargo, su privilegiada situación económica no le impide criticar el manejo de la Difútbol a los torneos femeninos. “La práctica oficial de fútbol femenino es un despelote”, asegura Manuela con desparpajo. “Este año, supuestamente, iba a haber selección sub-17 pero la cancelaron. También hay Bolivarianos y selección sub-2O, pero uno nunca sabe. Hacen torneo cuando quieren, cuando se les da la gana”; agrega que cuando las llamaron a selección Colombia les dijeron un mes antes. “Alcanzamos a hacer físico en Bogotá, pero nos concentraron como selección algo más de una semana antes del torneo. ¿Qué pretenden que hagamos si uno ni siquiera conoce a las otras personas?”, concluye.

Unidas por el fútbol

Hoy, a sus 27 años, Claudia Patricia quiere vincularse por completo con los niños y con el desarrollo de actividades deportivas en barrios, colegios y universidades. Tampoco deja a un lado sus estudios, puesto que actualmente cursa una especialización en Asesoría y Consultoría en Planes y Proyectos. De la misma manera, sigue practicando fútbol, ya no grande sino de salón. Los fines de semana participa en torneos universitarios y de barrio, donde demuestra que todavía mantiene su categoría y fantasía al manejar el balón y eludir a las contrincantes. Por el contrario, Manuela tiene muy claro que su futuro deportivo no está en el país y que aunque le duela dejar a su familia y amigos, es consciente que acá no podrá conseguir lo que quiere: vivir del fútbol.

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Fotografía tomada del archivo personal de Claudia Patricia Díaz.

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-Crónica de viaje-

Una vida sobre ruedas Por: Verónica Murcia Estudiante de Comunicación social PUJ

En la madrugada del día siguiente, gracias al aviso de un conductor, la policía encontró a Hugo Acosta botado en medio de la carretera que conduce a Fusagasugá. El dictamen de los médicos fue claro: intoxicación por escopolamina.

Tres hombres sin afeitar, con el torso desnudo y bronceado, con las camisetas amarradas a la cabeza y sucios por los bultos de azúcar que están descargando, se ríen por el chiste machista que Humberto, el “lanchero”, acaba de contar.

Cuando lo encontraron, Hugo estaba indocumentado, con la ropa rasgada y con la cara morada por los golpes que le habían propinado. No tenía papeles ni identificación. Dentro de su chaqueta de cuero color crudo, la policía encontró el número de Cementos Diamante. Llamaron. Allí dijeron que él había estado el día anterior y que se comunicarían con Alberto Plata, el dueño del dobletroque.

Hugo Hernando Acosta, conductor de una tractomula para Transportes Oro Sol, no les presta atención, pues prefiere que los playeros terminen rápido su trabajo para poder cumplir con un compromiso que ha aplazado por un año: visitar la tumba de su hijo. ***** Su oficio, despreciado por aquellos turistas que prefieren recorrer las carreteras colombianas a alta velocidad, es trasportar cargas pesadas y conducir un vehículo que sólo puede transitar a una velocidad máxima de 50 kilómetros por hora. Dentro de una tractomula color rojo, modelo 2003, de 19 metros de largo y con capacidad para 50 toneladas, Hugo ha pasado el último año de su vida. Una vez a la semana sale de Bogotá. Por la vía a Fusa toma la Línea Panamericana, se dirige a Cali, a Buenaventura y finalmente a Medellín; la ciudad que más le gusta. Hugo conoce toda Colombia y, como buen camionero, se precia de identificar los mejores sitios sobre la vía para detenerse a comer y descansar. Su comida preferida es el sancocho, pues, según él, eso es lo que le da fuerza en los brazos para controlar la cabrilla y concentrarse en la carretera; sin embargo, no se resiste a una buena carne asada acompañada de unas papas a la francesa.

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camionero se detuvo a tomarse una gaseosa en una caseta que había sobre el camino.

Durante los 25 años que lleva trabajando como conductor, ha recorrido completamente el país e incluso ha cruzado la frontera para llegar a Venezuela. Manizales, Pereira, Montería, Sincelejo, Florencia, Riohacha, Maicao son algunas de las 34 ciudades que se convirtieron en puerto para las cargas que diariamente transporta. La carretera es el hogar de Hugo; aún así, no niega que es un lugar peligroso. La muerte es algo que ha aprendido a sortear sobre la vía; casi a diario ha presenciado dramáticos accidentes. Entre los más comunes están los carros familiares que se estrellan de frente contra tractomulas o dobletroques y los camiones que se vuelcan sobre el camino o que caen a los abismos y son abrazados por las llamas. Pero el problema no siempre es de velocidad ni de frenos. La carretera que conduce de Honda a Medellín es conocida por los conductores como uno de los pasos más peligrosos; sólo se puede andar en ‘caravana’. “Me he salvado de varios retenes guerrilleros, muchas veces he pasado y los camiones y tractomulas que venían adelante, aún están ardiendo”. En la vida de un camionero colombiano, a diferencia de las películas mexicanas, los retenes no son algo que puedan pasar por alto o que puedan evadir con sólo pisar el acelerador.

Cuando un conductor es obligado por la guerrilla o por los paramilitares a descender de sus carros sólo hay una cosa que hacer: bajar la maleta en donde llevan su ropa y sus utensilios de aseo para el viaje. Aunque un carro alcanza cuatrocientos millones de pesos y las cargas pueden llegar a setecientos millones, en una parada guerrillera no hay quien mencione esas cifras; lo más preciado en ese momento es la vida. Por su bienestar, el de sus compañeros, su familia y los demás conductores, Hugo Acosta, de 46 años, detiene su tractomula todos los días sobre el camino para ponerle una velita a la Virgen del Carmen, la patrona de los transportadores y los viajeros. A ella le reconoce el hecho de que las cuatro veces que lo han parado los “paracos”, como Hugo llama a los insurgentes antioqueños, sólo le hayan pedido los papeles sin hacerle nada a él ni al carro. Sin embargo, la desdicha viaja sobre la carretera y tarde o temprano todo camionero se encuentra con ella de frente. Él ya se la encontró. ***** El 25 de mayo de 2002 Hugo regresaba a Bogotá después de haber descargado un viaje de cemento en Ibagué. Eran más de las 8 de la noche y, como de costumbre, viajaba solo. Alentado por el cansancio y el calor que hacía dentro del dobletroque modelo 2000, el camionero se detuvo a tomarse una gaseosa en una caseta que había sobre el

Durante los ocho días que el conductor estuvo inconsciente en el hospital de Fusa, Alberto estuvo por toda la región buscando el dobletroque; dos semanas después se resignó a su pérdida. A Hugo le costó creer que estaba vivo; cuando estuvo consciente de lo ocurrido, la vergüenza y un profundo sentimiento de culpa se apoderaron de él. Sin embargo, no le fue difícil entender por qué Alberto Plata no le guardaba rencor, ni siquiera el más mínimo indicio de desconfianza. ***** Después de firmar los papeles que indican que descargó en Medellín las 40 toneladas de azúcar que llevaba desde Cali, Hugo comienza su viaje de regreso a Bogotá. Llegando a Santuario, se detiene en el parador “La pintada”, donde trabaja su amigo Mario Calarcá que, con un hábil sal to, se cuelga al espejo izquierdo del carro. Mientras que el camionero saca de su maleta 750.000 pesos, necesarios para llenar el tanque de gasolina con ACPM, Mario le pregunta si había “chulas” en la vía. Hugo responde que no. “Una vez cuando paré a tanquear, Mario me dijo que tenía que quedarme

ahí quieto con la tractomula porque más adelante estaban quemando carros”, dice Hugo, quien explica que las chulas son los milicianos de la guerrilla y los paramilitares que andan vigilando las carreteras para robar o quemar los camiones y las cargas. Su amistad es pasajera, pues sólo hablan durante veinte minutos que tarda el tanque de gasolina en llenarse. Aún así, no hay otra persona que en tan corto tiempo logre entenderlo. Hugo ha tenido que guardar sus problemas y refugiarse en la carretera para no enfrentarse a ellos; el dolor de haber perdido a su familia sólo lo puede compensar transportando cargas pesadas, un trabajo que lo ayuda a olvidar que algún día tuvo un hogar al cual llegar después de sus viajes. El jueves a las 10 de la mañana llega a Bogotá. A pesar de haber conducido durante trece horas, tiene que esperar hasta el mediodía para entrar, pues las restricciones de tránsito le impiden ingresar a la capital. Esa noche guarda el carro en un parqueadero cercano a la habitación que tiene en Bogotá. Al día siguiente no irá temprano por la tractomula como acostumbra; estará allí en la noche cuando llegue de visitar a su hijo. ***** A medida que se acerca a Gachetá, Cundinamarca, el pueblo donde pasó el mayor tiempo de su vida cuando no estaba en las carreteras, Hugo recuerda el momento amargo que lo hizo alejarse para siempre de allí: Era de noche. Su esposa y su hijo Ronald, de quien siempre le hablaba bien a todos los amigos, discutían en medio del cumpleaños de su hija Liliana, de 8 años. En medio de la ira, Ronald salió de su casa en la moto. Cerca del hospital, se accidentó. El reporte de los médicos es bastante alarmante. Lo llevaron a Bogotá. Allí los galenos lo mantuvieron con vida artificial por dos días. Ronald murió y Hugo decidió no volver a Gachetá. A los pocos meses su esposa se fue a vivir con un policía del pueblo. ***** Al llegar a Gachetá a las diez de la mañana, Hugo aparece ante la mirada atónita de los transeúntes que se movilizan hacia la iglesia del pueblo. Su hija lo reconoce y lo saluda con un cariñoso beso, él sonríe y le entrega un regalo que le trajo de Medellín. Tras ella aparece su ex esposa que tiene seis meses de embarazo. La iglesia está a reventar. Antes de que la misa termine, Hugo se escabulle entre la multitud, sale del templo y se dirige al cementerio. Allí recuerda el día en el que le enseñó a conducir un dobletroque a su hijo. Ora en silencio, deja caer algunas lágrimas y toca el mármol, tallado con el nombre de su hijo, en señal de adiós; “hasta el próximo año”. ***** Ya en Bogotá, Hugo recibe 150.000 pesos para viáticos y 750.000 para gasolina. Está listo para iniciar un nuevo viaje; no importa que sea de noche, tomará una vez más la Línea Panamericana que lo llevará a su reencuentro con la soledad.

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* Algunos nombres fueron cambiados a petición de los personajes.

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-Crónica de viaje-

Una vida sobre ruedas Por: Verónica Murcia Estudiante de Comunicación social PUJ

En la madrugada del día siguiente, gracias al aviso de un conductor, la policía encontró a Hugo Acosta botado en medio de la carretera que conduce a Fusagasugá. El dictamen de los médicos fue claro: intoxicación por escopolamina.

Tres hombres sin afeitar, con el torso desnudo y bronceado, con las camisetas amarradas a la cabeza y sucios por los bultos de azúcar que están descargando, se ríen por el chiste machista que Humberto, el “lanchero”, acaba de contar.

Cuando lo encontraron, Hugo estaba indocumentado, con la ropa rasgada y con la cara morada por los golpes que le habían propinado. No tenía papeles ni identificación. Dentro de su chaqueta de cuero color crudo, la policía encontró el número de Cementos Diamante. Llamaron. Allí dijeron que él había estado el día anterior y que se comunicarían con Alberto Plata, el dueño del dobletroque.

Hugo Hernando Acosta, conductor de una tractomula para Transportes Oro Sol, no les presta atención, pues prefiere que los playeros terminen rápido su trabajo para poder cumplir con un compromiso que ha aplazado por un año: visitar la tumba de su hijo. ***** Su oficio, despreciado por aquellos turistas que prefieren recorrer las carreteras colombianas a alta velocidad, es trasportar cargas pesadas y conducir un vehículo que sólo puede transitar a una velocidad máxima de 50 kilómetros por hora. Dentro de una tractomula color rojo, modelo 2003, de 19 metros de largo y con capacidad para 50 toneladas, Hugo ha pasado el último año de su vida. Una vez a la semana sale de Bogotá. Por la vía a Fusa toma la Línea Panamericana, se dirige a Cali, a Buenaventura y finalmente a Medellín; la ciudad que más le gusta. Hugo conoce toda Colombia y, como buen camionero, se precia de identificar los mejores sitios sobre la vía para detenerse a comer y descansar. Su comida preferida es el sancocho, pues, según él, eso es lo que le da fuerza en los brazos para controlar la cabrilla y concentrarse en la carretera; sin embargo, no se resiste a una buena carne asada acompañada de unas papas a la francesa.

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camionero se detuvo a tomarse una gaseosa en una caseta que había sobre el camino.

Durante los 25 años que lleva trabajando como conductor, ha recorrido completamente el país e incluso ha cruzado la frontera para llegar a Venezuela. Manizales, Pereira, Montería, Sincelejo, Florencia, Riohacha, Maicao son algunas de las 34 ciudades que se convirtieron en puerto para las cargas que diariamente transporta. La carretera es el hogar de Hugo; aún así, no niega que es un lugar peligroso. La muerte es algo que ha aprendido a sortear sobre la vía; casi a diario ha presenciado dramáticos accidentes. Entre los más comunes están los carros familiares que se estrellan de frente contra tractomulas o dobletroques y los camiones que se vuelcan sobre el camino o que caen a los abismos y son abrazados por las llamas. Pero el problema no siempre es de velocidad ni de frenos. La carretera que conduce de Honda a Medellín es conocida por los conductores como uno de los pasos más peligrosos; sólo se puede andar en ‘caravana’. “Me he salvado de varios retenes guerrilleros, muchas veces he pasado y los camiones y tractomulas que venían adelante, aún están ardiendo”. En la vida de un camionero colombiano, a diferencia de las películas mexicanas, los retenes no son algo que puedan pasar por alto o que puedan evadir con sólo pisar el acelerador.

Cuando un conductor es obligado por la guerrilla o por los paramilitares a descender de sus carros sólo hay una cosa que hacer: bajar la maleta en donde llevan su ropa y sus utensilios de aseo para el viaje. Aunque un carro alcanza cuatrocientos millones de pesos y las cargas pueden llegar a setecientos millones, en una parada guerrillera no hay quien mencione esas cifras; lo más preciado en ese momento es la vida. Por su bienestar, el de sus compañeros, su familia y los demás conductores, Hugo Acosta, de 46 años, detiene su tractomula todos los días sobre el camino para ponerle una velita a la Virgen del Carmen, la patrona de los transportadores y los viajeros. A ella le reconoce el hecho de que las cuatro veces que lo han parado los “paracos”, como Hugo llama a los insurgentes antioqueños, sólo le hayan pedido los papeles sin hacerle nada a él ni al carro. Sin embargo, la desdicha viaja sobre la carretera y tarde o temprano todo camionero se encuentra con ella de frente. Él ya se la encontró. ***** El 25 de mayo de 2002 Hugo regresaba a Bogotá después de haber descargado un viaje de cemento en Ibagué. Eran más de las 8 de la noche y, como de costumbre, viajaba solo. Alentado por el cansancio y el calor que hacía dentro del dobletroque modelo 2000, el camionero se detuvo a tomarse una gaseosa en una caseta que había sobre el

Durante los ocho días que el conductor estuvo inconsciente en el hospital de Fusa, Alberto estuvo por toda la región buscando el dobletroque; dos semanas después se resignó a su pérdida. A Hugo le costó creer que estaba vivo; cuando estuvo consciente de lo ocurrido, la vergüenza y un profundo sentimiento de culpa se apoderaron de él. Sin embargo, no le fue difícil entender por qué Alberto Plata no le guardaba rencor, ni siquiera el más mínimo indicio de desconfianza. ***** Después de firmar los papeles que indican que descargó en Medellín las 40 toneladas de azúcar que llevaba desde Cali, Hugo comienza su viaje de regreso a Bogotá. Llegando a Santuario, se detiene en el parador “La pintada”, donde trabaja su amigo Mario Calarcá que, con un hábil sal to, se cuelga al espejo izquierdo del carro. Mientras que el camionero saca de su maleta 750.000 pesos, necesarios para llenar el tanque de gasolina con ACPM, Mario le pregunta si había “chulas” en la vía. Hugo responde que no. “Una vez cuando paré a tanquear, Mario me dijo que tenía que quedarme

ahí quieto con la tractomula porque más adelante estaban quemando carros”, dice Hugo, quien explica que las chulas son los milicianos de la guerrilla y los paramilitares que andan vigilando las carreteras para robar o quemar los camiones y las cargas. Su amistad es pasajera, pues sólo hablan durante veinte minutos que tarda el tanque de gasolina en llenarse. Aún así, no hay otra persona que en tan corto tiempo logre entenderlo. Hugo ha tenido que guardar sus problemas y refugiarse en la carretera para no enfrentarse a ellos; el dolor de haber perdido a su familia sólo lo puede compensar transportando cargas pesadas, un trabajo que lo ayuda a olvidar que algún día tuvo un hogar al cual llegar después de sus viajes. El jueves a las 10 de la mañana llega a Bogotá. A pesar de haber conducido durante trece horas, tiene que esperar hasta el mediodía para entrar, pues las restricciones de tránsito le impiden ingresar a la capital. Esa noche guarda el carro en un parqueadero cercano a la habitación que tiene en Bogotá. Al día siguiente no irá temprano por la tractomula como acostumbra; estará allí en la noche cuando llegue de visitar a su hijo. ***** A medida que se acerca a Gachetá, Cundinamarca, el pueblo donde pasó el mayor tiempo de su vida cuando no estaba en las carreteras, Hugo recuerda el momento amargo que lo hizo alejarse para siempre de allí: Era de noche. Su esposa y su hijo Ronald, de quien siempre le hablaba bien a todos los amigos, discutían en medio del cumpleaños de su hija Liliana, de 8 años. En medio de la ira, Ronald salió de su casa en la moto. Cerca del hospital, se accidentó. El reporte de los médicos es bastante alarmante. Lo llevaron a Bogotá. Allí los galenos lo mantuvieron con vida artificial por dos días. Ronald murió y Hugo decidió no volver a Gachetá. A los pocos meses su esposa se fue a vivir con un policía del pueblo. ***** Al llegar a Gachetá a las diez de la mañana, Hugo aparece ante la mirada atónita de los transeúntes que se movilizan hacia la iglesia del pueblo. Su hija lo reconoce y lo saluda con un cariñoso beso, él sonríe y le entrega un regalo que le trajo de Medellín. Tras ella aparece su ex esposa que tiene seis meses de embarazo. La iglesia está a reventar. Antes de que la misa termine, Hugo se escabulle entre la multitud, sale del templo y se dirige al cementerio. Allí recuerda el día en el que le enseñó a conducir un dobletroque a su hijo. Ora en silencio, deja caer algunas lágrimas y toca el mármol, tallado con el nombre de su hijo, en señal de adiós; “hasta el próximo año”. ***** Ya en Bogotá, Hugo recibe 150.000 pesos para viáticos y 750.000 para gasolina. Está listo para iniciar un nuevo viaje; no importa que sea de noche, tomará una vez más la Línea Panamericana que lo llevará a su reencuentro con la soledad.

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* Algunos nombres fueron cambiados a petición de los personajes.

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fedeErratas#2  

mayo-junio2005

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