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ALICE IN LIMBOLAND Odeen Rocha & Odín Ramírez

VIII “He ahí la barbaridad”

Habiendo quedado aclarada toda duda respecto al consumo ficticio de pastillas de colores y con la concienzuda intervención de sendos autores, Alice, en su nuevo look de Polly Pocket Reloaded se atreve a incursionar la puerta que se erige ahora frente a ella. Los ojos aceitunados de Licha (ejem… ¡Alice!) se encrespan al encontrarse desde el principio del trip frente a situaciones tan verosímiles como la igualdad social y la equidad de género en países mochos y de mala memoria. — Mira que decirme que soy producto de las proyecciones mentales de un par de remilgosos que tienen cara de egresados de la UNAM, ya no hay respeto por las damas— refunfuña la rubia mientras camina por un largo pasillo que poco a poco se ilumina dejando ver en sus muros unos curiosos adornos de materiales aún más extraños. Focos de colores, listones, bengalas, cuadros de gente que parecía estar pasándosela muy bien y una cabeza de cocodrilo que no dejaba de mirar a Alice con un par de canicas verdosas en lugar de ojos. Alice entra ahora al preámbulo del Gran Salón, de ese lugar que hace un rato (unos cuatro capítulos) le dijeron que albergaba a la persona más importante de todo Limboland, la que lleva la fiesta por dentro, la mejor, la más in: La Reina Roja. Escucha un murmullo. A la derecha del pasillo se abre una puerta de color verde y las voces se hacen más fuertes; es una voz conocida, ya la había tenido antes en los oídos pero esa ocasión le había llegado una gran cantidad de insultos y de solicitudes poco agradables para desalojar cierta tienda donde había causado un derrame importante de Condones para Conejo. — ¡Hey! Pero mira quien está aquí— vociferó el Conejo Negro al tiempo de toparse casi de frente con la señorita copa D a los 17, — pero yo creí que te habías perdido entre las hierbas o que estabas metida en una de las sesiones de humo del cuate ese de la guitarra que habla. Qué sorpresa verte de nuevo ¡sin que tires mis condones! — esto último lo dijo gritándole en la cara a Alice para recalcar que un Conejo Negro no perdona fácilmente interrupciones de coito múltiple. — Lo único que pido en este mundo son 120 minutos de coito, ¿es acaso demasiado? — Conejo Negro comienza a entrar en una fase de esquizofrenia bastante mala onda, sus orejas tiemblan al igual que sus manos, su tono de voz se entrecorta y se intercalan unos espasmos de risotada de loco que dejan un eco aterrador alrededor del colorido pasillo. — O sea, goei, yo te vengo persiguiendo como mensa desde hace un buen y ahora que por fin te encuentro de frente ¿lo único que haces es reclamar y verme el escote? O sea, que mal eh— responde Alice ofendida — Pero qué Conejo tan mala copa es éste. Digo, yo ya ni me acordaba de lo de los condones. Algo se me hacía conocido por aquello de que me gritó y me quería sacar de su recamara pero de los condones, no. Qué rencoroso...


You don't remember, I'll never forget… Canturrea el Conejo en tono Speed Metal mientras se tira en posición fetal con las orejas tendidas a los lados, con una tonada que envidiaría cualquier moro guitarrista tocando su lira a velocidades inimaginables con los dedos regordetes llenos de anillos de oro. — Orales con el Conejo que salió soprano — se dijo Alice mientras aprovechaba la ocasión para ponerse de nuevo en marcha por aquel pasillo. Dicen por ahí que el ojo le dice al ser humano dónde está y le da idea de quién es. Alice sabe que sobre todas las demás cosas, sus hermosos ojos verdes le sirven para admirar la estética de sí misma al pasar frente a cualquier cosa que hiciera las veces de espejo. La sorpresa de la adolescente no acababa de fundirse en su propio reflejo cuando unos pasos sonaron a lo lejos, en lo que parecía ser el final del pasillo: — Okay, ustedes por allá por favor y me ponen los listones blancos a dos metros de los azul rey, o sea, dos metros eh— esa voz y su tono mandón de señorita de mundo pone la atención de Alice a su máxima capacidad. Es atractiva, ensoñadora, frívola y poquitito grave, como en tono de quien está a punto de tener gripa; ese tono en una mujer era definitivamente un símbolo inequívoco de poder y de mucha clase. La hacía volar. Sentir esa voz pedir distancias, colores, muebles de diferentes tipos de material tubular; linóleo de quién sabe cuántos colores nice y de súper moda empezó a traerle a la cabeza lo sucedido aquella noche, la noche en que regresó a su casa de la fiesta del ‘Green Festival’, el festejo que sirvió de consuelo a la glamorosa rubia después del penoso episodio del guapo Hare Krishna en el centro comercial: — Cómo olvidar esos ojos tan claros, goei. No mames... — decía Alice a Lucy, Gaby, Aby, y Tamy en aquella fiesta — pero mi madre (con un tono de quien odia pronunciar palabra) no me quiso dejar ir con él a Goa para hacer Yoga con los morenitos que dicen que la inventaron. — Ptsss, que mala onda goei, deberías escaparte, darte a la fuga ¿no? — le respondió Tamy — Sí, ya es tiempo de que les des un susto por no dejarte ser libre — asintieron las demás. Camino a casa, Alice no dejaba de pensar en huir, en agarrar sus cosas (bueno, por sus cosas hemos de entender su mini bolsa de cosméticos, la bufanda multicolor y ese accesorio plástico imprescindible…) Rudy: el calor sube, poco a poco, la presión entre las piernas adoloridas que piden aun más las caricias de quien entra poco a poco. Embiste mi interior con la delicadeza de la seda y con la fuerza de un animal en celo. Me prende, me destruye, los espasmos hacen que suelte ráfagas de aire que despertarían al más fiel adorador de Morfeo. Controlo la respiración, la disminuyo todo lo que puedo. Pasan los minutos y está más dentro y más fuerte, no resisto los escalofríos y dejo salir ligeros gritos agudos que resuenan en los oídos de los que en el jardín caminan provocando en sus mentes las más perversas fantasías. Lo ansío cada noche…


Sus ojos se humedecieron, ha quedado fría ahí sentada al costado del pasillo de espejos. Al abrir los ojos mira arriba y se ve a sí misma acomodada en su cama con la blusa desabrochada y la mano derecha dentro de sus carísimos pantalones. Está sudando. La voz misteriosa continúa zumbando en su cabeza y no puede dejar de mirar el espejo. Esos ojos verdes se clavaron en la imagen, sabía que no era ella misma, que estaba tirada en el suelo de un pasillo multicolor repleto de espejos. Quien haya podido ver el rostro de Alice en esos momentos no cabría en sí mismo del fulgor hirviente que aquello provocaba. — ¡Patrón, patrón! — le gritan al Conejo al mismo tiempo que le propinan sendas sacudidas a las largas orejas — ¡Despierte! Ahí está la Rubia que regó la tienda, ya la tenemos cercada —. Es uno de esos mugrositos rockeros que ya Alice conocía. — ¿Qué esperas? Ponle una golpiza — aseveró el conejo al ponerse en pie. — ¿Dónde estás, Alice? — pregunta la voz excitante al final del pasillo — ¿Dónde estás? — la turba de mugrosines se detuvo en seco al escuchar la voz, ya no atacaron a Alice que se encontraba a escasos metros adelante contemplando aún el espejo. Volteó a la derecha y a la izquierda: Nadie. Era como si la rubia de cadera inmaculada tuviera un mal trip. — Tal vez esos últimos hongos estaban pasados—, pensó. Se siente el murmullo de Gato diciendo: — Hola, Alice. ¿Qué ves? — Pues veo lo que no está, obvio… ash — responde con aires de grandeza. — ¿Cuándo dejarán de hace preguntas tontas aquí? — Acabas de escuchar a la Reina Roja venir, ¿cierto? — continúa Gato — Mira el reflejo y dime qué ves. Adolescente rubia pone su mirada remilgosa en el espejo, con un poco de mala gana pero curiosa, emite veredicto: — Uhm, veo mi jardín…. ¡No! Veo…. La Big Party donde perdí mi… ehm, ¡No! Ahora veo a Andravkareihjemliktredravaryana abrazándome, desnudos en las playas de Goa… ¡No! Veo a los autores de este texto en una laguna creativa haciéndome recordar pasajes de capítulos pasados… Ok, estoy ahí, parada goei, y tengo un vestido rojo. — ¿Rojo, Alice? Pregúntale quién es — Gato propone. — O sea, Gatito ¿vas a estar dándome órdenes y hablándome al oído cada que se te dé la gana? Que mala vibra, goei — y decidida prosigue — Oye tú, la Alice de Rojo, ¿qué onda contigo, eh? — Hola Alice, gusto en por fin conocerte. Soy yo, ¿no me recuerdas? — la Reina con estilo le responde.


En tanto Alice y Alice tratan de hacerse entenderse a sí mismas, el Conejo y sus secuaces llegan cual almas que lleva el diablo hasta situarse a los lados y atrás de la rubia y su reflejo. — Oh, mi reina, aquí está ya: la niña que no he tocado, la rubia que no he probado. Ahora sí, ¿vamos a mi tiendita? — preguntó Conejo Negro. Su sonrisa se tornó cruel y maquiavélica; sádica y esquizofrénica. — ¡Conejo Negro! — gritó la Alice del espejo, la de rojo — Eso lo trataremos luego. Como recordarás, no tienes ya Condones para Conejo — le guiña un ojo y Conejo da paso atrás mandando discretamente a sus compinches a dar la vuelta por otra parte. Continuó hablando con Alice. — ¿Qué es lo que tus ojos ven? — Ok, mira, nomás porque tu voz me encanta te la paso eh, pero ¿tú haciéndome preguntas pachecas como los otros que he conocido? No lo creo eh, la neta estos autorcillos de quinta ya se pasaron de dosis, ash. — Lo veo Alice, ¿no lo ves? — continua la Reina. — Ver ¿qué? — Velo, Alice. Aquí, en mis ojos. Adelanta la mirada nuestra precoz heroína y se fija directamente en aquellos dos aceitunados ojos: Brillantes, desquiciantes. Mirada que, entrecerrada, manda a volar la mente y a dar vueltas la cabeza. El cabello rubio cae, las manos tersas yacen a los costados, la boca carmesí enjuga el preludio a un episodio inenarrable envidiado por sendos productores de porno libre. Ambas rubias se miran a los ojos y ninguna parpadea. Prosiguen: — Lo veo. — ¿Y no lo ves? — No sé, ¿sí es? — Alice, mi querida Alice. ¿Quién eres tú? ¿Quiénes somos? Lo veo…. y no lo ves, Alice. En el reflejo Alice fija la vista en la Reina Roja, en algo parecido a su versión de lujo… en un momento que dura un segundo, Gato aparece con todo y gabardina; con todo y gafas de pasta brillante de pie y muy atento atrás de la Reina. Se le queda viendo a la parte posterior del vestido: despampanante, desconcertante, alucinante es ella. La mira con unos ojos que no necesitan decir lo que piensa la cabeza. — ¡Gato mirón! — le grita Alice.


— ¿Gato? — la Reina inquiere — ¿Está aquí Gato? — voltea y el de la gabardina ya no está más ahí. De inmediato Conejo y tres secuaces mal vestidos corretean por el pasillo en busca del indiscreto felino mientras Alice (la del cuento) dice: — Uhm se fue otra vez… estos locos ¿Por qué no son como yo, normales? La Reina sonríe con sólo el lado izquierdo de sus apetitosos labios carmesí, con la vista fija en Alice y sólo responde: — Es o no es. Lo veo y no lo ves: He ahí la barbaridad…

Este capítulo es parte de la novela ALICE IN LIMBOLAND publicada en 2010 como edición Independiente, que ahora se publica por entregas en formato PDF. Autores: Odeen Rocha (México, 1980) y Odín Ramírez (México, 1983) Responsable de Edición Digital: Odeen Rocha Blog Odeen Rocha: El Libro Vakero http://www.odeenrocha.com/ Página de la novela http://www.odeenrocha.com/alice-in-limboland/ Únete en facebook: https://www.facebook.com/aliceinlimboland

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Alice in Limboland - Capítulo 8  

Odeen Rocha y Odín Ramírez