Page 1

ALICE IN LIMBOLAND Odeen Rocha & Odín Ramírez

IV “Black Rabbit is in da house!”

Se trataba del Conejo Negro que regresaba desde el fondo acompañado de dos menudas conejitas blancas que parecían tener una cintura similar a la que Alice había soñado en esas tardes de martirio en el gym. Al acercarse más a ella, el Conejo empezó a buscarse entre las bolsas de su camisa Perry Ellis color vino como si hubiese recordado que algo estaba perdido. Alice escuchaba cómo trataba de hacerse el interesante con las conejitas disimulando que no buscaba nada: — Sí, sí…de muy buena calidad esta camisa… la compré hace tres días en la celebración del aniversario de Limboland… después del Gran Rave— decía mientras continuaba buscando, ahora más frenéticamente y sin poder ocultar los gestos esquizoides de quien siente que la vida se le va. — Chicas, adelántense a mi House, las alcanzo en un momento— agregó. Sin perder esa pose de rockstar que tanto había cautivado a Alice, el Conejo Negro se quitó la camisa como invadido por un frenético ataque de misteriosa locura post tacha. Pasaron un par de segundos y comenzó a maldecir tanto y tan acaloradamente que hasta la pobre Alice se sintió abochornada por la escena que presenciaba. Alice miró a su alrededor, se encontraba a unos metros de la salida de la sala VIP de la Madriguera del Conejo; más al fondo, después de pasar unos cuantos charcos verdes había una especie de casa de campaña, grande de colores vivos y muy brillantes. Adictiva. Se quedó mirándola unos segundos hasta que el conejo volteó la vista y por primera vez en todo el día puso atención a la muchacha ahí parada, como esperando que le pusieran una nalgada, o le jalaran el hilo dental de la tanga de piedritas que sobresalía de su cadera por encima de los jeans. El conejo la miró y otra vez, con aires de rockstar, dijo: — ¡Jezebel! ¡Oye, Jezebel!, ¿qué crees que estás haciendo? ¿Otra vez te estás metiendo mis jeringas tú? — gritó con tono más bien un poco enfadado, como si eso ya hubiera pasado antes. — Deja de hacer estupideces y corre a la casa, entra por atrás, y tráeme una caja de condones ¡apúrate, que esas nenas están esperando en la sala del DJ para ser extasiadas por este conejote! ¡Pero corre que se enfrían las conejas! — finalizó ya con una cierta sonrisa perversa. Alice pensó que si no corría en ese momento el conejo sacaría alguna arma de fuego y le pondría un tiro entre los ojos, había visto esa reacción en raves europeos, además de lo que el Sid del Vicio había hecho en el Rush Trip y no quería arriesgarse. Se echó a correr hacía la pequeña casa de campaña y buscó la puerta que le dijo el conejo; cuando dio con ésta, le pareció muy similar a aquella que vio cuando se hizo enorme gracias al sabroso brownie de chocolate blanco. Abrió la puerta y pasó a buscar los malditos condones en todas partes.


— Ese conejo estúpido me ha de haber confundido con su amante de la semana— se dijo para sí mientras levantaba la alfombra que cubría la pequeña estancia. Al buscar se preguntaba si eso sentirían Jovita y Chenchita cuando Alice les mandaba de manera poco amable pero refinada que revisaran su ropa antes de lavarla para no arruinar sus pulseras de colores que siempre dejaba olvidadas después de las fiestas de fin de semana. — ¿Esto se sentirá que te traten como chacha? — pensaba olvidándose de los condones del conejo, husmeaba la casa para ver que tanto tenía guardado en todos esos cajones de diferentes tonos de verde. Al estar de metiche en los asuntos ajenos, se percató de otra entrada, una que tenía un letrero plástico en el canto que rezaba: “Da Black Rabbit”. Sin pensarlo dos veces abrió la puerta y se introdujo al lugar sigilosamente. — No vaya a ser que me tope a la Jezebel real por aquí— se dijo en voz baja. La recámara del conejo era muy extraña pero harto curiosa, y comenzó una descripción que Alice se daba a sí misma como cuando pasó por esa etapa de personalidad múltiple unos años atrás: —Súbitas explosiones de color por todas partes, deslumbrantes estantes repletos de trofeos de concursos con nombres demasiado bizarros: “El apareamiento del mes”, “La tira blanca más rápida de Limboland”, “Rush Trip del mes”… un ropero lleno de camisas de alta calidad y de cortes finos con las iniciales “B.R” … cientos de LP’s de toda clase regados en unas mesas cerca de lo que parecen ser “tocadiscos antiguos”— se decía con gestos de niña que va a una fiesta deslumbrante. Vio una brillante caja rosada en el taburete junto a la cama. — De plano este conejo si es un rockstar, mira nada más que clase de lugar… — abrió la caja y se encontró con la sorpresa de una cantidad impresionante de Condones para Conejo, perfectamente acomodados en 13 felpudas cajitas (sí, Alice también puso la misma cara: nunca había escuchado de Condones para Conejos; sin embargo, eso decía el empaque). Junto a esa curiosa cajita había también una botella con un líquido color azul brillante que llamaba su atención, así que lo tomó con cautela; dadas sus recientes experiencias de trips y brownies había quedado un poco traumada de lo que se encontraba en esos rumbos. La observó con calma y le dio varias vueltas en sus manos, a pesar de no tener ninguna frase extraña que la hiciera pensar demasiado, Alice sintió la gran curiosidad de chuparse hasta la última gota de ese líquido que le perforaba el cerebro nomás de verlo dentro de la botellita. — Ahora sí debe de pasar algo de buena vibra, ya no puede irme peor, ojalá esta cosa me haga crecer, ya me estoy hartando de estar hecha una cosa tan pequeña— pensó en tanto se acababa todo el contenido azulado. Y no tuvo que esperar demasiado para sentir el efecto de semejante líquido. Alice comenzó a crecer y a crecer, cada vez veía más lejana la posibilidad de tan sólo ser lo suficientemente alta como para alcanzar ese extraño cuadro verde aceitunado hasta arriba del cuarto del conejo. — He de estar como bailando una rola de GMS a 170 beats por minuto — se dijo emocionada mientras se daba cuenta que nuevamente, sus zapatillas de 850 pesos se alejaban cada vez más de su vista. Alice no dejaba de bailar, ese líquido además de hacerla crecer provocaba que sus oídos fueran invadidos por las más modernas rolas de la escena electrónica que tanto le gustaban. En un par de minutos ya había alcanzado el techo de la tienda y tuvo que hacer a un lado algunos muebles para lograr estirar las piernas que ya no le era posible mantener con las plantas sobre el suelo, su altura ya sobrepasaba lo que ella consideraba “la apropiada para una niña de su edad”.


Los trofeos del Conejo estaban regados por el suelo y el escándalo no se hizo esperar: vidrios rotos, vitrinas en pedazos, tapetes rasgados y una gran cantidad de condones para conejo volando cada que Alice movía un brazo para acomodarse y golpeaba con él las repisas que contenían las cajitas. Pronto la casa de campaña no pudo seguir dando cabida a semejante adolescente. — Caray, soy muy grande, así ya no necesitaré de nadie que pretenda decirme qué hacer. Ahora verá ese conejo mandón— se decía Alice mientras se movía para acomodar sus piernas y brazos arrancando algunos postes de la tienda del conejo. Para cuando pudo quitarse el tapete de la cara se dio cuenta de que a su alrededor había de menos 25 mugrositos que traían en sus manos distintas variantes de lo que Alice ya conocía como “apantalla revoltosos” (o sea, macanas de granadero). Alcanzó a escuchar la voz del Conejo Negro que daba retumbos de un lado a otro de la multitud de yunkies. — A ver ustedes, no sé cómo le hagan pero me recuperan las 13 cajas de Condones para Conejo que volaron por los aires, y a Jezebel me la traen viva para darle su merecido por no hacer bien su trabajo. — ¿Pero qué hacemos con la chava esa que levantó la carpa, Conejo? — preguntó el mugrosillo que conocía Alice del pasado trip que ya estaba más que puesto para agarrar a guamazos a quien se le pusiera en frente. — Pues háganla a un lado, no me importa. Hagan lo que quieran con ella— vociferó el Conejo alejándose de ellos. Como impulsados por resortes, los 25 mugrosines comenzaron a apalear a Alice en las piernas, costillas y muslos con la misma dedicación que tendría un profesional en los campos de entrenamiento de Atenco Rock City. — ¡Que mala onda, eh! No me peguen, ¡me llenan de moretones! — gritaba Alice al tiempo que arrojaba por los aires a cuanto golpeador se le acercara, no le importó detenerse a pensar si se rompía alguna uña, movía los brazos de un lado a otro llevándose de paso a dos que tres fulanos de viaje a varios metros de ahí. Como era de esperarse, Alice comenzaba a aburrirse. — Soy demasiado grande para quitarme esto de encima sin rasgarme la blusa y la verdad ya no disfruto mandar a volar a estos vagales como lo hacía allá en la casa de mi prima Lupe — se decía al recordar el tiempo en que visitaba a su prima en ese “pueblito de morenitos”, como ella llamaba a Ciudad Neza. — Mmhh, necesito más chocolate blanco, otro brownie. Si ya me hizo pequeña una vez, puede ayudarme a salir corriendo de aquí sin que se den cuenta estos pelados — pensó mientras buscaba frenéticamente en sus bolsillos algún pedazo sobrante de brownie. Ese día sus chacras estuvieron alineados en buen signo y logró encontrar un pedazo de brownie que aún conservaba su brillo a pesar de tanto movimiento. Sin dudarlo un segundo y mientras despachaba por enésima ocasión a sus atacantes, tragó el trozo de pálido pancito y nuevamente se escuchó en el aire el beat de la más ensordecedora rola de psyco. Al mismo tiempo, la adolescente de las caderas de cuatro metros comenzó a decrecer rápidamente girando entre un torbellino de intensos colores y luces que giraban sin cesar y sin piedad a su alrededor. Se hizo cada vez más pequeña. De pronto tuvo a la misma estatura al mugrosito ese de la balsa y al siguiente segundo ya era más pequeña que las botas sucias que éste traía. —Ahora sí, ¡a correr sin


mirar atrás! — pensó Alice mientras pasaba entre las piernas de los golpeadores para esconderse entre la maleza del jardín que rodeaba la tienda recién desordenada. El Conejo Negro se acercó a la tienda y sin miramientos le arrebató una macana al mugroso más cercano y comenzó a propinarles una paliza de antología a los fracasados en su misión.

— ¡Son unos ineptos, no puedo ir por una línea y dejarlos 5 minutos por que se les pierden mis condones! — decía furioso mientras los ojos se le ponían cada vez más rojos. Los vagales no encontraron nunca la totalidad de los Condones para Conejo, los frecuentes viajes al suelo los desperdigaron por todo el jardín y no había conejo que resistiera ver tan preciosas posesiones fuera de su cajita. O fuera de su lugar de trabajo extremo.

Mientras el Conejo buscaba un chivo expiatorio al cual echarle la culpa del fracaso de su nueva criada rubia, Alice corrió a ocultarse detrás de unos matorrales. Había corrido sin mirar atrás hasta que dejó de escuchar los gritos del conejo propinando palizas y dejando salir de su peluda boquita toda clase de improperios que jamás habían sido escuchados por una chica de educación judía (“por 50 mil pesos al trimestre no debía admitirse error moral alguno”, decía siempre la hermana de Alice).

De pronto se topó con un tallo largo y pálido que terminaba en un sombrero hemisférico, carnoso y convexo de color amarillo con toques naranjas. Se acercó sigilosamente y de manera delicada buscó el aroma del enorme hongo que se erguía frente a ella. Al llegar el aroma a sus fosas nasales no pudo contener la carcajada que su cuerpo pedía a gritos que dejara salir de su boca. Mientras reía sin poder detenerse escuchó encima de su cabeza una voz que repetía con un tono engreído y harto atractivo las palabraa: Gymnopylus… la onda es el Gymnopylus seguidas de una risita macabra que no dejaba de intrigar a Alice mientras trataba de no asfixiarse y abrir los ojos que ya estaban chorreando lágrimas.

Para cuando pudo levantarse y asomar la mirada por encima del sombrero del hongo, logró ver con los ojos entrecerrados y húmedos a un gusano. Un gusano color grisáceo y de apariencia viscosa que sostenía entre sus extremidades superiores una pipa árabe de un metro de largo emanando un aroma que calmó la risa mortal de la adolescente rubia convirtiéndola en una sonrisita que asomaba las más ocultas fantasías. Él no la miró ni le dirigió palabra alguna pero Alice no pudo resistir el mirarlo fijamente al tiempo que éste se iba despojando de esa piel grisácea poco a poco y dejaba salir a un hombre de piel oscura y cabellera abultada y rizada. Entre sus manos atesoraba una guitarra eléctrica, una lira de colores harto locochones. No podía apartar la vista de aquella imagen; no parpadeó, lo miraba con una atracción animal digna de recordarse en algún libro del futuro. Su mente se perdió entre todo el humo que invadía la escena, dando paso a una oscura reflexión.


Este capítulo es parte de la novela ALICE IN LIMBOLAND publicada en 2010 como edición Independiente, que ahora se publica por entregas en formato PDF. Autores: Odeen Rocha (México, 1980) y Odín Ramírez (México, 1983) Responsable de Edición Digital: Odeen Rocha Blog Odeen Rocha: El Libro Vakero http://www.odeenrocha.com/ Página de la novela http://www.odeenrocha.com/alice-in-limboland/ Únete en facebook: https://www.facebook.com/aliceinlimboland

Está obra está sujeta a la licencia Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/3.0/

Alice in Limboland - Capítulo 4  

Odeen Rocha y Odín Ramírez

Read more
Read more
Similar to
Popular now
Just for you