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ALICE IN LIMBOLAND Odeen Rocha & Odín Ramírez

XIII ALICIA

Ni toda la buena vibra de las integrantes del Yoga Club Nirvana se comparaba con la satisfacción de Alicia, sentada en el parque en compañía de Rudy, su mejor amigo desde hace ya muchos años. Un niño de esos “sin violencia” que gustan de cachar granizo y tener platicas profundas con sus amiguis del face. — ¿Te late si vamos al nuevo Starbucks? — No lo sé, últimamente he tenido una sensación rara, como que me dieron ganas de leer... — O sea hello, ¿leer? de hueva ¿no? O sea qué ¿te está bajando o qué? — No sé, me siento rara, como si algo malo me fuera a pasar. Este presentimiento no fue suficiente para que Alicia y Rudy se dirigieran a toda marcha al nuevo Starbucks de Antara. A medio camino un letrero en neón azul indicando “La Madriguera del Conejo” llama poderosamente la atención de Alicia. — No mames, goei... creo que tuve un Déjà vu — haciendo gala de su buena pronunciación del inglés gabacho, casi rapeado... en una palabra de origen francés, por cierto. — ¿Por qué? ¿Qué te pasa? — ¿Sabes qué era ahí? — señalando la Madriguera del Conejo y notando hasta ese instante que el local denotaba muchos años de abandono y mal gusto en arte moderno. Una verdadera ruina, dice con desconcierto para sus adentros. — No goei, neta ¿estás bien? — Sí, no importa. Silencio.

Después de disfrutar de un frapuchino elaborado con el sudor de la frente de varios senegaleses huérfanos, Alicia y Rudy deciden pasar a desfogar su codicia auditiva a una tienda de discos de gran cachete. Magnánima es la sorpresa de Rudy cuando Alicia, muy al contrario de su costumbre, dirige sus pasos al área de “Alternativo”, en un rincón de la sección bautizada como “Inglés”, donde olvidando por completo su reciente modita de comprar discos del mejor DJ experto en Chill Out, toma entre sus tersas y juguetonas manecillas el siguiente grupo de compactos:


Beep! Never Mind the Bollocks: Sex Pistols Beep! L.A. Woman: The Doors Beep! In Utero: Nirvana Beep! Kill'em all: Metallica Beep! Ava adore: Smashing Pumpkins Beep! Ummagumma: Pink Floyd — Oye, ¿por qué compraste estos discos en vez del nuevo de Tiesto en las olimpiadas, eh? Ya están rucos y no están IN. — Ay no sé, ya sabes, así somos la mujeres. Pues mira: estos, me recordaron a unos mugrosines que vi en la calle hace tiempo y este último todo pacheco con espejos y la onda acá bien retro como de peli viejita me recordó un sueño que tuve ayer, o sea, ¿perdona mis pecados, no? El cajero que le cobra a la rubia con faldita fija su vista en su escote para molestia de Alicia. Es alto y delgado. Usa el cabello largo y unos extraños anteojos gruesos que brillan a la luz de las pantallas que cubren las paredes de la tienda. Viste una gabardina de piel negra, pantalón multicolor terminando en unas enormes botas negras y de aspecto amenazador. A Alicia le pareció sexy aquella actitud rebelde del tipo. Despierta de su ligue imaginario (chaira mental, pues) y se percata de la indiscreción de los ojos de éste: — ¡Gato mirón! — le grita la niña. — ¿Qué? ¿La conoces? — le pregunta otro empleado al cajero, que en la tienda y por cuestiones de su eterna ronquera por fumar, le dicen Gato. — No, no... Usted disculpe señorita. Aquí tiene sus discos. Que los disfrute. Rudy tomó rumbo a casa para no perderse su programa de periodismo de espectáculos favorito. Alice se dirigió a su obscenamente costosa morada de las Lomas para, acto seguido, descargar sus discos en su lap top y arrojarlas al aparato blanquito y minimalista que porta como llavero con su mp3 preferido. La tarde se antoja aburrida cuando a través de la ventana Alicia observa un efecto visual común para aquellos que pueden gozar de cristales limpios todo el tiempo gracias a la exhaustiva labor de Chencha (o cualquier otra muchacha venida de provincia que llegue a la ciudá probando suerte). La imagen del río y el pequeño bosquecito (¡Ja! ¿Pequeño? ¡Dos hectáreas!... Malditos latifundistas con permisos chocolates) se tornan rojizos con el reflejo del atardecer mismo que enrojece el reflejo de Alicia en la ventana. Con su gastada costumbre de hablar consigo misma, como en escenas que asustaron a su madre durante los días de infancia, se miró a sí misma en el reflejo y se hizo una pregunta: — ¿Qué ves?


Y se respondió con igual solemnidad: — Estoy ahí, parada goei, y tengo un vestido rojo. Pareciera que estoy bañada en sangre, que soy mi propia asesina, que he dejado de ser una niña. — ¡Ay, bájale Alicia! ¡O sea no’ma, goei, jajaja! — se burla de sus propias palabras la niña. ¡Beeep! Su computadora la despierta del monólogo para informarle que sus discos están listos para ser llevados a donde quiera que la nena pida. Se pone los audífonos, pone play y lo que suena dispara su molestia... — ¡Jimi Hendrix! ¿Quién carajos metió rolas tan viejas de negros despeinados a mi lista? Entra en ese momento al cuarto Lucy, su hermana, para responder esa pregunta: — ¡Ay! Perdóname la vida, plis. Pero oye, ¿Tú cómo sabes de quién es la rola y cómo era Hendrix, eh? — Ay pues no sé, se me hizo como que ya lo conocía. Qué raro. Es la segunda vez que me pasa hoy. ¡Bueno ya no me molestes y vete con tus amigos traga hongos! — ¿Ya bájale, no goei? ¿Sabes qué día es hoy? — Pues viernes. Hoy hay fiesta. — ¡NO! El día en el calendario ¡Tarada! — ¡Ahh! Día 13, creo... — ¿Y te vas a ir? — Pues yo creo. Sí. — Ay ¿Pues acompáñame al río un rato, vale? Porfis, porfis. Ándale. Alicia empezaba ya a cansarse de estar sentada con su hermana a la orilla del río sin tener nada que hacer: Había echado un par de ojeadas al libro que su hermana estaba leyendo, pero no tenía dibujos ni diálogos. — ¿Y de qué sirve un libro sin dibujos ni diálogos? —, se preguntaba. — Es más, ¿para qué sirve un libro? Si no para ligarse a un chico en la biblio de la uni o nivelar la pata de una mesa en el Starbucks —. Toma su bolsito Prada y saca una cajita de pastillas tic-tac. — Ya no te metas esas madres, vas a quedar loca — gruñido de su hermana en la clásica actitud protectora. Porque esa caja lo último que trae son pastillas tic-tac. Alicia no se preocupa, su vida es tan bella.


— Mira lo que me regaló Pato — Lucy interrumpe su regaño mostrándole un pequeño conejito negro vestido con una camisa y una bandita a la altura de sus respingadas orejitas… Qué lindo el Pato, ¿verdad? También le muestra la publicidad de un nuevo Lounge llamado “RABBITS” con un condón pegado al flyer que curiosamente tenía inscrito: Condones para conejo. Irás y no Volverás. Después de eso, Alicia cierra los ojos y se dispone a disfrutar de sus píldoras para el aliento y las rolas nuevas de su iPod. Al fondo una suave Sinfonía se escucha desde casa del vecino: un viejo británico que le cae gordo por su acento mamón. Silencio. Oscuridad. La voz de su hermana, es eco que irrumpe en la totalidad del silencio: — ¿Qué pedirías si tuvieras un deseo? — Desearía hacer el deseo desaparecer. — ¿Quién eres? — Soy lo que eras. La hermana menor. — ¿Y ahora qué eres? — Soy libre. Completamente libre. Y derramando sarcasmo en cada sonrisa se despide y se desvanece la voz de la hermana de Alice.

— !Epinefrina 10 miligramos! Clave azul, clave azul. Pide un 3-7 en el ABC. Otra de estas niñas junkies — la sirena suena tan alto que los huesos se estremecen. Azul y Rojo, Azul y Rojo. Otra punción, ahora en el pecho. Un grito desgarrador antes de sentir la descarga de Zeus en el pecho. Dolor intenso y la piel arde, quema la piel quema la carne. — ¡Aumenten la dosis! ¡La perdemos! Las pupilas de Alice se dilatan de tal forma que asemejan dos lagos de color aceituna. Donde los más banales y retorcidos pensamientos convergen estableciendo un puente entre el alma y la totalidad. La muerte. — Hora de defunción: las 13:13. Mándenla a los cajones. Hablen a su casa. Tráiganme mi sombrero.


Su madre y hermana se encuentran postradas frente a la tumba de la ahora extinta Licha. Su padre, como de costumbre, demasiado ocupado para atender incluso el funeral de su propia hija. El universo no se ha colapsado, tal vez hay un mundo más allá de Limboland, ese mundo que nosotros llamamos Real. Adiós, Alice.

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Enclavado en los pasajes perdidos del Centro Histórico, “La Bodega” alberga un gran acervo de tomos previamente desechados por inconsciencia, incapacidad de almacenaje y a veces hasta por la muerte de sus antiguos dueños. Al fondo de “La Bodega” está “El Momento” una microcafetería más bien incrustada en el segundo nivel. Dos escritores contemporáneos admiran su obra con actitud arrogante. Debajo de la pata izquierda, una copia gastadísima de ‘Alicia en el País de las Maravillas’ nivela la mesa. — Nos lucimos — celebra el uno. — No lo sé, ¿crees que esté bien que todos crean que Alice murió? ¿Negarle al mundo una mujer de su belleza, privarlos de sus curvas, de sus ojos aceituna? — inquiere el otro. — Pues yo digo que sí. Nosotros la creamos ¿no es cierto? Hey, mira quién llegó... — Hola, amos. — Hola, Alice.

Is this the end? My only friend...

the end.


Este capítulo es parte de la novela ALICE IN LIMBOLAND publicada en 2010 como edición Independiente, que ahora se publica por entregas en formato PDF. Autores: Odeen Rocha (México, 1980) y Odín Ramírez (México, 1983) Responsable de Edición Digital: Odeen Rocha Blog Odeen Rocha: El Libro Vakero http://www.odeenrocha.com/ Página de la novela http://www.odeenrocha.com/alice-in-limboland/ Únete en facebook: https://www.facebook.com/aliceinlimboland

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Alice in Limboland - Capítulo13: The End