ocho:treinta (2) : ¡dejen dormir!

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ocho:treinta revista literaria


ocho:treinta fue la hora acordada para encontrarnos.


La escritura no tiene que ser un proceso solitario. Acá nos leemos, nos comentamos y nos acompañamos en la creación: queremos rescatar el diálogo que queda oculto por el simulacro del texto “final”. Creemos que las voces amigas que ayudan a mejorar un texto son como las costuras visibles que muestran que para tejer algo se comienza por esas puntadas, por esas colaboraciones. Por lo tanto, cerramos cada texto con un fragmento en su primera versión y algunos de los comentarios que ayudaron a formarlo hasta su borrador final. Siempre leemos borradores. Si nos publicamos, es sólo para permitirnos el alivio de la fijeza pasajera en una hoja de papel o en una pantalla.


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Nota editorial Elegir las palabras apropiadas para presentar lo que considero un bello proyecto es tan difícil como comenzar ante la hoja en blanco. Debo confesar que me he tardado para escribir esta nota de presentación, pues aunque creí tener las palabras para abrir este segundo número, no me he podido convencer de que fueran suficientes. Aún así creo ver en esta reserva algo del espíritu de nuestra revista. ¿En qué podría consistir dicho espíritu? ¿Cómo se nos manifiesta? Me atrevería a decir que este espíritu consiste de alguna manera en la pasión, y no me refiero a la sola pasión por las palabras y las historias, sino a eso que como el espíritu mismo está en todos: la capacidad de sentir con ardor, de dejarse afectar por los afectos mismos. Ya luego nos llegan las palabras y las historias. Este sentir con intensidad toma forma y dicha forma requiere una correspondencia, la del lector atento que apasionadamente responde a lo que se le presenta, pregunta y discrepa. Aporta nuevas palabras y recrea junto con el autor. Con todo esto hemos querido que nuestro trabajo entrecruce la labor del escritor que permite que sus textos sean revisados por otros autores de la revista, quienes son al tiempo editores y comentadores que contribuyen al progreso de todas las historias contadas, historias que luego se constituyen en una especie de encarnación de las intuiciones colectivas. La novedad de este espíritu se manifiesta en el trabajo de relectura en conjunto, en la generosidad de cada autor y editor para con su equipo de creación, en la apertura a la crítica y a la complejización que conlleva la obra de una comunidad. No creo excederme al percibir en ocho:treinta una tarea coral en la que también se puede apreciar la voz de cada creador.

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ocho:treinta Ahora mismo no puedo terminar sin referirme al presente, a este tiempo que podríamos llamar difícil pero que como cualquier otro tiempo no deja de ser oportunidad. Hemos salido de las calles y se nos ha empujado al interior de nuestras casas. Aun así, de alguna manera seguimos afuera, tenemos las redes sociales, los compromisos laborales y académicos. En este instante, como en un sueño, a mí me cuesta identificar entre el afuera y el adentro. Y eso no sería un problema si no fuera necesario en todo caso distinguir entre los dos ámbitos, porque el sueño no sería sueño si no despertáramos, y el afuera para serlo debe permitir de vez en cuando la estrechez de la interioridad. Este es un momento que, aunque oscuro, no debe abrir paso más que a una futura claridad. El segundo número de la revista tiene como tema la siguiente expresión: dejen dormir. Lema que me parece adecuado para nuestra inesperada circunstancia: una pausa requerida, un cerrar los ojos para soñar. Ya vendrá otro tiempo para despertarnos. Germán Augusto Valencia Pérez Director general del número

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He criado un zángano

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Dejen (de) dormir

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Nadie duerme ya en sus camas

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Un hombre ocupado

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Las cuatro sopas

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Poema para pasar la noche

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Bandido

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Esta noche no puedo dormir

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[Una mañana encontré]

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Juan Sebastián Cubides Salazar

José Inocencio Becerra Lagos

Inés Kreplak

Gabriela Melo E.

Soriano

Tito Martínez

Paula Galansky

Josué Cabrera Serrano

Karina

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Sacudidas nocturnas

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Liturgias de las horas

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Zumbidos

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El despertador

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Iván D. Forero Sánchez

German Augusto Valencia Pérez

Zulma Rincón

Antonio José Hernández

Portada y contraportada

Santiago Marulanda, Andrés Londoño y Aura Sampayo

Diseño y diagramación Andrés Londoño

Ilustraciones internas Andrés Londoño

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He criado un zรกngano Juan Sebastiรกn Cubides Salazar

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ocho:treinta Teo yacía dormido sobre su cama empapada de sudor. Tenía una sábana sobre los pies y vestía unos pantaloncillos. Había permanecido todo el día tirado allí. La habitación olía a cigarrillo. Pensé en mover la cortina y abrir la ventana, pero me arrepentí al instante. La luz del sol a las cuatro de la tarde entraba y se disputaba su espacio con el jean tirado en el piso, las volutas de humo y con el aire espeso, detenido. Junto a él estaba acostada una muchacha. Era joven y eso bastaba. La habitación a oscuras parecía pequeña. Era cuadrada, con paredes blancas enyesadas. No había más muebles que la cama, una biblioteca de madera, una silla también de madera y un pequeño espejo en el que se alcanzaba a reflejar la espalda de ambos. Caminé hasta la biblioteca. La mitad de los libros los había comprado yo esperando que culminara con éxito su carrera. Pasé mis dedos por las cubiertas y luego me limpié el polvo en el pantalón. Llevaba semanas así: entraba a la habitación e intentaba adivinar qué había ocurrido la noche anterior con Teo. Esculcaba la billetera, olía su camisa para ver qué trago había consumido o revisaba la cajetilla de cigarrillos para ver si estaba fumando mucho. Fumar, tomar, gastar dinero: a mi esposa le preocupaba su hijo y me enviaba a investigar. Cuando salía de la habitación ella me esperaba sentada en el sofá de la sala. Le decía que al parecer había pasado una buena noche. Que había ocho cigarrillos en la cajetilla. Que dormía solo. Y que al parecer este año sí se iba a graduar. Ella, por su parte, se limitaba a culparme: has criado un zángano. Salió igualito a ti. Luego se ponía de pie, sacudía los cojines y me advertía que en pocos minutos llegarían sus comadres. Eran ya las 4:02 p.m. Yo seguía de pie junto a la biblioteca. Había entrado con la decisión de despertarlo y hablarle un poco acerca de la importancia de ser profesional. Pero había una mujer sobre la cama y lo de trabajar, despertarse temprano, dejar de salir 6


ocho:treinta tanto, se me había ido olvidando a medida que me fijaba en cómo los pezones de la muchacha sobresalían del buzo que llevaba puesto. Por un momento, quise pasar mis dedos por sus piernas. Miré mis manos: las yemas aún estaban sucias por el polvo de los libros. Me he vuelto viejo, dije. Lo que le preocupaba a mi esposa era que Teo no disfrutara la vida. A mí también me preocupaba. Pero aquella tarde en su habitación sentí que mi corazón hervía al ritmo del petróleo. De no tener sesenta y cinco años habría notado algún cambio físico en mí, pero yo seguía de pie junto a la biblioteca, con mis rodillas advirtiéndome que ya eran las 4:04 p.m. y que había un sofá y una conversación pendiente afuera. Yo me había casado de diecinueve. Mi habitación siempre había estado limpia: sin jeans en el piso. Miré por última vez a la mujer, intenté percibir el olor de ella, pero el único olor allí dentro seguía siendo el del cigarrillo. Decidí que no abriría las cortinas y salí de allí. Cuando cerré la puerta, mi mujer gritó desde la sala: —¿Has despertado a Teito? —Me dijo que se trasnochó estudiando y necesita dormir –respondí—. Ya sabes cómo es la época de parciales en la Universidad.

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He criado un zángano Juan Sebastián Cubides Salazar

Y de la muchacha bastaba decir que era el único motivo real por el que aún allí, de pie ante ellos, dudaba sobre si era mejor abrir o no la ventana para que la luz entrara, pues quería recordar su cola y sus piernas al menos unos dos días. (...) Sabía que no había manera de despertar a Teo sin ponerle de mal humor. Miré por última vez a la mujer, intenté recuperar el olor del cigarrillo, pero era definitivo: había desaparecido gracias a mí. Decidí que no abriría las cortinas y salí de allí. Cuando cerré la puerta, mi mujer gritó desde la sala:

Pondría “esposa” o “señora”, para diferenciarlo de la mujer en la cama. - Inés

También podría decirle "mi vieja". Es muy común que las personas de esa edad llamen así a sus parejas. - Antonio

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S

Yo creo que esta frase se quitar. Puede reemplazar que hable del carácter d de alguna fantasía que t nunca haya cumplido (a ser como Teo). Creo, además, que al bor se mantiene por un insta misterio de si lo despertó la última frase gana fuer el relato con más contun - Antonio


ocho:treinta

Me gustaría mucho que esto no estuviera dicho sino que se diera a entender. Que el papá de Teo se quedara describiendo con el nivel de detalle con el que describe lo demás el rayo de luz sobre el contorno o entre sus piernas. Mostrar más que decir (o una imagen vale más que mil palabras) en este caso sumaria un montón.

Sacaría esto. - Inés

e puede rse por otra del papá o tenga y además de

rrar la frase ante más el ó o no. Así rza y cierra ndencia.

...me encantaría que se potencie y se exprese en imágenes lo que lo perturba al viejo ver a la piba desnuda. ¿Tiene una erección? ¿Qué ve? ¿Qué le pasa en el cuerpo? ¿Se siente de veintis como su hijo en ese instante? Si es tan descriptivo en otros detalles, no puede solo enunciarse el momento más dramático del relato. ;) - Inés

Editado por Inés Kreplak y Antonio José Hernández

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Dejen (de) dormir JosĂŠ Inocencio Becerra Lagos

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ocho:treinta …Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano sobre el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme. OLIVERIO GIRONDO, Nocturno Cuando despertó, el cambio climático todavía estaba allí. AUGUSTO MONTERROSO Y YO Sobre la pereza he oído dos observaciones interesantes. De voz de mis abuelos, tíos y padre siempre era emitida una increpación a la juventud por su pereza: “nosotros no hacíamos siesta; teníamos que madrugar a cocinar y a sembrar; la gente del campo se levanta antes de las cuatro; a ustedes la pereza los tiene dominados”. Podría decir que se la achacaban a las generaciones posteriores a ellos y sobre todo a los jóvenes más permeados por las lógicas de la urbe. Esto último condice con la otra observación que he visto construir, más como rumor que como dato comprobable, en algunas clases de literatura: “una de las herencias más arraigadas, retardatarias y lamentables que recibimos de la cultura española en la conquista, es la pereza”. Hasta ahí habría dos inculpaciones históricas. Si desde ya agregamos el asunto climático, yo sumaría un estereotipo popular según el cual el calor es por excelencia un fomentador de la pereza. Expuestas esas apreciaciones, me pregunto si entonces los campesinos más muiscas (o más kwaiker) y más viejos que habitan en la vereda más alta de Tunja o de Pasto son las personas más activas del país. Las largas peregrinaciones religiosas realizadas tradicionalmente a la Basílica de Chiquinquirá o hacia los templos de las vírgenes de Chinavita, Morcá o Güicán, y los extensos territorios recorridos antiguamente por los pueblos indígenas, parecen dar un sí. Es una obviedad decir que caminar, moverse en el espacio, es “aprovechar” el tiempo; ser diligente, ganarle a la pereza, y que por 12


ocho:treinta ello el ejercicio de la lectura ha sido visto constantemente como un acto de flojera: “mijo, vaya me trae el pan ya que no está haciendo nada”, ordenaba mi abuela en mis momentos de lectura. Yo creo que los jóvenes lectores y los jóvenes artistas, que en su mayoría entran en la cervantina alusión al desocupado lector, y que me están leyendo, no negarían que nuestras horas de sueño son distintas –desaprovechadas y muy cortas– y que tal vez sí se pueda decir (revisando las labores diarias de las generaciones que nos preceden) que la modorra nos acompaña más que a ellos. Más urbano que antes y menos joven, mi sensación ante el sueño es muy parecida a la de estas imágenes que brotan del fondo de nuestra poesía nacional, cuya lectura es el resultado de mis horas de locha. Vamos a sumar y a dormir: Prefiero la noche que el día como Vidales: Te suplicamos todos los bostezadores que transfieras tus crepúsculos para las 12 del día. Amén El día es lo más ciudadano que hay (...) pero la noche –¡ah!, ¡caray!– la noche es lo más inculto que se conoce hasta hoy.

El mediodía, autor de la modorra, es el color esencial del mundo ahora y de la poesía del tuerto López: Y el ómnibus senil (...) camina como si tal, camina como quien juega al ajedrez. Extramuros, llevando el sedimento de los villorrios, vuelve a la ciudad sudoroso, ventrudo, soñoliento con la inconsciencia de su edad. * * *

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ocho:treinta Domingo de bochorno, mediodía de reverberación solar. –Un policía, como empotrado en un guardacantón, durmiendo gravemente (...) soledad de necrópolis, severo y hosco mutismo.

Finalmente, es la hora del sueño la que nos hace con más fuerza divagar hacia el futuro y recordar. Eso les pasa a los afligidos tanto como a los alegres, representados por sus próceres Silva y Mutis: Anoche, estando solo y ya medio dormido, mis sueños de otras épocas se me han aparecido. Los sueños de esperanzas, de glorias, de alegrías y de felicidades que nunca han sido mías...

Y, de repente, llega la noche como un aceite de silencio y pena. A su corriente me rindo armado apenas con la precaria red de truncados recuerdos y nostalgias que siguen insistiendo en recobrar el perdido territorio de su reino.

A pesar de lo cansados y de haber sido defraudados por tantos bienes y por tanto mal, por tanta cháchara tramposa, por tantos hechos y deshechos, por tanto sol (sol inocente al fin y al

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ocho:treinta cabo), no es hora de dormir. He dicho todo esto para que aún no nos rindamos ante la sinfonía de la cama de madera y de tapa, y actuemos ya porque el cambio climático es ahora y es decisivo. Necesitamos agregarle a nuestra vocación lectora y artista agilidad y una estrategia consciente y colectiva que nos impulse hacia la acción. El calor va a aumentar y se derramará por todo el mundo, más allá del autobús caribeño, derribando la noche y haciendo mediodía en los que eran viejos palacios del frío, del hielo y del ozono. Una poesía de sueño nos va a invadir en la hora en que no podremos hacer nada, apelmazados entre ventiladores. El calentamiento de la Tierra produce un sopor irresistible que irá (¡que está!) derritiendo los objetos del mundo y la poesía que en ellos reside: será anacrónico algún día hablar de cedros y de elefantes porque ya no van a existir. Causa y consecuencia de generaciones dormidas y auto-justificadas, habremos de acostarnos a olvidar nuestra historia y a anhelar haber hecho lo que era posible en el momento que ya fue. Cuando el sol hace filmación cenital arden todas nuestras palabras y nuestra falsa cordura huele a mierda.

__________________ He invocado los siguientes poemas: Luis Vidales: Oración de los bostezadores y La noche; Luis Carlos López: Nota de viaje y Siesta del trópico; José Asunción Silva: Midnight dreams; y Álvaro Mutis: Lied de la noche.

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Dejen (de) dormir José Inocencio Becerra

El cambio climático es ahora y es decisivo. El calor va a aumentar y se derramará por todo el mundo, más allá del autobús caribeño, derribando la noche y haciendo mediodía en los que eran viejos palacios del frío, del hielo y del ozono.

Aquí es donde veo que se da la confusión, esta frase en la que introduces el cambio climático es problemática porque antes de eso estás hablando de la poesía que encontraste en tus horas de locha, esta frase cambia toda la lectura ya que aparece de la nada. Podrías entonces decir que como el cambio climático está tan grave, la temperatura sube haciendo que nos invada a todos la pereza, correspondiendo con el tema que planteas de la relación entre la tierra caliente y la gente perezosa. Rocío

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La aparición de temas repentinos de alguna u otra manera se conectan con esta idea del sueño, pero al final siento que dejas de lado la pereza mientras que toda la cuestión del cambio climático explota. En mi opinión, podrías hablar del calentamiento sin referirte al hecho ambiental sino alegando (como lo has dejado esbozado) al fenómeno de la poesía en sí que calienta la tierra, que produce el olvido y el anhelo de maneras inevitables. De nuevo, no sé si sea tu intención, pero yo vería muy genial que al final se uniese todo lo hablado por el texto: las generaciones, la pereza, la lectura y su cauce natural en la poesía. #soloesunasugerencia - Gabriela

Editado por Rocío Cely Herrera y Gabriela Melo E.

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Nadie duerme ya en sus camas InĂŠs Kreplak

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ocho:treinta Me despierto de golpe. Todo está oscuro. Giro la cabeza hacia la izquierda y miro la hora: 3.35 de la mañana. No tengo sueño liviano. Duermo siempre de corrido, con una profundidad admirada por mis ex parejas, agradecida por mis ocasionales compañeros de sueño, útil para una convivencia armoniosa con roncadores seriales. No tengo la sensación desoladora de una pesadilla reciente. ¿Qué pasó entonces? Aprovecho la interrupción del sueño para ir al baño. Oliverio también parece desorientado. Me pongo de pie, el gato alza la cabeza y me mira mientras sigue hecho un bollo a los pies de la cama. Le respondo como si me hubiera hablado: “No me acompañes, ya vuelvo”, pero fiel a sus instintos baja de la cama, se despereza primero estirando la pata trasera izquierda y luego la derecha. Me siento en el inodoro. Oliverio entra al baño, me observa, se queda esperando que termine de hacer pis y sale para volver a la cama en cuanto aprieto el botón. Yo lo sigo cuando el ruido de un golpe seco retumba en todas las paredes del edificio. Oliverio eriza su cola, se asusta y yo también. Corro a ponerme el pantalón de pijama, siempre pienso en que si entran ladrones no quisiera estar desnuda. Otro golpe resuena. Y otro. No llego a detectar qué genera esos ruidos. Son puertas cerrándose, seguro maderas firmes que chocan contra algo. Escucho: —Te-dije-que-me-dejaras-de-jo-der. Hija-de-re-mil-puta. Voy hacia la entrada de mi departamento. Reaseguro las cerraduras y dejo las llaves puestas en la principal. Verifico que el pasador de la puerta de la cocina que da al patio esté bien trabado. La nitidez con que escuché la pronunciación de esas palabras me aterró, parecían haber sido dichas en mi nuca. El silencio posterior me da más miedo. Mi corazón late demasiado rápido. Decido sentarme cerca de la puerta, a esperar que mi vecina le responda o emita un sonido que me avise que está bien. 20


ocho:treinta Con las rodillas flexionadas y con una pierna sobre la otra empiezo a balancearme levemente. Oliverio se acomoda en el hueco de mis piernas y empieza a ronronear. Lo acaricio varias veces, de un lado al otro. Recorro su lomo con las palmas de las manos peinando y despeinándolo. Abro los ojos de nuevo cuando el hormigueo de las piernas me obliga a pararme. Ya es de mañana. Me baño, preparo un café y me siento frente a la computadora para empezar a trabajar. Me paro enseguida, no logro concentrarme. Cinco minutos después escucho las patitas de Martínez, el perro de mis vecinos, bajando las escaleras de azulejos del edificio. Pongo la oreja sobre la puerta. Alguien sale del edificio a la calle. — Brrr, qué frío hace hoy. Vamos, mi gordo, salga a pasear. Es la primera vez en mi vida que escuchar la voz de mi vecina me reconforta. En seguida pienso que el perro ya ni ladra, puede ser por lo viejo o por lo resignado que está. Oliverio me mira ovillado desde el sillón. Apoya la cabeza. Se duerme.

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Nadie duerme ya en sus camas Inés Kreplak

(...) Lo interpreto como un “¿De verdad me tengo que parar?”. Le respondo sin hablarle “No me acompañes, ya vuelvo”, pero fiel a sus instintos, baja de la cama, se despereza primero estirando la pata trasera izquierda y luego la derecha. Me siento en el inodoro. Oliverio entra al baño, me observa, se queda esperando que termine de hacer pis y sale para volver a la cama en cuanto aprieto el botón. Yo lo sigo desde atrás, cuando el ruido de un golpe seco retumba en todas las paredes del edificio. Oliverio se asusta y yo también. Corro a ponerme el pantalón de pijama, siempre pienso en que si entran ladrones no quisiera estar desnuda. Otro golpe resuena. Y otro. No llego a detectar qué genera esos ruidos, pero podría asegurar que involucran vida humana. Son puertas cerrándose, seguro maderas firmes que chocan contra algo. Escucho:

Tal vez esto podría no estar. La narradora ya está parada así que no parece que sea ella la que lo piensa, y además las comillas indican que se trata de Oliverio. "...sigue hecho un bollo a los pies de la cama: " ¿De verdad me tengo que parar?". -Paula

Omitiría esto. Ya se sabe que lo sigue desde atrás. - Gabriela

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Esta frase me interrumpe un poco el tono que lleva el texto. Tal vez podrías encontrar una manera diferente de contarla: que son producidos por un humano, que involucran su presencia... algo así. No sé qué pienses tú o Paula. Tal vez zolo me guzte eskribir burradaz. - Gabriela

A mí también me parece que se va un poco del tono del relato. Con decir que suenan como puertas cerrándose de golpe ya me da la idea de que es un sonido emitido por humanos jaja además antes pensó en ladrones, así que la idea de que son personan las que hacen el ruido ya está ahí. -Paula

Editado por Gabriela Melo E. y Paula Galansky 24


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Un hombre ocupado Gabriela Alejandra Melo

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ocho:treinta María y Pedro hubieran podido confesar sus sentimientos viendo el mar. El escenario era lo de menos. Bien podría ser en la banca de algún parque, en medio de un almuerzo, a la espera del próximo bus. Ambos contaban con la suerte de haber sido creados para unirse, para ser la pareja de una historia. Aún faltaba ver el viaje al interior de cada uno, los recuerdos más preciados que permitiesen descubrir una que otra anécdota sobre su pasado, sobre si fueron enemigos antes que amigos, o vecinos, o si llegaron a estudiar en el mismo colegio. En todo caso, la unión de María y Pedro estaba constituida para aquello que define a los enamorados, un eso que se resume en una inexplicable confabulación de azares que es, sin explicar por qué. De allí las posibilidades son infinitas. María podría tener un hijo, ser estéril, entregarse al fanatismo, pronunciarse como atea, ser impactada por un rayo o atropellada por una ambulancia. Pedro podría renunciar a su papel en la crianza, dejar su trabajo para convertirse en pintor, contagiarse por un inesperado virus, o incluso (por qué no, el universo obra de maneras inexplicables) conducir la ambulancia que borraría a María de este mundo. Darse la posibilidad de existir en un género diverso también era viable, podían contemplarse como únicos herederos de una raza extinta en un planeta lejano, animales de una selva ancestral, prisioneros de guerra, cazadores de tesoros. Lo de menos era el recipiente si su esencia estaba destinada a encontrarse en el cuándo, en el por qué y en el cómo. El gran problema, el dilema que hace que este cuento se escriba, es que no lo sabremos nunca. Porque María y Pedro llegaron tan solo a la página 35, cuando descubrieron que estaban hechos el uno para el otro. Porque el narrador en un momento se fue y nada se volvió a saber de él. Pero principalmente, y aquí es donde reside el quid de la tragedia, porque el escritor de dicha historia llegaba a su 26


ocho:treinta casa todos los días del Callcenter sin querer saber nada de nadie, con dolor de espalda y del túnel carpiano; porque el fin de semana de barman le alteraba el horario de sueño y por ello empezó a desarrollar problemas para dormir. Confundía las cosas y a las personas, lo sentía todo ajeno a sí mismo por esa abstracción de la realidad que produce el insomnio. Así que cuando María y Pedro golpeaban insistentemente la pantalla del computador, el escritor abría la ventana del apartaestudio para convencerse de que aquel golpeteo provenía de la calle, cerraba su computador con vergüenza, ponía sobre él las facturas a pagar el próximo mes y se escondía debajo de la almohada susurrando un “dejen dormir”, como si temiera que lo descubrieran hablando, una vez más, con la ficción.

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Un hombre ocupado Gabriela Melo E.

De allí las posibilidades son infinitas. María podría tener un hijo, o un cáncer, o ser atropellada por una ambulancia. Pedro podría sortear las dificultades para ser padre, o renunciar a un trabajo que no le hace feliz, o también, por qué no, el universo obra de maneras inexplicables, conducir la ambulancia que atropellaría a María. El gran problema, el dilema por el cual se escribe este cuento, es que nunca lo sabremos (...) Me enfría esta parte toda metametaliteraria. Justo adelante me muestras el dilema, así que sobra la anticipación. - Karina

Jajajaja, parece que mi sentido del gusto se parece más al de la autora que al tuyo, Karina. Espero que esto no sea conflictivo para Gabriela. A mí me gusta por lo que dije antes sobre las dos lecturas. No sé si fue intencional que esta referencia metaliteraria esté en la misma posición que la que hay en el siguiente párrafo. Me gusta que así sea. No me gustan algunos conectores como por el cual / la cual / lo cual. Yo lo mejoraría así: "El gran problema, el dilema que hace que se escriba este cuento, es que no lo sabremos nunca José

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Qué tal si pones también algunas que sean contradictorias? Todas esas que mencionas podrían pertenecer a un solo cuento en la historia de María. Hasta cierto punto también las de Pedro. Creo que hacerlo daría más efecto a eso de las "posibilidades infinitas", generaría la sensación de angustia, ansiedad y tragedia de lo irresoluto... o sea, literal pudo ser cualquier cosa, pero nunca lo sabremos... - Karina

A mí me gusta como está pero entiendo el punto de Karina; aunque creo que en la opción de que Pedro la atropelle hay algo de lo que ella te está sugiriendo, me sonó esta opción: "María podría tener un hijo o no", pero solo es una sensación que me surgió al leerlas a las dos al tiempo. Gramaticalmente está incorrecto que dejes las comas puestas para separar las disyunciones (o). José

Editado por Karina

y José Inocencio Becerra

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Las cuatro sopas Soriano

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ocho:treinta Hace tres años se habían divorciado. Cuando la mujer murió, el hombre volvió a la casa y tuvo que hacerse cargo de sus tres hijos, sin embargo, él solo esperaba el regreso de su cuñada para dejarlos con ella mientras se tomaba un descanso y enfrentaba su duelo. En casa, el menor golpeaba su cascabel contra el borde del corral y los mayores corrían de un lado al otro. El padre parecía un insecto disecado sobre el sofá; su ocio estaba matándolos de hambre. El tiempo pasaba por encima de sus piernas, lo lamía y le saltaba en el pecho, pero él no lo sentía. —¡Dejen dormir! —era lo único que les decía a los niños. Los cajones de las golosinas tenían viejos pegotes de azúcar; las hormigas, que nunca encontraron nada para llevarse, parecían estrellas marrones en un cielo de madera. El aroma a cilantro marchito serpenteaba al interior de la nevera y las moscas caminaban por entre las viejas migajas de pan que habían quedado sobre los platos. Los días y las noches pasaban frente a la ventana y la vida se les iba a los niños entre sus costillas y tobillos pegados a la piel. Un día, el padre estaba en el sillón y no pudo llenar el crucigrama del periódico ni ver televisión ni dormir, que era lo más preocupante. Le dolía la cabeza y la boca del estómago y eso le impedía concentrarse. Necesitaba comer algo para dejar de sentir el tiempo y volver a ser un insecto en el sillón. Afortunadamente, no tardó mucho en encontrar una solución. Tomó al hijo mayor, que estaba chupándose los dedos, y le sacó los ojos. Los llevó a la estufa, los puso en una olla con agua hirviendo y les agregó una pizca de sal. El tarro tambaleó por unos segundos sobre el mesón. Luego sacó un plato, sirvió un poco de sopa, se llevó un sorbo a la boca y dijo: “A este niño le faltó llorar” y escupió el líquido. Después tomó a la hija del medio, que se comía los cabellos 32


ocho:treinta de su muñeca de trapo, le arrancó la lengua y la llevó a la estufa. La depositó en otra olla con agua hirviendo, esperó unos minutos, imaginó que le ponía encima un guiso de cebolla y tomate, lo puso en otro plato, partió un pedazo, se lo llevó a la boca y exclamó: “¡A esta niña le faltó hablar!” y arrojó la cuchara. Por último, el padre se levantó y fue en busca del hermano menor. Lo levantó del corral, miró su nariz llena de mocos y le sacó su pequeño corazón. Lo llevó a la cocina, lo depositó en una olla de vapor y lo sazonó. Aguardó unos minutos, bajó la sopa del fuego, la sirvió en un plato, la degustó y dijo: “¡A este niño le faltó reír!” y la tiró al lavaplatos. Volvió a degustar los tres platos, la sopa de ojos, la de lengua y la de corazón, y se dijo a sí mismo: “Ningún plato sabe bien. Si el tiempo alcanzara para llenar crucigramas, ver televisión y estar con los niños, tendría mejores ingredientes”. En ese momento puso a hervir agua con sal, se arrancó los ojos y la lengua, los depositó en la olla, imaginó que agregaba un guiso de tomate y cebolla. Esperó unos minutos y se extrajo el corazón. La llama del fogón quedó encendida. Sobre el mesón estaban los tres platos.

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Las cuatro sopas Natalia Soriano

Lo llevó a la cocina, lo depositó en una olla de vapor y lo sazonó. Percibió el olor del corazón cocinándose. Aguardó unos minutos y lo bajó del fuego, partió un pedazo, lo degustó y dijo: “¡Qué padre tan malo he sido, a este niño le faltó amor!”. Volvió a degustar los tres platos: la sopa de ojos, la de lengua y la de corazón. Con furia tiró la cuchara y se dijo a sí mismo: “Ningún plato sabe bien. Para que las cosas salgan como quieres, debes hacerlas tú mismo”.

También me resulta conflictiva esta parte, podríamos ponerla como si el padre lo dijera de manera irónica o algo así, es raro que después de que mató a los dos primeros como si nada, diga esto del tercero. Rocío

Editado por Antonio José Hernández y Rocío Cely Herrera

Tal vez se su pa Sin emb falta de versión absu c

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Mirá que aquí tengo un problema. Es contradictorio que se reconozca como un mal padre, sin reflexionar sobre eso, y se mate después para hacer una comida que sí sepa bien. Es decir, ¿no le importa ser un mal padre y tampoco termina importándole su vida para preparar una comida que sepa rico? Yo entiendo la intención del relato, pero creo que esta frase lo contradice, o lo confunde un poquito. Me parece más apropiado si lo ponés a decir algo así como que el niño fue criado sin amor, como si el man se quitara la culpa de esa falta de amor. No sé qué pensás al respecto. - Antonio

ea mejor que el padre no se cuestione aternidad, sino que se queje del sabor. bargo, si decidís que sí se cuestione, la tiempo me parece más acorde que la anterior: es un detalle muy irónico y urdo que cala con el personaje. Podría cuestionarse, haciéndose el bobo o ya mostrando mucho descaro, que las dades de la casa no le dejaron tiempo para hacerlos llorar, hablar y reír. - Antonio

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Poema para pasar la noche Tito MartĂ­nez

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ocho:treinta Cansados de buscar en el revoltijo de la cama, desnudos, agotados, con la boca hinchada de tanto morder para que el otro fuera más nuestro, admitimos que ahí no estaba, y ella prefirió irse a dormir. “Dime algo, un poemita, para que me coja el sueño”, me dijo, algo que nos deje del otro lado de la noche, 750mg de ovejas que salten la verja de esta casa que llevo en el pecho. Y no supe qué decir, como ante toda necesidad las palabras se cortaron las venas con el filo de mis dientes. Aquí en el poema, las recojo, las visto de fiesta, las llamo: puede irse a la mierda toda la poesía para dormir. Lo sé, amor. La ciudad está triste y violenta, lo ha estado desde Silva, cantando desafinada las cancioncitas que se dedicaron nuestros padres con la voz borracha del marinero bogotano, que navega en los charcos de la Séptima; pero no puedo contarte historias para dormir. El mundo está triste, buscando la ruta que pase por sus casas sin tocar la esquina donde los espera la muerte, pegado a la novela de medianoche para no ver su reflejo en el televisor apagado, rascando con las uñas su carne a ver si encuentran el premio gordo que los saque de allí, pero no puedo contarte historias para dormir. Los poetas están tristes y se emborrachan, los pintores (de casas) están tristes y se emborrachan, los buseteros, los guachimanes, los jovencitos que graffitean los puentes en la noche, las viejas entaconadas que compran cigarrillos 38


ocho:treinta por unidad, los ladrones que no dejan sacarle la sim al celular, las nenitas que salen de fiesta, los taxistas insomnes, los parches que se fuman un porro antes de la proyección de medianoche, las presentadoras de los programas de concurso a las tres de la mañana, los enfermos que tosen hasta que despunta el sol, todos están tristes y se emborrachan, los borrachos están tristes… Siguen tristes, con una mano adelante para que lo que buscan no les rompa la jeta; tras de ellos solo quedan migas de botellas rotas por el tedio de soltar preguntas al aire y tú me pides una nana que te deje descansar, pero no puedo contarte historias para dormir. Para dormir vete a escuchar las noticias, que la poesía debe ser terrorismo espiritual, solo bombas que estallan en la mitad de la vida, entre los silencios de tus ojos, rompiendo las calles por las que planeábamos pasar hasta el último día; y el poeta es algo así como un gato, un gato que salta de tejado en tejado con el estómago abierto por el alambre de púas que enreda la noche, y las tripas afuera, afuera y adentro y alrededor; un gato que se extiende por los postes de la luz y maúlla a las lágrimas que le cuelgan de la jeta al mundo, aunque las oculte con las manos, un gato que se agazapa sin saber que ya los ruiseñores migraron lejos de los poemas, un gato que sigue saltando hasta envolver al mundo con sus entrañas y por lo menos quitarle el frío. ¿Pero qué contigo? La madrugada curiosea el horizonte con sus dedos, y tú solo quieres dormir. 39


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Poema para pasar la noche Tito Martínez

Y no supe que decir, no puedo dar cátedra con su sudor evaporándose en mi pecho. ¿Cómo así que para dormir?

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Antes de que leyéramos los comentarios de Natalia, Juliana dijo que estos dos versos tienen algo extraño porque aseguran que el narrador no puede dar cátedra sobre pero en realidad después de esta estrofa sí lo hace, da cátedra. Yo veo lo mismo pero al contrario, favorablemente, me gusta esa contradicción, y me parece que la imagen es bacana. Es decisión de autor. - José

y José Inocencio Becerra

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Bandido Paula Galansky

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ocho:treinta Y entonces me asomo al balcón. Bandido, mi perro de la adolescencia, está corriendo y ladrando feliz por la calle. Vivo al borde de una avenida que está siempre rebalsada de autos. Entre los destellos brillantes de los techos y capots distingo la mancha blanca de su lomo, la renguera suave de sus patas de atrás. Después, apenas el semáforo da luz verde, los autos aceleran y Bandido los esquiva con la gracia de un niño de tres años manejando un camión; no tiene idea de qué tan cerca de la muerte está a cada nuevo salto. Los sueños, a veces, son pura traición: no puedo bajar a rescatarlo ni gritar ni moverme ni hacer nada en absoluto más que quedarme estática y pensar que no es justo volver a perderlo ahora, que ya tuve que aprender a vivir sin él una vez, que alguna parte de la vida o del cosmos o de quién sabe qué cosa no está cumpliendo con su parte del trato. Abro los ojos, respiro agitada, tardo unos segundos en recordar dónde estoy. La sensación de que un viejo amigo está afuera solo y corre peligro cruzó conmigo la barrera del sueño, desprenderme de ella va a llevarme un buen rato. A mi lado, en cambio, Dam duerme a sus anchas, despatarrado, calmo y feliz. Su respiración, como la de todos los hombres de buen dormir, es rítmica y lenta y parece salir retumbando contra las paredes de una caverna. Me quedo escuchándola para distraerme, lo observo unos minutos y aunque sé que lo hará desde lo más profundo de sí mismo, desde un territorio al que yo no debería ni asomar la nariz, le hablo para que me responda dormido y me cuente qué está soñando, o pensando, o sintiendo. Dam sueña que algo o alguien está cambiando sus cosas de lugar. Al menos eso es lo que imagino cuando le digo que tuve una pesadilla y me responde: ¿vos dejaste mi mochila afuera?, con tono de preocupación. Después entreabre los ojos y me mira pero es una falsa alarma, enseguida se vuelve a dormir. Dam, me obstino, ¿qué estás soñando? 44


ocho:treinta Me dice que está sentado en su jardín, que algunas personas lo convocaron a una reunión. Me río y acerco mi cara a su pelo: huele un poco a tabaco, al shampoo que usa y a transpiración. Ahora mismo podría preguntarle cualquier cosa. Por un rato tengo la llave mágica que abre todas las puertas. Podría preguntarle por los planes que están armándose en su cabeza y que todavía no quiso contarme, por sus deseos más privados. Podría preguntarle sin tapujos y sin riesgos de recibir una mentira qué siente realmente por la chica que hace un tiempo ronda su grupo de amigos, y que sin saberlo montó un escenario de dudas y dramas en mi cabeza. A fin de cuentas, hasta podría preguntar si me ama y asomarme al vacío de que todo se sostenga, por unos segundos, en una simple respuesta. Me quedo callada, con los ojos fijos en la pared. Dam, ¿ y yo también estoy en esa reunión?, pregunto. No, me responde seco. ¿Y quién está? insisto, pero él balbucea algo incomprensible y se da vuelta. Me lo merezco: lo que acabo de intentar es una forma de la deslealtad. Igual, aunque muchas veces mis sueños también están llenos de trivialidades, detalles raros e inconexos y personas que no me importan para nada ―por lo menos no cuando estoy despierta― no estar en esa reunión me parece una señal de algo. ¿Qué estás haciendo? me pregunta Dam sin abrir los ojos. Nada, nada, perdón, seguí durmiendo, le digo con algo de culpa, sé que lo miré tanto que lo desperté. A veces sin querer hago lo mismo con mi gato, le clavo la mirada mientras duerme hasta que se despierta sin saber qué pasó. Me levanto despacio para no hacer ruido, la cocina está helada y las cosas, después de tantas horas solas, me parecen un poco más ajenas que como las dejé ayer. Por la noche todos nos pertenecemos más a nosotros mismos. Mi abuela, que lo sabía muy

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ocho:treinta bien, tenía algunos consejos para acompañar ese trance: no cuentes tus pesadillas en ayunas, tené flores de verbena en la casa y pensá en volar antes de irte a dormir. No estoy segura de para qué sirven exactamente, pero así es la fe. Ahora que recuerdo esos consejos me alegra que Dam no haya caído en mi juego. Hubiéramos terminado hablando de su sueño y de Bandido en la cama, con el estómago vacío. Una urgencia por redimirme me ataca de pronto y sin pensarlo le pregunto, con un grito, que qué quiere desayunar. Es sábado, me interrumpe él con una voz que tiene algo de gruñido, ¿tanto te cuesta dejarme dormir? Quedar en evidencia a la mitad de una actitud tan caprichosa me provoca una reacción aún más infantil: en vez de pedir disculpas imagino poner música fuertísima, bailar por la casa, despertar a los vecinos. Una fiesta para mí sola, pero una fiesta al fin. ¿Hiciste café? pregunta entonces Dam con su voz de siempre, como si no recordara que fui yo la que lo despertó. Después lo escucho entrar al baño sin movimientos bruscos ni señales de enojo. En la cocina, mientras preparo el café, algunos ladridos lejanos terminan de despabilarme.

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Bandido

Paula Galansky Me lo merezco: lo que acabo de intentar hacer en una forma de la deslealtad. ¿Serán los sueños una extensión de nuestra personalidad diurna? A veces creo que sí, pero prefiero pensar que no siempre.

Los comentarios que te hago en general están encaminados a un aspecto muy concreto: encuentro en el texto un montón de detalles riquísimos que, por ser tantos, se desaprovechan y quedan un poco al aire, sin tejerse en todo su potencial. Yo te aconsejaría que los interconectes más. Eso, claro, sin renunciar a la propia ligereza de la voz narrativa, que es genial y muy divertida. - Karina

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La pregunta podría quizá enunciarse desde un lugar menos elocuente. Quizá probar algunas otras preguntas hasta llegar a esta. No sé por qué me parece que el lenguaje del cuento que estás construyendo hace sonar estas partes como un poco extrañas. Tito

Editado por Karina

y Tito Martínez

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Esta noche no puedo dormir JosuĂŠ Cabrera Serrano

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ocho:treinta A veces, desde mi imaginación sigo los caminos dibujados por hocicos agitados de animales nocturnos sin estrella, sin norte. Pago con billetes falsos en garitas y peajes para llegar (no aguanto más) a la mañana siguiente. Mi mente anda como una máquina averiada, estancada en el avance: vuelvo sobre los detalles de los momentos incómodos y las miradas ambiguas. Me llega distorsionada la voz de John Lennon: “You know I’d give you everything I’ve got for a little peace of mind”. Una rasquiña espontánea me despierta: recorro con las uñas los caminos del estrés y la ansiedad. El tiempo nos rasga atento al sonido de las fibras que se revientan. Deja estrías que se abultan en nuestros vientres cuando nos sentamos encorvados y nos miramos el ombligo. ¿Qué registra la piel en el lenguaje que ellas esconden? ¿El paso de unas manos, el peso de las horas o las contingencias del clima?

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ocho:treinta Esta noche no logro dormir. Subrayo con mi mirada las sombras de la ventana sobre el techo. Intento escapar de las pestes extranjeras en el refugio de mi cuarto, un nudo ciego de cuatro paredes. Esta noche persigo el sueĂąo. Aprieto los pĂĄrpados, intento ahorcar la vigilia con ellos. Los alfileres del insomnio me alborotan: me clavan como una polilla reciĂŠn capturada en medio de la noche, en medio de la cama. Me quitan el temple para ver que todo esto es tan solo un accidente.

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Esta noche no puedo dormir Josué Cabrera Serrano

Bus idea gen

El bello durmiente Dejen dormir al del dharma dramático, ese que tiene exagerada conciencia dérmica. El que a veces, desde su imaginación, sigue los caminos dibujados por los dromedarios nocturnos y perdidos, sin estrella, sin norte.

¿es buscada la cercanía entre dharma/drama/dramático? - Inés

Acá me cuesta entender a qué se refiere, entiendo que es una elección, pero te lo señalo porque podría tal vez, sin perder el tono ambiguo propio del poema ( y del sueño) ser un poco más claro. -Paula

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scaría otra palabra que no sea bello. Puede jugar igual con la a de la bella durmiente y evitar la asociación con "vello", que nera un efecto de comicidad no buscado en el poema. - Inés

Quizás la imagen del título, si bien yo no encuentro un efecto cómico en "El bello durmiente", podría estar más ligada al mundo onírico que se despliega en el poema, con camellos, desiertos y estrellas. Buscaría algo más cercano a esas imágenes, que son potentes, sobre todo porque Bello Durmiente es una construcción ya armada, que nos refiere de inmediato a otra historia, y creo que el título podría ser algo más singular. -Paula

Editado por Inés Kreplak y Paula Galansky

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Karina

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ocho:treinta Una mañana encontré una abeja inerte en mi terraza. Era pequeña, tan pequeña que confundía sus patas con las líneas de la mano; leve, tan leve que apenas podía sentirla. Estaba fría, tiesa, frágil. Yacía con el cuerpo encorvado, las patas recogidas, toda ella indiferente a mi tacto. Su cuerpo manifestaba los signos de la muerte. La llevé a una matera para enterrarla. —¿Qué es? —preguntó mi hermanita, que salía a la terraza mientras arrastraba un juguete. —Una abeja. —¡Ay! ¿Muerde? —Las abejas no muerden, pican. Se empinó jalándose del borde de mi camisa. Me agaché. —¿Por qué no vola? —Está dormida. —¿Puedo tocar? —Pero muy suavecito que tú eres grande y le haces daño. Estiró el índice y la tocó. Era un dedo pequeño, como la abeja. Cuando la movió, sentí que los vellitos ásperos de las patas se me pegaban a la piel. Entonces dudé. ¿Y si era cierto que sólo dormía? ¿Cómo saberlo? Me imaginé dormida, también encorvada, recogida, inmóvil. O no tan inmóvil: respirando. ¿Pero cómo respiran las abejas? ¿Inflan un abdomen o un pecho? ¿Sentiría una levísima corriente de aire si pusiera la yema del meñique bajo la trompa? —¿Por qué no despierta? —me preguntó. Me quedé en silencio. Tampoco lo sabía. Recordé que unas semanas atrás habían encontrado una colmena en la universidad y cerraron el edificio mientras la sacaban. Días después, pasé por el lugar donde estaba la colmena y encontré varias abejas revoloteando con furia, sin pausa, chocando entre ellas alrededor del gran hueco donde antes colgaba el panal. Eran, tal vez 56


ocho:treinta como el pequeño cuerpo en mi terraza, abejas exploradoras que salieron a buscar alimento para luego enseñar el camino a las que se quedaban. Pero al volver no encontraron nada. Quedaron también, a su forma, inmóviles. Habían sido obligadas a la inmovilidad. Tenían un camino, pero nadie a quien contarlo, una fuente de alimento pero nadie con quien compartirla. Perdidas, desubicadas. ¿Qué podía ser una abeja sin colmena? Me pregunté desde dónde vino volando esta abeja. ¿Era una de las huérfanas que en medio del peregrinaje se desmayaba en mi casa? Quizá en algún momento nos habíamos cruzado en el pasillo de la universidad, huyendo la una de la otra. Quizá, luego de quedarse sola, había salido a buscar otras abejas por la ciudad, y al verse encerrada entre edificios subió y subió para sobrevolar el laberinto. Pero todo era demasiado alto, y apenas encontró dónde caer se detuvo a descansar. Si no, ¿por qué entonces había subido hasta mi apartamento, en un barrio con tan pocas flores, y todas encerradas? Tenía que estar perdida. Y me dolí por el pequeño destierro que acunaba en la mano. —Está cansada ―le respondí por fin. ―Viene de lejos. Alguna vez leí que las abejas citadinas suelen morir deshidratadas de tanto volar. Si encontrábamos una en el suelo, recomendaban darle miel o agua con azúcar. Parecía ser muy tarde para esta, pero quise pensar que no era así. La puse sobre un plato en el piso de la terraza y le acerqué la cabeza a unas gotas de miel. Nada. ¿Cómo pasa un minuto en la vida de una abeja? Mi hermanita me había seguido de lado a lado mientras abrazaba el juguete. Guardaba silencio, tan raro en ella, como si entendiera que en el fondo yo velaba una muerte. Ambas mirábamos el plato en cuclillas. Me tomó del brazo. ―¿Qué ves? 57


ocho:treinta No sabía. ¿Qué esperaba yo exactamente? ¿Una inyección de vida inmediata? No, claramente no. Si todavía estaba viva, se demoraría en despertar del letargo profundo. Decidí darle su tiempo, fuera cuanto fuera eso en la vida de abeja, y me fui. Un par de horas más tarde mi hermanita me llamó emocionada desde la terraza. Estaba acostada frente al plato con el mentón sobre el suelo. Me acosté a su lado y miré. La luz de la tarde daba vida a una sombra que se proyectaba en el plato. La abeja estaba sobre sus patas. Miré más de cerca. Un hilito de lengua se abría paso por la trompa, entraba y salía de la miel. El abdomen se hinchaba y deshinchaba mientras bebía. Las alas y antenas se sacudían en un despertar perezoso. Tuve el impulso de sentir con un dedo su exhalación, pero no quise perturbarla. En cambio, le busqué los ojos para descubrir si me veía. No pude saberlo: apenas vi dos panales negros que parecían ignorarme. Bebía, sólo bebía, como si no temiera a mi enorme presencia. Ella no podía saber que había estado a punto de enterrarla viva. Al caer la noche volvimos a la terraza, pero ya se había ido.

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[Una mañana encontré] Karina

Miré de nuevo a la abeja y me pregunté desde dónde vendría volando. ¿Era una de las huérfanas que, en peregrinaje, se desmayaba agotada en mi casa? Me dolí por el pequeño destierro que acunaba en los dedos. No quería que muriera. La puse sobre un plato y le acerqué la boquita a unas gotas de miel: nada, inmóvil. ¿Cómo pasa un minuto en la vida de abeja? Le di su tiempo, fuera cuanto fuera, y me fui.

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Es extraño porque aquí, al darle su tiempo, el o la narradora ya parece segura de que sí va a vivir la abeja cuando hace un segundo estaba más segura de que estaba más muerta que viva. Creo que se podría ahondar más en mostrar ese cambio. El surgimiento de una certeza o de una esperanza. - Nicole Bedoya

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ÂżEs posible esto? Âżse alcanza a ver su boquita? - Soriano

y Nicole Bedoya

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Sacudidas Nocturnas Ivรกn D. Forero Sรกnchez

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ocho:treinta Queremos dormir, pero nos sale espuma. No: suena a alcoba de quinceañero. Mal momento para citar a Vallejo. Devolvámoslo al estante de la memoria. Quizá mejor Parra: a la tercera sacudida ya es página. Sigue el tema del onanismo. Alguien borracho, o sea un potencial poeta, dijo que no hay insomnio que aguante dos paja… ¿Con zeta o con ese? Pajasos, pajazos. Miremos en la RAE, seguro nos duerme ese mamotreto. No: quién les cree a esos jumentos. Ya que estamos de poetas y pensando en el cuello del ganso (con rima asonante y todo), analicemos: le quitaron la tilde al sólo y quedó solo un solo. Lo cual, más o menos, es una pendejada. Porque no es lo mismo decir: me masturbé sólo una hora, a me masturbé solo una hora. En el primer caso hay una voz quejumbrosa, probablemente de un insomne como yo y las voces que me habitan nochetrasnoche, que expresa su insatisfacción frente al tiempo de pelarse el cable; en esta frase no podemos saber cuántas personas acompañan al colega de mano peluda. En la segunda frase, sí sabemos que está sin compañía, pero no si está satisfecho con la duración de su autoamor. Ya que seguimos despiertos y con el asunto entre manos, recordemos ese poema de Silva, Midnight dreams, en el que los sueños y problemas acuden a su duermevela; luego, lo dejan ahí tranquilo a don José Presunción cuando se queda dormido; claro, como al joven casto no le llamaba la atención eso de estrujar la nutria. Pero esto no pasa a los criados bajo el luminoso aforismo y mantra tibetano que afirma: quien niega la paja, niega la mamá; a los que se le pas(j)an recitando: y eran una ¡y eran una sola paja larga! ¡y eran una sola paja larga! ¡y eran una sola paja larga! Esta noche solo, en cama llena de las infinitas amarguras y agonías…

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ocho:treinta Y así hasta que a uno le sale callo y la luz oscura de la noche se va clareando y como el poema del Sueño de Sor Juanita: y yo despierta. La monjita que viaja por todo el orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta, así de buena DJ sería la sor insomne que llega a luna. Y es que ellas también se tocan. Pero dejemos ese tema para otra noche, dejémonos dormir.

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Sacudidas nocturnas Iván D. Forero Sánchez

Pero uno no, uno se crío diciendo que “quien niega la paja, niega la mama”, uno las noches se le pas(j)a recitando: y eran una ¡y eran una sola paja larga! ¡y eran una sola paja larga! ¡y eran una sola paja larga! Esta noche solo, en cama llena de las infinitas amarguras y agonías… Y así hasta que a uno le sale callo y la luz oscura de la noche se va clareando y como el poema del Sueño de Sor Juanita: y yo despierta. Viaja por todo el orbe de la diosa que tres veces hermosa con tres hermosos rostros ser ostenta, así de buena DJ sería la monjita insomne que viaja a las estrellas. Y es que ellas también se tocan. Pero dejemos ese tema para otra noche, dejen dormir.

Es súper importante definir el punto desde el q habla el narrador. Cuando se llega acá es mu más clara la confusión, dejen dormir ¿quién? lector con el que hablaba, alguien en la habitación con quién hablaba, los pensamien algo externo, él mismo? - Nicole Bed

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que ucho ? el

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De nuevo me pregunto si no sería más acertado decir "nosotros" y "nos criamos". - Antonio

Editado por Nicole Bedoya

y Antonio José Hernández

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doya De hecho, la frase no tiene mucho sentido. Sería más interesante que se lamentara por no haber podido dormir, o algo así. - Antonio

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Liturgias de las horas GermĂĄn Augusto Valencia PĂŠrez

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ocho:treinta Pobre, sin inocencia y sin espíritu, demasiado audaz para la tierra, demasiado cobarde para el cielo. ERNST MORITZ ARNDT Ora et labora El abad retardaba las palabras mientras repetía los versos anacreónticos. Describía cómo una vez Eros a una abeja que estaba dormida entre las rosas no vio, y fue herido… Su voz resonaba en el salón del scriptorium. Los jóvenes escribas lo seguían embelesados por ensoñaciones divinas y carnales al tiempo. Solo una nota desafinaba en el alumbrado coro de los cenobitas, la del monje Cipriano. El dictado era inoportuno para él. Lo consideraba inútil y profano, “ya que el señor nuestro Dios solo se conmovía ante la ascesis y la oración piadosa.” Aun así temía turbar la exaltación del momento y con un rictus en su boca dejó la pluma y se alzó de la silla. Nadie notó su huida. La música de los dímetros yámbicos empezó a fluir pura: se deslizó entre los dedos y los labios de los frailes. Entre tanto el cándido Cipriano dejaba caer sus rodillas sobre el piso del altar de la capilla. Juntó las delicadas palmas de sus manos e inició su oración confiado de que el señor lo escucharía. Lo que no sabía el monje es que el omnipresente dios de la piedad hallábase sentado sobre la nada, cautivado únicamente por la cantinela errante que provenía de cierto scriptorium sin prestarle oídos a nada ni a nadie más. Madrugar A Clara le gustaba madrugar para leer. También prefería la lectura antes de acostarse a dormir, a eso de la media noche. Se enrollaba en su sillón rojo con dos o tres volúmenes, uno sobre los pies y los otros entre las piernas. Tenía la costumbre de poner las hojas muy cerca de su rostro, absorbía la miel de las palabras y en ocasiones se quedaba dormida entre los libros. Durante el día iba de 68


ocho:treinta de prisa, tenía muchas ocupaciones. Hubiera preferido otra vida. Al anochecer se tomaba su tiempo, caminaba despacio de vuelta a casa. Abría la puerta de la entrada con lentitud. Adentro siempre estaba su esposo. Él llegaba antes y encendía un cigarrillo en la sala. Veía las noticias y cada cuanto reñía con el televisor, luego canaleaba pero terminaba viendo más noticias hasta que el sueño lo hacía ir hacia la cama. De camino a la habitación hallaba a Clara enroscada en el sillón, de vez en cuando dormida, otras veces aún despierta. Así pasaban las horas en su mundo común: ella solía levantarse muy temprano, él un poco más tarde. Un día, después de una noche de tormenta, su mundo se escindió: él se despertó tan temprano como ella, un estremecimiento lo hizo levantarse de la cama. Sus ojos la buscaron, pero ya no estaba.

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Liturgia de las horas Germán Augusto Valencia

Madrugar A Clara le gustaba madrugar a leer. También prefería la lectura antes de acostarse a dormir, a eso de la media noche. Tenía muchas ocupaciones durante el día, siempre iba de prisa. Hubiera preferido otra vida. Al anochecer iba aquietándose, caminaba muy despacio de vuelta a su casa. Abría la puerta de la entrada con lentitud, allí siempre estaba Leo, su esposo. Él llegaba antes y encendía un cigarrillo en la sala. Ella solía despertarse muy temprano. Él un poco más tarde. Una mañana él se levantó de manera excepcional tan temprano como ella, pero ella ya no estaba.

Siento que en este tiempo que estas utilizando para hablar del ritmo en que ella entra a la casa podrías utilizarlo también para ampliar un poco el desfaz que hay con el esposo. Siento que se ve un poco añadido y que solo entendemos la relación entre ambos a través de la imagen que uno ya tiene de los matrimonios fallidos, pero quizá llamar la atención sobre una peculiaridad específica que haga que este matrimonio vaya a destrozarse al final podría ser mucho más llamativo. Quizá algo que tenga que ver precisamente con la idea de no coincidir porque cada uno maneja su tiempo distinto. Tito

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Estaría bueno preguntarte si para vos hacen sistema, ¿deben leerse juntos? Yo desde el primer momento entendí que estaban, de algún modo misterioso, en diálogo. Incluso como si el primero fuera hasta un relato de los que podría leer Clara de madrugada o a medianoche: ¿Vos sabés de qué modo están unidos estos relatos? - Inés

Bueno sí, me parece que dialogan. No es, obviamente, una relación explícita. Es más bien por ejemplo la que hay entre dos formas distintas de lectura (o vocaciones): la de los escribas en un tiempo y lugar muy distantes y la de Clara que creo, coinciden el el hecho de la rutina diaria( a modo de la liturgia de las horas) (...).

Editado por Tito Martínez

e Inés Kreplak

Germán Es bastante borgeano tu intento. Explicitalo un poquitito más para no dejar afuera al lector. Quizás que Clara lea algo que haga referencia a los monjes, dale una vueltita para que cualquier lector tenga las herramientas más a mano. - Inés

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Zumbidos Zulma Rincรณn

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ocho:treinta Zumba, vuela y zumba. Cierro los ojos y descanso sobre la cobija. Hace frío. Las mirlas que cantan en mi ventana anunciando la tarde me arrullan. Escucho un ruido y me levanto a ver qué pasa; voy a la sala siguiendo el zumbido. El sofá está vacío, me siento en él y trato de dormir un rato. Siento en mi oreja una mosca gorda como una croqueta, me sacudo para espantarla. Sale a volar, la sigo. Entro a la habitación y de un salto ya estoy sobre la almohada. Zumba, vuela y zumba. Se posa sobre mi nariz y de un mordisco la espanto. Si me la como dejará de molestar. Aparece de nuevo y la sigo hasta el balcón tratando de tragarla de una vez, o por lo menos quitarle un ala para que me deje dormir. Cuando casi la atrapo se esconde en la casa de los vecinos. Llegan los niños, quiero ir a jugar con ellos, pero no quieren jugar conmigo. Dicen que muerdo muy duro. Oscurece. Duermo. Una luz entra por la ventana, me asomo por el balcón. Es el carro del vecino. Duermo. Escucho el crujir de la puerta automática del garaje abriendo, escucho los pasos que suben las escaleras. Duermo. La mosca zumba al otro lado de la pared. ¡Dejen dormir! Ladro. Duermo. Escucho tacones, chirridos de madera, gemidos. Maldito vecino. Duermo. Un golpe seco. Gritos. ¿Qué pasa? 74


ocho:treinta Algo cae por las escaleras. Gritos. ¡Ya dejen de discutir! Duermo. Huele a sangre. Suena una sirena. Salgo a ladrar al balcón. La mosca acompaña al cuerpo amarrado en la camilla. ¡Algo grave pasó al lado! ¡Despierten! Le ladro a mi familia. Rocío se levanta furiosa por el escándalo. Me pide que deje de ladrar y que me acueste a dormir. Cierra la puerta del balcón. Silencio. Duermo.

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Zumbidos Zulma Rincón

Cierro los ojos y descanso sobre mis brazos. Hace frio. La luz naranja de la tarde me arrulla. Escucho un ruido y me levanto a ver qué pasa, veo el sofá vacío, y me acurruco para dormir. Siento en mi oreja una mosca gorda y me sacudo para espantarla. Entro a la habitación y de un salto ya estoy sobre la almohada. Zumba, vuela y zumba. Se posa sobre mi nariz y de un mordisco la espanto. - “Si me la como dejara de molestar”, pienso. Llegan los niños quiero ir a jugar con ellos, pero ellos no quieren jugar conmigo. Dicen que muerdo muy duro.

y José Inocencio Becerra

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Suena extraño pero está difícil de arreglar. El "qué" de atrás hace ruido con las dos "c" de "acurruco". Es una palabra complicada rítmicamente porque tiene repetición de letra y de consonante, se dificulta más porque la pusiste en el verso más largo de tu poema. - José Todo lo que va desde "Llegan" hasta "muy duro" me parece la parte floja del poema. Te leí junto a un amigo poeta africano y siente lo mismo, cree que este fragmento parece más de un cuento. A mí me parece muy poco profunda la imagen, no siento poesía ahí ni necesidad de agregarlo. Si la quieres seguir trabajando te aconsejo que le podes muchos verbos porque hay 20 palabras y entre ellas 8 son verbos - José

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El despertador Antonio JosĂŠ HernĂĄndez

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ocho:treinta Lucía Ramírez siempre despertaba a las cinco y veinte de la mañana gracias a su infalible despertador. El objeto, un regalo de una hermana que vivía en el extranjero, tenía la forma de un perro siberiano y el sonido de su alarma era justamente un ladrido. Lucía se levantaba sobresaltada, temerosa incluso, porque los ojos del perro eran blancos y en medio de la oscuridad le recordaban a los de su difunto esposo, que llegaba ebrio e irritable en las noches. Lucía se bañaba con agua fría, preparaba el desayuno para sus dos hijos, Luis y Patricia, y los despertaba, ya que ellos parecían incapaces de hacerlo por su cuenta. A Patricia la despertaba primero halando con suavidad las cobijas y poniéndole la mano en el hombro. La joven fruncía el ceño molesta. Todas las noches se trasnochaba viendo películas porque soñaba con convertirse en la nueva Agnes Varda. Apenas cursaba décimo de bachillerato. ―Buenos días, mi niña ―comentaba Lucía. La joven sonreía y empezaba a alistarse. En la siguiente habitación, que antes era del abuelo, dormía Luis. Lucía lo dejaba de último porque era el más difícil y siempre se negaba a levantarse. Entonces ella tenía que sacudirlo o alzar a Marcus, el perro de la casa, al que no dejaba dormir en las habitaciones para que avisara si algo extraño pasaba; el animal siempre lamía el cuello de Luis al verlo, en señal de haber extrañado a su compañero de juegos. Esa mañana, Lucía le hizo cosquillas al ver que se hacía el dormido. ―Yo quiero seguir durmiendo. ―No, mi niño dormilón, muévete, que no se puede dormir toda la vida. Los hijos se fueron al colegio y Lucía se marchó a trabajar. En la tarde, mientras jugaban con una pelota, Luis y Marcus entraron al cuarto de Lucía y, sin querer, se tropezaron con la mesita 80


ocho:treinta de noche donde estaba el despertador con forma de perro siberiano. El objeto cayó al suelo y sus ojos, su nariz y sus orejas se rompieron. Luis tuvo la sensación de escuchar los lamentos de un perro golpeado, por eso se agachó para inspeccionar a Marcus. Las patas, el pecho y el hocico estaban como siempre, con el pelo brillante y sin pulgas. Tal vez el objeto le había dado en la cabeza. El niño le frotó la cara al perro hasta que comenzó a mover la cola. Al verlo animado, Luis miró los restos del despertador en el suelo. Se agachó y juntó los pedazos lo mejor que pudo, pero la mirada del perro siberiano estaba astillada, con huecos por la falta de piezas. No pudo recuperar una oreja que cayó bajo la mesita de noche. Hizo lo mejor que pudo. Volvió a poner el despertador en su lugar y, al hacerlo, un ojo se desmoronó. Lo iban a castigar. Luis salió de la habitación apesadumbrado, con Marcus siguiéndolo, y cerró la puerta. Lucía no se percató del despertador roto. Estaba tan cansada que se acostó sin cambiarse de ropa, con el rostro maquillado y los aretes puestos. En la madrugada siguiente no se escuchó el ladrido del perro siberiano. Lucía Ramírez lleva un mes dormida, igual que sus dos hijos, Luis y Patricia, porque ella no ha ido a despertarlos. Marcus salió de la casa por una ventana entreabierta. Ahora tiene el pelo opaco, las costillas visibles y las patas temblorosas. Todas las mañanas a las cinco y veinte se sienta en el antejardín y comienza a ladrar, sin tener éxito en su propósito.

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El despertador Antonio Hernández

El objeto, un regalo de una hermana que estaba en el extranjero, tenía la forma de un perro siberiano y el sonido de la alarma era justamente un ladrido. Lucía Ramírez se levantaba sobresaltada, asustada, incluso, porque los ojos del despertador eran blancos y en medio de la oscuridad parecían contener toda la locura del mundo. La mujer despertaba, se daba un baño de agua fría y preparaba el desayuno para sus dos hijos, Luis y Patricia.

Siento que te fuiste por el lado fácil de la imagen. Me encantaría saber qué hay realmente detrás de los ojos blancos del perro. Siento que puede explotarse mucho más con un detalle específico, particular, no con un comentario general como la locura. ¿Qué podría ver Lucía en los ojos del perro que la asustan tanto? - Gabriela

Creo que también es importante mencionar acá que aparte de pre los despertaba, ya que el siguiente párrafo lo inicia diciendo que p Patricia. Así que sería bueno enfatizar antes de eso que los hijo solos sino que ella los despertaba, así se le daría mucha más fuer Rocío

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Ahora que lo vuelvo a leer pregunto ¿por qué específicamente un siberiano? no sé si pueda dejarse genérico para que el lector se lo imagine a su gusto. Me llama la atención el tema de la raza porque nunca sabemos qué raza es Marcus entonces se me hace interesante detallar la raza del despertador pero no el de la mascota. Rocío

epararles el desayuno, primero despertaba a os no se despertaban rza al final.

Estoy en desacuerdo. Al ser el despertador el elemento con más relevancia dentro del cuento debería presentarse lo más detallado posible. Así yo, como lectora, me pregunto por qué el narrador se enfoca tanto en su descripción si al parecer es un objetivo irrelevante. - Gabriela

Editado por Rocío Cely Herrera y Gabriela Melo E.

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